Sefirot:Abulotzya

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Summary

Luego de que una diosa de un mundo donde existen distintas líneas de tiempo pierde sus recuerdos y decide crear, mediante los métodos más perversos, un héroe capaz de destruir el mundo en el que está encerrada para viajar al pasado y recuperar lo que ama, desata una guerra infinita en infinitos mundos.

Genre
Scifi
Author
Tesaki_Ten
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Prólogo - Pachad Mishadim

Acto 0, Prólogo.

El olor a sangre se mezcla con el putrefacto hedor de la muerte. Los gritos podridos de cadáveres que aún están vivos se revuelcan perversamente sobre cuerpos que ya han muerto.

Eso era una matanza desmedida, la cúspide de lo que podemos llamar la perdida de cordura. Eso era, en esencia, la más grotesca de todas las guerras.

Parecía una danza carmesí; el bermellón escurrido en el suelo de alguna manera era reflejado por el pálido brillo de la luna, tomando lugar en el cielo. Desatando locura y desgracia.

—¡Gaaaaaaagh! —

La agonía y el miedo se funden en el mundo como las únicas sensaciones palpables para todo humano y no-humano capaz de sentir.

El sentido de perdida reverbera y palidece. Se cierne como un manto indulgente sobre el razonamiento de todos aquellos que en algún momento tuvieron cordura.

Metales chocan y resuenan. Explotan en chispas de impacto e impacto. Se clavan deteniendo corazones e intercambian fuerzas tratando de derribar al otro.

¿Puede uno culpar a alguien por defenderse? ¿Puede uno llamar culpable a alguien que mata por salvarse a sí mismo? El sentido común dice que sí, pero el sentido de supervivencia digiere todo lo contrario.

Es como llamar a cualquiera de los bandos de una guerra bueno o malo, eso es algo que definitivamente depende de la perspectiva. Es totalmente posible que exista un seguidor Nazi en una de las tropas chinas.

En otras palabras, en una guerra no existen ‘buenos’ o ‘malos’, solo existen motivos y bandos, ambos intrínsecamente unidos.

Y finalmente, están ellos, los culpables de todo mal sobre la tierra. La razón por la cual existen, en este momento, esos dos bandos que dividen el mundo y lo hacen pender de un hilo, ellos son… Los demonios.

—¡No deben rendirse, no caigan, no se dejen acorralar por los demonios! —Como si fuera una sirena avisando el peligro, ese hombre que parecía un ángel clamó —. ¡Levanten sus espadas y no dejen de pelear!

Recibió gritos de determinación como respuesta, era lo que esperaba, pero no lo que deseaba.

Él no era un ángel en todo el sentido de la palabra, solo podía llegar a llamársele así por las alas blancas agitadas en su espalda; Era una deducción. Si pudiera llamársele de alguna forma, la correcta sería cazador, un cazador líder rodeado de sus soldados, soldados con las mismas ganas de azotar a las bestias y terminar con sus existencias.

Algunos de ellos también poseían alas, algunos otros solo ignoraban las leyes de la física y por eso también estaban en el aire, sin embargo, ninguno de ellos estaba ahí solo para exhibir su destreza.

Más bien, estaban ahí para usarla.

Frente a los cazadores de poder incierto, se arremolinaban bestias sin un nombre que no fuera el que se les daría por naturaleza: Demonios. Monstruos que por sí solos carecen de todo nombre. Los causantes del fin del mundo. Las encarnaciones mismas del miedo a la muerte.

—Capitán Khra, ¿Si vamos a sobrevivir a esto? —Casi como un sollozo, esa voz resonó tras el alado principal —. Yo no… tengo una razón para seguir…

Ninguno ahí carecía de una razón aparente para no luchar, todos tenían un motivo a seguir. Salvar a su familia. Ganar dinero. Hacer sentir orgulloso a alguien más y muchísimos otros que no vale la pena mencionar.

Sin embargo…

Naturalmente, todo ser vivo sigue un mismo principio: Vivir o sobrevivir; nadie quiere dejar de existir realmente, sin importar razón, incluso aquellos que desean terminar con sus vidas al final se arrepienten y buscan revertir la decisión que han tomado.

