One-shots de una plaga

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Summary

solo son relatos que realizo cuando algo llega a mi cabeza

Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
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18+

La Escuela que Nunca Duerme

Desperté con el sonido del timbre. Suena cada mañana a las ocho, como si el edificio recordara mejor que nosotros qué hora corresponde. Me levanté, me lavé la cara en el baño del tercer piso —el único donde todavía corre agua— y bajé al comedor, recorriendo los pasillos silenciosos.

Las paredes estaban cubiertas de pósters antiguos y grietas que parecían observarnos a cada paso. El eco de nuestras pisadas resonaba entre las aulas, donde aún quedaban pupitres torcidos y libros abiertos, como si los hubieran abandonado a mitad de clase. En el corredor principal, algunos chicos conversaban en voz baja, compartiendo pan duro o cartas que escriben aunque nadie las lea. A medida que descendíamos al segundo piso, la luz que se filtraba por las ventanas se volvía más tenue y el aire más frío. En los tramos inferiores, el olor a humedad reemplazaba al polvo y la tiza, y las sombras se alargaban en las paredes desconchadas. Un rayo de luz, colándose por el vidrio roto de una ventana del primer piso, proyectaba figuras en el suelo que bailaban con nuestro movimiento, marcando el último tramo antes de llegar al comedor.

Pasamos frente al gimnasio, donde el viento hacía que las puertas metálicas se golpearan suavemente, y descendimos las escaleras hasta el comedor, donde el murmullo de los pocos que desayunan rompe apenas el silencio que domina el lugar.

Allí siempre hay pan. Nadie sabe quién lo deja, ni cuándo. A veces está fresco, otras duro como piedra, pero nunca falta. Comemos en silencio, cada uno con su bandeja, fingiendo que no nota cómo la luz del sol se queda quieta sobre las ventanas, como una foto vieja.

Después, las clases. Ya no hay profesores, pero seguimos entrando a las salas. Algunos leen libros que ya se saben de memoria. Otros dibujan, o solo miran por la ventana. Yo suelo escribir. No sé para quién. Quizá para recordar que sigo aquí.

Cuando cae la tarde —si es que eso aún ocurre— salimos al patio. Es amplio y cercado por muros cubiertos de enredaderas secas, con el suelo agrietado por donde asoman raíces viejas. En el centro hay una fuente sin agua que todavía murmura cuando sopla el viento, y los bancos de cemento están cubiertos de polvo y hojas que nunca se pudren. Algunos chicos se sientan allí a mirar un cielo que nunca cambia de color, otros caminan en círculos, contando pasos para no olvidar el movimiento.

Los que llegaron antes que yo dicen que el tiempo no pasa, que el cuerpo no cambia. Tienen razón. A veces me miro en los espejos del baño del tercer piso, donde los azulejos están agrietados y el vapor se mezcla con el olor a óxido de las tuberías. Algunos están rotos, otros empañados, pero aún reflejan lo suficiente para recordarme cómo era mi rostro. Allí, entre la humedad y las sombras, sigo viéndome igual que el primer día. No hay hambre, no hay sueño, no hay cansancio… solo esta rutina que nadie interrumpe.

Y, aun así, cada noche, antes de cerrar los ojos, miro por la ventana del dormitorio. Desde allí puedo ver el patio desierto, iluminado por un resplandor gris que nunca cambia. Las hojas muertas se arremolinan sin viento, y la fuente seca lanza un eco tenue que parece latir bajo la tierra. Me repito lo mismo: mañana tal vez despierte en otro lugar. Pero siempre suena el timbre a las ocho.

Aquella mañana el timbre sonó como siempre, pero algo en el aire era distinto. No sabría explicarlo; quizá fue el eco en el pasillo o el modo en que la luz entraba por las ventanas del patio central. Y entonces lo vimos.

Un chico nuevo, con uniforme limpio y una mochila llena. Entró despacio, mirando a todos lados como si buscara a alguien conocido. Al principio lo observamos desde lejos, desconfiados, pero su expresión lo cambiaba todo: tenía esa mezcla de miedo y entusiasmo que ninguno de nosotros recordaba sentir desde hacía… ¿cuánto? ¿décadas?

