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Era un día de sentimientos cruzados. La estación de autobuses de la escuela estaba repleta de padres que esperaban con los ojos fijos en la entrada, ansiando que su pequeño trozo de vida regresara.
Algunos tenían experiencia enviando a sus hijos al campamento del verano, diseñado por el departamento de educación, donde aprendían habilidades para la vida. Otros, en cambio, esperaban con el corazón encogido la primera salida del nido.
Pero entre la multitud había un hombre con expresión indescifrable, de nariz y cejas gruesas, cabello corto y oscuro, casi rebelde para la gente de su edad. Sentado en una banca junto a otro desconocido absorto en el celular. El solo estaba ahí, sin aparatos para escapar de la realidad. Solitario, a pesar de estar rodeado.
De vez en cuando alguien le sonreía, buscando iniciar una conversación. Porque a sus treinta y siete años Hwang HyunJin conservaba un porte de modelo que atraía miradas. Sus ojos almendrados y juguetones eran difíciles de ignorar, sobre todo por el lunar que adornaba bajo el izquierdo, y sus labios gruesos atraían como fruta prohibida.
Pero HyunJin tenía un objetivo aquel día, y no era conocer otros padres, coquetear o escuchar historias de hijos perfectos, sino aquella niña de catorce años a la que se había dedicado como padre soltero. Su hija, Ruka.
Durante varios minutos logró mantenerse al margen, hasta que un atrevido de cabellos castaños apareció y, forzosamente, se sentó entre él y su acompañante, quien frunció el ceño molesto.
—Lo siento. Es mi esposo —dijo el recién llegado con una sonrisa descarada, pero hermosa, porque la ternura en ella derretía hasta el corazón más duro. Yang JeongIn parecía un ángel de belleza inigualable.
El otro se levantó y alejó a regañadientes.
HyunJin recorrió con la mirada ese rostro que conocía de memoria: la piel de porcelana, ojos que parecían pinceladas alargadas y ese par de margaritas en las mejillas que lo hacían adorable. Tenía cuerpo firme pero cintura pequeña, que le gustaba ocultar en prendas anchas. Una apariencia inocente y juvenil, pero de gustos antiguos.
—¿Qué haces aquí? —preguntó el mayor, sin saber si alegrarse o preocuparse.
—Vine a buscar a Niki —respondió JeongIn, mientras sus ojos rastreaban entre la gente el mejor lugar para recibir a los niños.
—¿También lo enviaste al campamento?
—Me enteré hace poco de esta coincidencia. Y necesitaba saber que estás bien.
HyunJin atrapó su mano, esa que desde el primer día había sentido cálida y tranquilizadora.
—¿Pasa algo?
—Creo que entiendes lo que pasa —susurró JeongIn—. Pero este no es buen lugar para hablar.
—¿Y cuándo planeas hacerlo? —replicó tenso—. Los muchachos van a llegar. ¿Saldremos los cuatro como una familia feliz?
—Es una opción —respondió el otro, con ironía contenida.
Finalmente, sus miradas se encontraron; esos pequeños ojos siempre lo dejaban sin aliento, ya fuera por buenas o malas razones. Ellos reflejaban todo. Y bastó ese intercambio para entender que el peligro había vuelto a alcanzarlos.
—¿No tienes nada? —preguntó JeongIn en voz baja, observando lo que él llevaba.
—No pensé que nos encontrarían.
Ambos hablaron con cuidado, fingiendo desinterés, ocupados en analizar cada individuo cercano en busca de algo sospechoso.
—Toma —el castaño le deslizó una cartera de mano, que a simple vista parecía un accesorio cualquiera, con un movimiento fluido, casi invisible.
—Hablemos después —respondió HyunJin, sintiéndo el peso metálico y frío—. Mantente atento a cualquier señal.
JeongIn asintió. No hacía falta decir más, ambos sabían lo que estaba en juego. Se pusieron de pie cuando los autobuses con el logo institucional aparecieron uno tras otro.
—Mi auto es un Kia Sorento rojo con sunroof.
—El mío, un Kia Sonet. El único gris oscuro que vi aquí.
—Bien. Hablamos después.
Cada uno se dirigió al autobús donde llegaban sus respectivos hijos, y cómo siempre en público, las despedidas eran frías y nostálgicas. En la distancia se rogaba por un minuto más de compañía, pero estaban condenados fingir ser desconocidos.
Los estudiantes comenzaron a bajar, con chalecos azules y rostros emocionados. En pocos minutos, las risas y los abrazos llenaron el lugar.