En otras palabras, todos en ese instante poseían un deseo por encima de cualquier otro: no morir.

Pero incluso bajo ese ideal, morir había dejado de ser un concepto vigente en ese espacio, metafóricamente.

—¿Cuál es tu nombre? —el líder alado giró en un instante sin dejar que el filo ardiente de su espada dejara de apuntar a las bestias deformes frente a ella.

—Screiba. Timbla Screiba —Con una mirada que se podía llamar atemorizada, Screiba observó a Khra.

—¿Por qué temes a morir justo ahora? —

Ignorando —aunque no debía hacerlo— la sangre brincando en al aire a su alrededor, Khra abofeteó a Screiba, ¿Por qué tendría miedo de morir justo cuando quizás toda la humanidad depende de su arma? Seguro pensó. Sin embargo, aunque le desagradaba la idea de tener a un cobarde en sus filas, no podía culparlo por sentir miedo.

—S-señor, ¿Por qué no simplemente renunciamos a todo esto? Las tropas ya casi se han acabado, somos la última tropa de esta generación, apenas podemos defender… Y… ¡-! —antes de poder terminar de hablar, sintió como otro golpe se sentó en su mejilla contraria —. ¡Incluso usted sabe que no podemos ganar!

—¡Soldado Screiba, tiene rotundamente prohibido volver a mencionar algo como eso frente a mí, su comandante! ¡¿Piensa abandonar todo?! ¡¿Dejará que la muerte de su familia haya sido en vano?! —Era una furia incontenible la que su tono expresaba —. ¡No solo hablamos de su familia, sino la de todos aquí...! ¡Si vuelve a mencionar algo como eso…

Justo antes de poder terminar, el soldado Screiba lo interrumpió con una voz irónica:

—¿Qué? —Screiba apretó los puños —. ¿Me sacará de sus filas? ¿Cuáles? Ya casi todos están muertos, perdimos esta guerra.

Cada uno de los soldados que estaba luchando con su propia vida en esa batalla campal, no tenía nada que esperar una vez volver a casa, en esta circunstancia, ganar o perder era lo mismo. Sin embargo, el orgullo que hervía dentro de todos ellos era más grande que cualquier realidad que los azotara con un futuro sin razón, por eso tenía mucho más sentido morir en el intento de defender el honor, que renunciar y morir sin haberle dado sentido a la muerte de casi toda la raza humana.

Seguro eso era lo que Khra quería darle a entender a Screiba, ¿Quién no lo llamaría terco por eso? Seguro todo el mundo, y por supuesto, el soldado Timbra siguió hablando.

—¿No puede verlo, comandante? ¡Los pocos que quedamos vamos a morir! ¿¡Acaso no ve nuestro alrededor?! Nuestros hombres profanados, nuestras mujeres violadas, nuestros niños ultrajados. ¡¿Qué sentido tiene seguir así?! No queda un anciano que defender, nada de esto tiene sentido —como si intentara hacer recapacitar a una roca incapaz de racionar, Screiba hizo una seña con sus dedos, señalando desde sus ojos en un ademán desesperado —. Los demonios nos superan en número, y no solo eso, también superan nuestro poder, ¿Cómo espera combatir eso?

Ahogado en la desgracia de todo el mundo a su alrededor y en el martirio de no poder renunciar al sufrimiento que lo carcomía, Screiba siguió hablando.

—Yo nunca quise ser parte de todo esto, nunca quise pertenecer a las tropas… Solo lo hice por mi familia, lo hice porque quería proteger todo lo que amaba y amo, pero ahora ¿Qué sentido tiene? Ya murieron y no tengo un motivo a seguir, no quiero llegar a casa y no ver a nadie ahí, quizás usted tenga un ideal distinto, pero yo simplemente no quiero hacerlo—.

Quizás no era mentira lo que Screiba decía, quizás sí. Pero seguramente cualquiera en sus zapatos terminaría igual, perdiendo toda voluntad y ganas de vivir.

El soldado Screiba fue victima de todos sus sentimientos y… Tratando de finalmente terminar con su vida, Screiba levantó la daga que poseía por arma y la llevó a su cuello, amenazando con cortarse la yugular.

Sin embargo, Khra lo detuvo.

