Les putes de France [BP]

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Summary

Como almas hambrientas van escalando en medio de la perversión y satisfacción. ✨️Boypussy ✨️Boytits

Genre
Erotica
Author
Lectorhot
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Principios, bastardos e inocencia perdida

En las vísceras putrefactas de París, en el año de 1742, bajo un cielo plomizo que escupía lluvia como lágrimas de un dios indiferente, nació Jimin en un parto que rasgó el alma de su madre. Lira, una cortesana de curvas voluptuosas ahora ajadas por noches interminables de cuerpos ajenos, se retorcía sobre un colchón infecto en un callejón estrecho de uno de los tantos barrios pobres. El hedor a orines rancios y pan mohoso impregnaba el aire, mientras ratas curiosas asomaban sus hocicos rosados entre las grietas de las piedras.

—¡Ahh!, mgh... –Lira gritó, un alarido primal que reverberó contra las paredes húmedas, hasta que el niño emergió

Un doncel perfecto, un prodigio de la carne prohibida. Su piel era pálida como el alabastro más fino, mechones pelirrojos húmedos pegados a su cráneo diminuto, y ojos verdes que, al abrirse por primera vez, capturaron la luz mortecina de una vela agonizante como esmeraldas traídas de tierras lejanas. Pero lo que lo marcaba para siempre era su anatomía: al ser doncel en el futuro tendria pechos que, incluso en la infancia, prometían una plenitud pecaminosa, hinchados ya con el futuro eco de la leche materna, y un coño rosado, terso, oculto entre muslos regordetes que lo destinaban a ser devorado por el deseo de los hombres.

La pobreza era un amante cruel, sin preámbulos ni caricias. Apenas tres días después del alumbramiento, con sus pechos aún doloridos y goteando leche tibia que manchaba sus harapos, Lira se arrastró hasta una taberna cercana, el cuerpo exhausto traicionado por la necesidad. Se tendió sobre una mesa grasienta, separando las piernas para un duque borracho que pagó con monedas sucias por un revolcón rápido. Sus gemidos fingidos ahogaron el llanto de Jimin en la cuna improvisada de una cesta rota, pero el destino, ese rufián caprichoso, intervino esa noche.

El duque Donghae, un hombre de hombros anchos, cabello negro como la medianoche y ojos oscuros que ardían con hambre insaciable, no se contentó con un polvo fugaz. Quedó hechizado por el fuego residual en los ojos de Lira, por cómo su coño, aún sensible del parto, se contraía alrededor de su polla gruesa con una avidez que lo hizo gruñir como un animal. Al amanecer, con el sol filtrándose perezoso entre las persianas mugrientas, Donghae las reclamó: a Lira y acepto solo por protegerla y al bebé Jimin, envuelto en un chal raído que olía a jazmín marchito. Las sacó de las calles como trofeos, instalándolas en su mansión señorial en las colinas de Montmartre, un palacio de mármol blanco y dorados relucientes donde el lujo era un velo sobre los pecados.

A la esposa de Donghae, la duquesa Elara, una mujer de rostro anguloso como una daga, pechos planos envueltos en corséts de ballenas y un corazón forjado en el acero de la nobleza, le impuso a Lira como cocinera. Un puesto humilde, de rodillas engrasadas y vapores calientes, que ocultaba la verdad voraz: cada noche, cuando las velas se extinguían y los sirvientes dormían, Lira se escabullía al estudio del duque. El lo llevaba a otra habitación y allí, sobre sábanas de satén carmesí, se entregaba con un abandono que rayaba en la devoción. Donghae la embestía con furia contenida, su polla venosa hundiéndose en el coño de Lira hasta el fondo, haciendo que sus paredes internas se contrajeran en espasmos que lo ordeñaban.

—Eres mi puta favorita Lira—. le gruñía él, mordiendo el lóbulo de su oreja mientras sus caderas chocaban con un slap húmedo y obsceno, sus pechos llenos de leche rebotando contra el pecho velludo del duque.

De aquellas traiciones nocturnas, regadas con semen caliente que Lira lamía de sus dedos para no dejar rastro, nació Hyesoo: un niño de ojos idénticos a los de su padre, tan solo dos años menor que Jimin, con un aura bastarda que Donghae negaba con sonrisas paternales fingidas durante las cenas familiares haciendo creer que era tan genoroso con la gente humilde servidumbre.

