Lazos inquiebrantables.

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Summary

Nueva en el Saint Dorian Colleg, rodeada de amigas y con una pasión que nadie conoce, Vanessa Montgomery está lista para un año más... hasta que Alex Woods entra en su mundo. Entre apodos, miradas y pasiones secretas, ¿podrán resistir a lo que sienten?

Genre
Romance
Author
Pricsilla
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
13+

01. Primer día, nuevos comienzos.

Vanessa.

El sol entraba por la ventana de mi habitación, iluminando los objetos que ya me eran familiares: mi cámara Canon EOS R10 sobre el escritorio, un montón de fotos sin orden alguno en mi cork board y el uniforme que mi madre había dejado doblado en la silla giratoria.

Mi primer día en Saint Dorian Colleg había llegado.

Traté de convencerme de que era un día como cualquier otro, pero no lo era. Cambiar de colegio a mitad de año no estaba en mis planes, y aunque me prometí que esta vez mantendría un perfil bajo, sabía que no sería tan sencillo.

Me puse la falda negra, la camisa blanca, el blazer con el escudo bordado y la corbata roja que parecía apretarme el cuello más de lo normal. Me miré en el espejo y respiré hondo.—Puedes hacerlo, Vanessa —murmuré para mí misma, intentando sonreír—. Solo es un colegio. Solo son personas nuevas. Solo... una nueva oportunidad.

Acomodé mi cabello castaño claro, que se negaba a quedarse lacio, y me aseguré de guardar mi cámara en el fondo de mi mochila, fuera de la vista. Nadie sabía lo mucho que significaba para mí, ni lo que esa cámara representaba. Era mi refugio, mi forma de ver el mundo sin que el mundo me viera a mí... un lugar seguro.

El trayecto hasta el colegio fue tranquilo. Caminé por calles que aún no recordaba del todo, con los auriculares puestos y el volumen bajo. Las notas de mi playlist favorita llenaban el silencio y, por un momento, me ayudaron a calmar los nervios.

Cuando llegué a la entrada del Saint Dorian Colleg, no pude evitar quedarme observando. Era imponente. Un edificio de piedra clara, con ventanales altos y jardines perfectamente cuidados. Tenía ese aire antiguo y elegante que imponía respeto, pero también despertaba curiosidad. Por un momento tuve el impulso de sacar mi camara para capturar lo que veía pero recorde que estaba lleno de estudiantes por donde quier.

El sonido de lockers abriéndose, pasos apresurados y conversaciones llenando los pasillos me recibió apenas crucé la entrada. Todo era nuevo, distinto, y yo me sentía diminuta.

Apenas estaba intentando ubicar mi casillero cuando una voz alegre me sacó de mis pensamientos.

—¡Hola! —dijo una chica acercándose con paso firme. Tenía el cabello negro y lacio, ojos esmeralda y una sonrisa genuina—. No te he visto antes. ¿Eres nueva?

—Sí… —respondí con un hilo de voz, aunque intenté sonar segura—. Vanessa.

—Yo soy Bianca —dijo, extendiéndome la mano. Su gesto fue tan natural que me tranquilizó al instante.

Otra voz más aguda, divertida, se unió enseguida: —¡Y yo soy Mar! —dijo una chica bajita, aunque unos centimetros más alta que yo, rubia, con pecas y ojos tan azules que destacaban incluso en el pasillo lleno de gente—. Bienvenida al caos, Vanessa.

Reí, y por primera vez en toda la mañana, sentí que mis hombros se relajaban.

—Gracias, creo —contesté, y ellas rieron también.

Bianca se cruzó de brazos, evaluándome con simpatía. —Tranquila, sobrevivirás. El primer día siempre es raro, pero te acostumbrás rápido ya veras. Además, ahora estás con nosotras.

Mar asintió con entusiasmo. —Sí, y no te preocupes por los profesores. Solo hay uno que da miedo, pero está más obsesionado con el café que con los alumnos.

Ambas se echaron a reír, y me contagiaron. Caminamos juntas hacia el aula, mientras me explicaban todo tipo de detalles sobre el colegio: desde qué pasillo evitar a ciertas horas, hasta cuál era la mejor máquina expendedora para sacar snacks gratis si sabías darle un golpe en el ángulo correcto.

Y entonces lo sentí. Esa sensación extraña, como si alguien me estuviera observando. No era incómoda… pero sí intensa.

Giré la cabeza y lo vi.