—¿Eso es todo? ¿Renuncias a seguir adelante solo porque no tendrás a alguien que te esperará en casa al terminar la batalla? ¿Entonces tú no eres un motivo para seguir? ¿¡Tu propia vida no importa en todo esto?! ¿Crees que las personas a las que dices amar habrían querido esto? —La mano de Khra viajó de nuevo al rostro de Screiba, pero justo antes de hacer contacto, se detuvo en seco—. ¿Crees que yo no tengo miedo? ¡Carajo! Por supuesto que tengo miedo a morir, por supuesto que desearía no estar en todo esto, pero ya no puedo negarme a la crudeza de este mundo casi muerto. Todos los que están peleando sienten lo mismo que tú y yo.

Observando a su alrededor, a toda la desdicha, la carencia de vida y de sentido, Khra apretó los dientes con una rabia casi incontenible. Quizás porque al final, su soldado sí tenía razón.

—¿Pero acaso puedes verlos renunciar? Todos aquí ya hemos perdido algo… Un brazo, un ojo, incluso el motivo de porqué vinimos realmente, pero aun así no somos capaces de dejar todo por algo tan absurdo como el miedo—Lagrimas se deslizaron fuera de su conciencia, luego, continuó —. Esta guerra… Nuestras vidas. Los demonios. El mundo. Las vidas que ya se perdieron. Nada tiene sentido, es absurdo seguir peleando, pero detenernos justo ahora es algo que me niego a hacer.

Khra, fulminado por un remolino inédito de pensamientos que solo podían llamarse tristes, casi destruye el mango de su espada tratando de ignorarlos en un apretón.

—Por eso te lo prohíbo. Te prohíbo morir ahora, soldado Timbra Screiba —.

El estrépito perverso de la carne siendo cortada en aquella liturgia era innegablemente insoportable. Compararla con cualquier otra guerra que haya sucedido en el mundo era sin duda quedarse corto.

Sencillamente, era aborrecible, incluso Dios había dejado de mirar; era como escuchar una canción maldita que lo maldice a él, como consecuencia, la destrucción de todo lo que ha pisado la tierra, y ella misma también.

No había armas de fuego, pero resonaban disparos.

No había bombas, pero la piel crujía en un estallido inefable.

Y, sobre todo, en el mundo ya no pisaba casi ningún humano, pero podían escucharse los gritos de sus almas.

Más de la mitad de la raza humana simplemente ya no estaba. La carne de todo mortal terminó siendo devorada. El propósito de los que se autoproclamaban cazadores acabó no siendo más que una ilusión indecorosa y Screiba lo sabía.

—No. Ya no tiene sentido seguir con todo esto, yo… yo… solo quiero morir —Tratando de finalmente acabar con su sufrimiento, el soldado Screiba comenzó a perforar su cuello con la daga: sintiendo como su sangre comenzaba a escurrir.

Sin embargo…

Ellos estaban en una guerra; blandiendo sus armas y usando sus vidas para proteger un mundo en el que realmente ya no había un motivo a seguir, por lo que acabar con el alma de uno mismo era imposible, era como si Screiba intentara ver con sus propios ojos dentro de su cuerpo.

En otras palabras, el suicidio ya había dejado de tener sentido, hacerlo no era posible. —Como si el concepto mismo hubiera dejado de existir.

Ellos eran dos bandos. Tan parecidos, pero tan alejados de cualquier guerra mundial humana. Y aunque para la humanidad fuera posible terminar con el miedo y todos los sentimientos perversos que pueden llegar a apoderarse de sus mentes en una situación como esta; para los cazadores era imposible. Simplemente, no podían suicidarse.

Bajo eso: al instante en el que se causaran daño, también sanarían.

Screiba siguió cortándose una y otra vez. Khra antes había intentado detenerlo no por miedo a que muriera, sino para que no perdiera su voluntad, aunque había sido un intento fallido.

La desesperación en cada tajo era evidente. El miedo que ardía en el soldado novato se tornaba casi tangible. Quizás él no sabía que no podía morir así.

—¡Vamos, vamos, vamos, vamos! —Gritaba Timbra, desesperado.

