Prologó
—La situación empeora. Aldeas, ciudades y fortalezas están siendo arrasadas en el sur por la guerra de los dos reyes —exclamó con preocupación el consejero militar de la Tierra de las Llamas, Lord Jorge Ryos.
—Esta no es nuestra guerra, nosotros tenemos ya suficientes cosas que atender para preocuparnos de financiar todo lo que conlleva un conflicto bélico. Entrar sería incitar a más reinos de las Tierras Independientes a participar —dijo con firmeza el tesorero, Lord Dolan Herion.
Un caos de gritos, insultos e incertidumbre entre los demás consejeros se apoderaron en la sala del consejo real de la casa Varen, ubicada en la Ciudad Azul. Aquella gran urbe carente de una fortaleza grande y robusta pero con uno de los dos más grandes poderes militares de las Tierras Independientes.
Las ideas y consejos sobre las decisiones a tomar zumbaban dentro de la cabeza del Rey Romar Varen, quien, con una facies aplanada, pálida y ansiosa, volteaba a ver su hijo, el futuro príncipe de las Tierras de las Llamas: Eraf Varen. Con la esperanza de que en sus palabras se hallara la respuesta al conflicto y no trajera graves riesgos a su reino en un futuro.
De pronto, un sonido de azoté interrumpió con fuerza en la sala. El sádir Eryb entró con noticias de forma inesperada, sudando y jadeando, pero nadie parecía prestarle atención mientras las tensiones escalaban.
—¡Cierren la puta boca! —gritó Eraf, mostrando cierto alivio al descargar tanto estrés acumulado. Observó como su padre levantaba de forma lenta la mirada, como si dejara de ahogarse en sus pensamientos—. Espero sean buenas noticias, Eryb, ya para dar por concluido esto. Padre —dijo mientras dirigía su mirada a él—. Sabes que no es nuestra guerra, nosotros estamos bien, las Tierras Independientes están bien; cada reino prospera.
—Entonces me temo que será de poco agrado esta noticia, mi lord —interrumpió Eryb, mientras observaba cómo Eraf le dirigía una mirada rápida y afilada.
—¿Qué puede traer algo de agrado en estos tiempos, si no es alcohol y una buena dama? —mencionó Lord Dolan con sarcasmo, lanzando una ligera carcajada.
—Recibimos un mensaje urgente del rey Ben Leyon. Sus tierras, gente, ciudades y fortalezas en el sur están siendo masacradas. Ejércitos marchan ya al Nido de Lechuza.
—Ese no es nuestro problema —declaró tajante el príncipe.
—Mi Lord… la casa Arvan se ha metido a la guerra —todos los miembros de la sala se voltearon a ver entre sí, con expresiones de angustia y sorpresa—. El rey Ben Leyon menciona que le fueron prometidos a los Arvan parte de sus tierras al concluir la guerra. Miles marchan del norte hacia Puerto de Plata para ir al este y apoyar a los Golkenn en la destrucción del sur. Eso no es todo, los Arvan se aliaron con los Vulkan. Han destruido y borrado de la existencia a la casa Wayt y sus juramentados. Marmella, Marlia y Riscoverde han caído.
—Al parecer no solo les bastó con hacer promesas con los idiotas del este para conquistar el sur, sino también el norte, lugar de las tierras y reinos independientes. Fallaron al único honor de no conquistar que prevaleció durante milenios. —mencionó de forma cortante y furiosa el rey, mientras golpeaba de forma brusca la gran mesa de mármol.
—¡Mirfort! ¿Ha caído? —preguntó Eraf.
—Me alegra decirle que no, mi lord. Refugiados y soldados dispersos bajan para defender Mirfort. Es una urbe enorme bajo el pie de montañas, y los muros que la rodean, junto con su fortaleza, podrían resistir el ataque de treinta mil hombres. No creo que caiga, mi lord.
La carta enviada desde el sur contenía lo que sería la promesa y beneficio más grandes por ofrecer ayuda. La promesa de la unificación del continente de Anthera en un solo reino, un solo monarca, una sola ley y un solo propósito: mantener la paz y los Varen representándola.
Tras una extenuante conversación sobre las acciones que se acatarían ese día, se aprobó la solicitud de ayuda por parte del sur. El rey Romar Varen no podía imaginar lo que conllevaría aquella decisión, dando así inicio a una nueva guerra, conocida como “la guerra de la consolidación”.