Pronto comenzaron las preguntas: “¿De qué curso vienes?”, “¿Cómo entraste?”, “¿Todavía hay clases afuera?”. Las voces llenaron el pasillo, y por primera vez en mucho tiempo, la escuela sonó viva.

Él sonrió nervioso. Dijo que no sabía cómo había llegado, que solo siguió un camino tras una neblina en la carretera y, de pronto, estaba aquí. Algunos se rieron. Otros lo invitaron al comedor, a enseñarle dónde dormimos, dónde aún funciona el agua. Era como recibir un rayo de sol que no sabíamos que extrañábamos.

Los días pasaban con una mezcla de curiosidad y esperanza. El chico recorría cada rincón, y nosotros lo seguíamos como si su presencia abriera puertas que antes ni veíamos. En el aula de arte encontró murales cubiertos de polvo donde los colores aún se resistían a morir, y en la biblioteca —que olía a madera vieja y papel húmedo— se sentó a leer en voz alta, haciéndonos sentir, por primera vez en años, que la escuela respiraba de nuevo.

En los recreos inventábamos rutinas, compartíamos historias de nuestras vidas antes de quedar atrapados, y él anotaba cada palabra en un cuaderno pequeño. Decía que si algún día lograba salir, lo contaría todo, que nadie creería lo que había visto aquí. Su entusiasmo era contagioso: incluso los más antiguos, los que no hablaban desde hacía años, comenzaron a salir de sus habitaciones para escucharlo o simplemente observarlo pasar.

Por las tardes, cuando la luz se volvía gris, solía sentarse junto a la fuente seca del patio. Decía que ahí el silencio tenía un sonido distinto, como si bajo las grietas aún hubiera agua fluyendo. Algunos nos reíamos de su fe en los milagros, pero yo... yo lo admiraba. Había traído movimiento a un lugar que creíamos condenado a la quietud.

Fue entonces cuando entendí algo: no es que la escuela esté muerta. Solo dormía. Y aquel chico la había hecho respirar otra vez.

Aun así, había reglas. La más importante de todas: a las ocho, todos debíamos irnos a dormir. No importaba si conversábamos, si reíamos, si estábamos en medio de una historia; el timbre marcaba el fin del día. Él lo tomó a la ligera al principio, como una superstición. Pero después de las primeras noches entendió por qué la obedecíamos.

Él me contaba entre susurros cómo cada vez que cerraba los ojos, escuchaba pasos afuera del dormitorio, pasos lentos y arrastrados, que se detenían frente a la puerta y luego se iban. Decía que una sombra se movía bajo la rendija, que la respiración del edificio cambiaba. Yo nunca supe si era miedo o imaginación, pero desde entonces, cuando el reloj marca las ocho, el silencio de la escuela pesa más que nunca.

Una tarde, mientras escribía en mi cuaderno bajo las escaleras, escuché su voz:

—Tú no hablas mucho, ¿verdad?

Levanté la vista. Tenía una sonrisa cansada, pero sincera. Le respondí con un gesto y seguí escribiendo, aunque mis manos temblaban un poco. Hacía tanto que nadie me hablaba por simple interés.

Volvió al día siguiente, y al otro también. A veces solo se sentaba cerca, otras intentaba conversar. Me hablaba del ruido de los autos, de las calles, del olor de la lluvia afuera… Yo lo escuchaba con una mezcla de calma y miedo. Cada palabra suya era una grieta que me recordaba que el mundo aún existía allá afuera.

Hasta que un día, mientras hojeaba mi cuaderno, él se detuvo en seco. Su expresión cambió, como si algo dentro de él hubiese encajado por fin.

—…¿Eres tú? —dijo en voz baja—. No puede ser… eras mi amiga… del colegio viejo…

Me quedé sin aire. El nombre que pronunció después llevaba años dormido en mi memoria, cubierto de polvo y silencio. Y en ese instante lo entendí: él no era un extraño. Era parte del pasado que creí haber olvidado junto con el resto del mundo.

