Mis días con Kate

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Summary

Julian Moore cuenta la historia de su adolescencia y la de su mejor amiga Kate Flint. Amistades que se acaban, sueños que se cumplen y sentimientos escondidos por el temor al rechazo se van entrelazando hasta convertir sus vidas en un circulo por romper. ©TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS.

Status
Ongoing
Chapters
10
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

«Deseaba que las leyera y, al mismo tiempo, no quería que lo hiciera: una inquietante mezcla de orgullo y timidez que sigo sintiendo aún hoy cuando alguien quiere ver lo que estoy escribiendo. El acto mismo de escribir es algo que se hace en secreto».

El Cuerpo

Stephen King


Kate era la niña más bonita de todo el instituto McAllister, al menos para mí lo era. Tenía las mejores notas del curso y era siempre la primera en levantar la mano para contestar las preguntas de los profesores. Su voz era delgada, suave y solía tener un ligero temblor cuando estaba nerviosa, cosa que sucedía a menudo. Le gustaba llevar bien peinado su cabello; algunos días en una elaborada trenza, otros días se lo recogía a un costado con preciosas horquillas en formas de mariposas o flores.

También tenía una sola amiga, Alina, que era muy distinta a ella en muchos aspectos. Alina era escandalosa, extrovertida y obstinada, y no era mi persona favorita; aunque sabía que Kate la adoraba y solo por eso intentaba soportarla. Me consolaba el saber que mi compañía incomodaba a Alina también, así que termina siendo una tortura para ambos; lo cual era gracioso porque parecía que Kate no lo notaba.

Estaba enamorado de Kate desde hacía mucho tiempo pero nunca se lo había dicho. Kate era perfecta para mí, pero no era una chica como las otras y sabía que si le decía lo que sentía, ella dejaría de hablarme, encerrándose en una burbuja de cristal en la que no podría alcanzarla. Así que me conformé con ser su compañero de curso, su amigo y su más fiel lector.

El mayor talento de Kate era su habilidad con la pluma. Era lo que le decían Alina y su madre, pero yo me atrevía a ir un poco más allá. Kate no era solo talentosa, era toda una genio para las historias en papel. Aunque su genio solía verse menguado por la inseguridad. De hecho, no me equivoco al afirmar que los únicos que tuvimos el privilegio de leer sus cuentos fuimos Alina, su madre y yo. Y no fue sencillo ganarse ese derecho.

Alina, por ejemplo, tuvo la oportunidad de leer uno dos años después de conocerla. Cuando se conocieron, por el barrio donde vivían, Kate no le confió su pasión, igual que no me la confió a mí, ni se la confiaba a nadie. Alina la encontró escribiendo una vez, le preguntó qué hacía y Kate se lo dijo con cierto recelo. A eso le siguió una súplica por parte de Alina para leerlo y miles de negaciones por parte de Kate.

Resultó que en el cumpleaños número catorce de Alina, fue que ésta pudo leer una historia procedente de la pluma de Kate Flint; pues Alina le había anticipado a Kate que el único regalo que aceptaría de ella sería uno de sus cuentos.

Así fue como Kate escribió: La agradable testaruda dedicado a Alina Botte. Un año después del nacimiento de La agradable testaruda, fui transferido al instituto McAllister.

La primera vez que vi a las amigas fue en el receso de mi segundo día en el McAllister. El día anterior solo habían sido un par de caras más entre el resto de mis nuevos compañeros, pero al receso del día siguiente las vi de verdad. Estaban en una esquina del patio, Alina gesticulaba con exageración, como más tarde descubriría era su costumbre, y Kate reía. Tenía las mejillas coloradas, a veces se tapaba la boca con la mano, y su cabello atado en una cola de caballo ondeaba al viento. No sabía de qué hablaban o de qué reían, pero sin quererlo me encontré sonriendo por la visual tan tierna y pura que Kate me regaló aquella mañana sin proponérselo. Ese día me coloqué como meta acercarme a Kate.

Hacerlo no fue sencillo. Alina era obstinada y parecía renuente a aceptar un chico en su grupo de dos. No la culpé. ¿Quién necesita de un chico teniendo una amiga como Kate? Kate por otro lado tenía levantado a su alrededor un muro de concreto. Difícil de pasar, pero no imposible. Me llevó alrededor de tres meses hacerme amigo de ellas. Siempre que las veía en el patio en los recesos me acercaba, soltaba algo ingenioso y me marchaba. Un par de veces logré percibir un atisbo de sonrisa en Kate. Eso me animaba.

Las horas de clase resultaban productivas para mis planes. Principalmente porque fui conociéndolas. Alina solía soltar bromas audaces. Llegué incluso a percibir el esfuerzo que hacían algunos profesores por mostrarse serios ante la broma. Aunque la profesora de literatura solía reírse abiertamente ante las bromas de cualquiera. Pronto descubrí que Kate detestaba a la profesora de literatura. Era de esperarse.

