Donde bailan los muertos

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Summary

Durante el Xantolo, la gran celebración huasteca del Día de Muertos, un viajero descubre que la muerte no es el final, sino una danza compartida entre dos mundos. Entre altares de cempasúchil, tambores, violines y máscaras de huehues, la línea entre los vivos y los difuntos se desvanece. En la Huasteca Potosina, nadie muere del todo mientras alguien lo recuerde con música, comida y amor.

Genre
Adventure
Author
Marcos
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Chapter 1

El sol apenas despuntaba cuando llegamos a la Huasteca Potosina. Las cascadas rugían entre la niebla, y el aire olía a tierra húmeda y flores silvestres. Desde la carretera, los cerros parecían guardianes verdes de un mundo donde los dioses antiguos aún respiran.

—Aquí no lloramos a los que se fueron —nos dijo don Francisco, quien fue nuestro guía en esa ocasión—. Los recibimos con música, comida y fiesta. Vuelven a visitarnos, y hay que darles una buena bienvenida.

En el patio, las mujeres preparaban tamales, atole y zacahuil, un enorme tamal huasteco envuelto en hojas de plátano. El altar familiar estaba lleno de frutas, velas, fotos y los platillos favoritos de los difuntos. Al caer la tarde, la música de los tríos huastecos comenzó a escucharse por las calles: violines, guitarras y jarana huapanguera marcaban un ritmo festivo que contagiaba a todos.

Pronto, el ritmo festivo no se limitó solo a la música. En la esquina de la calle apareció una cuadrilla de danzantes, los huehues, con máscaras talladas y trajes coloridos que representaban a la Muerte, al Diablo y a otros personajes. Sus pasos marcados y su energía contagiaron a los presentes, transformando la bienvenida en un jolgorio comunal que duraría hasta el amanecer. La fiesta no era un luto recordado, sino una reunión gozosa y vital, un instante en que los vivos y los que volvían por una noche se abrazaban al son del huapango.

Entre risas y música, don Francisco me llevó hasta la plaza, donde un grupo de mujeres colocaba las últimas ofrendas en el altar comunitario. Había pan de muerto, calabaza en dulce, frutas, aguardiente y platos humeantes de zacahuil. Cada ofrenda tenía un propósito: una por los que ya no están, otra por los que vendrán, y otra —me explicaron— para los que aún buscan su camino de regreso.

Las velas encendidas formaban un sendero que atravesaba toda la plaza, como un río de fuego que guiaba a las almas. Los niños corrían dejando una estela de risas, mientras los ancianos entonaban versos antiguos: coplas que hablaban de la vida, la cosecha y el amor que ni la muerte borra.

Cuando el reloj marcó la medianoche, el bullicio se detuvo un instante. Todos, en silencio, alzaron los rostros hacia el cielo estrellado. En ese momento, el aire cambió. El aroma a copal se volvió más denso, y el murmullo del río llegó desde lejos, trayendo consigo una brisa fría. Don Francisco cerró los ojos y murmuró: —Ya vienen.

Las velas titilaron. En el resplandor, me pareció ver sombras que se deslizaban entre nosotros, suaves, ligeras, como hechas de luz. Los violines comenzaron a tocar de nuevo, pero ahora con un tono más dulce, más antiguo. Algunos danzaban en silencio, otros reían, y por un instante tuve la certeza de que no estábamos solos, que en esa plaza convivían dos mundos, unidos por la música y la memoria.

Al amanecer, cuando las últimas velas se consumieron, el pueblo entero se sentó a compartir los alimentos de la ofrenda. Nadie lloraba; todos comían, reían y brindaban. Don Francisco me ofreció un trozo de pan y un jarrito de café. —Así se despiden los que se quieren —me dijo—. Con música, con comida y con alegría. Porque aquí, en la Huasteca, nadie muere del todo mientras alguien lo recuerde en Xantolo.

El sol empezó a pintar de oro los techos de teja. A lo lejos, el eco de los violines aún flotaba en el aire. Y mientras el pueblo despertaba, entendí que el verdadero viaje no había sido por las montañas o los ríos, sino por el corazón de una tradición que celebra la vida incluso en medio de la muerte.