Cuando me encuentres

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Summary

Una historia donde el amor no sigue las reglas. Todo comienza como un simple juego, un pasatiempo inocente que poco a poco se convierte en un lazo imposible de romper. Entre risas y silencios, los protagonistas descubren una conexión que desafía la lógica y el tiempo. A través de episodios de melancolía, felicidad, pasión y momentos inexplicables, aprenderán que amar no siempre significa entender... sino sentir, incluso cuando nada tiene sentido.💖🫣

Genre
Romance
Author
DARLIN
Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capitulo I - Un nuevo día


En el cielo se formaban nubes de diversas formas y tamaños. Habían sido días de mucha lluvia y noches de frío intenso; ahora se podía contemplar la ciudad más viva, con más color y calles más transitadas. Las personas iban y venían de un lugar a otro: unas con prisa, otras con calma, y algunas parecían solo disfrutar del día.

En algún lugar del mundo podría estarse replicando mi pensamiento, como una copia; quizá con nuevas palabras o protagonistas, pero, aun así, el mismo pensamiento. Cuando contemplas las diferentes maneras en que se manifiesta el amor y esa conexión que se genera entre dos personas, siempre es romantizado. Quizá, en ese juego del amor, algunos resultamos más lastimados que otros, y algunos ni siquiera conocen el impacto que han generado en los demás.

Decidí poner en pausa mis pensamientos. Tenía muchas cosas por hacer; procrastinar se había convertido en uno más de mis pasatiempos en los últimos días. Abrí la ventana de mi cuarto: la luz llegó directamente a mis ojos, obligándome a cerrarlos nuevamente hasta poder acostumbrarme a lo resplandeciente que estaba el sol. Organicé, como de costumbre, las cosas por hacer en una lista de pendientes. Apenas terminara con algunas tareas de suma importancia, me ausentaría para ir a visitar a un viejo amigo.

Hacía meses que no lo veía, así que quería visitarlo. Una vez estuve libre, abandoné la habitación y me dirigí a la vieja biblioteca donde, de niño, pasé la mayor parte del tiempo. Recorría los pasillos en busca de un buen libro, una historia que dejara volar mi imaginación e imaginarme como el Capitán Blood en sus aventuras o como un simple mortal enamorado, fantaseando con el romance y la pasión desenfrenada.

En la realidad, estas cuestiones del amor se vuelven complejas con el tiempo, y eso no está escrito ni previsto en ningún libro, o al menos no en los que he leído. Cuando llegué, vi a Martín. Lo observé mientras caminaba hacia él: estaba justo detrás del mostrador, organizando algunas cosas.

—¡Hola¡ ....me alegra mucho verte, Valentín. Hace mucho no sé de ti —dijo en cuanto me vio cruzar la puerta. El bibliotecario era un hombre ya muy mayor; usaba lentes que hacían ver sus ojos algo grandes, y eso me causaba gracia.

—¡Ey!... Me he ausentado un poco, he tenido que lidiar con algunas cosas. ¿Cómo va todo? —pregunté, recostándome sobre el mostrador.

—Bien, extrañándote un poco —señaló sonriendo—. Sabes, tengo algunos libros nuevos; sé que te gustarán mucho.

—Esta vez no vengo como un cliente, vengo como tu amigo —dije, sonriendo levemente.

—¡Qué bueno! Entonces seremos tú y yo —exclamó, señalando mi pecho.

—Sí, vamos por un café. Déjame llamar a mi nieta para que se encargue de este lugar, y tú y yo iremos a "Versos y Café".

Cuando llegamos a la cafetería, nos emocionamos al ver que no había mucha gente. A pesar de ser muy concurrida, escogimos una mesa al fondo del lugar, justo en la esquina. Era muy cómoda y tenía una ventana enorme que daba vista a la catedral central. La mesera nos atendió amablemente. Pedí un affogato y galletas saladas; Martín, por su parte, ordenó un macchiato con una rebanada de pastel de chocolate. Mientras nuestro pedido llegaba, mi viejo amigo preguntó:

—¿Cómo estás? —se apoyó en la mesa y, entrelazando los dedos, me miró fijamente con curiosidad.

—Bien. Intento no pensar más en ciertas situaciones y retomar, paulatinamente, lo que era mi vida antes del accidente.

—Me alegra escuchar eso —dijo Martín, mientras se quitaba los anteojos.

Me detuve un momento. Me fijé en las paredes de la cafetería: había cuadros grandes donde estaban escritos poemas de diversos autores, y otros anónimos. Los había leído todos y me maravillaba hacerlo; recordaba cada uno de ellos perfectamente. Rompí el silencio y dije:

—Sabes, he estado recordando mucho la última conversación que tuvimos.