Un chico alto, de cabello rubio despeinado, con el blazer del uniforme desabrochado y la corbata mal puesta. Apoyado contra una columna, hablaba con dos chicos —uno de cabello castaño claro y otro pelinegro con una cicatriz en la ceja—, pero por un segundo juraría que su mirada estaba fija en mí.

Ojos celestes. Tan claros que contrastaban con el resto del pasillo.

Sentí un pequeño vuelco en el pecho y aparté la vista enseguida. "Por favor, que no me mire. Por favor"

—¿Estás bien? —preguntó Mar, siguiéndome el gesto. —Sí, sí, todo bien —mentí, mientras fingía interés en un cartel de actividades extracurriculares.

—Ah, ese es el grupo de Woods, —comentó Bianca casualmente—. Los chicos más buscados del colegio, según la mitad del alumnado femenino.

—¿Woods? —pregunté, intentando sonar indiferente.

—Sí, Alex Woods. Y sus amigos James y Hugo —respondió Bianca—. No te preocupes, la mayoría los mira, pocos los entienden.

No sé por qué, pero el nombre Alex Woods se quedó grabado en mi cabeza como si lo hubiera escuchado antes.

Sacudí la idea. No tenía sentido.


La primera clase fue tranquila. Me senté en la penúltima fila, junto a Bianca y Mar. El profesor —un hombre de unos cuarenta y tantos, con bigote y voz monótona— empezó a hablar de historia del arte, y yo intenté concentrarme, pero el ruido del pasillo y mis pensamientos no lo hicieron fácil.

Afuera, a través de la ventana, vi un destello de sol reflejarse en algo metálico. Giré ligeramente la cabeza y… ahí estaba él otra vez. El chico rubio. Caminando con sus amigos por el patio, la guitarra negra colgada del hombro.

“¿Toca la guitarra?”

pensé, sorprendida. No sé por qué me importaba, pero me importaba.

Y aunque no lo admitiera, había algo en esa imagen que me pareció… inspiradora.

Esa mezcla de rebeldía y calma que parecía rodearlo.

Esa forma en la que no encajaba del todo, y aun así parecía sentirse en casa.

Tomé el bolígrafo y dibujé sin pensar una silueta en el borde de mi cuaderno: una figura con una guitarra, de pie bajo el sol.

Suspiré.

“Genial, Vanessa. Primer día y ya te estás comportando como una idiota romántica.”

Callaté cociencia.


El recreo llegó más rápido de lo esperado. Bianca y Mar me llevaron al jardín central, un espacio abierto con bancos de piedra y árboles que daban sombra. Nos sentamos a comer, y entre bocados de galletas, Mar me contaba cómo había intentado teñirse el cabello y casi lo arruina por completo.

—Me quedé con mechones verdes por una semana —dijo entre risas.

—Te juro que parecía una sirena radioactiva —añadió Bianca, y todas estallamos en carcajadas.

Fue en ese momento que lo vi de nuevo, al otro lado del jardín, esta vez más cerca.

El chico rubio — Alex —estaba con su grupo, sentado sobre una mesa, mientras sus amigos se reían de algo y él solo sonreía de lado.

Y por alguna razón, me descubrí observándolo más de lo necesario.

—¿Vanessa? —dijo Bianca, sacándome de mi trance—. ¿Estás escuchando?

—Ah, sí. Lo de la sirena verde, claro. Totalmente.

Mar se rió. —No estabas escuchando, ¿sierto?

Negué, y ellas soltaron una carcajada cómplice.


Cuando terminó el día, el colegio empezó a vaciarse. Caminé sola hacia la salida, dejando que el silencio de los pasillos me envolviera. Fue entonces cuando decidí hacerlo.

Saqué mi cámara de la mochila. La sostuve entre las manos, como si fuera algo sagrado.

El lente capturaba la luz del atardecer que entraba por los ventanales, y por un instante, todo el mundo pareció detenerse.

Clic.

Tomé una foto del pasillo vacío, solo por instinto.

Otra del escudo dorado del colegio en la pared.

Y una más del jardín, desde la ventana.

No me di cuenta de que alguien estaba allí, observándome desde el extremo del corredor.

Cuando giré, alcancé a ver una silueta —alta, cabello rubio, postura relajada— que desapareció tras la esquina.

Mi corazón se aceleró.

“¿Él me vio? ¿Vio la cámara?”

La guardé rápidamente, el pulso temblándome.

El pasillo volvió a quedar en silencio, pero esa sensación de haber sido descubierta no desapareció.

Y mientras caminaba hacia la salida, solo una idea cruzaba mi mente:

“Nadie debía saberlo.”