Capítulo 1
La Luna, tan hermosa, tan única, tan especial... Tan idiota a veces también, como si no supiera que la estoy mirando. Como si no supiera que la miro como se mira algo que ya se perdió, aunque aún esté ahí.
Supe desde el primer momento que su presencia dolía. No era un dolor inmediato, sino de esos que nacen despacio, con ternura, con una dulzura que se confunde con paz hasta que se asienta en el pecho y ya no hay forma de expulsarlo sin romperse por dentro. Luna brillaba sin hacer ruido, sin reclamar espacio, y sin embargo, donde estaba ella, nada más parecía importar.
Nunca supe si fui yo quien empezó a seguirla o si fue ella la que me encontró, pero lo cierto es que desde entonces camino con su sombra dentro de mí. A veces creo verla en los espejos, o en los charcos, o en las ventanas que reflejan una luz que ya no sé si es mía o suya. Y es que hay presencias que no necesitan cuerpo para existir; basta una mirada, una palabra, o incluso una ausencia bien colocada, para quedarse a vivir en uno para siempre.
Entre nosotras siempre hubo una distancia precisa, invisible pero implacable, como una línea dibujada por el destino con una tinta que nadie puede borrar. Era la distancia exacta en la que la piel tiembla sin tocar, en la que la respiración se entrecorta sin rozar, en la que todo el universo parece detenerse esperando algo que nunca pasa. Vivíamos suspendidas en ese casi, en ese punto frágil donde el deseo y el miedo se confunden, donde la esperanza tiene el sabor amargo de lo imposible.
Luna tenía una forma extraña de estar: no caminaba, se deslizaba; no hablaba, dejaba que el silencio se desbordara por los bordes. Su presencia alteraba el aire, como si las partículas necesitaran un momento para acostumbrarse a su gravedad. Cuando pasaba, el mundo se quedaba un poco distinto, como si hubiera dejado un eco invisible, una huella que no se borra ni con el tiempo ni con el olvido.
Yo la miraba con una devoción que me avergonzaba. No era amor todavía, o quizás lo era desde antes, desde siempre, solo que yo aún no sabía nombrarlo. Pero sí sabía que había algo en su forma de existir que desarmaba todo lo que creía entender de mí misma. Era un espejo, pero también una grieta. Me devolvía mi reflejo, pero distorsionado, lleno de matices que no sabía que tenía.
Una tarde, sin mirarme del todo, me dijo:
-No me mires tanto, que me rompo.
Y claro, la miré más.Porque hay miradas que son oración y pecado al mismo tiempo, y yo nunca aprendí a contener las mías. La miré con la intensidad torpe de quien teme perder algo que aún no es suyo, con el temblor del que sabe que el amor no se aprende, se sobrevive.
Mi manera de amar siempre ha sido así: un incendio envuelto en pétalos, una herida disfrazada de ternura. Y ella lo entendía, lo sabía. Recogía mis gestos como quien recoge cristales, con las manos temblorosas, sabiendo que tarde o temprano iba a sangrar. Y aun así no los soltaba. Me miraba con esa mezcla de compasión y vértigo que solo tienen quienes saben que lo bello duele, que lo efímero deja marcas más profundas que lo eterno.
Una noche, mientras el cielo se caía a pedazos de estrellas, me preguntó si yo también quería desaparecer. Le respondí que sí, pero solo si era con ella. Se rio bajito, con una tristeza tan suave que dolía más que cualquier grito. Se rio sabiendo que yo hablaba en serio, sabiendo que en mí no hay medias tintas, que si amo, me pierdo, que si me pierdo, me fundo.
Pero Luna nunca se queda. Nunca se quedó. Ella tiene la costumbre cruel de irse antes de que el amor se acomode, antes de que el silencio se vuelva hogar. Se va justo cuando uno empieza a creer que tal vez esta vez será distinto. Se va sin ruido, sin dramatismo, como si desaparecer fuera su manera de existir.
Desde entonces, la veo en todas partes: en los reflejos de las ventanas, en los charcos después de la lluvia, en los rostros que no son suyos pero que tienen algo de su luz prestada. Y cada vez que la Luna se asoma en el cielo, siento esa punzada conocida, esa mezcla de belleza y condena que me recuerda que algunas presencias solo existen para doler bonito.
Una vez le pregunté por qué miraba tanto el cielo "Porque el cielo no tiene sentido si no duele un poco" me dijo sin apartar la vista.
Y no lo entendí entonces, pero ahora sí. Ahora sé que hay bellezas que solo sobreviven a través del dolor, que algunas cosas brillan precisamente porque están rotas. Que hay vínculos que duran toda la vida, incluso si nunca llegaron a comenzar.
A veces pienso que ella no se fue del todo. Que sigue ahí, girando en su órbita perfecta, iluminando sin tocar, observando sin decir, apareciendo cada tanto para recordarme que el amor también puede ser ausencia. Que hay formas de estar sin estar, y que en su silencio cabe todo lo que nunca nos dijimos.
Yo sigo mirándola, cada noche, aunque sé que no va a volver. Porque en el fondo, mirarla es mi manera de no olvidarme. Es mi forma de seguir existiendo en ese lugar entre el deseo y el recuerdo, entre lo que fue y lo que nunca será.
Luna no es solo ella. Es todas las cosas que amé sin tener, todos los caminos que no tomé, todos los gestos que se me quedaron en las manos. Es mi reflejo más profundo y mi herida más antigua. Es la promesa que no se cumple, pero que sigue repitiéndose en el cielo, hermosa e inalcanzable, cada noche, como si insistiera en recordarme que lo imposible también puede ser amor.
Y aunque me duela, aunque su brillo me queme los ojos y su ausencia me carcoma el alma, seguiré mirándola, porque hay amores que no necesitan un final para ser eternos. Porque algunas luces -aunque no sean nuestras- son la única forma que tenemos de no perdernos del todo en la oscuridad.