Sentí las lágrimas antes de notarlas. Sonreí, torpe, y apenas pude decir su nombre. El eco repitió nuestras voces en los pasillos, como si la escuela también lo recordara.

Por primera vez en tanto tiempo, abracé a alguien. Y fue tan real… que por un momento creí haber escapado.

Con el paso de los días, nos hicimos inseparables. Él me buscaba cada mañana después del timbre, y caminábamos juntos por los pasillos vacíos, compartiendo historias de un mundo que yo ya apenas recordaba. Su voz se convirtió en una constante, una melodía que hacía que los muros de la escuela se sintieran menos fríos.

Me hablaba de su casa, de su madre, de un perro llamado Milo… cosas tan simples que dolían de escuchar. Yo lo escuchaba en silencio, fingiendo que aún podía imaginar el viento, el ruido de la ciudad, el paso de las estaciones. Antes de su llegada, mi vida en la escuela había sido una sucesión de días grises e idénticos. No recordaba cómo era sonreír sin motivo ni hablar por gusto; solo existía la rutina, los timbres, los pasillos interminables. Mi mente retenía imágenes difusas del pasado: una calle soleada, el olor del pan recién hecho, una voz que me llamaba por mi nombre. Pero todo eso se había vuelto distante, como si perteneciera a otra persona.

Por eso lo observaba más de lo que admitía. Había algo en su manera de hablar que despertaba en mí un impulso protector, una necesidad de cuidar ese pequeño destello de humanidad que aún no había sido contaminado por la escuela. Antes de que él llegara, mis días eran una rutina silenciosa, un eco constante sin propósito. Recordaba vagamente haber tenido una familia, amigos, una vida con ruido y luz, pero todo se sentía como un sueño del que nunca desperté. Solo quedaban imágenes inconexas: un aula iluminada por el sol, una risa que se desvanecía, la sensación del viento en la cara. Ahora, con él allí, esas memorias parecían querer regresar, aunque solo fueran sombras borrosas.

Me descubrí vigilando que comiera, que se acostara a tiempo, que no se acercara demasiado a los pasillos después de las ocho. Cuando él se reía de mis advertencias, fingía molestia, pero en el fondo temía lo peor. Esa mezcla de cariño y miedo me hacía sentir viva, como si mi existencia aquí tuviera aún un sentido. A veces reía, y al hacerlo todo parecía vivo por un instante; era como si su presencia tejiera un puente entre lo que fui y lo que quedaba de mí ahora.

Pero había algo que no podía permitir. Una noche, cuando el reloj del pasillo marcaba las siete y el cielo estaba inmóvil, le tomé la mano.

—Tienes que prometerme algo —le dije.

Él sonrió, como si fuera una broma. —¿Prometerte qué?

—Que cuando llegue el momento… saldrás de aquí. Pase lo que pase, sin mirar atrás.

—¿Irme de aquí? —repitió, con una risa nerviosa—. Pero si aquí es tan agradable… Es raro, da miedo de noche, pero también es hermoso.

Negué despacio. —No lo entiendes. No puedes quedarte aquí. Este no es un sitio en el que debieras permanecer. Tienes un mundo allá afuera esperándote, una vida que continuar.

Él bajó la mirada, pensativo. —¿Y por qué no puedo irme contigo? ¿Por qué ustedes no pueden venir conmigo?

Guardé silencio por un instante. —Porque nosotros… ya no pertenecemos a tu mundo.

—¿Eso es una broma para asustarme? —preguntó, forzando una sonrisa temblorosa.

—Ojalá lo fuera —susurré, sintiendo cómo el aire se volvía más pesado entre nosotros.

Por un momento, el reloj del pasillo pareció detenerse. Él apretó mi mano con suavidad, buscando una respuesta que no tenía palabras. Y aunque no lo dije en voz alta, dentro de mí repetí una plegaria que hacía años me acompañaba: Por todo lo que amas, por todo lo que aún respira allá afuera… no te quedes después de las ocho.

