Capitulo uno
El aire de la granja siempre olía a tierra húmeda y heno recién cortado, una fragancia que a Jimin le era tan familiar como el latido de su propio corazón. A sus veinte años, su figura, si bien esbelta y agraciada, guardaba una dulzura particular, con caderas suaves y un coño bien lampiño suave, rosa y listo para follar que solo él y, a veces, su espejo conocían. Él y su hermano mayor, Jin, eran el soporte de sus padres en aquel oasis rural.
Esa noche, la mesa de la cena crujía bajo el peso de los platos abundantes mientras la luz cálida de la lámpara envolvía a la familia.
—Mañana saldremos antes del amanecer —anunció su padre, con la voz curtida por el sol—. Tenemos que estar en el mercado central a primera hora para vender lo cosechado.
Su madre asintió, mirando a sus hijos con una mezcla de cansancio y cariño.
—Necesitamos que ustedes dos se encarguen de la granja. Jin, ¿puedes ocuparte del huerto?
—Claro, yo me encargo de regar y revisar los cultivos —respondió Jin, con la seriedad del primogénito.
La mirada se posó en Jimin.
—Jimin, a ti te tocará el establo. Asegúrate de que todos los animales coman bien. Los caballos y las cabras deben estar alimentados antes de mediodía.
A Jimin le gustaban los caballos. Eran majestuosos, fuertes.
—Sí, mamá, no te preocupes.
El establo era el lugar que más imponía. El centro de todo era Best, un semental de pura sangre, un animal de linaje impecable y temperamento fiero. Su nombre le hacía justicia. Musculoso, con el pelaje negro azabache brillando como seda, poseía una dotación que era imposible no notar; un falo imponente, grueso y largo, un recordatorio constante de su vigor animal que incluso en reposo era impresionante. Best siempre había sido una presencia poderosa, casi intimidante.
A la mañana siguiente, el sol apenas se asomaba cuando sus padres partieron. Jin se dirigió al huerto, y Jimin, sintiendo la brisa fresca de la madrugada, se encaminó al establo.
Comenzó metódicamente, distribuyendo el heno y el grano. Best era el último. Al acercarse a su corral, notó que el gran cubo donde bebía el semental estaba lleno de residuos y suciedad.
—Lo siento, amigo —murmuró Jimin, aunque no sabía si Best podía entender la cortesía—, pero esto no lo vas a beber.
Abrió el cerrojo de la puerta y se deslizó dentro, llevando consigo el cubo para vaciarlo. El semental lo observaba desde el fondo del corral, sus orejas atentas y un resoplido grave. Al regresar, el piso de tierra apisonada junto al bebedero estaba resbaladizo. Jimin, intentando colocar el cubo lleno de agua, perdió el equilibrio.
Cayó con un golpe seco, quedando completamente en cuatro con la cadera arqueada y su trasero en el aire, sus pantalones de tela fina tirantes sobre la curva de su espalda baja. La caída fue dolorosa, pero antes de que pudiera levantarse, sintió una respiración caliente en su espalda.
Best se había acercado en silencio.
Jimin sintió el pánico, pero no le dio tiempo a reaccionar. El caballo, instintivo y curioso, bajó su enorme cabeza. Su lengua áspera, cálida y húmeda, se deslizó sin prisa por la tela de los pantalones de Jimin, justo sobre la hendidura de sus nalgas. El roce, totalmente inesperado y crudo, le hizo lanzar un jadeo tembloroso.
El semental pareció tomar ese sonido como un estímulo. Siguió lamiendo. La excitación se disparó en Jimin como una chispa. Era algo prohibido, animal, primitivo. El calor subía por sus mejillas y el centro de su ser, su dulce coño comenzó a palpitar con una necesidad que nunca antes había conocido.
Best, ahora completamente excitado por la quietud sumisa de Jimin, y su propio instinto, se movió con un pequeño bufido. Jimin pudo sentir la erección del semental rozando la parte exterior de su muslo. Era masiva, pulsante, increíblemente caliente.
La razón se rindió ante el deseo. El contacto era demasiado intenso. Jimin, con el corazón latiéndole como un tambor frenético, se irguió de rodillas y giró con lentitud. Sus ojos se encontraron con los ojos oscuros y profundos del caballo. Luego bajó la mirada, fijándola en el falo de Best, que se alzaba grueso, fuerte, un mástil oscuro y poderoso. La vista lo abrumó y lo encendió a la vez.
Con una necesidad que se sintió ajena, propia de otro ser, Jimin extendió una mano temblorosa. Tocó el miembro del caballo. Era seda caliente, venas marcadas, una firmeza que desafiaba la imaginación. El semental relinchó suavemente, agitando la cabeza, y empujó su dotación contra la palma de Jimin.
El chico se dio cuenta de lo que estaba a punto de suceder. Era una fantasía, un impulso primario, y no había vuelta atrás. Se puso de pie, su boca seca. Retrocedió hasta sentir la cerca de madera que separaba el corral de Best del siguiente. Se agarró a la barandilla, se inclinó hacia adelante y separó las piernas, exponiendo su trasero vulnerable y ardiente.
—Adelante, Best —susurró, con la voz ahogada.
El semental no necesitó más invitación. Se acercó con un movimiento firme. El extremo de su miembro rozó la piel sensible de Jimin. El chico cerró los ojos, preparándose para el impacto. Best empujó, firme y metódicamente.
El dolor inicial fue intenso, un desgarro controlado por la necesidad, pero la preparación de su coño para ese tipo de penetración no humana era extrañamente posible. El falo del caballo era enorme, sí, pero su cuerpo, enloquecido por la adrenalina, cedió.
Con un grito sofocado contra la madera, sintió la entrada completa. El placer que siguió al dolor fue una oleada abrumadora. Best, sintiendo el calor y la acogida de Jimin, comenzó a moverse. Un movimiento poderoso, rítmico, profundo, que elevaba a Jimin a un estado de éxtasis animal. El cuerpo del chico se sacudía con cada embestida. Se sentía completamente poseído, dominado por la fuerza de la naturaleza.
-mmgg~ si Best sigue así me encanta como estas partiendo mi coñito.
Jimin no pudo hacer más que abandonarse a las sensaciones. Su voz se convirtió en jadeos y gemidos.
No pudo aguantar mas y termino corriendose maravillosamente, enseguida Bests lo lleno de su corrida abultado su vientre aun mas, sus fluidos escurrian por sus piernas temblorosas.
Era un encuentro prohibido y sublime, el clímax de una fantasía rural, un secreto que el heno y las vigas de madera guardarían para siempre. En ese momento, en el abrazo de la bestia, Jimin sintió una plenitud cruda, absoluta y erótica. La ficción se había vuelto su única y deliciosa realidad.