Capítulo 1... Un encuentro turbulento
&-&-&-La orden de Merlín-&-&-&
Capítulo 1… Un encuentro turbulento
Era una noche preciosa. La luna se alzaba imponente en el cielo, iluminando la ciudad en compañía del tenue brillo de las estrellas. Era una lástima que las luces más pequeñas apenas pudieran apreciarse a causa de las luces de la ciudad. Por las calles transitaba todavía bastante gente, aunque no tanta como durante el día. Ya había pocos autos, entre ellos taxis que paraban a dejar a sus pasajeros frente a una tienda o sus hogares.
En uno de los departamentos, un chico se hallaba en su habitación con sus auriculares puestos mientras leía un cómic. Su cabeza se movía marcando el ritmo de la música mientras tamborileaba con una de sus manos. Esto era algo que hacía muy a menudo para relajarse después de un día estresante en la escuela… o en su casa.
—Michael, ya es hora de cenar —avisó otro chico asomándose por la puerta.
—Ya voy —dijo el azabache, quitándose los audífonos. Su hermano mayor asintió y se retiró en lo que él se estiraba en su lugar.
Llevó sus orbes azules como el cielo al techo, pensando. No tenía muchas ganas de ir, pero si no lo hacía, Liam volvería por él y lo obligaría a bajar. Suspiró con resignación y se levantó dirigiendo sus pasos a las escaleras, donde se encontró con otro de sus hermanos.
—Hola Dan, ¿pudiste dormir un poco? —preguntó saludando al castaño con una sonrisa.
—Más o menos —respondió levantando sus gafas para limpiar los rastros de un bostezo.
—Creo que deberías hacerle caso a papá y descansar más —dijo Michael bajando las escaleras seguido de él. Su hermano suspiró.
Daniel era un cerebrito como los que hay en la tele. Era un inventor experto en toda clase de tecnología, y actualmente era el presidente del club de ciencias en la escuela. Las últimas semanas estuvo desvelándose por un proyecto del club para la feria de ciencias, y debido a ello, su padre y hermanos estaban muy preocupados. Él sentía que exageraban, pues no era la primera vez que sucedía; pero a veces parecía no entender que les angustiaba que le sucediera algo por no dormir como debía.
—Ya lo haré luego de la feria —comentó soltando un bostezo.
Michael negó con la cabeza, ¿Por qué su hermano genio tenía que ser tan testarudo?
Llegaron al comedor y se sentaron a la mesa mientras Liam servía la cena; cuando estaba colocando los dos últimos platos, su cuarto hermano se hizo presente sentándose junto a Michael, quien lo miró de reojo antes de seguir con su cena.
—¿Papá no cenará con nosotros hoy? —preguntó el de cabellos rojos como el fuego quitándose su chaqueta para comer más cómodo.
—Tuvo una reunión de último minuto; llegará un poco más tarde —contestó el pelinegro mayor dejando cuatro vasos y la jarra del agua en la mesa antes de sentarse—. ¿Cómo va todo con el proyecto de ciencias? —preguntó mirando a Daniel.
—Va bien; si todo sigue así, podremos terminarlo este fin de semana —respondió el de ojos marrones llenándose un vaso con agua.
Y así transcurrió la cena con una charla que solo los mayores mantenían, mientras que por su lado Michael solo comía en silencio manteniendo su cabeza en otro lado. Esto era algo que les extrañaba a sus hermanos, pues él era el que más habla de los cuatro.
—Mike, ¿está todo bien? —preguntó Liam dejando notar la preocupación en sus ojos tan azules como los de su hermano menor.
—Sí, ¿por qué no lo estaría? —respondió preocupándolo aún más, pues su tono parecía… apagado.
—Michael, ¿esto es por lo que pasó en la escuela hoy? —preguntó Daniel de forma cuidadosa. Él no respondió.
Confundido, Liam pidió una explicación. El genio procedió a contar que durante la clase de educación física Lance, el brabucón por excelencia, estaba molestando a Michael como siempre. Él siempre trataba de ignorarlo y hacía de cuenta que no existía; pero ese día pasó algo inesperado: Lance le lanzó una pelota de baloncesto con una fuerza tal que podría haberlo enviado a la enfermería si le hubiera dado… pero esta ni siquiera llegó a rozarlo. En ese momento Michael se había volteado, y sin que nadie pudiera procesarlo, devolvió la pelota con la misma fuerza dándole en el rostro al bullie, rompiéndole la nariz en el proceso.
