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Tierras Malditas

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Summary

Las Tierras Malditas nunca han sido perturbadas. Nadie sabe lo que hay dentro. Ningún cazador, mago o soldado ha sido suficiente. Dentro de la niebla, lo imaginario es real y la muerte es una certeza. Ahora, Esquirla, una persona marcada por una vida trágica, debe cumplir una tarea imposible. Ella y otras almas en pena deberán recorrer un lugar letal para pagar una deuda imposible. Deberán llegar hasta un final donde la voz de la muerte no ignora a ningún alma. Una historia que combina fantasía y terror en un viaje implacable. ¿Hay posibilidades de sobrevivir a lo imposible?

Genre
Fantasy
Author
MickelH
Status
Complete
Chapters
7
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1: Condenados.

Esquirla observaba desde una rama alta de uno de los inmensos árboles del reino. Su capa vibraba con el viento gélido, uno que nunca sintió en toda su vida. La advertencia era clara y sincera: debían alejarse. Pero para la mercenaria de Entia ya no existía la posibilidad. «El escape es para los valientes» solían decir algunos sabios del poblado donde creció sus primeros años. Ahora entendía con toda perfección esas palabras.

Las Tierras Malditas se encontraban delante de ella. Lúgubres, peligrosas, mortales y desconocidas. Todos sabían que adentrarse significaba la muerte; incluso, peor que aquello. Las historias de los pocos que se adentraron no podían bastar para marcar una línea de lo que se podía esperar dentro. La Orden de los Magos, junto a la Orden de los Cazadores, alguna vez buscó desentrañar el misterio. Las primeras cruzadas fueron financiadas por excéntricos mercaderes y gobernantes poderosos. Pero las primeras expediciones jamás volvieron. Con el tiempo, y con el auge en poder de la Orden de los Cazadores, una expedición partió con la esperanza de ser ellos quienes lograran lo imposible. De aquellos pobres locos, y de aquellas cien almas que se adentraron en la niebla, solo volvieron dos. Los cazadores volvieron andando, pero no intactos. Ropas rotas y heridas más que graves. Se desmayaron tan pronto estuvieron a salvo. Cuando despertaron, luego de pesadillas prolongadas, apenas pudieron articular con sensatez sus palabras. Pero no bastó mucho. Todos lo sabían. Dentro de las Tierras Malditas había muerte, monstruos inimaginables, tan abominables que ni siquiera cazadores y magos pudieron enfrentar juntos. Poco a poco, solo los idiotas siguieron adentrándose, pues la fama de ser quienes lograran algún avance en ese lugar era tentativa. Aun así, cualquier información, por minúscula que fuera, era sinónimo de riquezas.

Y allí se encontraba ella, Esquirla… Intentando buscar la fama de cumplir una tarea imposible.

Suspiró con una mezcla de resignación y miedo. Ya no podía hacer nada.

Un golpe recorrió la madera del árbol donde reposaba. Debajo, un hombre levantaba su antorcha en alto. Su sonrisa, algo molesta y orgullosa, se pintaba entre las llamas danzantes que sostenía. Esquirla descendió como un Mono Pintor, ágil y en su área natural. Cuando sus botas de cuero tocaron el suelo, el hombre se acercó sin perder su gesto en el rostro.

—Vamos, la cena está lista —dijo con mucha tranquilidad—. Podría ser la última.

Esquirla asintió. No era una broma divertida, pero ese hombre era el capitán de la defensa… O, lo que asignaron como uno.

Ambos mercenarios caminaron entre los árboles. A solo unos pocos metros, las Tierras Malditas rugían en silencio. Era ajena, como si una entidad observara y maldijese. Pero nadie podía escuchar nada. Entre la luz de la antorcha, solo se podían observar árboles muertos y torcidos, de distintos tamaños y distintas formas. Y entre esas figuras retorcidas, entre la frontera de la vida y la muerte, la hierba crecía seca, con una textura similar al carbón. Por encima, lo único que se podía observar eran unas nubes negras inamovibles.

Las Tierras Malditas eran el peor monstruo: uno que se componía de la imaginación y de lo que se encuentra más allá de la misma. Quizás porque la imaginación, y solo en raras ocasiones, se vuelve real. En cambio, las sombras que estaban a solo pocos metros eran reales y falsas al mismo tiempo.

Un lugar donde el miedo se vuelve real.

Esquirla evitó pensar en esas palabras. Solo podía avanzar en esos momentos.

Una luz tenue apareció detrás de uno de los árboles cercanos a la frontera. Un diminuto grupo, de no más de ocho personas, se encontraba reunido alrededor de una hoguera penosa. Todos se giraron en dirección a los integrantes restantes, asustados y paranoicos. Uno de ellos era un hombre de vestimenta ostentosa. Era la razón por la que todos se encontraban reunidos. Reiley, un comerciante que perdió toda su fortuna. Su deuda era tanta que su vida estuvo a punto de terminar. Pero, para saldar su deuda, se ofreció a cumplir una misión sencilla: cartografiar los primeros kilómetros de las Tierras Malditas. Si podía lograrlo, su vida iba a ser perdonada. Incluso inmensamente recompensada. Y si no, pues, la deuda desaparecería de todas formas.

