AKAI ITO

Summary

Lo vi solo una vez... y fue suficiente para que mi alma recordara algo que mi mente aún no comprendía.

Status
Complete
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14
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5.0 3 reviews
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18+

1

JIMIN

Estaba amaneciendo en Seúl, apenas se habían pintado de naranja los edificios cuando abrí la ventana de mi estudio. El aire de otoño, frío, se coló en el espacio cargado de olor a óleo, y acuarelas. Me detuve un momento, respirando hondo, esperando que ese aire pudiera darme la claridad que necesitaba. Las paredes, cubiertas de lienzos a medio terminar, me rodeaban como testigos silenciosos. A veces los sentía como refugio, otras como una cárcel.

Mi carrera había tomado un rumbo inesperado en los últimos dos años. Lo que había empezado como encargos pequeños en galerías locales se había convertido en algo mucho más grande. Una galería en Nueva York me había ofrecido presentar mi obra durante la temporada cultural más concurrida. El sueño de cualquier artista emergente. Y, sin embargo, en vez de sentirme entusiasmado, la inseguridad me mordía por dentro. Me causaba terror fracasar.

Giré la mirada hacia un lienzo apoyado contra la pared. No formaba parte de la exposición; era un proyecto personal que llevaba meses arrastrando. Una figura abstracta, apenas delineada con trazos bruscos, un torso musculoso. Parecía reprocharme cada vez que la dejaba inconclusa. Suspiré, me pasé la mano por el cabello y tomé el pincel. Sabía que en tres días volaría a Nueva York, pero aun así intentaba dar forma a esa pieza como si me negara a dejarla atrás.

El sonido de mi teléfono me sacó del trance. Miré la pantalla: no era Hoseok esta vez, sino un mensaje corto de mi pareja.

“¿Vienes a cenar esta noche o te quedarás trabajando otra vez?”

Lo leí sin emoción. Solo había reproches. La costumbre de alguien que después de tantos años se había resignado a mis ausencias. Contesté con un escueto “no llegare temprano, lo siento” y volví a dejar el móvil boca abajo. Nuestra relación llevaba tanto tiempo que ya no dolía la distancia; era simplemente rutina. Compartíamos techo cuando yo no me quedaba en el estudio como hoy, recuerdos y silencios, pero hacía mucho que no compartíamos ilusión.

Suspiré y me forcé a concentrarme en la pintura. El teléfono vibró de nuevo, ahora sí con un mensaje de Hoseok, mi representante y amigo:

“Todo confirmado. Vuelo el viernes a las 07:30 a.m., Incheon. Ten lista tu maleta y, por favor, duerme algo antes. Esta vez no puedes llegar con ojeras a las entrevistas.”

Sonreí con ironía. Dormir... hacía tiempo que había dejado de ser un hábito constante. Apagué el teléfono y me quedé mirando el lienzo, aunque en mi mente ya caminaba por calles llenas de rascacielos, luces y personas extranjeras. Nueva York. El simple nombre me estremecía. Una ciudad donde mi obra dejaría de ser un secreto íntimo para exponerse ante ojos críticos y desconocidos.

—¿Estoy preparado para esto? —me escuché murmurar, buscando la respuesta en la pintura.

Las horas pasaron demasiado rápido, sin que lo notara. Cuando la luz dorada de la tarde se filtró por la ventana, me quité la pintura de las manos y me dejé caer en el sofá. Cerré los ojos. Recordé la primera vez que sostuve un pincel en la universidad: mis manos temblorosas, el corazón acelerado, y la ilusión de pintar algo que demostrara quién era. Todo lo que había recorrido hasta entonces se sentía irreal. Y aun así, la duda seguía pesando. ¿Merecía estar allí, a las puertas de algo tan grande?

Un golpe en la puerta me hizo incorporarme. Hoseok apareció, puntual como siempre, cargando una bolsa de comida.

—¿Otra vez pintando hasta perder la noción del tiempo? —dijo con media sonrisa.

—Tenía que intentarlo... aunque sigo sin resolver este lienzo —admití, señalando la figura inconclusa.

—Déjalo. La colección ya está lista. Esto puede esperar. Lo importante ahora eres tú.

Compartimos una cena sencilla, sentados frente a frente. Mi amigo hablaba de itinerarios, entrevistas pactadas, coleccionistas que habían confirmado su asistencia. Yo asentía, pero mi mente vagaba hacia la ciudad que aún no conocía. Intentaba imaginar el ruido, la velocidad, la energía de Nueva York.