Liam y Noah lo miraron muy sorprendidos. Siendo su hermano tan tranquilo y pacifista, por decirlo de una forma, nunca habrían esperado que hiciera una cosa así… nadie, de hecho.
—Michael, ¿por qué lo hiciste? —cuestionó Liam mirando a su hermano menor con incredulidad—. Sabes que lo último que debes hacer es hacerle caso; mucho menos bajarte a su nivel.
—Sí, eso ya lo sé —dijo de mala gana jugando con el tenedor en el puré.
—Entonces, ¿por qué lo hiciste?
El menor se quedó callado; no sabía explicar lo que había pasado allá, y no importaba cuantas vueltas le diera: no había forma de que pudiera siquiera entender lo que había pasado.
—Michael…
—No… digas nada; ya sé lo que vas a decirme —dijo él mirando al mayor de sus hermanos—. Pero créeme, mi intención no era devolvérsela.
—¿Ah no? Entonces ¿cuál era? —interrogó Noah un tanto molesto.
—Ninguna; solo me volteé para ver qué pasaba, y cuando vi la pelota me quedé quieto para que me diera a mí porque tenía a Melisa detrás —se defendió también molesto.
—¿Y cómo llegó entonces la pelota a la cara de Lance? —cuestionó sarcástico.
—¡No lo sé! ¡¿Sí?! —Gritó, soltando el tenedor—. ¡Yo tampoco entiendo qué fue lo que pasó! ¡Y créeme que si lo hiciera no estaríamos teniendo esta discusión!
Volvió a mirar su plato con la respiración algo agitada mientras sus hermanos compartían miradas preocupadas. Tal parecía que su hermano estaba tan confundido como ellos. Sin decir ni una sola palabra, Michael se levantó y fue hacia el perchero para tomar su abrigo y las llaves; necesitaba salir de la casa aunque fuera por un rato.
—Mike, ¿a dónde vas? —preguntó Daniel levantándose también.
—A dar un paseo —respondió secamente terminando de acomodarse la chaqueta.
—¿A esta hora?
Michael lo miró por sobre el hombro un segundo; luego lo ignoró y salió del departamento dando un portazo. Los otros volvieron a mirarse entre ellos angustiados. Él realmente la estaba pasando mal, y ellos solo lo empeoraban con sus regaños.
—Tiene que haber una buena explicación para lo que sucedió —dijo Noah ayudando a Daniel a recoger los platos.
—¿Cómo cuál? —inquirió Liam empezando a lavarlos.
—No lo sé; pero las pelotas no se devuelven solas —contestó cruzándose de brazos—. Dan, ¿Tienes alguna idea? —preguntó fijando sus orbes marrones en el genio.
—Bueno… podrían ser varias causas, como que su cuerpo reaccionó de forma inconsciente o que sus reflejos fueran tan rápidos que no se dio cuenta de lo que hizo hasta después de haberlo hecho —explicó el castaño con una mano en la barbilla—. Pero…
—¿Pero?
—Sé que sonará a locura, pero estoy casi seguro de que la pelota no llegó a alcanzar a Michael —contó rascándose la nuca con nerviosismo—. Es más, juraría que él ni siquiera la tocó.
Los otros dos se sorprendieron al escucharlo. ¿Michael no tocó la pelota? Eso no podía ser cierto.
—Las pelotas no están vivas, Dan. Es imposible que Mike la haya devuelto sin tocarla —dijo Noah incrédulo.
—Lo sé, pero recuerdo que él tenía otra en las manos, y estoy seguro de que no la soltó ni levantó las manos para atrapar la que iba hacia su rostro.
Y una vez más, se hizo el silencio. Lo cierto era que esta no era la primera vez que ocurría algo así, algo que ellos no podían explicar de forma lógica.
La primera vez que sucedió fue al inicio del mes, cuando Michael y Daniel estaban en la clase de historia. En el salón había una vieja estantería que, a causa de los años y el peso que soportaba a diario, tenía la base y algunas repisas en muy mal estado, y ya amenazaba con caerle encima a algún incauto que pasara cerca de ella. No parece que haga falta mencionar que Michael fue el elegido.