—¡Cielos, podrían anunciarse antes de aparecer entre las penumbras! —gritó el comerciante; su voz se propagó en un eco antinatural.

—No va a pasar nada hasta que pongamos un pie dentro de… ya sabes —dijo el hombre que acompañaba a Esquirla. Se sentó en una piedra un tanto incómoda y sonrió, observando a todos a su alrededor.

—Krelian… por favor —dijo Reiley—. En estos momentos, no necesito que mi corazón se detenga.

El capitán de esos hombres volvió a reír.

—No pasará nada. O eso creo.

Alguien se levantó de su asiento. Era un muchacho; apenas poseía una edad respetable. No vestía una armadura, sino más bien ropa común, una camisa humilde y pantalones manchados. Su cara mostraba una palidez genuina. El muchacho se unió a la expedición para poder costear el tratamiento de su madre enferma. Una decisión noble, pero estúpida.

En cualquier caso, el joven observó a Esquirla con ojos sinceros y llenos de sentimiento.

—¿Necesitas sentarte? —preguntó con un tono afable—. Llevas muchas horas de guardia.

—No. —Esquirla apartó la mirada de inmediato, no por molestia, sino para no tener que apegarse a alguien—. Gracias, pero prefiero mantenerme de pie. Por si las dudas.

—¿Estás…?

—Ya la oíste, novato —dijo Krelian—. No molestes a nuestra mejor espada —bromeó.

El chico asintió. Tímido, solo se volvió a sentar mientras todos guardaron silencio. Para Esquirla, aquello era agradable. No quería hacerse amigo de nadie. No quería perder a nadie más. Alguien resopló.

—¿De verdad vamos a hacerlo?

Un hombre con algo de sobrepeso mostraba una cara sin un tinte. Sus ojos veían el mundo a través de unos cristales un tanto excéntricos. El cartógrafo del grupo era uno de los mayores artistas del reino. No podía existir nadie mejor para el trabajo; por mucho que su suerte no fuera de las mejores. Su nombre era Aleran.

—No tenemos otra opción. —sentenció Krelian—. Sus deudas por ir de mujer en mujer le pesan más de lo que sus talentosos hombros pueden soportar. Les pasa a todos… Hasta los mejores.

El cartógrafo carraspeó, tratando de mostrar algo de incomodidad. Pero en ese lugar nadie era mejor, nadie poseía más estatus. Cuando un alma es juzgada, solo importa su pasado.

—No peléis —intervino Reiley—, en estos momentos no necesitamos ponernos en contra del otro.

—En eso estamos de acuerdo —sonrió Krelian, volteando para ver a su izquierda. Esquirla no le dirigió la mirada—. ¿Lista? Mañana sabremos de qué estás hecha, novata.

—Ya lo sabremos…

Algunas personas susurraron. Las palabras fueron claras: ¿novata?

El resto no podía creer lo que ocurría; o lo que creían que ocurría. Pero Esquirla no era una novata, de ninguna forma. Y todos ellos lo sabían. Su banda de criminales era temida por su brutalidad al momento de cometer asesinatos. Ella era la peor de todas. En Entia, no se solía perseguir a criminales con tanta voluntad y recursos. Inclusive los Cazadores pusieron de su parte. Al final de la historia, en todo el reino, se conocía el nombre de “Crisol de Fuego”, llamados así por su método favorito para dar muerte a sus objetivos: metal fundido. Por años, mercenarios y parte del ejército de Entia intentaron ponerles fin. Pero una espada era la defensa final. Y por mucho tiempo, ella detuvo a quien fuese.

Esquirla no era una mujer ordinaria. Sus ojos cansados, pero atentos, no ocultaban más que una vida llena de sufrimiento. Su ropa gastada era el testimonio de todo lo que vivió. Su cabello mitad plateado camuflaba su verdadera edad. Y su espada negra era el símbolo de la muerte.

Y con aquello, Esquirla se encontraba en el lugar como un recurso más. El resto del Crisol de Fuego fue ejecutado en una noche lluviosa y en secreto para evitar el conocimiento público. Pero ella tuvo la suerte de un benefactor misterioso y poderoso que movió sus hilos para acomodarla en la expedición. Al igual que todos, su vida no importaba. Si por la imposible suerte lograba salir viva, tendría una oportunidad nueva. En caso contrario, nadie la extrañaría.

Esquirla cerró los ojos, evitando sus recuerdos.

—Mañana sabremos si la suerte nos sonríe…, o si todo el camino recorrido en vida fue en vano.

El silencio fue sepulcral y distante. Todos dirigieron sus vistas a distintas direcciones. Todos, desconocidos en buena mayoría, no querían saber del futuro. Los nervios son algo que se puede ocultar, pero no perder. La única que parecía no seguir esa regla era Esquirla.

Uno de los hombres que acompañaban a la expedición se levantó y se acercó a la fogata. Una pequeña olla descansaba sobre una rejilla metálica desgastada y oxidada. El caldo burbujeaba con fuerza, desprendiendo un olor agradable, pero no lo suficiente como para hacer olvidar dónde se encontraban. Con mucho cuidado, comenzó a servir lo que podría considerarse una cena final para todos los Olvidados.

Las Tierras Malditas esperaban.

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