Capítulo 1
Soñé un avión que no era avión, sino pensamiento. Volaba sin ruido sobre un océano que no tenía agua, solo reflejos. En la cabina, el piloto —yo, tal vez— abría los ojos y no veía cabina, sino una caverna de relojes detenidos. Afuera, la ciudad flotaba como un mal recuerdo. Al aterrizar, nadie me esperaba. Las compuertas se abrieron solas. Bajé sin cuerpo. Había dejado mi forma corpórea entre las nubes. Un científico de voz líquida me miró: “Has cruzado el umbral donde la materia se curva sobre sí misma”.
Me llevaron al centro del mundo, un punto en el fondo del mar, donde el tiempo era un pez dormido. Allí, vi máquinas que lloraban sueños y naves que hablaban en lenguas no muertas. Una figura me susurró desde la oscuridad líquida:
—“No estamos aquí para salvarlos. Solo para registrar el momento en que olviden que fueron humanos”.
Desperté en una cama que no recordaba haber soñado. Afuera, la televisión repetía una frase que se borraba antes de terminar. El cielo tenía forma de pregunta. Desde entonces, el espejo no devuelve mi reflejo. Y cada vez que parpadeo, el avión regresa.