Capítulo 1
La Tormenta De Arena
El viento levantaba remolinos de arena, como si el desierto mismo respirara expectante y un escalofrío recorrió su espalda: algo no estaba del todo en silencio cuando llegó al Valle de Los Reyes.
La habían llamado para ir a recoger un cofre encontrado enterrado bajo un altar en una tumba recién descubierta en el valle de los reyes. En general no salía del museo ya que su colega, Iman Farid, siempre se le adelantaba para ir por las piezas y conservarlas antes del traslado.
Por una coincidencia del cielo, Farid fue enviado a otra excavación y el jefe del museo la envío en su lugar. La joven se había preparado con sus botas de seguridad y lo necesario para poder realizar la conservación preventiva (en el lugar) y luego consolidarlos para poder trasladarlos, catalogados y estudiados en el museo.
Estaba en una tienda improvisada donde los arqueólogos principales y ayudantes habían llevado el cofre. Se bajó del automóvil todo terreno y cargó su mochila y maletín de trabajo caminando entre los curiosos. Cuando llegó a la tienda, el arqueólogo a cargo no estaba. Miró al joven, que parecía un estudiante quien parecía avergonzado.
- Señorita…
- Amun… Vengo del museo…
- El líder avisó que venían, él está en la cripta avanzando con su gente.
- Entiendo. – lo miró - ¿Va a acompañarme?
- No, no, debo ir con el doctor…Me llevo a los ayudantes. - dijo negando con las manos entregándole una radio – La dejaré trabajar. La seguridad está afuera. Si pasa algo solo llámelos.
- Gracias. Haré la revisión inicial y lo prepararé para el traslado.
- Estaré atento. – le dijo más tranquilo saliendo de la tienda.
La joven suspiró y se preparó para trabajar. Levantó el lino que cubría el objeto y se encontró con un cofre con tallados y símbolos que estudió con atención. Con la punta de los dedos acarició las formas y el cofre pareció respirar ante su toque.
- Está… viva - susurró, sin estar segura de si hablaba de la estatua o de la sensación que le erizaba la piel.
El sol comenzaba a ocultarse tras las dunas del desierto cuando Nefret Amun retiró cuidadosamente sus guantes de lino, la mascarilla, los lentes de seguridad y posó su herramienta junto a la superficie dorada del grabado sobre la tapa del cofre. Cada trazo del pincel al mover el polvo revelaba finos jeroglíficos que parecían pulsar bajo la luz anaranjada del ocaso. Como un pulso que resonaba con sus propios latidos.
En ese momento un rugido distante se elevó, primero como el lamento de un animal, luego como un rugido solar que vibraba en sus huesos. La arena se arremolinó con furia, golpeando las paredes del pequeño refugio improvisado que habían montado para trabajar. Escuchó a alguien gritar que era una tormenta de arena y que debían cubrirse. Uno de los hombres de seguridad entró apresurado y le dijo que la llevaría a una zona más protegida, pero Nefret se negó. No podía dejar la pieza al descubierto.
Con frustración, el guardia le dijo que se resguardara lo más cerca del suelo cerca de los contenedores más grandes y no saliera para luego marcharse.
La tormenta se levantó sin aviso, como si el desierto hubiera decidido despertar después de siglos de quietud. El viento golpeó las telas del campamento con una furia abrasadora y la arena se coló por cada rendija del refugio donde Nefret estaba. Se cubrió el rostro con un pañuelo, protegiendo los frascos y las herramientas, pero algo dentro de la caja dorada captó su atención.
El cofre, traído desde las ruinas de Bahariya, vibraba levemente bajo la luz de las lámparas. Era una pieza sellada, cubierta de inscripciones que no había logrado descifrar por completo. Los jeroglíficos parecían advertencias, aunque su formación como restauradora la había acostumbrado a los enigmas de los antiguos.
Aun así, cuando el viento rugió con más fuerza y el candado se partió con un sonido seco, algo en su pecho se tensó.
- No puede ser… - murmuró, inclinándose.
El cofre resplandeció. Un brillo dorado, cegador, se expandió como una ola de fuego. Nefret gritó, cubriéndose los ojos, pero ya era demasiado tarde. La luz la envolvió, tan cálida que le pareció que el sol mismo había descendido a su tienda.
Luego, silencio.
Solo el viento que rugía afuera y un gemido ahogado proveniente del exterior.
Cegada por unos segundos, Nefret salió tambaleándose y rodeo la tienda en busca del sonido. La arena cortaba la piel como cuchillas diminutas y entre el polvo distinguió una silueta caída junto a unas cajas.
Era un hombre.
Vestía con ropas para el desierto, pero estaban cubiertas de arena y desgarradas, como si hubiera vagado durante días bajo el sol. Nefret se arrodilló a su lado, palpando su cuello. Tenía pulso, débil pero firme. Su piel ardía.