Antes de irse, Hoseok me miró con seriedad, leyendo mis pensamientos.

—Vas a brillar, Jimin. No lo dudes. No dejes que tu inseguridad te robe por lo que tanto trabajaste.

Me quedé en silencio, agradecido. A veces él confiaba más en mí que yo mismo. Cuando me quedé solo, me recosté en el sofá con una manta ligera. No estaba seguro de poder dormir, pero cerré los ojos y traté de imaginar lo que venía.

Pensé en Chanyeol, en cómo seguramente estaría viendo televisión en la sala, en otro lado de la ciudad, sin esperar demasiado de mí. Lo nuestro estaba en decadencia. Era como un cuadro colgado demasiado tiempo en la misma pared: invisible tras estar tan acostumbrado.

Pensé que tal vez Nueva York no solo sería un nuevo inicio profesional, sino también un giro en mi vida personal. No podía preveerlo, pero presentía que algo iba a cambiar.

El cansancio terminó venciéndome. Aquel sofá, tan incómodo en los días de trabajo intenso, se volvió de pronto un refugio blando bajo la manta. Cerré los ojos y sentí cómo el peso de las pinturas, de los días sin dormir, de la presión de Nueva York, me hundía en un sueño más profundo de lo esperado.

No recuerdo en qué momento dejé de pensar en mis cuadros y comencé a soñar. Solo sé que de pronto estaba en una habitación blanca, tan blanca que dolía a la vista. No había ventanas ni puertas, solo silencio. Yo estaba sentado en el suelo, mirando al frente, cuando una figura apareció a pocos metros.

Era un hombre. No lograba distinguir su rostro; estaba difuminado, como si alguien lo hubiera borrado a propósito en una fotografía. Pero el resto de su cuerpo estaba claro, demasiado claro. Su torso era el centro de todo: firme, definido, iluminado, la luz lo creó solo para resaltar la piel tersa sobre los músculos.

Sentí un nudo en la garganta. No sabía quién era, pero algo en mí reaccionó con fuerza, parecía que lo conocía de antes, como si mi cuerpo recordara algo que mi mente aún no podía nombrar.

Intenté acercarme, pero cada paso que daba lo alejaba más. El espacio se estiraba, me mareaba. Entonces, flashes comenzaron a golpearme la mente. Imágenes que no tenían orden ni sentido:

Un niño corriendo en un campo abierto, riendo con los brazos extendidos.

Un pincel manchado cayendo al suelo.

Un escenario iluminado por flashes, como los de un desfile.

Un torso -ese torso- acercándose, respirando cerca de mí.

Desperté con el corazón acelerado. El reloj marcaba casi las tres de la mañana. Me incorporé en el sofá, sudando a pesar del frío que se colaba por la ventana abierta. Me llevé la mano al pecho, intentando recuperar el ritmo.

No entendía por qué un sueño tan vívido me había dejado así. No conocía a ese hombre, de eso estaba seguro. No había visto un torso así en mis círculos, ni en la vida cotidiana que llevaba con tanta rutina. Y aun así, se me había quedado grabado en la piel como una quemadura.

Fui hasta el baño y me miré en el espejo. Mi reflejo parecía distinto, más vulnerable. Toqué mi rostro, mis labios secos, como esperando reconocerme en alguien más.

“Es el estrés”, me dije. Los sueños extraños siempre llegaban en épocas de presión. Quizá era solo mi inconsciente mezclando imágenes de mi trabajo, de los anuncios que veía en las calles, de los modelos que llenaban revistas que yo hojeaba a veces.

Y aun así... algo en mi interior sabía que no era tan simple. Había una fuerza desconocida, un hilo invisible que comenzaba a tensarse hacia un destino que yo todavía no podía ver.

Finalmente y de manera obligada, sin querer, dejé el estudio, llamé a un taxi que me llevó hasta casa. Me acosté en la cama, esta vez con la luz encendida, incapaz de volver a cerrar los ojos del todo. El torso del hombre sin rostro seguía apareciendo en mi mente, y con él esa sensación punzante de que algo en mi vida estaba a punto de romperse.

No pude volver a dormir del todo después de aquel sueño. Me giraba en la cama, cambiando de posición cada pocos minutos, con la imagen de aquel torso grabada en mi mente. No tenía rostro, pero sí presencia. Era absurdo. Yo no creía en señales, y mucho menos en sueños proféticos. Sin embargo, el recuerdo se sentía más real que muchos momentos de mi vida cotidiana.