Khra intentó detenerlo, pero eso no era posible. Screiba ya había perdido toda su voluntad, aunque lograra quitarle el cuchillo lo intentaría con las uñas, y se le arrancaba las uñas; se arrancaría los ojos.

Por un momento lo pensó: ¿Realmente ya no había razón para pelear? En aquella mitad del planeta, solo había fuego y muertos escurridos en el suelo, ¿Eso era lo que defendían?

Khra negó con la cabeza.

Estaba listo para darle la máxima reprimenda a Screiba, pero…

—¡¿Gaaaagh?! —Disparó un quejido casi ahogado.

Ellos lo habían olvidado. Habían olvidado a sus compañeros de hacía momentos que ya estaban muertos, habían dejado atrás el mundo a su alrededor e ignorado que estaban en una guerra.

Aunque eran conscientes de los sonidos inexplicables violando sus oídos, habían olvidado la causa de esos mismos.

Los demonios.

Y para cuando quiso percatarse fue demasiado tarde, la garra mortal de una de aquellas bestias había atravesado su plexo solar, llegando por su espalda y empalando sus órganos.

Su mirada cargada de dolor y rabia siguió a la bestia que sonreía con inusual malicia; sabía que con ese ataque sorpresa lo había matado.

Aunque Khra no se dio por vencido, y por cinco segundos enteros retuvo la mano del demonio que atravesaba su cuerpo.

—Tú. P-pequeño mocoso, n-no fui capaz de hacerte recapacitar… Pero tú eres la última esperanza de la humanidad —Su último aliento…

Reuniendo las ultimas fuerzas que le quedaban, mientras el demonio intentaba sacar su brazo y le causaba más dolor del que normalmente ya tendría: extendió su brazo y en él un cumulo de energía se reunió.

Era la unión de toda la esperanza que aun preservaban las almas de sus compañeros caídos… Y, luego, disparó.

—Sálvalos. Sálvalos a todos —Después de eso, Khra murió, pero su voluntad aferrada a ganar permanecía ardiendo, lo que no dejaba soltarse al demonio, y, como consecuencia, cayó al suelo con él.

La intención de Khra no fue matar a algún demonio circundante, de hecho, ese ataque no sería capaz de algo como eso. A pesar de que se había resignado a que Screiba había perdido toda esperanza, no estaba resignado a que pudiera recuperarla, y quizás ese ataque lo haría despertar. —Esa era su verdadera intención.

El disparo de energía astral de Khra había sido lo suficientemente potente como para empujar a Screiba. Y también fue lo suficientemente eficiente como para hacerlo salir del trance de pánico en el que estaba sumido.

Pero, aunque había logrado recobrar la conciencia, su miedo no se desvaneció en lo absoluto, concretamente, se había intensificado.

¿Existe un ser con la capacidad de pensamiento humano capaz de imaginarse así mismo totalmente solo en medio de una guerra? Fantasiosamente, sí. Pero es incapaz de verse sobreviviendo a una en esas circunstancias.

Justo eso pensaba Screiba: que iba morir.

Sin embargo…

—¡JA! —

El cielo rugió con la fuerza de un trueno. Era más parecido al sonido estruendoso de una carcajada seca. —Todo eco en el mundo había caído en el mutismo de un frenesí atemorizante, comparado a la venida de cierto hombre santo plasmado en un libro de la misma estirpe.

Las voces de ultratumba de las almas vagantes cayeron en silencio junto a todo son ocasionado por esa porción en cautiverio de la humanidad que aún estaba viva.

Era sencillamente divino y escalofriante. Tan inefable que describirlo con palabras era quedarse corto; eran ellos una saturación misma para la realidad.

El cielo carmesí comenzó a brillar con la intensidad de una llama. En esencia era algo antinatural. Pero no era como que fuese una reflexión de la luz con la sangre y fuego en el suelo. Parecía que, sobre el cielo, estrellas comenzaran a descender con intención de destruirlo todo y como consecuencia, brillaran emanando ese deseo.

Y, en medio de aquel espectáculo, brillando con un fulgor incomparable que opacaba el del cielo con creces, había una mujer. —Dibujando en las nubes rojizas un pentáculo.

. . .

Un acompañante de ella. Uno seguramente igual a la estrella rosa en el medio del firmamento, pero a diferencia, era blanca, pálida como un cuerpo que ha dejado todo atrás.