Aquella noche lo supe antes de verlo. El silencio era distinto. Demasiado completo.

Salí al pasillo y noté su ausencia en el dormitorio. El reloj marcaba las ocho con cuarenta y su cama estaba vacía. Ya lo había hecho antes: quedarse más tiempo, mirar el cielo sin estrellas desde las ventanas del tercer piso… pero esta vez algo me oprimía el pecho.

Lo encontré en el patio principal, oculto tras las columnas del gimnasio. La luz del crepúsculo parecía flotar en el aire, suspendida, y en su rostro había algo entre asombro y paz.

—Sabía que vendrías —me dijo, sin volverse.

—Te lo advertí —respondí, acercándome—. No debiste quedarte.

—Tenías razón. Pero… mira.

Nos sentamos junto al borde de la fuente seca. Sobre nosotros, el cielo que siempre había sido una mancha inmóvil comenzaba a moverse. Las nubes se arremolinaban en espirales suaves, y de ellas caía una lluvia de luces doradas, como luciérnagas flotando entre los árboles del patio. Era hermoso. Tan hermoso que dolía.

Él levantó la vista y sonrió, con los ojos brillando ante aquel espectáculo imposible. —¿Sabes? Siempre imaginé que si volvía a verte, sería así… bajo un cielo extraño. —Su voz temblaba—. Desapareciste de un día para otro. Tus padres te buscaron durante meses, nunca dejaron de hacerlo. Yo… no podía creer que te hubieras ido. Me sentía culpable por no haberte acompañado aquel último día.

Me quedé en silencio. Cada palabra suya me atravesaba como una aguja, recordándome una vida que ya no me pertenecía. Una vida que se había detenido antes de que pudiera entenderla.

—Yo… —continuó— siempre tuve un gusto por ti. Era estúpido, lo sé, pero cada vez que te veía en el pasillo sentía que el mundo se hacía más fácil. Cuando te fuiste… todo se volvió gris. —Rió con tristeza—. Y ahora, míranos… otra vez en una escuela.

Intenté sonreír, pero el dolor en mi pecho se volvió insoportable. Mientras él hablaba de su mundo, de sus padres, de sus días después de mi desaparición, yo sentía cómo el mío se desvanecía más. Cada recuerdo que mencionaba era un golpe, una distancia que no podía acortar.

—Tú sigues vivo —dije al fin, con la voz temblorosa—. Tienes un futuro, un lugar al que volver. No lo desperdicies aferrándote a alguien que ya no existe.

Él me miró, confundido, sin comprender del todo. Y yo, conteniendo las lágrimas, seguí observando las luces doradas caer sobre nosotros, sabiendo que cada una marcaba el paso de un tiempo al que nunca volvería.

Por un momento creí que el maleficio se había roto, que por fin el mundo nos había perdonado. Pero entonces, muy lejos, escuchamos el primer grito.

No fue humano. Fue como el crujido de una puerta oxidada, mezclado con un llanto ahogado. Después vinieron más. Las sombras comenzaron a moverse detrás de las ventanas, los vidrios se empañaron con manos que no deberían existir, y el timbre sonó.

A las diez exactas.

Las luces doradas se apagaron una por una, y el aire se volvió espeso, con olor a óxido y carne vieja. Él me miró, confundido, retrocediendo un paso. Yo lo tomé del brazo.

—¡Corre! —le grité.

Pero ya era tarde. Desde los corredores comenzaron a salir ellos: los antiguos, los dormidos, los que habían olvidado su forma humana. Se movían torcidos, con la piel ceniza y los ojos vacíos, buscando calor, buscando vida.

El cielo hermoso se partió en dos, y la escuela volvió a respirar como un monstruo que despierta. Solo entonces recorde por qué la maldición nunca se había roto: la belleza era el anzuelo. Y él… había sido quien la tocó primero.