- Tranquilo… te tengo. - dijo en voz baja, ayudándolo a incorporarse.
El desconocido abrió los ojos. Tenían un tono ámbar profundo, casi dorado, que reflejaba los últimos rayos del crepúsculo. La observó confundido, sin comprender dónde estaba ni quién era.
- ¿Puedes oírme? - preguntó Nefret, sacudiendo un poco su hombro - ¿Qué te ocurrió? ¿Eres nómade, dónde está tu caravana?
El hombre miró a su alrededor, perdido, como si sus palabras fueran un idioma que no comprendía.
- No lo sé… - su voz era ronca, rasgada - No recuerdo....
- ¿Tu nombre? - insistió ella.
Una pausa. El viento se llevó la primera palabra que intentó pronunciar. Luego, con esfuerzo, respondió:
- No lo recuerdo.
El nombre sonó antiguo, resonante, como si el aire se plegara a su paso. Nefret lo repitió en voz baja, sin saber por qué le resultaba tan familiar.
- Ya veo... Ven conmigo, hay refugio adentro. Te daré agua. - dijo, pasándole un brazo por los hombros.
Él se dejó guiar, todavía tambaleante. Al entrar, Nefret lo sentó sobre una manta y le ofreció agua. El hombre la bebió con torpeza, como quien redescubre la sed después de siglos. Luego, mientras ella revisaba una herida leve en su sien, los ojos del hombre se detuvieron en sus manos.
Parecían humanas. Demasiado.
Las giró despacio, observando los dedos, la piel, las líneas que no recordaba haber tenido. Intentó cerrarlas con fuerza, invocar algo -un fuego, una chispa, una palabra de poder- , pero nada sucedió.
Solo el silencio.
Solo el latido de un corazón que parecía ajeno.
¿Qué está pasando?”, pensó, mientras una sensación de desarraigo lo atravesaba - ¿Por qué no puedo recordar?
Su cuerpo le pesaba, su respiración dolía como si el aire quemara sus pulmones. Se sentía extraño. Era como vestir un cuerpo prestado, uno demasiado limitado, frágil, pequeño.
Nefret notó su gesto, pero lo interpretó como confusión.
- No te esfuerces. - dijo con suavidad - Estás deshidratado. ¿Tienes identificación?
El hombre la miró sin entender y la joven le mostró su credencial del museo que colgaba de su cuello con una cadena. El hombre la miró y llevó su mano al cuello vacío. Solo una tela para no respirar arena y cubrirse del sol.
- Y… bueno, sin identificación. No tienes documentos, ni dinero.
Él la miró sin comprender del todo esas palabras. “Dinero”. “Identificación” Conceptos vacíos y extraños para él.
- Entonces… no tengo nada. - murmuró, casi para sí.
- Tienes suerte. - replicó ella con una sonrisa cansada - Te encontré antes de que la tormenta te sepultara.
El hombre levantó la mirada. El fuego de las lámparas se reflejaba en sus pupilas como si el sol viviera dentro de ellas. Había una calma antigua en su silencio, una dignidad inconsciente que contrastaba con su vulnerabilidad.
- Necesito recordar, llegar a una ciudad o un campamento…
- Voy al Cairo después que termine mi trabajo aquí.
- ¿Cairo? – repitió perplejo. No reconocía el nombre - ¿Tinis? ¿Menfis?
La joven lo observó sorprendida.
Las ruinas de Menfis, la primera capital del Egipto unificado, estaban a unos diecinueve kilómetros del Cairo. La ciudad ya no existía, actualmente albergaba un museo al aire libre, pero el hombre la mencionaba como si fuera una ciudad viva y funcional.
- Menfis ya no existe… - le explicó y vio como su expresión se ensombreció – Pero existe el Cairo…
- No conozco la ciudad de la que hablas.
- Debes haberte dado un buen golpe… Trata de descansar un poco. Creo que no podré irme hasta mañana. Te llevaré al hospital para que te revisen…
- ¿Hospital? – repitió.
- Hospital… Donde la gente enferma es atendida.
- ¿Y los templos?
- Ahora están los hospitales para sanar, los templos son para orar.
El hombre gimió, su cabeza dolía demasiado. Toda la información que le daba la mujer era confusa.
- Te ayudaré. - dijo Nefret, sin saber por qué sentía la necesidad de hacerlo - Hasta que recuerdes quién eres o a donde perteneces.
Él asintió despacio. No sabía si alguna vez recordaría. Pero algo en la voz de esa mujer, algo en su presencia, encendía una chispa en la oscuridad que lo rodeaba. Una llama tibia, peligrosa, que no era del todo desconocida.
Fuera, la tormenta se apagaba poco a poco. El desierto quedaba envuelto en una quietud dorada. Dentro, solo se oía la respiración entrecortada del dios dormido en un cuerpo que no le pertenecía… y el suave murmullo de la mujer que, sin saberlo, acababa de liberar al sol.