Modo Avión
Dicen que el romanticismo murió cuando dejamos de ver la unión de dos almas en un acto de entrega emocional hacia el otro individuo, o eso dicen las personas que no aceptan que no todo tiene que ser romántico, la gente que no puede quedarse a escuchar solamente su voz.
La causa de mis problemas es esa clase de personas, los lectores que no se interesan en lo más mínimo en el realismo crudo, prefieren encerrarse en sus historias de fantasía de parejas de amor. ¿Acaso no consideran especial una rutina, la inminente soledad? Antes de estar consigo mismo les parece tan asqueante, que no pueden considerar una historia completa si no están JUNTOS o se CASAN; es ridículo. Yo soy ridículo al creer que las editoriales comprenderían la esencia, el mensaje de mis libros. No muestro una pareja trivial en situaciones que, pensémoslo bien, no a todos les pasa. Esas situaciones románticas. Yo muestro una realidad, muestro los hábitos de las personas que nos cruzaremos en el transporte, pero no los volveremos a ver o recordar. Mis libros son la realidad de lo que te hace sentir un trabajo que muchas veces ni siquiera te gusta. Solo estás ahí porque no te puedes dar el lujo de renunciar y hacer lo que se te pegue la gana, porque “Oh, tengo hijos que mantener y por más que me esfuerce, probablemente en la adolescencia y adultez me reclamarán de algo, todo porque creí en la gran idea de que con amor nada es invencible”.
Ya ven por qué me cae gordo ese pensamiento: solo nos hace tomar decisiones estúpidas que no nos
llevarán a ningún lado, solo nos recordará que estamos condenados a cometer los mismos errores por una emoción que ni siquiera es duradera
Mi nombre es Aslam Castillo Villa, lo sé, mis padres tuvieron la grandiosa idea de escogerme un nombre único, según ellos. Fui un objeto de burlas en la primaria, tengo 29 años, vivo con mis padres y como promedio de estudiante ni siquiera estoy ejerciendo de lo que estudié, ya se imaginarán que estudié. No sé qué es peor: el montón de papeles con palabras sin valor alguno tirados o la pantalla de mi laptop que solo permanece encendida, o bien; Yo que estoy en modo avión sin logra hacer un impacto por culpa de la trivialidad.
Eran las 5:00 de la mañana. El resonar de mis teclas era más fuerte que mis pensamientos. Otro borrador más, solo para que al final terminara rechazado como siempre. Supongo que la incertidumbre se volvió monotonía. —Jaja, ni siquiera tiene chiste eso...
—Hijo, ¿estás despierto? —preguntó con una voz algo cansada.
—Sí, ma, ahorita bajo.
—No te tardes o no llegarás a tiempo al trabajo, y a tu padre, si se entera, no le va a gustar.
“¿Y a él qué le gusta?“. Nada. Seguí escribiendo un rato más, tenía planeado enviar el escrito hoy si se podía.
Mi madre no terminó de estudiar; quedó embarazada de mí y se dedicó a ser ama de casa. Mi padre tampoco tenía estudios, pero tuvo que arreglárselas. Su padre le dejó una tienda y él empezó a trabajar allí. Creían que yo sería su esperanza, que los sacaría de ahí, pero tuve la grandiosa idea de estudiar “Literatura”. Ese día, recuerdo haberles dicho, el primero en decepcionarse fue mi padre. Aún recuerdo cómo me comparaba con un simple incompetente. Se suponía que debía callarle la boca, pero terminé trabajando para él. Sí... al final terminé aquí. Al principio, lo único que quieres es darte un tiro al ver su expresión de “te lo dije”, como si hubiera esperado a que fracasara. Una sola decisión me trajo aquí, pero aún así sigo escribiendo. Por más que no nazcan las palabras al contacto de mis dedos con las teclas, lo fuerzo. ¿Qué otra opción tengo? ¿Quedarme a no hacer nada, a esperar ser reconocido o comprendido? Creo que entre más crezco, estoy convirtiéndome en algo muy sentimental. Es lo que menos me gusta; me hace sentir ridículo.