La base de la estantería al fin cedió y cayó justo cuando el azabache iba pasando para ir a entregar sus deberes. Todos se esperaron una desgracia, pero se sorprendieron —y aliviaron— bastante cuando vieron que el chico estaba ileso, justo en el medio de uno de los espacios del mueble.
No parece algo tan extraño en un principio, ¿cierto? El asunto es que Daniel hizo unos cálculos y se dio cuenta de que el sitio por el que su hermano había pasado estaba en el lugar preciso para que la estantería le hiciera mucho daño.
La siguiente vez que ocurrió otra cosa extraña, se encontraban en casa. Michael estaba cepillándose los dientes, cuando de forma repentina, el grifo explotó como si le hubieran puesto un petardo dentro. Y una tercera vez estaban en la cocina terminando la cena cuando el microondas explotó; fue algo muy extraño, ya que acababan de comprarlo y no eran tan estúpidos como para comprobar por sí mismos lo que pasaba cuando lo encendías con algo de metal dentro —igual revisaron por si acaso, pero estaba vacío—.
Y para sumarse a las cosas más extrañas de la vida, sucedía lo de la pelota que regresó al que la lanzó sin que Michael si quiera la tocara… estas situaciones tan inverosímiles estaban comenzando a preocuparlos, y más porque su hermano menor era la principal víctima.
—¿Creen que debamos hablarle de esto a papá? —preguntó Daniel pasándose una mano por el cuello.
—No, ya está demasiado estresado y atareado con el trabajo. Lo último que necesita ahora es que lo agobiemos también con esto —respondió Liam secándose las manos—. Lo único que debemos hacer por ahora es estar al pendiente de Michael y tratar de entender lo que está pasando.
Noah y Dan se miraron; luego volvieron la vista a su hermano mayor y asintieron en acuerdo. Él tenía razón. Su única preocupación ahora mismo debía ser Michael, sobre todo ahora que los necesitaba más que nunca.
Mientras tanto, él caminaba tranquilo por la calle con las manos metidas en los bolcillos. Necesitaba ir a un lugar un poco más silencioso, uno donde pudiera relajarse por unos minutos sin escuchar a sus hermanos gritarle de nuevo por cosas que ni siquiera él podía entender.
Siguió por unos minutos, hasta que al fin llegó al parque. Pero no se detuvo ahí. Continuó caminando, pasando de largo la fuente hasta llegar a unos frondosos arbustos que atravesó sin pensarlo. Se sacudió algunas hojas que quedaron atrapadas en su ropa y el cabello, dirigiendo después la vista hacia el hermoso lugar que se encontraba oculto al resto del mundo, su pequeño paraíso secreto.
Era un lago cristalino que reflejaba el cielo nocturno como un espejo, y al estar algo apartado de la ciudad, las estrellas también relucían haciendo aún más hermoso el lugar. Era… casi mágico.
Inspiró profundo con una sonrisa y se sentó a la orilla del lago apreciando el paisaje. Cuando estaba muy estresado o agobiado, solía ir a ese sitio para tranquilizarse y olvidarse de todo aunque fuera por un rato.
No pudo evitar que por su mente pasara todo lo ocurrido ese mes, y otras cosas que pasaron mucho antes, pero que sus hermanos y su padre no necesitaban saber.
No podía entender qué era lo que estaba pasando con él, y esta situación estaba comenzando a ponerlo nervioso. La peor parte era que no solo sus hermanos se habían dado cuenta de que algo no andaba bien, sus compañeros en la escuela también habían comenzado a notarlo, sobre todo sus amigos, Melisa y Kevin.
Si esto seguía así… no pasaría mucho para que lo trataran como un bicho raro.
—“¿Qué es lo que está sucediendo? ¿y por qué me pasa precisamente a mí?”—pensó, apoyando los brazos en sus rodillas. Se sentía tan frustrado—. “Espero que esto se detenga pronto.”
Si había una cosa que detestaba más que nada en el mundo era preocupar a su familia. Era por eso que la mayor parte de las veces siempre intentaba sonreír o simplemente fingir que todo estaba bien… aun cuando su mundo interno ardía en llamas.
Empezó a hacerlo cuando inició la secundaria porque sus hermanos siempre se lanzaban a defenderlo cuando Lance o cualquier otro idiota lo molestaba. Sabía que lo hacían porque querían cuidarlo, pero no se daban cuenta de que eso solo empeoraba las cosas para él, pues al no atreverse a desquitarse con sus hermanos siempre terminaban metiéndose más con él, y eso terminaba por hacer más y más grande el problema.
