Capítulo 1
Un saludo, mis queridos lectores.
Me llamo Ana Bila y hoy voy a empezar a contaros la historia de mi vida. Siempre he sabido que no encajaba. Mi físico, mi manera de ser y hasta las cosas que me gustaban eran totalmente distintas a las de las personas que me rodeaban.
¿Qué voy a deciros? Tuve una infancia normal, supongo. Era la típica hermana mediana, gordita y sin muchas ganas de estudiar. En la escuela solían hacerme bullying, pero mi familia es mestiza: tengo sangre española y marroquí. Mi madre siempre me enseñó a luchar por mis derechos, así que, aunque intentaron hacerme daño, conmigo no podían… o al menos eso creían.
Era agotador ir a la escuela. Odiaba tener que estar todo el día peleando y alerta, esperando ver de dónde vendría el próximo ataque. Básicamente, estaba más pendiente de cuidar mis espaldas que de escuchar lo que explicaba la maestra. Eso preocupó a mi familia, así que empecé a estudiar más. Me encantaban los números, y un día mi profesora me felicitó: había pasado del cero al nueve. Eso enfureció bastante a mis compañeros… y, sinceramente, me gustó. Ya sabía cómo fastidiarlos: mejorando mis notas. Así que seguí esforzándome hasta convertirme en una alumna sobresaliente.
Último día de instituto. ¿Te dijeron alguna vez que el racismo no existía? ¿Pensabas que todos los alumnos de una escuela son tratados por igual? Pues yo estoy aquí para decirte que no es así. El racismo existe, y en las escuelas, muchas veces, lo inculcan los propios maestros.
Te cuento por qué lo digo... El ultimo día de instituto, mi profesora nos daba un consejo final, una orientación sobre lo que podríamos hacer en el futuro. Al saber de mis orígenes, me dijo que no hacía falta que siguiera estudiando, que mis padres me casarían y no me dejarían trabajar. O sea… ¡HOLA! ¿En qué mundo vive esta señora?
Mientras tanto, otro compañero, Cristian, respondió que él haría una de las mejores carreras y que yo no sería buena para nada.
Sonó el timbre. Fue la primera vez que sentí tanta felicidad… y, curiosamente, la última vez que escucharía ese maldito timbre.
Vi a Cristian al final de la escalera. Maldición… ya estaba ahí otra vez, a por mí. Fui la última en salir de clase y me aseguré de que no hubiera nadie detrás que pudiera empujarme. ¿Qué hacía él allí? Estaba preparada para mi última batalla: iba a dejarlo sin pelos si intentaba algo.
Pasé por su lado y no se movió. Aceleré el paso — no me sentía segura sabiendo que estaba detrás mío.
—¡Ana! Espera un momento —gritó.
Me giré, preparé mis puños… y entonces me dijo:
—Eres… y siempre serás… mi amor platónico.
Se puso rojo como un tomate y salió corriendo como si hubiera visto un fantasma.
El chico que siempre se metía conmigo me había confesado que yo era su amor platónico. Me quedé de piedra; no entendía nada. ¿Cómo podía ser que una de las personas que había hecho de mi instituto un infierno estuviera enamorado de mí?
Y así, amigos míos, terminó mi etapa en el instituto.