CAPITULO 01 - DADDY IS HERE
Arrastraba el cuerpo frágil de una mujer, la nieve llenaba sus botas. Era el invierno más helado del pueblo de Bloodhound. Tan pálida era aquella mujer. La tomó de las manos y la siguió arrastrando hasta llevarla a su casa. La observó mientras ella se levantaba lentamente del suelo, giró hacia la derecha, viendo una mesa de madera bien cuidada pero con manchas de sangre muy notables. Giró la cabeza a la izquierda, hacia la puerta abierta de un sótano oscuro, húmedo, con un olor a moho que parecía adherirse a la piel.
Apenas volteó hacia atrás, el hombre la golpeó con un martillo en el rostro, partiéndole la mitad de la cara. Lo único que escuchaba era cómo aquella mujer, aún consciente, se desesperaba entre sollozos y jadeos. La sangre cubría todo su rostro, como si se hubiera bañado en ella. Empezó a gritar cuando la tomé del cabello y la arrastré hacia mi sótano, el eco de sus lamentos rebotando en las paredes húmedas y frías, llenando cada rincón de oscuridad.
Una tarde helada, como siempre en Bloodhound, salió de su casa el hijo de una prostituta. Arthur, un niño de 15 años con algunos problemas, buscaba aire fresco. Discutir con su madre le causaba náuseas. El bosque estaba helado; tocar la nieve era una condena para los dedos frágiles. El crujido bajo sus botas resonaba en el silencio pesado, como si alguien lo estuviera siguiendo. Se sentó en una piedra miserable, observando el atardecer: el cielo teñido de naranja y violeta, el viento silbando entre los árboles, y el canto de los animales mezclándose con el crujir de ramas secas.
Llegó poco después su padrastro, preocupado y buscándolo. La brisa helada azotaba su rostro, y los árboles parecían inclinarse ante el viento, susurrando advertencias que solo Arthur podía sentir. Era tan hermosa la naturaleza; la observaba con admiración y miedo. Llegó junto a su padrastro a su casa; su madre lo ignoró completamente, ni siquiera lo miró al cruzar la puerta. Con la cabeza baja, se dirigió a su cuarto, el suelo crujía bajo sus pasos.
Me desperté en la madrugada; la noche era gélida y silenciosa, solo rota por el crujido de la madera de la casa y el ulular distante de un búho. De repente me dio sed y quise buscar un vaso de agua. Arthur bajó lentamente, pisando suavemente para no despertar a nadie. Todo era silencio absoluto, salvo por los leves ruidos de la casa y el viento que golpeaba las ventanas. Subí a mi cuarto, ya había tomado el vaso de agua, y me arropé con las sábanas, tratando de calentarme. Esa noche mi madre había salido y no regresaba.
Una puerta se abrió… Arthur sintió un escalofrío que no venía del frío; sus ojos lagrimeaban lentamente, como si algo se estuviera repitiendo. El aire olía a polvo y a humedad mezclada con miedo. Era él, ese maldito cabrón, que había salido de su habitación, quizá dándose cuenta de que estaba despierto. Caminó lentamente hacia mí, el eco de sus pasos amplificado en la casa silenciosa. Cerré los ojos, apreté los puños y contuve la respiración.
—Sé que estás despierto —dijo al abrir mi puerta—, ¿por qué te haces el dormido? ¿Acaso no quieres jugar conmigo? Sé un buen niño y juega conmigo. —Me abrazó.
Él me abrazó fuerte, mientras yo estaba echado en la cama. Sentía miedo. Él comenzó a invadirme como lo hacía casi siempre, y me sentía sucio. Todo mi cuerpo se cerraba como una puerta vieja; cada roce era un recordatorio de lo que él sabía hacer, de lo que me había arrebatado. Pensé en escapar, en gritar, en pedir ayuda, pero la casa tenía paredes sordas y el techo parecía devorar las palabras.