Desde la tierna edad de cinco años, Jimin y Hyesoo fueron exiliados al convento de las Hermanas de la Misericordia para recibir educación ya que Donghae presumia de ser amable, bondadoso con la servidumbre y los ayudaba, el convento un bastión de piedra gris en las afueras de la ciudad donde el aire olía a incienso y azufre reprimido. Era un disfraz de educación: rezos interminables de rodillas magulladas sobre el frío suelo de mármol, disciplinas con varas de sauce que dejaban marcas rojas en la piel pálida de Jimin, y lecciones de latín susurradas en aulas húmedas. Pero allí, entre los muros que pretendían purificar, el cuerpo de Jimin floreció como una enredadera lasciva. Con los años, sus pechos se hincharon hasta convertirse en globos turgentes, pezones rosados endureciéndose al roce de los hábitos ásperos; sus caderas se ensancharon en curvas hipnóticas, y su trasero se redondeó en una promesa de placer que hacía que las monjas apartaran la vista con mejillas sonrojadas y le ponian habitos que ocultaran tales atribuciones. Hyesoo, más tosco en su timidez y de complexión delicada, observaba a Jimin en los baños comunes con una envidia que se teñía de deseo prohibido: su coño humedeciéndose al ver el de Jimin relucir bajo el agua, pechos flotando como frutas maduras, un calor traicionero palpitando entre muslos compartidos. Compartían camas en invierno, cuerpos pegados bajo mantas raídas, y en la oscuridad, las manos de Hyesoo exploraban tímidamente: dedos rozando pezones endurecidos, susurros de "Hermano, ¿duele aquí? Siento mi coño palpitar viéndote...", mientras Jimin jadeaba, su propio coño humedeciéndose con una curiosidad pecaminosa que lo aterrorizaba y excitaba a partes iguales, sus jugos mezclándose en el aire cargado de inocencia rota.

A los quince años, Jimin regresó a la mansión como un joven graduado del convento, su belleza un arma forjada en el fuego del convento: cabello pelirrojo cayendo en ondas suaves, ojos verdes que prometían secretos inconfesables, y un cuerpo que tensaba cada prenda como si estuviera hecho para ser despojado. Lira, aún confinada a las cocinas humeantes, con gracia amarga: sus pechos algo caidos ahora sostenidos por corpiños raídos, su coño surcado por el tiempo pero aún ávido en las noches robadas con Donghae. El duque, al verlo cruzar el umbral del gran salón con una túnica ceñida que delineaba el valle entre sus pechos y el arco de sus caderas, sintió un pulso ardiente en su entrepierna. Esa misma tarde, en un pasillo sombreado perfumado con rosas marchitas, lo acorraló.

— Has crecido, mi dulce Jimin. — murmuró, su voz un ronroneo grave que vibró contra el cuello del doncel.

Sus manos, grandes y callosas de cacerías, se deslizaron bajo la tela, amasando la carne suave de un pecho hasta que el pezón se endureció como una perla bajo su pulgar. Jimin se resistió, el corazón martilleando como un tambor de ejecución.

— No, mi señor... No quiero acabar como mi madre, una sombra en su lecho, un secreto sucio que solo toma cuando desea—

Pero Donghae era un depredador paciente, sus labios rozando la oreja de Jimin mientras susurraba promesas:

—Te daré sedas que besen tu piel como amantes, joyas que hagan palidecer a las estrellas. Déjame mostrarte el paraíso que tu cuerpo anhela. —

La curiosidad de Jimin era una serpiente enroscada en su vientre bajo, siseando promesas de éxtasis. Una noche de tormenta, cuando los truenos retumbaban y la lluvia azotaba las ventanas como dedos impacientes, Donghae irrumpió en su habitación. El aire estaba cargado de jazmín y ozono, velas parpadeando sombras lascivas sobre las paredes tapizadas.

— Esta noche, cedes, mi joya. — gruñó el duque, despojándolo del camisón con tirones brutales que rasgaron la seda fina, dejando al descubierto la piel pálida que olía a jabón de lavanda y anticipación fresca.

