Prólogo
Era la noche más oscura que había presenciado en su corta vida. La luna parecía estar renaciendo, por lo que era casi invisible a los ojos de los humanos, o por lo menos a los humanos comunes. Él sí podía ver a la perfección la pequeña franja que apenas emitía brillo. Tenía una súper vista, eso era lo que le habían dicho las ancianas.
Sólo podía escuchar el aullido de los lobos, que seguramente recorrían el bosque buscando alguna presa. Bosque en el cual se encontraba la cabaña en la que todos ellos vivían, necesitaban mucho espacio para poder practicar sus habilidades especiales.
Se acomodó mejor, recostando aún más su cuerpo sobre la ventana. Casi sacaba la mitad de él hacia afuera, en un intento de poder ver un poco más. Le gustaba estar ahí por las noches, cuando todos los demás dormían porque el silencio ayudaba a que los habitantes del bosque se acercaran al lugar. A veces, lograba ver a algún que otro depredador en plena acción y, por alguna extraña razón, disfrutaba los perfectos movimientos del cazador al arremeter contra su presa. Podía ver como los músculos del animal se tensaban y eso le resultaba emocionante.
En determinado momento, un ruido a sus espaldas lo asustó y provocó que rápidamente girara en busca del responsable que lo había causado. Casi se le escapó una carcajada al darse cuenta de que sólo había sido un fuerte ronquido de unos de sus hermanos.
Pero todo rastro de risa se borró cuando, al volver a girar hacia el bosque, logró divisar a lo lejos un atisbo de lo que parecía ser una antorcha. Esa sola antorcha que al principio vio, se convirtió en dos, luego en tres para después iluminar todo el ancho del camino que llevaba hacia el pueblo.
Las ancianas les habían advertido que si alguna vez veían algo así, les avisaran lo más pronto posible ya que podía significar que algo malo se aproximaba. Así que eso fue lo que hizo, corrió hacia donde ellas dormían, específicamente hasta Eider, quien era a la que todas las demás respetaban, y comenzó a moverla para que se despertara.
— ¡Abuela Eider, abuela Eider! ¡Hay antorchas en el camino, alguien viene! —Expresó el niño, aunque no era realmente consciente de qué era lo que esa multitud que se acercaba quería de ellos. O, más bien, lo que querían hacerles.
La mujer abrió los ojos exaltada y se sentó en un veloz movimiento en la cama, a la vez que hacía un gesto con una de sus manos provocando que las demás la imitaran.
— ¿Qué sucede? —Preguntó una con voz somnolienta y rascándose uno de sus ojos.
— Ya vienen. —Contestó otra, que estaba sintiendo la multitud aproximarse.
Al escuchar la manera en la que Briseida había pronunciado esas dos palabras, el niño sintió como un escalofrío lo recorrió por completo. Algo malo pasaría.
Las mujeres, ya con temor, comenzaron a moverse aceleradamente por toda la cabaña. Algunas hacían movimientos extraños con sus manos, otras recitaban cosas en un idioma no conocido por los humanos y el resto, las más “jóvenes”, ayudaban a los niños a vestirse y guardar algunas cosas que consideraban importantes de llevar.
— Ewen, trae el libro de hechizos. —Le ordenó Izaro, a lo que él asintió. Él era el más grande de todos los niños, por lo que era su deber ayudar a sus abuelas con lo que le pidieran.
El libro de hechizos se encontraba en la pequeña habitación de arriba, donde estaban todas las pociones y donde solían realizar los hechizos. Ewen subió escalón por escalón las escaleras, que consistían en dos palos de madera y otros más cortos que los unían, apoyados contra una pared. Aunque le tenía un poco de miedo a las alturas, lo hizo lo más rápido que pudo.
Al llegar arriba, no tardó en encontrar el dichoso libro. ¿Cómo no? Si era un libro del tamaño de la mitad de su cuerpo e increíblemente grueso. Lo observó con una creciente desesperación, no tenía idea de cómo haría para bajar con ese libro, ni siquiera sabía si podía sostenerlo.
Lo tomó, poniendo una de sus manos debajo y otra a un costado, y lo levantó haciendo el mayor esfuerzo posible. No tenía ninguna duda de que eso pesaba casi lo mismo que él y no podría bajarlo.
Abajo, escuchó como una de sus abuelas, estaba casi seguro había sido Melania, decía que ya era hora de irse y oyó como la puerta del pasadizo secreto que había debajo de la cabaña se abría. Eso sólo hizo que Ewen se desesperara aún más, pensó que lo dejarían allí, que se olvidaran de él.
Pero entonces Eider preguntó por él e Izaro le contestó que lo había mandado a por el libro. Suspiró algo aliviado cuando escuchó que la mayor de todas la regañó por haber mandado solo al niño. Luego la escuchó subir las escaleras, pero antes de que llegara un llanto rompió el silencio que reinaba en aquel pequeño ático.
Con mucho esfuerzo y sin soltar aquél enorme libro, se acercó hasta donde provenía el sonido, un pequeño moisés apareció detrás de unas cortinas que parecían estar separando la habitación. Quitó la sábana que cubría a lo que estuviera haciendo ruidos y se encontró con un bebé.
Estaba envuelto en trapos blancos y tenía su cara roja que parecía ser de tanto llorar. Quedó sorprendido, si bien tenía muchos hermanos, esa era la primera vez que veía a uno de ellos de tan pequeño.
En ese momento sintió a alguien tomarle del hombro y darlo vuelta. El miedo se apoderó de él por unos instantes, pero en cuanto vio el rostro de Eider cargado de preocupación se relajó.
— Estaba aquí solo, abuela Eider. Estaba llorando. —Intentó explicarle, pero ella negó con la cabeza provocando que se detuviera.
— No te preocupes. Deja el libro y ve con el resto, yo me encargaré. —Le dio un pequeño empujoncito para que se apresurara.
No le quitó los ojos de encima hasta que vio su pequeña cabeza desaparecer por el hueco en el suelo por donde se descendía, después giró hacia la criatura que aún no había parado de llorar. Lo miró con ternura, él había sido el último pero no esperaba que viniera tan pronto.
Escuchó la puerta del pasadizo cerrarse tan solo segundos antes de que la puerta de la cabaña se abriera y voces de hombres se escucharan dentro. Si no salían de allí, les esperaría un trágico final.
Volvió hacia el bebé con lástima, algo había pasado para que fuera traído tan temprano.
— Mal momento para llegar, Elek. —Susurró con pesar, pero algo hizo que sus ojos se desviaran hacia el libro que Ewen había dejado a un lado y una idea cruzó por su mente.