Rosenrot

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Summary

¿Crees que existan pueblos mágicos, no embrujados ni maldecidos, sino impregnados de una esencia casi divina? Tal vez me creas loco, pero estuve en uno, un lugar donde la brisa al mecer las copas de los árboles y los animales del bosque susurraban su nombre. Sin embargo, oculta una tragedia marcada por la codicia de un hombre que no pudo poseer lo que sus ojos anhelaban. Ella, tan misteriosa y frágil como una florecilla del campo, ¿quién osó robar tú brillo? Aun así, su alma perdura en cada rincón del bosque, y lo sé porque los arroyos aún claman su nombre... Rosenrot.

Status
Ongoing
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
13+

Chapter 1. Un viajen hacia lo desconocido

Me despedí de mi mamá en el pórtico de la casa, en Alejandría. El sol apenas asomaba, pintando las calles de un ámbar que parecía susurrar promesas.

-Hijo, que te vaya bien -dijo, ajustándome la bufanda con ese cariño que solo las mamás tienen-. No le hagas caso a extraños, mucho menos a mujeres de mal vivir. Y pórtate bien.

-No soy un bebé, Ma -contesté, poniéndome la boina con un movimiento rápido-. Solo voy por unas fotos y vuelvo. Si tardo, no repartas mis cosas, ni mucho menos a Penny, ¿eh?

Ella sonrió, pasándome las manos por las mejillas, cálidas como siempre.

-Descuida, aquí te esperan. Me hubiera gustado acompañarte, pero debo cuidar a tus abuelos, come bien, mantén tu cuarto limpio para no enfermarte...

-Sé que no estarás ahí para cuidarme -la interrumpí, suavizando la voz-. Tranquila, lo tengo todo bajo control.

-Grandecito estás -suspiró, con un brillo de orgullo y tristeza-. Ve, que el tren no espera.

Reí, ajustándome la cámara al cuello.

-No le des comida grasosa a Penny. Es una cerdita delicada.

-¡Eso crees tú! -respondió, rodando los ojos-. Tranquilo, nada le va a pasar.

Levanté la mano para despedirme y caminé hacia la estación. Mientras avanzaba, miraba a la gente: una anciana observando el cielo, un niño corriendo tras una paloma. Sus gestos, sus expresiones, eran un lienzo vivo, más elusivo que cualquier magia. Mi cámara estaba lista para atrapar esos instantes.

En la estación, el bullicio me envolvió. Me acerqué a la ventanilla, donde una chica de mirada apagada me atendió.

-Buenos días, estación Acuda. Soy Melk Soraida. ¿Hacia dónde vas? ¿Cuántos boletos? -dijo, forzando una sonrisa. Un colgante con runas extrañas brillaba en su pecho, como si escondiera un secreto. Sus ojos cargaban una tristeza que no disimulaba, como si cargara con una pena.

-Buenos días -respondí, estudiándola-. Un boleto. No tengo un destino fijo, solo... busco algo especial. -Dudé, traté de mirar el tablero de las direcciones, pero su pena me llegó-. Perdona, pero... pareces llevar un peso. ¿Estás bien?

Melk me miró, sorprendida, y su sonrisa se desvaneció. Por un segundo, pensé que había metido la pata, que iba a llamar a seguridad o algo. Pero no.

-¿Una taza de café? -preguntó, casi en un susurro.

-¿Qué? -parpadeé, confundido.

-Ven -dijo, saliendo de la caseta y colgando un letrero de "Siga a la siguiente". Me tomó del brazo y me llevó a una cafetería cercana, donde el aroma a café tostado llenaba el aire.

Como todo un caballero, insistí en pagar.

-¿Qué quieres tomar? Yo invito.

Melk, peleando con su bufanda, murmuró:

-Café negro... con dos azúcares.

-Un café negro y un té negro -pedí al barista, aliviado de ver el té en el menú.

-Son 20 euros -dijo el tipo.

Tragué duro, entregando el dinero. Adiós a mi cena, pensé, pero mantuve la compostura. Con las tazas en la mano, Melk me guio a un banco fuera de la estación. El frío mordía, y yo me ajusté el abrigo, sosteniendo mi maleta y el té caliente. Nos sentamos en silencio, mirando el vapor de nuestras bebidas. No era un silencio incómodo, sino uno que dejaba conocernos sin palabras. Melk observaba la calle, su cabello ondeando con la brisa, y por un instante, sentí que su tristeza era un eco de algo antiguo, como si el viento llevara un susurro que no entendía.

-Gracias -dijo al fin, rompiendo el silencio.

-No sé por qué, pero de nada -respondí, sonriendo-. Aunque... me gustaría saber qué te tiene así.

-Es una larga historia -suspiró, esquivando mi mirada.

-Tengo tiempo antes de que me des el boleto -dije, serio pero tranquilo.

Melk me miró, y algo en sus ojos brilló, como si viera algo en mí.

-No es nada... Solo gracias por estar aquí. El boleto va por mi cuenta.

Se levantó, y la luz de la mañana la iluminó, haciendo que el color de sus ojos destellara. Sin pensarlo, quité el protector de mi lente y le tomé dos fotos. Ella, en vez de enojarse, se acercó.

-¿Puedo verlas?

-Claro, mi modelo merece ver su talento -bromeé, mostrando las imágenes.

-Tienes ojo -dijo, sonriendo por primera vez, una sonrisa frágil pero real-. ¿Eres de aquí?

-Alejandría, cerca de los suburbios -respondí-. ¿Y tú?

-Paullet -dijo, un poco apenada.

Alcé las cejas, impresionado por el barrio elegante.

-Qué bien.

De vuelta en la ventanilla, Melk me entregó el boleto.

-Es tuyo. Por ayudarme.

-Gracias -dije, guardándolo, para proseguir con mi marcha.

-¡Espera! -gritó, garabateando algo en un papel-. ¿Tienes WhatsApp? ¿Cómo te llamas?

-Bam Strughor -respondí, riendo porque se me olvidó decírselo-. Y sí, tengo WhatsApp.

-Cuando vuelvas, ¿salimos a pasear? -preguntó, sonrojada.

Vaya, esta chica va rápido, pensé, pero sonreí.

-Tranquila, no creas que me molesta. Hasta pronto, Melk -dije, sosteniendo el papel en mi mano para luego guardarlo en mi bolsillo.

Subí al vagón, acomodé mi cámara y empecé a tomar fotos del paisaje. Mi teléfono vibró con un mensaje de Arnold:

"¿De verdad vas tras pueblos mágicos?" -con emojis de risa y duda.

Recordé las palabras de mi profesor en clase: "Su examen final será contar una historia a través de fotos, pueden ir a diferentes sitios. Hay pueblos mágicos donde podrías capturar buenas fotos, y quién sabe, alguien capture al Pie Grande en una foto." Sonriendo, respondí:

-Claro, estuve buscando pueblos lejos de la ciudad, quiero contar una historia de fantasía.

Arnold contestó rápido:

-Sueñas despierto, yo solo quiero capturar a una ninfa, mis abuelos contaban que si la retratabas te daban fortuna.

Me reí, pero algo en su mensaje me inquietó. El tren se adentró en un bosque donde la luz se apagaba, y juro que escuché un susurro, como si el viento dijera mi nombre.