Al final se hartó y habló con su padre para que lo dejara inscribirse en clases de artes marciales, así podría defenderse solo y sus hermanos podrían estar más tranquilos.
Sonrió soltando un leve bufido. Le causaba gracia que Liam siempre le dijera que no escuchara a los brabucones, cuando él y Noah eran quienes más palizas repartían. Aunque bueno, en defensa del mayor, era Noah el que siempre terminaba arrastrándolo a las peleas, y era ayudarlo o dejar que mandara a medio mundo al hospital, o peor aún, que fuera él el que terminara en el hospital por su imprudencia.
Y así siguió navegando en sus recuerdos, hasta que una vibración en su bolcillo lo trajo de vuelta a la tierra dándole un pequeño susto. Sacó el celular y leyó el mensaje de Liam. Su padre ya estaba en casa y preguntaba por él. Suspiró. Deseaba poder quedarse ahí un poco más, pero si no volvía ahora, su padre comenzaría a preocuparse y saldría a buscarlo.
Se levantó guardando el celular y admiró el lago una última vez antes de dar la vuelta y marcharse. La caminata a casa era algo que también podía disfrutar… o ese fue su pensamiento hasta que escuchó un fuerte estruendo que detuvo sus pasos. Miró alrededor notando que otras personas habían parado también, buscando el origen de aquella explosión. Y a los segundos se escuchó otra más fuerte y cerca.
Mientras los demás se iban corriendo de ahí, Michael sintió la extraña necesidad de acercarse a ver qué era lo que estaba pasando —al igual que otro par de curiosos que ya se dirigían hacia allá—. Sin pensarlo corrió en esa dirección notando una gran cantidad de humo que salía de un callejón. Se acercó un poco más, y se habría asomado por la esquina si algo más no lo hubiera detenido. Una persona salió volando de entre aquel humo, como si hubiese sido arrojada.
Observó atento aquella figura, que al fijarse mejor se trataba de una chica que parecía estar herida. Quiso ir a ayudarla, pues trataba de levantarse a duras penas, pero un sonido terrorífico lo detuvo. Era como el feroz gruñido de una bestia sedienta de sangre.
Llevó su vista hacia el humo, el cual comenzaba a disiparse, y vio con asombro y horror a una creatura monstruosa cuyo cuerpo parecía hecho de alguna substancia negra y viscosa que parecía gotear. Su forma era como la de un lobo mostrando los filosos colmillos, con unos ojos de color rojo que brillaban de forma siniestra.
Su cuerpo se paralizó por completo cuando esa cosa lo miró a él. Ni siquiera reaccionó cuando los otros chismosos gritaron aterrados y se fueron corriendo. Cayó al suelo y retrocedió un poco cuando la creatura comenzó a acercársele, como si tuviera la intención de devorarlo.
—Ni lo sueñes, monstruo —murmuró la chica logrando levantarse al fin.
Michael vio con gran asombro como la desconocida se colocaba delante de él y cómo en sus manos brillaba una extraña luz.
—Lux Custodes —la chica alzó las manos y una esfera de aquella energía salió disparada hacia la bestia, que aulló de dolor y retrocedió desapareciendo en las sombras.
Agotada, la joven se dejó caer de rodillas con la respiración agitada. Eso había sido demasiado para ella en su estado actual. Preocupado, Michael por fin reaccionó y se acercó a ella.
—¿Estás bien? —preguntó examinando la herida que ella tenía en un costado.
—He sufrido heridas peores, créeme —respondió la rubia con una sonrisa cansada.
—¡Amelie! —escucharon gritar a alguien no muy lejos de ahí.
—Demonios —susurró entre dientes, maldiciendo su suerte. Estaba muerta.
—¿Son amigos tuyos? —preguntó Michael curioso. Si eran amigos de la chica, debía decirles que la llevaran rápido a un hospital, pues esa herida era preocupante.
—Sí, y estoy en graves problemas. No se supone que deba estar aquí por mi cuenta —respondió ella, nerviosa.
Escucharon la voz llamar una vez más, solo que ahora con notable furia.
—Será mejor que te vayas. Si te encuentran conmigo en estas condiciones, malinterpretarán las cosas y te capturarán —dijo Amelie angustiada, no quería que el pobre chico pagara por inocente.