Cuando bajé a la cocina por agua, sabía que de alguna manera él iba a escucharme. Cada movimiento, cada respiración, me clavaba la certeza de que ninguna puerta me protegía. Puro instinto me llevó a tomar el cuchillo y esconderlo bajo la almohada; era la única salida que mi cerebro podía ver.
Cuando subió con el vaso de agua, tomó el cuchillo de la cocina y lo escondió debajo de su almohada. Lo vi ponerse cómodo, confiado, como si nada pudiera romper esa noche. Yo sentía algo moverse dentro de mí, un animal antiguo que ya no quería callar.
Mientras me sujetaba, todo me dolía. No era solo el contacto; era la acumulación de años de silencio y humillación. La rabia subió lenta, densa, hasta que ya no cupo en el pecho. Respiré hondo, noté la cuchilla fría contra mi piel, y actué sin pensar: la hundí con fuerza en su cuello. Clavé el cuchillo, lo giré y lo dejé ahí.
Él abrió los ojos como si fuera a morir… y sí, se estaba muriendo. El mundo se ralentizó: el latido del corazón, el calor de la sangre que manaba, su mirada buscando culpables en el techo. Sentí placer y horror a la vez, una calma extraña mientras perdía fuerza.
—¿Qué has hecho, hijo de perra? —dijo, su voz rota, ahogada.
Me sujetó del brazo, aferrándose a mí como si la fuerza pudiera comprarle tiempo. Pero el miedo venía acompañado de rencor; me empujó a hacerlo otra vez. Saqué el cuchillo y lo… (parte gráfica censurada). Él cayó al piso, sin vida. Ese pedazo de mierda ya estaba muerto.
Mi cuerpo temblaba, pero no por miedo. No sabía ni qué había hecho. Un ruido diminuto dentro de mi pecho preguntaba si había cruzado una frontera sin retorno. Otra voz, más antigua, decía que por fin había recuperado algo. No entendía si lloraba, reía o gritaba por dentro. Solo me moví, sin quedarme quieto.
Tomé sus piernas y lo saqué de casa, arrastrándolo hasta el bosque. Cada paso dolía en mi espalda; la madrugada tragaba el vapor de mi aliento. El bosque olía a hielo, hojas húmedas y ramas rotas; las sombras parecían cómplices, moviéndose con él. Lo dejé desaparecer entre la corriente de un río cercano; lo vi flotar un instante y desaparecer, como un error que finalmente se iba.
Volví a la casa con las manos manchadas y la respiración corta. Limpié la sangre de la nieve, frotando, tratando de arrancar recuerdos, huellas, pistas. No era solo borrar rastros: era intentar borrar lo que había pasado dentro de mí. Me agaché y arranqué la marca de la bota que había quedado, como si al hacerlo pudiera arrancar también la sensación pegada a mis entrañas.
Se acercó a la habitación, estaba llena de sangre, un charco enorme que parecía un mapa de algo que ya no entendía. Me quedé mirando la superficie, cómo brillaba a la luz apagada, cómo los bordes se volvían oscuros. Limpié cada gota con cuidado, froté, absorbí, repetí; cada movimiento era una frase que quería enterrar. Cambié sábanas, limpié marcos, lavé la pequeña alfombra hasta que dejó de teñirse. El agua que usaba se volvió roja y después gris; la túnica de mi calma se deshacía y volvía a armarse con cada paño que pasaba.
Hasta dejar su cuarto completamente limpio. No era solo limpieza: era un rito de despedida, una manera torpe de decirme a mí mismo que había terminado todo. Me miré las manos; seguían temblando. Respiré hondo, y sentí que algo dentro de mí se asentaba, aunque fuera un asentamiento de temor.
Esa madrugada fue diferente: me había deshecho de mi acosador, de mi padrastro. No era una victoria limpia; era una cicatriz que empezaba. Me acosté y quedé profundamente dormido, un sueño pesado, lleno de fragmentos que no quería reconocer.
Ya en la mañana, se escuchó la puerta abrirse… era su madre. El crujido de los tablones resonó más fuerte que su voz.