Jimin, tembloroso como una hoja en el viento, sintió el aliento caliente del hombre en su nuca un hálito de vino tinto y tabaco mientras era empujado contra el lecho, el colchón hundiéndose bajo su peso con un crujido suave. Donghae lo devoró con los ojos primero: pechos grandes y firmes elevándose y bajando en respiraciones agitadas, pezones rosados erguidos como botones de rosa bajo la luz danzante; vientre plano descendiendo a un coño virgen, labios hinchados y relucientes de un rocío traicionero que capturaba el aroma almizclado de su excitación naciente, como miel silvestre mezclada con sal marina.

— Eres un festín para reyes, Jimin... Mira cómo tu coño ya llora por mí, goteando como una herida abierta. — susurró Donghae, su voz ronca como grava, mientras capturaba un pezón entre labios ávidos, succionándolo con una succión profunda y rítmica que envió descargas eléctricas directamente a su clítoris, el sabor salado de la piel del doncel explotando en su lengua como un elixir prohibido.

—¡Ah! ngh... —Jimin arqueó la espalda, un gemido ahogado escapando de su garganta un sonido agudo y roto, como el viento silbando en grietas mientras las caderas del duque se presionaban contra su trasero, la polla dura como hierro frotándose contra sus nalgas redondas, el calor de ella irradiando a través de su ropa interior como una marca de hierro candente.

— Por favor... no... duele el deseo, mi señor, tomeme — suplicó Jimin, su voz un hilo tembloroso, pero sus muslos se separaron instintivamente, exponiendo ese coño palpitante que Donghae exploró con dedos gruesos y ásperos, hundiendo dos en su calor apretado y virgen. El interior era un horno de terciopelo resbaladizo, paredes suaves contrayéndose alrededor de la intrusión como un puño vivo, el sonido húmedo de jugos siendo removidos resonando en la habitación como un beso obsceno.

— Siente cómo te abro, mi dulce... Tu coño me succiona como una boca hambrienta. Di que lo quieres, Jimin. Di ''Fóllame, duque, rómpeme para siempre" — exigió Donghae, curvando los dedos para rozar ese punto sensible en lo profundo, un núcleo de placer que hizo que lágrimas verdes rodaran por las mejillas del doncel, su aroma intensificándose en un perfume embriagador de almizcle y lluvia.

—¡Sí... oh, Dios, fóllame, mi señor! No resisto más... tu polla, dame tu polla gruesa en mi coño virgen. — sollozó Jimin al fin, rindiéndose, sus caderas moliendo contra la mano invasora en un ritmo desesperado.

Con un gruñido animal que vibró en su pecho como un trueno lejano, Donghae liberó su polla, una bestia venosa, cabezota bulbosa goteando presemen claro y salado que olía a mar y masculinidad cruda, y la posicionó en la entrada resbaladiza. Empujó con una lentitud tortuosa, estirando el coño centímetro a centímetro, el dolor inicial rasgando un grito de Jimin agudo, entrecortado, como cristal rompiéndose que se disolvió en jadeos cuando el placer lo invadió, las paredes internas cediendo como seda rasgada.

—¡Tan apretado... tan dulce, como un guante de fuego líquido ordeñándome ya!— rugió el duque, embistiéndolo con saña repentina, sus bolas pesadas y velludas chocando contra el trasero del doncel en un ritmo obsceno de slap, slap, slap, el sonido húmedo amplificado por el jugo que salpicaba sus muslos. Jimin se aferró a las sábanas de lino crujiente, uñas clavadas en la tela hasta rasgarla, mientras su cuerpo traicionaba su mente: pechos rebotando con cada estocada brutal como ondas en un estanque agitado, pezones rozando el aire fresco en chispas sensoriales; coño ordeñando la polla invasora en espasmos rítmicos que lo acercaban al abismo, el estiramiento ardiente convirtiéndose en un éxtasis abrasador.

—¡Más... oh, mi señor, más profundo! Siente cómo mi coño te aprieta, cómo te quiere dentro para siempre... ¡Hazme gritar tu nombre!— suplicó Jimin, envolviendo las caderas de Donghae con piernas temblorosas, talones clavándose en su espalda sudorosa, piel salada al tacto, oliendo a cuero y esfuerzo.