La profesora de literatura era por mucho la peor que teníamos. Era holgazana, usualmente solo nos daba una clase, si podía llamársele así. Pues lo único que debíamos hacer era leer unas páginas de nuestro texto, responderle una o dos preguntas referente a nuestra lectura y nos regalaba —sí, eso hacía— la nota por el mínimo esfuerzo.

Muchos, por no decir toda el aula, adoraban a la profesora de literatura. Sus clases solían ser un segundo receso. Podías llevar barajas y jugar al póker mientras ella se pintaba las uñas. Las niñas solían llevar revistas, Seventeen o Cosmopolitan, y cuchicheaban en grupos de cuatro, ensimismadas en las páginas de sus revistas.

Para Kate no era un receso, ella levantaba su burbuja de cristal a su alrededor, lapicera en mano, hojas en la superficie de su asiento y la gran imaginación de su genio. En las horas de ocio de la profesora de literatura, mientras los chicos fanfarroneaban sobre autos y equipos de fútbol, mientras las chicas imitaban a la profesora y se pintaban las uñas entre ellas y Alina se les unía para leer el artículo sobre maquillaje de la Seventeen; Kate se perdía en un mundo creado por y para ella.

Mundos futuros y pasados, mundos donde ella se permitía ser todos los personajes que creaba, así un segundo era el hada buena, al otro el villano y al próximo el protagonista gracioso. O al menos así me gustaba imaginarla. Supuse que tenía una imaginación tan vivaz como la suya. Aunque realmente creo que nadie tenía una imaginación como la de Kate Flint.

Cuando despidieron a la profesora de literatura fui parte de los alumnos que sintieron algo parecido a la tristeza. Pero lo que yo sentí no se debía al: «Adiós a la hora libre de literatura» Como profesaban mis demás compañeros, yo lo sentía porque gracias a sus horas libres fue que pude ganarme la confianza de Kate.

Acababa de perder una mano de póker con Tom que se burló por tres días seguidos de la forma en que me derrotó. Nunca se lo dije, pero la razón por la que ganó fue porque yo lo dejé. Cuando pedí una carta, me fije en que Kate estaba enfurruñada y sola. Decidí que era el momento oportuno. Así que perdí la mano, Tom se burló de mí y Cristian dijo que era su turno.

—Aplástalo por mi Cristian —dije mientras le cedía mi asiento.

—No te preocupes Julian, te vengaré —contestó con una sonrisa mientras agarraba las cartas que Tom le ofrecía.

—Mira a quien buscas Julian, al peor jugador de póker de McAllister.

—Eso crees tú Tom, te aviso que he estado practicando en casa.

—Veremos.

Mientras ellos discutían me dirigí hacia mi asiento que estaba en la segunda fila y quedaba al lado del de Kate. Me senté, tomé mi mochila y fingí buscar en su interior. Kate tenía la cabeza apoyada en las manos, la hoja en su asiento mostraban unas líneas, y el lápiz entre sus dedos golpeaba a veces su cabeza.

En aquel momento yo ignoraba lo que ella hacía en las horas libres de literatura. Al ver con los días las excelentes notas que sacaba o como parecía tener la respuesta correcta a cada pregunta de los profesores, me dije que tomaba esas horas para estudiar. Aquel día descubrí que no, que las utilizaba para escribir sus cuentos.

Eché un vistazo al rededor. Cristian iba perdiendo, Tom se veía exultante ante tanta victoria y Emilio se veía desesperado porque llegara su turno al póker.

Al otro lado de ellos vi a Alina, tenía el numero nuevo de Seventeen abierto e intercambiaba comentarios con Clarisa, la dueña de la revista y la que pronto descubrí siempre escogía la clase para que nos representara en los concurso de belleza.

La profesora de literatura leía un libro. Era el momento que tanto había estado esperando. Coloqué la mochila en mis piernas y las manos sobre ella. Observé la hoja medio escrita de Kate y dije:

—¿Necesitas ayuda con eso?

Kate se sobresaltó, sus brazos cayeron sobre las hojas tapando lo que tenía escrito, se irguió en el asiento y me miró parpadeando, como si fuese un cervatillo deslumbrado por las farolas de un auto en medio de la noche. Balbuceó una respuesta de la que solo entendí la palabra «no». Con manos nerviosas guardó el par de hojas en el interior del texto de literatura.

—¿Estudiabas o...?

—No, no estaba estudiando, escribía —Se mordió el labio y golpeó la superficie del pupitre con su lápiz. Yo no terminaba de comprender qué había querido decir.

—¿Que escribías? —Hizo un ademan con la mano para restarle importancia.

—Nada, solo... cosas.

—¿Cosas? ¿Cómo un cuento? —Ella me miró, dudó un segundo y luego negó.

—No realmente, bueno, es que —Recuerdo que me desvió la mirada y se mordisqueó el interior de la mejilla. Si no hubiera sido por la interrupción de Alina estoy seguro que Kate habría salido corriendo del aula.

