Querido Santa: Soy muy traviesa [+18]

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Summary

Lo confieso: ni soy inocente, ni quiero serlo. Este diciembre no pienso pedir dulces, ni luces, ni promesas vacías. Lo único que quiero es que me besen sin parar. Que me dejen marcas en la piel. Que me recuerden que estoy viva en cada noche helada de invierno. En este Calendario de Adviento no vas a encontrar chocolate en las ventanitas… Vas a encontrar calor, deseo e historias tan ardientes que derretirán la nieve antes de que llegue la Navidad. Después del éxito de Cuentos calientes 1 y Cuentos calientes 2, escribí este Calendario de Adviento para los pecadores, no para los niños buenos. Doce relatos cortos + Doce cuentos largos = Veinticuatro maneras de arder antes de Navidad. Cada historia es una chispa que promete mantenerte muy, muy ocupada hasta la Nochebuena. Así que, Santa, escucha bien: fui traviesa, y lo volvería a ser. Porque este año no quiero luces ni villancicos. Este año quiero que me enciendan a mí. Y estoy segura de que, después de leer todas las historias, tú también pedirás lo mismo. ¿Te atreves a abrir las veinticuatro puertas del deseo?

Status
Complete
Chapters
69
Rating
5.0 6 reviews
Age Rating
18+

Tentaciones navideñas · 1


Ella vuelve al pueblo para Navidad. El verdadero reencuentro que la inquieta es su vecino militar de mirada dura. Él llega a pasar las Navidades con su esposa, pero eso no la detiene. Probará si lo que antes fue una fantasía inocente puede volverse un deseo tangible… y peligroso.



Estaba estudiando tranquilamente en mi habitación cuando el aroma a tarta recién horneada me envolvió. Las de mi madre siempre habían sido mis favoritas, así que decidí bajar con la esperanza de conseguir un trozo.

—Hola, hija —me saludó desde la entrada de la cocina—. ¿Estabas durmiendo?

—No, mamá, estudiando —respondí, encogiéndome de hombros—. Pero el olor de la tarta me trajo hasta aquí.

—Ya lo sospechaba, pero lo siento, cariño: esta no es para nosotros.

Mientras me servía un vaso de agua, la curiosidad pudo más:

—¿Ah no? ¿Y para quién es?

Mi madre sonrió con naturalidad, como si no se tratara de nada especial.

—Es que volvió Eric de su misión.

Un escalofrío me recorrió de pies a cabeza. Eric. El vecino de al lado. Mi amor secreto, mi obsesión silenciosa, mi primer imposible.

—¿De verdad volvió? —pregunté, intentando sonar indiferente, aunque mi voz traicionó un leve temblor.

—Sí, tu padre habló con él hace un rato y le preparé una tarta para ir a su casa y saludarlo. ¿Quieres venir conmigo?

—Claro… solo déjame cambiarme.

—Tómate tu tiempo, la tarta aún está en el horno.

Subí a mi habitación con el corazón desbocado. Mientras me duchaba y elegía con cuidado mi mejor vestido, su imagen me asaltaba una y otra vez. Hacía años que no lo veía.

Su carrera militar explicaba sus ausencias prolongadas, y siempre que regresaba, su familia lo recibía con celebraciones que involucraban a muchos invitados. Me parecía extraño que esta vez la casa permaneciera tan silenciosa. En otras ocasiones me enteraba de que había llegado al ver la multitud al frente. Pero ahora parecía que la casa estuviera vacía.

Siempre que él venía por Navidades y lo veía, la reacción de mi cuerpo era la misma. Mi corazón palpitaba rápido, me sudaban las manos y en los últimos años no podía dejar de pensar en lo atractivo que era a pesar de su edad.

Era contemporáneo con mi padre, pero no tenían nada que ver. Mientras mi padre era de complexión delgada y cabello oscuro, él tenía una estatura imponente, con hombros anchos y cuerpo atlético, como esculpido por dioses caprichosos. Su piel morena, sus ojos verdes y esa sonrisa letal, bastaban para desarmarme por completo.

Cada vez que cruzaba por la calle o hablaba con mis padres, yo lo observaba desde lejos, con el corazón latiendo tan rápido que temía que se me escapara por la boca. Había sido desde mi adolescencia el regalo de Navidad que siempre había querido disfrutar.

Ahora tendría una nueva oportunidad de verlo. Y aunque estaba casado con Jane, amiga de mi madre de toda la vida —una mujer con la que jamás podría compararme—, yo seguía atrapada en esa atracción imposible. Sus hijos ya eran adultos, pero vivían lejos, y ninguno heredó su magnetismo. Él era único. Y yo, ansiosa, quería comprobar si todavía me hacía arder por dentro.

—Hija, la tarta ya está lista —escuché la voz de mi madre desde la planta baja una hora después.