Al amanecer, decidí rendirme. Preparé café y me obligué a encender el portátil para revisar los correos de la galería en Nueva York. Las confirmaciones estaban todas allí: horarios de montaje, lista de asistentes, entrevistas con críticos de arte. Cada palabra me debería haber emocionado, pero lo único que sentía era un cansancio que se me pegaba a los huesos.

Mientras revisaba los documentos, escuché la puerta del apartamento abrirse. Chanyeol llegaba de una guardia nocturna en el hospital. Su saludo fue breve, casi mecánico.

—¿Despierto tan temprano otra vez? —preguntó con voz apagada, dejando el abrigo en el perchero.

—No pude dormir —respondí, sin levantar la vista del portátil.

El silencio se extendió entre nosotros. Podría haberme levantado, abrazarlo, preguntar cómo había estado su noche. Pero ninguno de los dos hizo el esfuerzo. Tras años juntos, la rutina había borrado los gestos espontáneos. Éramos compañía, no chispa. Costumbre, no deseo.

Cuando se encerró en la habitación, yo me quedé solo otra vez, mirando la pantalla sin leer realmente. Pensé en lo mucho que había cambiado nuestra relación con el tiempo. Recordaba las primeras citas, las risas compartidas, la ilusión de construir algo juntos. Todo eso parecía tan lejano igual que si no hubiera ocurrido nunca.

Al mediodía, decidí salir a caminar. Necesitaba aire. El barrio estaba tranquilo, las hojas secas acumulándose en las aceras. Me metí en una cafetería pequeña, pedí un té y saqué mi cuaderno de bocetos. Dibujé sin pensar: líneas rápidas, casi ansiosas. Cuando levanté la vista, descubrí que había trazado otra vez un torso. Firme, elegante, sin rostro. Cerré el cuaderno de golpe, con miedo, como si alguien pudiera descubrirme y recriminarme.

“Es el estrés”, repetí en mi cabeza, pero cada trazo me decía lo contrario.

Los días siguientes pasaron en un torbellino. Empaqué la colección, repasé entrevistas, ajusté detalles de montaje con Hoseok. Todo estaba medido al milímetro, pero yo seguía sintiendo que algo me faltaba. La relación con Chanyeol se redujo a intercambiar frases funcionales: “¿Vas a comer aquí?” “¿A qué hora vuelves?” “Suerte en la exposición”.

No hubo recriminación pero tampoco apoyo. Era como si cada uno viviéramos en un plano distinto, unidos solo por un acuerdo tácito.

La noche anterior al vuelo, me quedé en el estudio una vez más, observando la pintura inconclusa. La figura abstracta parecía mirarme con la misma intensidad que en mis sueños. ¿Era posible que mi inconsciente me estuviera diciendo algo que aún no estaba listo para aceptar?

Me serví una copa de vino, apagué las luces y me senté frente al lienzo en penumbra. Cerré los ojos e intenté imaginar Nueva York: los rascacielos, los taxis amarillos, la galería llena de voces desconocidas. El pensamiento me erizó la piel, pero no por miedo. Había algo más: la certeza de que no regresaría siendo el mismo.

A la mañana siguiente, después de haber vuelto a mi domicilio mientras cerraba la maleta, Chanyeol me deseó buen viaje desde la cocina, sin acercarse a la puerta. Yo respondí con un “gracias” automático. Ni un beso, ni un abrazo, ni una promesa de echar de menos. Aquello confirmó lo que ya sabía: lo nuestro era un pasaje a viajar separados. Y quizás yo ya estaba buscando, sin saberlo, una nueva forma de ver el mundo.

Cuando el taxi me llevó hacia Incheon, miré por la ventana cómo la ciudad despertaba. El tráfico, la gente apresurada, las luces que aún estaban encendidas en algunas tiendas. Todo parecía normal, pero dentro de mí la sensación era distinta. El aire mismo me empujaba hacia un punto que todavía no podía ver.

Me apoyé en el asiento, cerré los ojos y, una vez más, lo vi: el torso del hombre sin rostro. El sueño había vuelto a mí, como un presagio de un recuerdo que se repetía y del que aún no era consciente. Tragué saliva y apreté los puños. No sabía qué me esperaba al otro lado del océano, pero intuía que no iba a ser solo una exposición más. Mi vida iba a cambiar por completo.