Fuiste mi todo
Fuiste mi todo.
Fuiste mi amor,
mi cielo, mi alegría.
Pero también fuiste
mi infierno, mi tristeza, mi dolor.
El amor que te tuve
terminó transformándose en rencor,
y aunque hoy entiendo
que amarte no estuvo mal
y que odiarte fue solo mi manera
de protegerme,
no puedo olvidar
que mi amor fue insuficiente
para ayudarte a vencer
tus traumas y fantasmas del pasado.
Tal vez no supe amarte
como tú necesitabas,
pero yo tampoco me sentí amada.
A veces, incluso, me sentí usada.
Y aunque no sé si tú me amaste,
yo sé que lo hice…
y para mí, eso basta.
Mi pequeña bruja,
me hechizaste con tu esencia
y luego me alejaste con tu indiferencia.
Y aunque fui yo quien habló al final,
quien decidió irse y dejarte,
fue la decisión que más
me rompió el corazón.
Tuve que hacerlo,
porque mi rabia y mi dolor
habrían terminado por destruirnos.
Por eso me alejé,
porque amarte también dolía.
Pero en ningún instante dejé de amarte.
Aun cuando te odié,
seguía sintiendo amor.
Y aun entre las grietas del dolor,
mi corazón —terco y fiel—
seguía amándote en silencio.