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En una habitación que antes estaba llena de pósters y muy bien amueblada, ahora solo quedaban un escritorio, un armario vacío y una pared blanca con rastros de cinta y pegamento. En sus manos, ella sostenía un pasaporte nuevo, que parecía recién hecho. En su interior, un visado estudiantil impecable, sin una sola raya, declaraba: Estudiante de Medicina. Esas pequeñas palabras lo decían todo; el documento parecía un sueño, una creación de la imaginación o, peor aún, una ilusión.
Afuera, en la cocina, se escuchaba ruido. Ollas, sartenes y fogones eran los responsables de tanto bullicio. Su madre lo había preparado todo: comida para el viaje, café para no dormir en el camino y unos pequeños tuppers con alimentos para llevar, como en cada viaje familiar desde que ella era niña. Pero esta vez era distinto. Un nudo en la garganta, formado por todos los recuerdos que chocaban en ese momento, la atenazaba. Su padre, mientras tanto, ayudaba a cerrar la maleta con la ropa perfectamente doblada en su interior.
—Vic, amor, vamos —dijo el hombre. Su voz, grave y aterciopelada, era de esa clase que inspira confianza y tranquilidad. Sostenía el hombro de su hija con cuidado, comprendiendo el dolor, la angustia y la nostalgia que la inundaban.
—Sí, papá —la voz dulce de Victoria estaba cargada de un quebranto sordo, profundamente nostálgico.
Ella se agachó y tomó su otra maleta antes de salir de la habitación. Su madre la recibió en el pasillo con la comida ya empacada.
—Vamos, mija. Será un viaje largo —dijo la señora con una sonrisa dulce, mientras a su lado un husky blanco y negro tiraba suavemente de su correa.