Prólogo
Prólogo: El Juramento y la Promesa
Madrid, España. Hace diecinueve años.
La lluvia caía sobre los jardines del Palacio de la Zarzuela, lavando las piedras centenarias con lágrimas frías del cielo. En el interior, tras unas puertas de roble tallado, el silencio era más pesado que cualquier tormenta.
El Rey Carl, con el rostro demarcado por una pena que ya era parte de su ser, sostenía una pequeña caja de madera tallada. Dentro, sobre un cojín de terciopelo azul, reposaba un colgante: el emblema de la Casa Real, un león rampante esmaltado en oro, flanqueado por los crisantemos dorados de la Casa Imperial de Japón. Un símbolo de la unión que el destino había truncado demasiado pronto.
Frente a él, de pie con una rigidez que desafiaba su propio dolor, estaban Luis y Marta. No eran nobles, ni cortesanos. Eran los únicos rostros en quienes podía confiar.
—La Reina Aiko… —la voz del Rey se quebró al nombrar a su esposa fallecida—. Su último deseo fue que nuestra hija viviera. Que creciera lejos de esto. —Su gesto abarcó la opulenta y asfixiante sala—. Que supiera lo que es correr descalza, reír sin protocolos, pelear sus propias batallas.
Marta, con los ojos enrojecidos pero la mirada firme, asintió. Luis apretó la mano de su esposa.
—La amenaza no ha terminado —continuó el Rey, su voz recuperando un atisbo de la autoridad que lo caracterizaba—. Los que envenenaron a mi Aiko creen que la niña murió con ella. Ese es el único escudo que tendrá. La única forma de proteger su derecho al trono… es esconderla hasta que sea lo suficientemente fuerte para reclamarlo.
Extendió la caja hacia Luis.
—Criarán a mi hija como si fuera suya.Le darán todo el amor que le hubiera dado su madre. Pero también… —su mirada se volvió férrea— la prepararán. Enséñenle a defenderse. A pensar. A liderar. Forjen en ella el temple de su madre y la fortaleza de su linaje. No me pido una dama. Les pido una guerrera.
Luis tomó la caja. Era más pesada de lo que parecía. No por el oro, sino por el peso del juramento.
—Moriremos antes de que le pase algo, Su Majestad —juró Luis, con la voz ronca por la emoción.
—No —susurró el Rey, y por primera vez, una lágrima escapó de su ojo y trazó un camino por su mejía—. Vivirán para verla convertirse en Reina. Esa es su misión.
En una habitación contigua, una niña de apenas unos meses, con un suave y raro cabello rubio y unos ojos verdes que prometían ser la viva imagen de los de su madre, dormía plácidamente en su cuna, ajena al destino que acababa de sellarse. Ignoraba que era una princesa. Ignoraba que era un secreto. Ignoraba que ya había hombres que matarían por ver su cuna vacía.
Marta se acercó y la tomó en brazos con infinita ternura. La pequeña Yuki se arrebujó contra su pecho.
—Te protegeremos, mi niña —murmuró Marta, sellando la promesa con un beso en su frente—. Te prepararemos para lo que viene.
San Juan, Puerto Rico. Presente.
La brisa caribeña meció suavemente las cortinas de la habitación de Yuki. En un estante, oculto entre trofeos de karate y medallas de esgrima, aquel colgante de oro y crisantemos dormía en su caja de madera, esperando el día en que la princesa despertaría.