La tienda de mi padre estaba a unas cuadras de mi casa. Trabajaba de lunes a viernes, y cuando llegaba, ayudaba con los quehaceres del hogar. El tiempo que sobraba lo usaba para escribir; mandaba los escritos a editoriales. Terminaba un borrador en una semana, no dormía mucho, a decir verdad, así que estar parado en el mostrador era una manera de mantenerme despierto. El olor era a humedad. Mi padre no había reparado el techo, así que las goteras no paraban de caer.
La gente no era más que un estorbo para mi tiempo. Las cajas en la esquina yacían envueltas en polvo, tal vez era lo que más se parecía a mi estado. No había mucha diferencia entre las cajas llenas de productos polvorientos y mis escritos. Entonces, ¿por qué odiaba tanto esas cajas? Tal vez porque ellas sí eran compradas por la maldita gente. La gente tampoco ayudaba con sus preguntas estúpidas, pero no sé quién era más estúpido, ellos o yo contestando sus preguntas. La jornada no era tan cansada para quejarme, pero de alguna forma era una carga menos que el fracaso que permanecía en mi mente.
Eran las 8:00 p.m. La noche era fresca, con el ruido de los perros ladrando. La luna brillaba más que mi resistencia, y solamente ese eco de la noche fue lo que me hizo relajarme tanto que no me percaté de tu presencia.
—Veo que te ves horrible, más de lo que esperaba —dijo.
—Ja... tú te ves peor, ¿sabes, Matt?
—Supongo que lo de las historias no va tan bien como esperabas, ¿verdad, o me equivoco? —Maldito cabrón. Solo era la figura de lo que yo pude ser. A pesar de que era mi amigo, era un recordatorio de lo que no he logrado no SERÉ.
No hay nada mejor que estar sentado por más de tres horas en tu laptop con el documento abierto, mientras lo único que hago es borrar, escribir, borrar, escribir, BORRAR, ESCRIBIR, BORRAR, PUTA MADRE, ESCRIBIR DE NUEVO... ¡DIOS MÍO!
No dejo de pensar en el estúpido de Matt. Ese infeliz con su maldito título de abogado, su maldita cara perfecta con ojos color miel, cejas gruesas y tupidas, mentón definido, cabello sedoso como en un comercial de Pantene, sus estúpidos hoyuelos cuando hace esa sonrisa ESTÚPIDA de burla, esa de “Soy mejor que tú, no hay ni siquiera competencia”. Y ni hablemos de su cuerpo, el maldito sí se ve que no solo paga la suscripción del gimnasio, sino que va. A mí apenas me da tiempo de desayunar decentemente. El maldito cabrón es solo un presumido que ya todos sabemos que ya tiene auto, departamento y un trabajo estable, el sueño de cualquiera. Ni siquiera sé por qué está aquí, es decir, ¿qué tiene que hacer aquí si ya ni vive por estos rumbos? Él sí pudo salir de este basurero. Espera... maldita sea, lo escribí; BORRAR, BORRAR. Ay, qué dolor de cabeza. Él ni se merece estar en mis libros, no lo merece.
Agh, necesito un respiro. Solo eso necesito. Dejar esto o pensaré que tengo un crush con él. Necesito salir, esto ya me está asustando.
Caminé más de lo normal, ni siquiera sabía a qué rumbo me dirigía. Solo anhelaba escapar de ahí, solo era eso. El viento escurridizo se metía por debajo de mi ropa, una breve sensación de alivio, de un peso menos entre esta dicha que me carcomía. Llegué a un punto en el que no había más camino. Irónico, ¿no? Supongo que es una señal. Estaba en el punto más alto de un pequeño monte. Me senté dejando que mis pies no tocaran el suelo. Solo así se sentían menos pesados.