Un conflicto bélico sin precedentes se alzó sobre el continente; pronto, los bandos se dividieron en dos, los Varen contra los Arvan. La gran mayoría de batallas se desataron en campo abierto, desangrando y marchitando la tierra con intensidad y furia. Miles morían y casas menores quebraban bajo los costos de la guerra. El apoyo de otra gran casa, los Kryndor, aliados de los Varen, resultó crucial para impedir el paso de algunos ejércitos al corazón del continente a través del gran valle.
El rey Romar libraba las batallas en el norte, mientras su hijo, Eraf, se dirigía al Nido de Lechuza, al sur del continente y capital de los Leyon. Al llegar, se encontraron con el más grande ejército de los Arvan, setenta y cinco mil hombres listos para arrasar el Nido de Lechuza, contra los cincuenta y siete mil que portaban la bandera de la llama azul.
La caballería se posicionó en las filas de la vanguardia, listos para romper la formación de los Arvan. Catapultas en la retaguardia aguardaban con piedras encendidas en fuego, listas para ser disparadas y quebrar el espíritu del enemigo. Eraf se situaba al frente de sus tropas, motivándolas y aguardando la señal de carga.
En el crepúsculo las catapultas dispararon, el cielo se llenó de piedras que parecían estrellas, dejando un camino de estela negro del cuál descendian cenizas. La caballería galopo y en cada paso las huellas quedaban plasmadas en la delicada tierra, salpicando barro al aire. Las terceras filas cargaban con infantería, listos para cuando se diera el choque entre el frente de ambos ejércitos.
Durante el clímax de la batalla, Eraf identificó al príncipe Arvan en la lucha. Sabía que acabar con él resultaría en un fuerte golpe moral a sus tropas; era la oportunidad que buscaba para terminar la guerra. Cansado y jadeante, se acercó a él; sus botas de cuero blanco estaban cubiertas de restos de barro y sangre. El campo parecía llorar; aquellas verdes llanuras ahora parecían lugar donde la vida no florecía. El hedor de la sangre, metálico y putrefacto, le penetró la nariz.
—¡Arvan! —gritó con furia mientras hundía su espada en sus enemigos.
El momento decisivo había llegado.
Ambos chocaron el duro acero de sus espadas en el aire. Cada ataque de Eraf era perfectamente desviado por el joven Arvan. En ese momento, un proyectil de piedra cayó cerca de ellos; el impacto en suelo lanzó por los aires a los príncipes. Eraf cayó sobre su mano, quebrándola, aun así corrió hacía el joven Arvan, agarrando su espada con la mano no dominante en el camino. Ambas espadas volvieron a chocar; destellos surgían con cada golpe. Sus movimientos se notaban más cansados hasta que Eraf conectó un corte sobre el muslo del joven Arvan, cayendo al suelo.
—Esto acaba aquí —dijo Eraf, suspirando de cansancio.
—Ja ja ja, la historia siempre se repite —dijo en tono burlón el joven Arvan, quien estaba de rodillas.
—¿Te parece gracioso? ¡Mataron a miles carajo! No puedes ser más cínico —dijo mientras colocaba la punta de la espada en la tráquea del enemigo.
—Tu familia… nos condenó una vez, la humanidad casi murió por sus falsas promesas. No son salvadores; están destinados a siempre perder y arrastrar al fondo a quienes los ayuden.
Eraf no sabía qué significan aquellas palabras, nada de lo que decía parecía tener sentido.
—Ahora quien está en el fondo… eres tú —atravesó su garganta de forma rápida. Veía como la sangre emanaba del cuello y oía el esfuerzo que hacía por hablar mientras se ahogaba con su sangre.
La guerra de la consolidación terminó después de 5 años de su inicio. En la batalla donde Eraf ganó, diezmando las fuerzas de los Arvan, se conoció como “la batalla de la unificación”. Las casas leales permanecieron como juramentados de los Varen y las casas enemigas como vasallos.
Al finalizar la guerr, el conteo que indicaba el paso de los años del continente se reinició a uno nuevo. El año 0 U.c (unificación del continente) inició al momento de que Eraf recibiera la corona de Avarithio, representando ahora el inicio de un reino unificado, un continente unido.
—He aquí Eraf Varen, bendecido por Mydria, salvador de Anthera, unificador del caos, rey de las Tierras independientes y reinos unidos, rey del continente.