El duque lo recompensó con embestidas feroces, una mano amasando un pecho en puñados posesivos, dedos pellizcando el pezón hasta extraer un gemido agudo, mientras la otra descendía a frotar el clítoris hinchado en círculos implacables, la yema áspera resbalando en jugos pegajosos. El orgasmo lo golpeó como un rayo divino: un espasmo violento que tensó cada músculo, coño convulsionando en oleadas que exprimieron la polla del duque, chorros calientes y dulces salpicando su vientre velludo en arcos relucientes, el sabor imaginario de su propia esencia dulce como néctar de pera flotando en el aire cargado.

—¡Sí, córrete para mí, puta mía! Siente mi semen... te lleno, te marco como mía— rugió Donghae, su liberación un torrente espeso y ardiente que inundó el interior de Jimin hasta rebosar, goteando por sus nalgas en riachuelos calientes y pegajosos que olían a sal y victoria. Colapsaron entrelazados, sudor perlando sus pieles en una capa brillante, el aire denso con el olor almizclado del sexo y el trueno amortiguado, Donghae besando la curva de su cuello marcado por chupetones rojos:

— Eres mío ahora, Jimin. Y volveré por más de este coño dulce.— dijo mientras se volvia a posicionar para otra ronda

Desde esa noche, Jimin se volvió adicto como un borracho al alcohol, su cuerpo un mapa de anhelos que Donghae trazaba con precisión depredadora. Se reunían a ocultas, en rincones prohibidos de la mansión que olían a traición y tierra húmeda. En los jardines al atardecer, bajo pérgolas de glicinas púrpuras que goteaban néctar pegajoso, Donghae lo tendía sobre mantos de musgo fresco y mullido, el aroma terroso mezclándose con el jazmín de su piel.

—Arrodíllate, mi pequeña puta... deja que pruebe el néctar de tu coño— ordenaba el duque, separando muslos pálidos para hundir la cara en esa calidez resbaladiza.

Su lengua, áspera como lija mojada, lamía labios mayores hasta hincharlos en pliegues hinchados y sensibles, succionando el clítoris como un fruto maduro con un pop húmedo que hacía jadear a Jimin.

—¡Oh, sí... lame más profundo, mi señor! Siente cómo goteo para ti, cómo mi clítoris palpita en tu boca... ¡Bebe mi placer, hazme correr como una fuente!—. gemía el doncel, dedos enredados en el cabello negro y húmedo del hombre, caderas moliendo contra su rostro barbado, la aspereza de la barba raspando muslos internos en un picor exquisito hasta que el orgasmo lo sacudía en chorros dulces y calientes que Donghae bebía con avidez gutural, lamiendo cada gota como un lobo sediento, el sabor ácido-dulce explotando en su paladar.

En las cocinas después de medianoche, con el fuego de la chimenea crepitando como un testigo mudo y el aroma a pan horneado aún flotando, Jimin montaba al duque sobre la mesa de roble áspera, astillas pinchando su trasero mientras su coño tragaba la polla gruesa en un vaivén frenético. Pechos balanceándose como péndulos hipnóticos, succionados por la boca voraz de Donghae hasta dejarlos rojos e hinchados, pezones latiendo con un dolor dulce que se irradiaba al clítoris.

—¡Fóllame como a una puta de taberna, señor... úsame hasta romperme! Siente cómo mi coño te aprieta, cómo rebota mi trasero contra tus bolas... ¡Dame tu semen, lléname hasta que huela a ti por días!—.suplicaba Jimin, clítoris frotándose en chispas de placer que lo hacían llorar, el slap de nalgas contra muslos resonando como aplausos obscenos. Donghae gruñía respuestas:

—¡Sí, cabalga más rápido, zorra mía! Tus tetas rebotan como melones maduros... te ordeño, te lleno con mi leche caliente hasta que tu vientre se hinche —.

Le preparaba infusiones de hierbas amargas de raíz de angélica y salvia silvestre, un brebaje terroso que quemaba la garganta para evitar el embarazo temprano en Jimin y acabara como su madre, quiza si seguia portandose bien pronto le pondria una propiedad.