—¿No realmente? —El ejemplar de la Seventeen se estrelló en la superficie del pupitre de Kate, Alina estaba cruzada de brazos y la miraba con una ceja levantada—. Si eres un genio escribiendo.

Alina se sentó frente a Kate y me miró. Desde ese instante no nos agradamos, no sabría decir porqué. Quiero decir, sabía que no era una mala persona y que Kate la adoraba, pero algo en su personalidad y en la mía hacía que chocáramos, como si fuéramos dos autos que van en direcciones opuestas a toda velocidad y en un punto de la carretera se encuentran frente a frente. Supongo que en ese momento percibimos que los dos teníamos algo en común y que por el bien de ella haríamos una concesión.

Recuerdo que Kate se sonrojó y reprendió a su amiga, Alina le dijo que debía confiar más en su talento. Así fue como nos hicimos amigos; en una hora libre de la clase de literatura, después de una mano de póker perdida, un cuento estancado y un aburrido artículo de la Seventeen.

Alrededor de cuatro meses después de eso fue que pude leer un cuento de Kate, hecho que aumentó un par de grados más el recelo entre Alina y yo, después de todo ella tardó más de un año en poder hacerlo y yo solo un par de meses. Aunque nunca le confié a Alina que lo leí por pura casualidad y no porque Kate me lo diera de buena gana.

Yo le había pedido ayuda con una clase de Biología que "no entendía". Ella accedió de buena gana. Quedamos en su casa un viernes por la tarde. Llegué puntual, con mi texto y mi libreta bajo el brazo, unos vaqueros desgastados, una playera gris y un ligero toque de colonia.

Su madre abrió la puerta, era una réplica mayor de Kate. Me invitó a pasar con una sonrisa y me ofreció un vaso de agua que acepté con gusto. Kate bajó cinco minutos después de que su madre mandara a su hermano de seis años a buscarla. Llevaba el cabello suelto, una falda negra que le llegaba arriba de la rodilla y una blusa rosa. Se me saltó el corazón a la garganta.

Tomamos asiento en la mesa del comedor y comenzamos la lección de Biología. Veinte minutos después me preguntó si iba comprendiendo, aproveché la oportunidad para alabar su genio, se sonrojó y dijo que en realidad era una lección sencilla. Cinco minutos después de eso la conversación fue desviándose hacia nuestros compañeros de clase. Me contó que Alina discutió con Clarisa por una edición del Seventeen que le había arrugado.

—Siempre le he dicho que no tome las cosas de Clarisa, pero no me escucha.

—He notado que solo hablas con Alina, ¿por qué no te unes a ellas en las horas de literatura? —Jugueteó con el lápiz, imaginé que después de cuatro meses hablando en los recesos de vez en vez y luego de tantas veces que había pedido sus apuntes prestados, ella se sintió con la libertad de contarme uno de sus tantos secretos.

—No se lo digas a nadie, pero no son de mi agrado.

—¿Por qué? —Largó un suspiro.

—Porque son muy inmaduras. Se ríen de cualquier piropo tonto que Tom o Freddy les dicen y siempre encuentran un defecto en lo demás que resaltar —Se encogió de hombros—. Quizás soy aburrida, pero todo eso me parece un poco tonto. Prefiero utilizar esa hora en algo que me gusta más.

—Escribir cuentos.

Me miró. En aquel momento me asusté, no termino de entender por qué, pero por un segundo creí que iba a gritar que me largara de su casa. No fue así. Una tímida sonrisa se abrió camino en su boca y me asintió. Por primera vez me confiaba abiertamente lo que le gustaba hacer. En ese momento su madre le gritó desde la cocina que la tarta estaba lista. Se disculpó y se dirigió a la cocina por un par de pedazos para ambos. Cuando se fue tomé su libreta, quería tomar un par de apuntes que me faltaban, pero cuando la abrí un par de hojas se salieron. No pude evitar la tentación y lo leí. Se titulaba: Camino incierto.

Nunca me había ensimismado tanto en una lectura como aquella tarde. Me perdí entre su caligrafía cursiva y sus hilarantes personajes. Iba por la segunda hoja cuando Kate regresó con un trozo de tarta y un vaso de leche. Sus ojos se abrieron de par en par y me sentí avergonzado, pero lo disimulé.

—Se salieron de tu libreta. Disculpa que lo haya leído, soy... curioso —Pensé que me iba a estrellar la tarta en la cara, no lo hizo, aunque si noté su incomodidad y sus nervios. Dejó el plato y el vaso frente a mí, tomó asiento y dijo.

—Y, ¿que te pareció?

—Genial. Eres un genio Kate, es lo mejor que he leído en mi vida —Bajó la mirada y sonrió con timidez.

Esa tarde, con una tarta de manzana y un vaso de leche en una mesa de vidrio, nuestros textos abiertos en la unidad de genética y un cuento inacabado en hojas sueltas, supe que me había enamorado.