JeongIn esperó a unos metros del autobus, observando de lejos cómo HyunJin recibía un caluroso abrazo de una muchacha con sonrisa dulce y cabello azabache hasta la cintura. Sonrió con nostalgia: tenía los mismos ojos que se hacían lunas. Aquellos que alguna vez lo enamoraron.
HyunJin tomó el bolso de la niña y ambos se alejaron hasta desaparecer. Él bajó la mirada con una punzada en el pecho. No era la primera vez que esa parte de su corazón se alejaba.
—¡Papá!
La voz de su pequeño de 12 años lo hizo desviar la mirada.
Niki corría hacia él, con una boina azul que le hacía parecer más pequeño.
Sonrió recordando aquellos años en los que él elegía cada prenda que vestía. Ahora era un adolescente independiente en busca de su propio estilo, llegando a rogarle que lo dejase cambiar de look, y rara vez podía negarse a sus caprichos.
El niño se abrigó entre sus brazos, después de haber extrañado ser el mimado de esa única figura protectora.
—Te ves muy bien con ese color —dijo JeongIn, acariciando sus mejillas—. Te extrañé mucho.
—Yo también —respondió el niño, mirándolo hacia arriba con un puchero que resaltaba sus labios gruesos.
—¿Qué tal estuvo todo? —JeongIn peinó con los dedos ese cabello ahora rubio y corto.
—Genial. Fue muy divertido.
El hombre sonrió. Le gustaba reconocer en su rostro pequeños reflejos suyos.
—Y no querías ir.
Su nariz pequeña y redonda.
—Creí que me habías enviado por algo importante.
Sus ojos que al sonreír se volvían una línea, y el pequeño lunar bajo las pestañas inferiores, que le recordó el peligro que los acechaba.
—Para que disfrutes. Eso también es importante —dijo, mirando alrededor con cautela.
—¿Pasa algo? —preguntó Niki, notando su tensión.
—No... —le sonrió, tomando su mano—. Cuéntame todo lo que hiciste, y por favor incluye lo malo.
Ambos caminaron hacia el estacionamiento subterráneo, arrastrando la maleta y conversando entre risas lo que Niki recordaba con emoción.Pero la caminata se detuvo de golpe cuando JeongIn vio el Kia gris volcado en medio del lugar. El parabrisas estaba destrozado, claramente atacado con propósito.
—¿Ese es el auto?
—Ven. Vamos —dijo con voz firme, y regresó de inmediato tirando de su mano sin responder.
Su instinto tomó el control.
—¿Por qué el auto está así?
—Después te explico. Si ves un auto rojo, me avisas.
Aceleraron el paso ya en el exterior, intentando perderse entre la multitud. Pero Niki vio algo que lo paralizó: un hombre que, con disimulo, sacó un arma desde la chaqueta.
—Papá... ¿Qué pasa? —su voz tembló.
—Tenemos que salir de aquí —respondió el mayor, y el sonido seco de un disparo al aire, los obligó a agacharse junto a todos los demás.
En el estacionamiento junto a la plaza de la escuela, HyunJin escuchó el tiro mientras fingía revisar un neumático.
Su cuerpo se tensó al instante. Esperaba una señal de JeongIn, pero no así.
Sin perder tiempo, subió al vehículo donde Ruka lo esperaba en el asiento trasero.
—¿Qué fue eso? —preguntó ella, alarmada.
—No uses el cinturón.
El tono de su voz bastó para que obedeciera sin discutir.
Hyunjin arrancó a toda velocidad, girando por zonas que ni siquiera eran calles para autos.Necesitaba tiempo, y la senda correcta era demasiado larga.
—¿No deberíamos ir hacia otro lado? —preguntó Ruka, asustada por el ritmo frenético del vehículo.
—En el bolso hay un arma y municiones —señaló, sin apartar la vista del camino—. Cárgala.
—¿Qué? ¿Por qué tienes un arma?
—Rápido. Yo te diré que hacer.
Su voz sonó más dura de lo habitual.
Ella tragó duro, paralizada por el miedo, pero, con las manos temblorosas, siguió las instrucciones hasta insertar el cargador.Mientras tanto, el caos se desataba en la parada de los buses.
El tiroteo salió de control cuando apareció la policía entre gritos y llanto, pero HyunJin y JeongIn sabía que no era una persecución común; iban tras sus pasos.
Corrió con Niki lejos del establecimiento, en busca de refugio. El eco de los disparos los perseguía.