—Eso quiere decir que contemplas la idea de trabajar conmigo —dijo Martín con seguridad.

—Sí. Mientras retomo mis estudios y me nivelo, quiero hacer algo... poder salir de mi casa.

—Está bien, entonces te espero el lunes a las ocho de la mañana.

—Martín, te lo agradezco... —la mesera me interrumpió al llegar con nuestro pedido, y antes de que pudiera continuar, mi amigo mencionó con ironía—: Tal vez tu vida necesita algo de emoción.

—La biblioteca es todo lo que necesito —respondí.

Charlamos durante algunas horas. Me sentía más aliviado. Me levanté de la mesa para pagar la cuenta; Martín me esperaba afuera. Salí y vi a mi viejo amigo de pie junto a un auto que no era el mío. Me causó gracia su equivocación; tal vez sí había pasado mucho tiempo sin visitarlo.

—Martín, amigo mío, este es mi auto —le dije, señalando mi carro. Se echó a reír y, con un poco de vergüenza, se subió al puesto de copiloto.

Cuando regresé a casa, me di cuenta de que mi madre no estaba. Quise llamarla, pero seguramente quería su espacio. Dejé mi teléfono sobre la mesa de la sala y me dirigí al cuarto. Quería relajarme, y una ducha caliente me ayudaba enormemente con eso. No sé cuánto tiempo estuve bajo el agua; pudo haber sido mucho, pues los dedos de mis manos y pies lucían como uvas pasas.

Escuché que la puerta se abrió y supuse que mi madre había regresado. Tomé la toalla y salí aún cubierto de agua. Me cambié rápidamente y bajé a la cocina. La encontré frente a la nevera; estaba cansada, se le notaba en el rostro. Se recogió el cabello y comenzó a preparar algunos sándwiches.

—Te ves hermosa —dije, acercándome a ella.

— Gracias hijo —respondió sonriendo, aunque sus ojos anunciaban tristeza.

—Sabes, estaba pensando en algo —dije, tocándole el hombro.

—¿En qué? —preguntó, rozando mi mano suavemente.

—En trabajar ahora, mientras termino de recuperarme y me nivelo en la universidad.

—¿¡Es en serio!? —exclamó, cruzando los brazos. No estaba de acuerdo con ello, pues cuidaba demasiado de mí... bueno, de todos nosotros.

—Madre, será temporal, no te preocupes. Además, estaré en la biblioteca de Martín, y sabes que él también cuida de mí.

—Está bien, hazlo. Sabes que te amo y deseo que estés bien siempre —susurró. Lo sentí como un pequeño soplo de viento que recorrió mi cuerpo; llegó a mí como un impulso, y abrazándola, le dije:

—Te amo, mamá.

A la mañana siguiente desperté presuroso. La alarma había sonado repetidas veces, pero me quedé unos minutos más enredado entre las sábanas. Sentí pasos apresurados cerca de la puerta de mi habitación. Golpearon tres veces y, enseguida, preguntaron si podían pasar. Las voces de mis hermanos eran tan parecidas que nunca sabía cuándo dejaba de hablar uno para comenzar el otro. Yo era el hermano mayor; Alan, el del medio, tenía dos años menos que yo, y Mark era el menor, por tanto, el más consentido.

—Hola, ¿Cómo estás? —preguntó Mark apenas entró.

—Bien, mejorando cada día.

—Eso es genial —dijo, golpeando mi hombro.

—¿Qué prepara mamá de desayuno? —pregunté, frotando mis manos.

—Creo que hay huevos, algo de fruta... no sé, pero te va a encantar —respondió sonriendo.

Cuando terminamos de comer, fui al sillón de la sala mientras mis hermanos organizaban la cocina. Solemos repartirnos esas tareas del hogar, pero se ofrecieron a hacerlo por mí, pues pensaron que estaría muy cansado, y en efecto lo estaba. La espalda baja dolía, y mis manos aún tenían algunos cortes causados por los vidrios rotos. Aquel accidente no solo había cambiado mi vida, sino también la de todos.

Nadie hablaba del tema. Creo que, si lo hacíamos, tal vez resultaríamos un poco más heridos. Mi madre sonreía todo el tiempo; creía que ninguno de nosotros notaba todo lo que cargaba sobre sus hombros. Siempre intentaba parecer despreocupada, como si eso ocultara lo vulnerable que era. Pero a veces todos necesitamos mostrarnos débiles, caer en el profundo pozo y acurrucarnos hasta poder ver la luz de un nuevo día.