Jimin bebía sin cuestionar ya que tampoco deseaba hijos aún, perdido en el éxtasis, su cuerpo un altar profanado solo para el duque, semen goteando por sus muslos como ofrendas secretas recordando el salado amargo de su sumisión.

Pero los secretos en una mansión son como vino tinto derramado sobre brocado: manchan irremediablemente. Elara, con su olfato de halcón para la infidelidad, notó las sábanas revueltas en la alcoba de Donghae, manchadas con fluidos que no eran solo suyos, manchas pegajosas que olían a lavanda y semen rancio; las miradas lascivas que el duque lanzaba a Jimin durante las cenas, ojos devorando el escote del doncel como si quisiera arrancarlo con los dientes y el roce culpable de Hyesoo, que espiaba desde las sombras con el coño húmedo, su deseo fraternal un veneno lento. La condesa fingió ceguera, su rostro impasible como una máscara de porcelana, hasta esa fatídida noche de otoño. Debía partir a un retiro en el campo con una amiga suya, pero un presentimiento o quizás el eco de gemidos lejanos filtrándose por las grietas la hizo regresar temprano. Sus tacones de marfil resonaron como veredictos en el pasillo, y al abrir la puerta de su habitación con un chirrido ominoso, el mundo se derrumbó.

–¡Ah! ¡ah! ¡más! — gemidos, chapoteos y mas se esuchaban retumbando en la habitación que compartia Elara con Donghae, en su propia cama.

Allí estaban: Donghae desnudo sobre las sábanas de brocado carmesí, músculos tensos y sudorosos oliendo a esfuerzo y lavanda; Jimin a horcajadas sobre él, trasero redondo rebotando en un ritmo hipnótico mientras su coño devoraba la polla del duque hasta la empuñadura, el sonido humedo resbaladizo de jugos y venas frotándose audible como un beso prolongado. Los pechos del doncel se mecían como olas en tormenta, pezones rojos e hinchados de succiones recientes latiendo con cada rebote, y su rostro... oh, ese rostro angelical estaba contorsionado en éxtasis puro: boca abierta en un gemido gutural y prolongado, ojos verdes entrecerrados mientras Donghae gruñía, manos apretando esas nalgas carnosas, dedos hundiéndose en la carne suave y temblorosa, dejando marcas blancas que se enrojecían al instante.

—¡Más fuerte, mi señor! Lléname... hazme tuya para siempre, siente cómo mi coño te ordeña como una vaca en celo... ¡Tu polla me estira tanto, duele y quema tan dulce!— jadeaba Jimin, clítoris frotándose contra el vello púbico del duque en fricciones desesperadas que enviaban chispas por su espina, el aroma de su excitación dulce y almizclado, como almendras tostadas impregnando la alcoba.

Donghae respondía con rugidos:

—¡Sí, puta mía, rebota más! Tus tetas me hipnotizan... las chuparé hasta que llores leche, y tu coño... Dios, te follo hasta que no camines, hasta que gotees mi semen por días—. El slap de piel contra piel era ensordecedor, mezclado con el sonido húmedo del coño chorreante y los gemidos entrecortados.

—¡Puta bastarda! ¡Ramera!—. aulló Elara, su voz un látigo que cortó el aire como un trueno. Lanzó una lampara de plata que rozó el hombro de Jimin, dejando una marca roja que ardía como su vergüenza, el metal caliente chamuscando piel en un siseo breve. El escándalo estalló como un polvorín: gritos que despertaron a los sirvientes, acusaciones que volaban como dagas

—¡Has profanado mi lecho con esa zorra de pechos hinchados!—

Y Hyesoo emergiendo de las sombras, rostro pálido pero ojos brillantes de excitación reprimida. Elara, en su furia ciega, los echó esa misma noche: a Lira, arrastrada de las cocinas con un delantal aún manchado de salsa, y a Jimin, envuelto en un manto raído que no ocultaba las marcas frescas en su cuello, chupetones morados que olían a saliva y deseo, ademas del semen de Donghae escurriendo aun por sus piernas. De vuelta a las calles, con el viento otoñal azotando sus rostros como burlas del destino.