Miré hacia arriba buscando una respuesta. No era religioso, pero por primera vez desearía saber que alguien, con todo esto, supiera que es parte del proceso y que mi vida no terminaría siendo miserable. Solo necesito una respuesta... es todo. Mi interior se volvía más frío, hueco. Algo húmedo se deslizó en mi mejilla.
Lágrimas.
Tenía tiempo que no lloraba. Creo que solo lloré cuando me rechazó la primera editorial a la que le había enviado mi primer borrador. Según yo, iba a revolucionar el mundo, pero no he hecho nada. Las arrugas de mi nariz al moquear se hacían más evidentes, sobre todo porque las lágrimas no cesaban. Junto a ellas, surgieron las preguntas: ¿Realmente valía la pena desvelarme, no comer bien, irritarme solo por esto? ¿En serio vale la pena?
Hubiera permanecido así si no fuera porque el crujir de una rama me hizo voltear.
—Vaya, te ves muy feo llorando —soltó una risa burlona y suave.
—Tú te ves incluso horrible sin llorar.
—Tranquilo, ¿así recibes a tu mejor amigo después de tanto tiempo?
—Yo cuándo dije que éramos amigos.
—Oh, bueno, creí que éramos amigos cuando te eché una manita —movió la mano de arriba hacia abajo un par de veces porque me tardé en reaccionar.
—¡AGH! ¡Qué asco! Solo fue una vez y no estaba en mi mejor estado. —Me limpié de inmediato las mejillas bruscamente. Era estresante e incómodo.
—¿Por qué sigues aquí? —dije, cortante.
—Bueno, tu madre me pidió buscarte. Están preocupados.
—Pff... preocupados porque no aporto nada de dinero.
—No. Sabes que eso no es cierto. Sabes, a veces podrías dejar de pensar que todo es contra ti. No has cambiado en nada.
—Claro, lo dice el exitoso abogado MATT.
- —Claro, Matt. ¿Por qué no lo gritas? Decírmelo a la cara no te basta para restregármelo.
—¿Cuándo he dicho que yo soy mejor que tú?
—¡Cabrón, lo acabas de decir justo hace un momento!
—¡Era sarcasmo, Aslam! ¡Ahora ya ni eso lo puedes tomar sin ser un ataque!
—El sarcasmo es un insulto, estúpido ignorante.
Matt respira irritado y se sienta junto a mí. —¿Quién te dijo que podías sentarte, idiota?
—¡¿PUEDES CALLARTE UN MINUTO, SOLAMENTE SIN TENER QUE ABRIR LA BOCA PARA QUE TODO EL MUNDO SEPA QUE ERES EL ÚNICO QUE LA PASA MAL, ¡¿ASLAM?!
—...
El silencio permaneció por un minuto, hasta que junté el valor.
—Perdón.
—¿Qué dijiste?
—Maldito sordo... que, ¡perdón! Agh, ya no puede uno solo repetirlo una vez.
—Es que no esperaba que pidieras perdón tan rápido, ¿sabes?
—Lo sé. Sé que soy un egocéntrico, tal vez arrogante e inmaduro. Realmente te envidio. Tú tienes todo lo que yo he deseado en serio: éxito, reconocimiento, un trabajo estable.
Aslam pero...pero tu tienes a una familia que pese a todo aun confían en ti.
—Claro, eso tiene la gente pobre.
—Aslam, en serio, no tienes remedio. Pero, ¿realmente te has preguntado por qué no han aceptado tus escritos?
—Porque no saben reconocer una buena historia.
—Déjame preguntarte algo. ¿Escribes para ti o para los demás? —No, es esa es la pregunta más estúpida. Claro que para los demás, ellos serán quienes lo lean. —No estás entendiendo. Cuando escribes, ¿piensas en las personas o en lo que estás escribiendo?
Tal vez eso, por un segundo, hizo que mi mente se detuviera; que no pensara en el próximo insulto que le lanzaría, que no me se sintiera ofendido o creyera que me decía eso solo para recalcar mi error. Pero supongo que ese sería el más mínimo error, comparado con lo que cometería más adelante.