Junto a él, mordiscos y desgarres se esparcían como la nueva melodía del caos; eran demonios las víctimas de esta anomalía, de esta ley arrancada del mismo espacio.

Un monstruo con un ejército de ocho patas casi tan desgraciados como él.

Y todos aquellos, de ocho puntas que apuntaban al suelo y hacían como sus ojos, masacraban los cuerpos ahora sin forma de los demonios.

—Kah, kah, kah… un festín exquisito para mis subordinados. No puedo evitar sentir éxtasis por esto, es simplemente esplendido como volvimos a fallar —. Se retorcía horriblemente mientras decía todo aquello, abrazándose y clavando sus uñas sobre su piel en el acto.

Screiba, quien aún seguía vivo y era testigo de todo esto, era incapaz de reconocer a los seres que habían aparecido repentinamente ahí. ¿Eran héroes? ¿Venían para salvarlos? ¿Eran cazadores?

Todo eso pensó, pero ninguno de sus cuestionamientos se había acercado a una respuesta correcta, de hecho, todo lo contrario.

Una de las bestias se acercó a él, escalando de forma grotesca la montaña de cadáveres en la que estaba, similar a una araña escalando un muro.

Screiba amplió los ojos con disgusto e intentó alejarse, fallando en el intento. La araña ya estaba demasiado cerca.

Y antes de que pudiera notarlo, ya le estaba hablando.

—¿Tu fuiste el único que sobrevivió? ¡Que esplendido! No puedo ni pensar lo mal que debiste haberla pasado en este desastre —

¿Qué haría un ser inocente en esta situación? Debido a la circunstancia en la que se encontraba envuelto, cuya solo lo inducía en un miedo y pánico irrazonable, recibir la más mínima muestra de benevolencia o compasión era mortal. Cualquiera en la misma situación que él seguro sentiría algo muy similar a una falsa sensación de seguridad.

Screiba no era la excepción.

—¿No puedes hablar? ¿Perdiste la lengua en batalla? ¡Por supuesto que no! Debes estar en shock luego de experimentar algo como esto… — Estremeciéndose como la última vez, la araña siguió hablando—. ¡Que idiota, que idiota soy! Debes estar atemorizado, por supuesto que yo también lo estaría.

Screiba no podía hacer nada más que mirar. Por supuesto que su cabeza también plantó la posibilidad de pelear, pero su cuerpo no era capaz de responder a esa orden…

—¡Ah, Lo olvidé! Debe ser por eso que no quieres dirigirme la palabra. Mi nombre es… —.

Aunque sí tenía la intención de dar su nombre, quizás solo estaba jugando con el soldado Screiba. Aun así, y fuera de todo pronóstico, uno más apareció, aparentemente el último de ellos.

Tenía una apariencia mucho más sería en imponente que la araña. Una estrella de un rojo mucho más intenso que la sangre en la montaña de muertos.

Él, manchado de ese mismo que no era suyo, llevaba en su mano una espada mucho más oscura que cualquier noche. Y ella, en su punta, llevaba la cabeza de un demonio como tesoro de una muerte digna.

Entonces, como si un espectro intentara fulminar el silencio, dijo:

—Creo que olvidaste las ordenes de la señorita… Exterminar todo sin dejar rastro de absolutamente nada. — La cabeza en la punta de la espada rodó tras ser agitada, y se posicionó sobre el cuello de Screiba —. Si quieres una nueva mascota tendrás que buscarla después.

No fallaba en lo más mínimo con su apariencia. Y, luego, su espada cortó el cuello del soldado. Un instante después, Timbra Screiba perdió la vida.

¿No era ese acaso su deseo? Terminar con todo el sufrimiento y perder la vida… tal vez había visto un rayo de esperanza en ese hombre, o solamente era incapaz de elegir realmente lo que quería.

Mientras tanto, ellos, hablando de ese asunto de ordenes que no valía la pena mencionar, luego desaparecieron, sumando un cadáver más a esa pila interminable de ellos.

La destrucción en esa parte del mundo que seguro era más de la mitad ya había dejado de tener sentido. ¿Apocalipsis? Era lo más semejante, aunque también quedaba corto.