—¡Ahí atrás! —gritó, empujando al niño hacia un cartel metálico de una cafetería cercana—. Quédate agachado. Si ves el auto, me dices. Y si te digo que corras, olvida la maleta y corre.
Niki apenas podía respirar.Su pecho subía y bajaba con fuerza. Solo atinó a asentir, con los ojos llenos de lágrimas.Había llegado con la esperanza de ser consentido por su padre, tener un día tranquilo en casa, y de pronto todos sus pensamientos se perdían en rogar que aquel vehículo apareciera.
Jeongin desenfundó una pistola que llevaba oculta en el tobillo, y se acomodó junto a Riki, preparado ante cualquier ataque.
Los disparos se detuvieron unos segundos, y el silencio se volvió más aterrador.
Él asomó la cabeza con cuidado, y vio a un hombre armado, con la chaqueta que alguna vez usó con orgullo, avanzando hacia ellos entre la gente que huía.
—¡Agáchate! —gritó.
El disparó retumbó.Logró cubrir a su hijo y devolvió el fuego sin dudar.Una, dos, tres veces, hasta que el atacante cayó al suelo, y el olor a pólvora se mezcló con el miedo.
Sin perder tiempo, JeongIn tomó la mano del niño y corrió hacia una calle lateral, pero encontraron un callejón sin salida.
—Hijo, quédate detrás de mí —ordeno, respirando con dificultad.
El pequeño obedeció, escondiéndose tras él y aferrándose a la cola de su chaqueta.
Entonces, una sombra apareció al frente.Otro hombre armado, con el mismo uniforme.
Ya no tenían salida.
JeongIn levantó la pistola, apuntando firme, aunque el corazón le golpeaba el pecho.
—Creí que eras más listo después de ser tan nombrado en Los Herederos del Velo —escupió el hombre con desprecio, apuntando su arma hacia él.
Siempre estuvo dispuesto a morir por salvar a su hijo, pero esperaba que ese momento no llegase tan pronto, y supo que no habría tiempo para despedidas.
Cerró los ojos al oír el disparo.
No sintió dolor.
El cuerpo del enemigo cayó ante él, con el Kia rojo a las espaldas.
—¡Suban! —gritó Ruka esperando con la puerta trasera abierta.
JeongIn reacionó al instante, subió con Niki y cerró la puerta mientras HyunJin los cubría.
—¡Listo!
Apenas oyó al castaño, Hyunjin pisó el acelerador, saliendo a toda velocidad hacia la carretera, donde podría perderse entre los autos y desvíos.
Los gritos, las sirenas y el humo quedaban atrás.
—¿Están bien?
—Sí, gracias... —respondió, jadeante—. Creí que no saldríamos de ahí.
—Diez a nueve —bromeó HyunJin con una media sonrisa.
JeongIn sonrió, un gesto breve que decía más que cualquier palabra. Durante años se habían complementado así: uno era el escudo, el otro la espada. Por eso habían sobrevivido... y por eso alguna vez se habían amado sin remedio.
Saboreó ese momento, antes de que se rompiera cuando HyunJin miró el espejo retrovisor, y aparecieron tres camionetas negras siguiéndolos de cerca.
—Maldición... —murmuró, mientras JeongIn tanteaba bajo los asientos—. Niños, agáchense y no se muevan.
Ellos se miraron, pálidos, y obedecieron al instante, acurrucándose en el suelo.
—Está tras el asiento —dijo HyunJin.
—Deberías tenerla más a mano —regañó JeongIn, mientras buscaba el compartimiento secreto.
—No estaba en mis planes que esto pasara tan pronto.
El castaño suspiró y retiró el seguro del asiento trasero. Sacó un bolso delgado que tintineó por el sonido de los metales. Dejó el asiento en su lugar y se fue al puesto de copiloto. En cuestión de segundos, montó un rifle con movimientos automáticos.
—Escóndanse bien —pidió, sin mirar atrás.
Una bala impactó el vidrio trasero, que resistió sin romperse.
La niña gritó, y Niki se abrazó las rodillas con fuerza.
—Excelente —elogió JeongIn.
Bajó la ventana de su lado y cargó el arma.
—¿Listo?
—Siempre.
HyunJin giró con un derrape y se lanzó a la carretera.
El rugido del motor llenó el silencio mientras JeongIn disparaba a uno de los vehículos perseguidores.
Una llanta reventó; la camioneta se desvió y chocó contra un poste.
—Uno menos —dijo con una mezcla de alivio y rabia.