Corrimos sin mirar atrás. El eco de los gritos nos perseguía, rebotando en las paredes como un rezo enfermo. Las luces parpadeaban, el suelo se quebraba bajo nuestros pasos, y aun así no solté su mano. Por primera vez en tanto tiempo, tenía miedo de perder algo.

—¿Qué está pasando? —gritó él, con la voz quebrada por el pánico.

—¡No mires atrás! —le respondí, apretando su mano con fuerza. —Si los miras, te alcanzan.

Podía escuchar los pasos detrás de nosotros: pesados, húmedos, cada vez más cercanos. Un murmullo gutural se mezclaba con los lamentos de los que aún recordaban cómo gritar. Las sombras se movían torcidas en los muros, proyectando cuerpos que ya no eran humanos.

—¿Quiénes son? —insistió, jadeando—. ¡Dime qué son!

—Eran nosotros —dije sin pensar—. Los que se quedaron después de las diez.

Él se quedó en silencio, y sentí su cuerpo temblar al entender. Mis piernas ardían, pero el miedo me mantenía en movimiento. Todo el aire olía a hierro y muerte, y cada respiración era un recordatorio de que la escuela estaba viva.

—¡Van a alcanzarnos! —gritó.

—No lo permitiré —dije, aunque mis palabras sonaron más como un ruego que una promesa.

Llegamos al portón principal. Durante años creí que nunca se abriría, pero esa noche temblaba. Una grieta luminosa lo recorría de arriba a abajo, como si el mundo al fin recordara que existíamos.

Pero justo cuando extendí la mano para empujarlo, sentí un dolor ardiente en el brazo. Unas garras frías y deformes me rasguñaron la piel, y antes de que pudiera reaccionar, unos dientes se hundieron en mi hombro. Grité, soltando la mano del chico. El sabor metálico de la sangre me llenó la boca mientras una sombra se abalanzaba sobre mí.

Él trató de ayudarme, pero lo empujé lejos. —¡Corre! —alcancé a gritar, mientras el dolor se extendía como fuego por mis venas. Todo a mi alrededor comenzó a deformarse; los sonidos se alargaban, los colores se mezclaban, y mi respiración se volvió pesada. En ese momento, una de las criaturas se abalanzó sobre mí, y él, sin pensarlo, tomó la barra del portón y la empujó con fuerza. El golpe hizo retroceder al monstruo, rompiendo parte de su cráneo contra el muro.

En ese instante, un recuerdo me atravesó: el día en que todo comenzó, cuando me escondí en el gimnasio y vi cómo los primeros se transformaban, cómo la infección los devoraba sin dejarles rostro ni voz. Recordé haber corrido hacia la salida, solo para ver el portón cerrarse ante mí, sellando mi destino.

El mismo destino que ahora volvía por mí.

Mis manos temblaban, la piel tornándose gris, los dedos entumeciéndose. Pude sentir cómo mi cuerpo comenzaba a endurecerse mientras me quitaba a mis atacantes dejandome heridas en el proceso, cómo el frío reemplazaba al miedo. Él me miraba, horrorizado, y solo alcancé a sonreírle con los ojos llenos de lágrimas.

—Tienes que cruzar —le dije.

—No sin ti.

Su voz tembló, y sentí el corazón apretarse. Aproveché el instante y, con el poco control que me quedaba sobre mi cuerpo, empujé la puerta abierta. Él trató de sostenerla, pero el peso del mundo parecía resistirse.

—¡Ayúdame! —grité.

Juntos empujamos hasta que la grieta luminosa se abrió por completo, cegándonos. El aire del otro lado era cálido, limpio… vivo. Su mano buscó la mía, pero ya sentía la piel fría, endurecida. Lo miré a los ojos, y comprendí que el cielo que lo esperaba afuera no era para mí. Yo ya había pertenecido demasiado tiempo a este lugar. Él aún podía despertar.

—Por favor —susurré, mientras mi vista comenzaba a nublarse—. Por todo lo que aún amas allá afuera… corre.

—¡No sin ti! —gritó, aferrando mi brazo con desesperación. Sus ojos estaban llenos de lágrimas, su voz quebrada—. Si tú te quedas, me quedo contigo.