Quizás nadie en la tierra habría esperado algo así. Por supuesto que los religiosos tampoco; tal vez la llegada de alguien más, pero nunca un mar de demonios arrasando con todo lo que ellos llaman humanidad. —Incluyéndose a sí mismos.

Las tres estrellas que aparecieron desde las fauces inciertas del mundo se juntaron en el centro del cielo. Aquellas luces similares al sol sobre sus cabezas parecían haber dejado de estar estáticas tras las sábanas de la atmosfera. Y durante 23 segundos, esas luces se estuvieron ampliando. Luego, ya estaban ahí, demasiado cerca…

Ya no eran estrellas.

El cielo comenzó a caer a pedazos. Rocas cubiertas de fuego cortaban el aire y calentaban el mismo. Parecía una lluvia prohibida, algo que ningún humano debería ver.

Cada una de ellas era capaz de acabar una ciudad entera. Sin duda podían destruir el mundo entero; eso querían.

Cada hebra de plasma que se extendía desde su epicentro quemaba no solamente lo que podían tocar, sino también eso que Khra reunió en un fallido intento de salvar la humanidad: las almas.

Eso era la lluvia final. El desecho del cielo. La venida del señor. El fin del mundo.

Quizás todo eso en ese momento era lo mismo o definitivamente lo era. —No había concepto que no fuera característica de destrucción, de sangre, espadas o demonios. Todo era exactamente igual, una misma ley, la misma singularidad: muerte.

Incluso algo tan inofensivo como acariciar el cabello de alguien era comparable a deslizar un cuchillo en la yugular de ese alguien.

Todo eso para ellos era, en esencia misma, el epitome de un mundo imperfectamente perfecto.

—¡JA, JA, JA, JA! —Como si viera la obra de teatro más graciosa en el universo, ella rio —. ¡Esto es mucho mejor que tener sexo! ¡Aaah! No puedo evitar excitarme con esto… Es tan horrendo que es hermoso, ¿No lo crees?

Se dirigía a la estrella roja, el hombre que había matado a Screiba. Sin embargo, quien respondió fue la estrella blanca; la araña.

—¡KAHJA! ¡Divino, divino, divino! Esto debe ser obra de Dios, nadie podría crear algo tan perfecto, solo él es capaz —Al igual que las dos veces anteriores, siguió retorciéndose, y no dejó de hablar —. ¿Qué pensarían ellos dos de algo como esto? Estoy seguro de que saltarían y se revolcarían de la felicidad.

No había vidente en la tierra, demonio en el purgatorio o ser divino sobre el cielo capaz de adivinar de quién estaba hablando ese hombre.

Tal vez porque siquiera él era capaz de pronunciar un o nombres tan malditos.

Las tres estrellas seguían observando la gran obra de la que solo podían llamarse a sí mismos espectadores. Sonreían de forma grotesca, tan anormal, que perdieron todo rastro nimio de humanidad que apenas se podía decir que poseían.

Eran verdaderos demonios, seres que nombrar debía ser tomado como un castigo capaz de acabar con toda la humanidad.

—Debo admitir que es mucho mejor de lo que pensé. Él seguro lo odiaría —no era ninguno de los dos monstruos anteriores, era uno definitivamente más perverso —. Espero que al verlo se ahoguen en su miseria.

Y, a diferencia de los otros dos, no idolatraba a ningún Dios, de hecho, los odiaba.

—No deberías hablar así, ¿Sabías? Es muy grosero. No aspires destruir el sol siendo apenas una estrella.

—¿Qué podrás saber tú, novata? Avanzar con miseria entre la constelación no está cerca de alcanzar mi nivel. Eres igual que ellos. Una incompetente.

—¡Kahja! Pero que absurdo, ¿Están peleando? ¿Acaso no logran ver el paraíso frente a ustedes? Kahja.

Eran compañeros, pero no podían llamarse amigos. Aun así, no podían pelear. Y, luego, los tres dijeron al unísono.

—Que Dios los tenga en su santa gloria… —

Y cuando por fin podía decirse que la humanidad había sido exterminada y el mundo había perecido sin un rastro de vida biológica, ellos…

—Amén —.

Desaparecieron.

Sefirot:Abulotzya.