Respiré profundamente frente al espejo, intentando controlar los nervios que me agitaban el estómago. El vestido que había seleccionado me quedaba ceñido al cuerpo, arropando mis curvas a la perfección. Me había maquillado poco, algo sutil para no parecer que iba a una fiesta y el cabello me lo dejé suelto, llegando justo a mitad de la espalda.

Al bajar, la piel me ardía con una anticipación que me daba vergüenza reconocer.

Salimos juntas de la casa y al cruzar la calle, sentí las piernas pesadas y ligeras al mismo tiempo, como si caminara en un sueño.

Cuando mi madre tocó el timbre, el corazón martilleaba en mi pecho. Y entonces lo vi.

Eric abrió la puerta y la sonrisa con la que nos recibió me desarmó al instante.

—¡Clara! —exclamó con voz grave, envolviendo a mi madre en un abrazo afectuoso—. ¡Cuánto tiempo! Qué gusto verte.

—Eric, qué alegría tenerte de vuelta —respondió mi madre con la naturalidad de quien abraza a un viejo amigo—. Te hice tu tarta preferida, como siempre.

Él rio suavemente.

—Siempre tan generosa. Ya la extrañaba.

Yo observaba la escena en silencio, con el corazón encogido y las manos entrelazadas para disimular mi nerviosismo. Cuando sus ojos se encontraron con los míos, me dedicó una sonrisa tan cálida que tuve que bajar la mirada para no delatarme.

—Megan —dijo con dulzura—. Vaya, cómo has crecido. Apenas te reconocí.

Sentí que mis mejillas ardían.

—Sí… ya ha pasado tiempo —murmuré, forzando una sonrisa tímida.

Mi madre intervino con su habitual soltura:

—Eric, ¿y Jane? Quiero saludarla, ¿está en casa?

—Claro, está en el salón. Pasen, por favor —respondió, haciéndose a un lado para que ambas entráramos.

Jane vio a mi madre a lo lejos y se saludaron con confianza como siempre que se veían.

El silencio se adueñó de la entrada. Eric se quedó frente a mí, mirándome con una expresión serena, cargada de un afecto que me confundía aún más.

—Es increíble lo rápido que pasa el tiempo —dijo, sin apartar los ojos de los míos—. Todavía recuerdo cuando jugabas en el jardín con los chicos.

Su tono era suave, casi paternal, pero en su mirada había algo más. Yo no podía creer lo nerviosa que estaba. Su forma de mirarme me atravesaba, y aunque me hablaba con cariño, cada palabra me hacía estremecer.

—Ya no juego en el jardín, señor Eric.

Él soltó una carcajada suave, de esas que parecían llenar la casa entera.

—No me digas “señor”, que me haces sentir viejo.

—¿Y cómo quiere que lo llame? —pregunté, intentando sonar natural, aunque la voz me temblaba apenas.

—Eric. Solo Eric.

Me sostuvo la mirada con una calidez que me hizo sonreír sin darme cuenta. Durante un instante, fue como si el tiempo retrocediera y yo volviera a ser aquella niña que se escondía tras la reja del jardín para verlo llegar con el uniforme.

—Está bien… Eric —repetí despacio, probando su nombre en mis labios, como si fuera nuevo para mí.

Él asintió, satisfecho.

—Así está mejor.

El silencio que siguió no fue incómodo; al contrario, estaba cargado de una cercanía familiar, de esas que no necesitan palabras. Eric se inclinó un poco hacia mí, como quien recuerda con cariño una escena olvidada.

—Me acuerdo perfectamente de cuando venías a la puerta de mi casa con las rodillas raspadas, buscando a mis chicos para jugar. Y debo reconocer que siempre eras la más valiente.

No pude evitar reír.

—Yo diría que era la más terca… —admití.

—Quizás las dos cosas —respondió él, con una sonrisa que me llenó el pecho de un calor inesperado.

En ese momento, la voz de mi madre interrumpió la calma:

—¡Megan, ven a saludar a Jane!

Jane apareció detrás de ella, radiante como siempre, con esa calidez natural que la hacía imposible de no querer. Al llegar a donde estaban, me abrazó con afecto, preguntando por mis estudios y riéndose con mi madre de sus chistes personales.

La conversación se volvió animada enseguida: mi madre y Jane recordando anécdotas, riendo juntas, como siempre que se veían. Y yo intentaba seguir el hilo, aunque mi mente volvía una y otra vez al instante previo, a esa sonrisa de Eric y a la forma en que me había mirado.

De vez en cuando, sin proponérmelo, nuestros ojos se cruzaban. Él participaba poco en la charla, pero cuando lo hacía, su voz grave parecía resonar directamente en mí.

Pasó un rato así, entre charlas y risas, hasta que Jane tomó a mi madre del brazo.

—Ven, Clara, acompáñame a la cocina, quiero mostrarte algo que traje de Londres.