—Faltan dos —respondió HyunJin, mirando los espejos—. En el próximo desvío van a cerrarnos el paso. Toma el volante.
El cambio fue rápido, casi coreográfico. JeongIn pasó al asiento del conductor, y HyunJin se colocó de pie con medio cuerpo fuera del techo solar, apuntando con el rifle.
—Cincuenta metros —avisó el hombre al volante.
HyunJin respiró hondo, sostuvo el arma y esperó el momento exacto.
Los vehículos aparecieron detrás de ellos, atravesando el tráfico como lobos tras su presa.
Bastaron tres disparos para deshacerse de ambos: el primer tiro atravesó el parabrisas del enemigo, el segundo dio en el radiador, y el tercero provocó una explosión que cubrió la carretera de humo.
Las camionetas chocaron con otros desafortunados, creando una barrera ardiente detrás del Kia rojo.
HyunJin regresó, jadeante, al asiento del copiloto.
—¿Están bien? —preguntó, girándose hacia atrás.
Ambos niños levantaron la mirada con los ojos llenos de lágrimas.
—¿Cómo voy a estar bien? —explotó Ruka—. ¡Intentaron matarnos!
—Cálmate —pidió su padre—. Ya pasó.
—¿Y si vuelven?
—No vendrán. Te lo aseguro.
El pequeño observó hacia atrás y vio el desastre que dejó su paso.
—¿Los mataron? —preguntó Niki, espantado.
—Solo los quitamos del camino —aclaró HyunJin con voz firme.
—Por dios... Mi padre es un asesino —dijo la muchacha, horrorizada.
—Fue en defensa propia. Ellos comenzaron —aclaró JeongIn, con la vista fija en la carretera.
Niki se inclinó hacia delante, con el rostro pálido. Las náuseas lo vencieron.
—Detente ahí —pidió HyunJin, notando su color.
El castaño frenó en una salida secundaria, y el niño bajó del auto a vomitar en un costado del camino.
Todos bajaron a socorrerlo. JeongIn se agachó junto a él, sujetándole los hombros, mientras HyunJin sacaba papel higénico y le limpiaba el rostro con suavidad.
Niki miró al hombre de pelo negro, con una mezcla de confusión y miedo. Él es salvó la vida, pero también había matado personas... y aun así acariciaba su cabello con ternura escalofriante.
—¿Mejor? —le preguntó con voz serena.
Él asintió, analizando su rostro pequeño, donde reconoció algo familiar: un lunar bajo el ojo izquierdo.
—La primera vez me pasó igual —dijo JeongIn, abrazándolo—. Ya estamos a salvo, tranquilo.
Hyunjin se giró hacia su hija, que seguía inmóvil, pálida. Le acarició el cabello con cuidado.
—¿Cómo te sientes?
—No lo sé... —susurró—. Creo que bien.
Los cuatro guardaron silencio cuando las sirenas resonaron a lo lejos. Bomberos, ambulancias, patrullas. Ninguno agregó algo, las explicaciones sobraban en ese momento.
—Tenemos que irnos...—anunció HyunJin.
—¿Estás bien para seguir, hijo? —preguntó JeongIn.
Niki asintió, todavía tembloroso.
—¿A dónde iremos? —preguntó la niña, con la voz apenas audible.
—A casa. Pero solo para recoger lo necesario. Ya no es seguro quedarnos.
Todos regresaron al auto a paso suave, pero ella se quedó mirando el suelo, perdida, hasta que sus piernas cedieron.
—¡Ruka! —gritó Jeongin, alcanzándola antes de que golpeara el suelo. HyunJin, de inmediato fue para ayudar.
Entre los dos la recostaron desmayada en el asiento del copiloto. JeongIn subió atrás con Niki quien, después de un rato de viaje evadiendo cámaras y desvíos principales, se acostó en los muslos de su padre.
Recordó el grito de JeongIn momentos antes.
“¡Ruka!”
Ese nombre...Lo repitió en su mente una y otra vez. Era demasiado parecido, como el lunar bajo el ojo izquierdo de HyunJin. No entendía nada, pero una intuición lo estremeció.Tal vez nada de lo que habían vivido era una coincidencia. Y con esa idea poco a poco se quedó dormido.
En el espejo retrovisor, las miradas de los adultos se encontraron. Ninguno dijo nada, pero ambos entendieron todo.
Ya no quedaban escenarios donde pudieran estar tranquilos. No había un lugar seguro.Y aunque el mundo parecía desmoronarse a su alrededor, aún quedaba una pequeña esperanza mientras siguieran juntos.