Confundido por eso último, el azabache asintió y se levantó dispuesto a irse, pero apenas dio unos pasos cuando se detuvo volviendo a mirarla.
—Gracias, por haberme ayudado antes.
—No fue nada, solo hacía mi trabajo —dijo la ojiverde volviendo a sonreírle. Aquella voz volvió a llamarla—. Están más cerca. Debes irte, ya —lo apremió dejando notar su preocupación.
El chico asintió y retomó su camino corriendo esta vez. No entendía a qué se refería con que lo capturarían, pero tampoco tenía la intención de averiguarlo. Por su parte, Amelie lo vio alejarse hasta perderlo en un cruce. Suspiró con alivio. Ese chico estaba a salvo… y cómo le gustaría poder decir eso de ella misma.
—A-me-lie —pronunció alguien a sus espaldas en un tono que le dio escalofríos.
—Bueno, viví una buena vida —murmuró antes de voltear un poco topando con la mirada furiosa de su superior. Tal vez debió haber escrito su testamento.
-.-.-.-.-.-
Miraba aburrido la discusión que sus hermanos mayores mantenían entre ellos, ¿la causa? Noah lo recibió a gritos como si fuera su exagerada madre. Sabía que se habían preocupado por su tardanza, pero tampoco era algo tan grave como para cantarle las cuarenta.
—Ya basta —dijo alguien más con severidad. Su padre veía a ambos jóvenes con el ceño fruncido—. Esta discusión se acaba ahora mismo.
—Pero papá-
—Sin peros, Noah —lo interrumpió haciéndolo callar—. Sé que Michael te preocupaba, pero no era necesaria tal agresividad al recibirlo.
El pelirrojo se rascó la nuca ante el regaño, completamente avergonzado. No podían culparlo por actuar así. Han pasado demasiadas cosas extrañas últimamente y le preocupaba que algo le ocurriera a su hermano menor cuando ellos no estuvieran presentes.
Stephen soltó un suspiro nasal negando con la cabeza. Las emociones en algunas ocasiones son demasiado fuertes para controlarlas, pero Noah tenía que aprender a mantener la cabeza fría y el corazón tranquilo si quería superar ciertas cosas. Dejando eso de lado, llevó su mirada azul hacia el menor de sus hijos. El chico parecía tener la mente perdida en alguna parte.
—¿Te sucede algo, hijo? —preguntó colocándole una mano en el hombro, causando que diera un pequeño respingo.
—No es nada, papá, solo pensaba en lo que pasó cuando venía de regreso —respondió Mike con una mano en el cuello.
—¿De qué hablas? —preguntó Daniel evitando que Noah abriera la boca, que ya se veía venir otra tontería. El pelirrojo se cruzó de brazos, bufando.
—Pues… ah… —trató de responder, dudoso. No podía decirles lo que pasó realmente, lo tacharían de loco y lo mandarían a un psiquiátrico—. Algo explotó en un callejón cuando venía de regreso.
—¿Una explosión? —preguntó Liam sorprendido. Michael solo asintió.
—Fue por eso que me tardé un poco más en volver. Tuve que dar la vuelta y tomar el camino más largo —mintió, sintiéndose culpable. No le gustaba mentirle a su familia, pero esta era una ocasión en la que no le quedaba de otra.
Ellos, por su parte, compartieron miradas entre curiosas y extrañadas. Una explosión repentina en un callejón. ¿Explosión de gas? Quizá. Fuera lo que fuera, ya dirían algo en las noticias al día siguiente, por lo que no valía la pena ponerse a sacar teorías conspiranoicas al respecto.
Fingiendo un bostezo, Michael consiguió que lo dejaran irse a su habitación sin hacerle más preguntas. Al llegar cerró la puerta con seguro y se acostó en su cama mirando al techo. Las imágenes de lo ocurrido volvieron a su mente una vez más.
¿Qué había sido esa cosa? Nunca en su vida había visto a un ser tan terrorífico y grotesco, y eso que le encantaban los videojuegos de terror, donde se veían cosas horribles. Y también, esa chica…
—“¿Qué era ella? ¿ómo hizo eso con sus manos?” —se preguntó mentalmente, alzando una mano propia para verla—. Amelie —pronunció en un murmullo.
Quien quiera que fuera ella, era la única que tenía las respuestas a todas sus interrogantes. Solo esperaba poder encontrarse con ella una vez más.