Las dos se alejaron, dejándonos solos en el salón de la casa. Quedamos en silencio unos segundos y yo no podía apartar los ojos de los suyos. Noté cómo su mirada se detenía en mi rostro, bajaba un instante a mis labios y volvía a mis ojos con una lentitud que me hizo contener el aliento.

—Has cambiado mucho, Megan —dijo al fin, con voz grave, más baja que antes.

Sentí un vuelco en el estómago. Mi mente buscaba una respuesta lógica, algo que disipara la electricidad en el aire, pero nada salía de mis labios.

—Es lo que tiene cumplir años —alcancé a decir, apenas audible.

—Cierto. —Eric inclinó un poco la cabeza, sin perder la sonrisa suave—. Ya no eres aquella niña que me espiaba desde la ventana —me dijo en voz baja.

Mi corazón latía con tal fuerza que temía que pudiera escucharlo. ¿Me había visto?

—No sabía que me veía espiarlo.

—¿Recuerdas que soy militar y que no se me escapa nada?

—Perdón, yo solo…

—¿Por qué me espiabas?

—Me gustaba verlo hacer ejercicio… —le respondí con valentía.

—¿Solo eso?

—Eso era lo que hacías en el patio…

—¿Y cuándo me espiabas por la ventana de tu habitación?

Sentí que la sangre me hervía en las mejillas. No esperaba que lo dijera en voz alta, y mucho menos con ese tono cargado de intención.

—Yo… —tragué saliva, sosteniendo la mirada por más de un par de segundos—. Solo era curiosidad.

—Curiosidad… —repitió, como saboreando la palabra.

Se inclinó un poco hacia mí, sin dejar de observarme con esos ojos verdes que parecían atravesarme.

—Vale, entonces dime ¿qué veías desde tu ventana? Además de mis ejercicios.

Su voz tenía la suavidad de una caricia, y no sabía si responder o huir, pero algo en mí no quería apartarse.

—Veía… —mi voz se quebró, y tuve que recomenzar—. Veía cuando salía de la ducha y cómo se cambiaba de ropa.

—¿Te gustaba verme?

—Sí.

La sonrisa de Eric se ensanchó, sin perder ese matiz entre afecto y picardía. —Eso explica muchas cosas —murmuró, tan bajo que casi sonó para sí mismo.

Yo no podía creerlo. Cada palabra, cada gesto, me hacía preguntarme si acaso estaba al borde de aquello que tantas veces había soñado, si de verdad esa línea que siempre pensé infranqueable se estaba borrando frente a mis ojos.

La sonrisa permaneció en sus labios mientras me miraba en silencio. Yo sentía que el aire se me escapaba de los pulmones, incapaz de moverme. Entonces, sin previo aviso, Eric extendió la mano y me apartó un mechón de cabello que había caído sobre mi mejilla. El roce de sus dedos contra mi piel fue tan fuerte que me estremecí de pies a cabeza.

—¿Y sigues siendo esa niña curiosa? —susurró, dejando la mano apenas un segundo más cerca de mi rostro, como si le costara retirarla.

Me quedé inmóvil, con el corazón desbocado, intentando procesar lo que acababa de pasar. ¿De verdad estaba tocándome así? ¿De verdad esto estaba ocurriendo?

—No, ya no soy una niña.

—No, no lo eres.

Al retirar su mano, sus ojos se clavaron en los míos, intensos, profundos, como si buscaran una respuesta que yo no sabía si estaba preparada para dar.

—Ahora eres… toda una mujer —añadió en voz baja, cargada de un peso que me hizo temblar todavía más.

No supe qué decir. Mi cuerpo reaccionaba por mí: respiración acelerada, la piel ardiendo, la mente repitiendo una y otra vez la misma pregunta: ¿Es este el momento en que mi fantasía imposible se vuelve real?

Él no apartó la mirada de la mía. Al contrario, acortó la distancia con una lentitud que me heló la sangre y me incendió por dentro al mismo tiempo. Sus dedos rozaron mi mano, apenas un contacto, pero suficiente para que un escalofrío me recorriera el cuerpo entero.

Mi garganta estaba seca y mi corazón golpeaba con fuerza. Eric inclinó un poco más la cabeza, y durante un segundo tuve la certeza de que el mundo alrededor había desaparecido. Éramos los dos, en ese instante que tantas veces había imaginado.

Pero entonces, las risas de Jane y mi madre retumbaron en el pasillo y el sonido de sus pasos acercándose nos devolvió de golpe a la realidad. Eric se apartó apenas un palmo, suficiente para recuperar la compostura, aunque sus ojos aún ardían con algo que no sabía nombrar.

Yo, en cambio, apenas podía respirar con normalidad. ¿Había pasado de verdad? ¿O todo era producto de mis deseos, de mi imaginación que al fin me traicionaba?

Cuando mi madre apareció de nuevo, yo ya había bajado la mirada, tratando de que nadie notara el temblor en mis manos ni el fuego que todavía me consumía por dentro.


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NB✨