Negué con dificultad. La infección avanzaba rápido; cada segundo mi cuerpo pesaba más, mis ojos ardían y el mundo se desdibujaba. —No... no puedes. Si te quedas, serás como yo —dije, conteniendo un sollozo.

—No me importa —replicó, apretando mi mano con fuerza—. No voy a dejarte aquí.

—Tienes que hacerlo —alcancé a decir, sintiendo el frío subir por mi cuello—. Alguien tiene que salir... alguien tiene que recordar que estuvimos aquí.

Él negó, llorando, intentando sostenerme mientras mi fuerza se desvanecía. —No quiero vivir en un mundo donde tú no estés.

Sonreí con tristeza. —Entonces vive por mí. Vive para contarlo.

Con lo último de mis fuerzas, lo empujé hacia la luz, mientras mis dedos, ya grises, se deslizaban de los suyos. El portón se abrió de par en par, y la luz lo envolvió. Por un instante, lo vi como era en realidad: un hombre adulto, cansado, cubierto de polvo y lágrimas, intentando salvar a una sombra.

—No llores… —susurré con voz quebrada—. No sabes cuánto significó para mí que llegaras aquí. Desde que apareciste, los días dejaron de ser silenciosos. Me hiciste recordar lo que era reír, lo que era esperar algo más que el timbre de las ocho. Gracias a ti, esta escuela volvió a tener vida… aunque fuera solo por un instante.

Él seguía luchando contra la luz, intentando alcanzarme, pero mis manos ya no respondían. —No me dejes —alcancé a oír entre sollozos—. No otra vez.

—No puedo… —dije, sintiendo cómo mi voz se desvanecía junto con mi vista—. Pero prométeme que no olvidarás lo que viste, ni a los que quedaron aquí. Prométeme que vivirás, aunque duela.

Por última vez, nuestras miradas se cruzaron. Él asintió, temblando, y su figura comenzó a desdibujarse detrás del resplandor.

—Perdóname… —murmuré, aunque ya no quedaba nadie para oírlo—. Yo de verdad quería que te quedaras un poco más. Pero era tu turno de despertar.

La puerta se cerró. Y el silencio volvió.

Me quedé allí, mirando mis manos, sintiendo cómo la piel se enfriaba, cómo el aire se volvía espeso y mi cuerpo ya no respondía. Las luces doradas regresaron, flotando sobre el patio, como si el cielo quisiera burlarse de mí.

El timbre sonó una vez más, y con cada campanada sentí mi mente apagarse, mi cuerpo ceder. Lloré sin lágrimas, sin voz, sabiendo que me convertía en parte del lugar.

Entonces, en medio del silencio, escuché de nuevo la alarma de las ocho de la mañana. Aquel sonido me atravesó como un recuerdo cruel, marcando el inicio de otro día que nunca comenzaría para mí. Al levantar la vista hacia lo que alguna vez fue el cielo, solo vi una claridad inmóvil, vacía, que no ofrecía consuelo.

Las lágrimas comenzaron a caer sin que pudiera detenerlas. No lloraba solo por mí, sino por él, por todos los que alguna vez soñaron con salir de este lugar. El timbre siguió sonando, eterno, como si el edificio me recordara que sigo aquí, atrapada entre la noche y el amanecer, observando un cielo que ya no me pertenece.

Sin embargo, por primera vez en mucho tiempo, sentí una calma extraña. Tal vez el hecho de saber que él había logrado escapar era suficiente. Tal vez mi destino no era salir, sino asegurar que alguien más lo hiciera. Cerré los ojos y respiré hondo, dejando que la quietud me envolviera.

Allá afuera, quizás él volvió a ver el mundo. Quizás pensó que todo fue un sueño. Pero si alguna vez vuelve a escuchar el timbre de las ocho, sabrá que sigo aquí… no como una sombra, sino como un recuerdo que aún lo espera, paciente, bajo un cielo que algún día volverá a moverse.