Capítulo 1
17 años atras.
Todo comenzó cuando su madre, después de varios intentos por dar a luz a su tesoro más anhelado, perdió las fuerzas a causa de un sangrado excesivo. Aquella complicación obligó a los médicos a librar una terrible lucha: solo podrían intervenir para salvar a la madre o al bebé.
La noticia no tardó en llegar a oídos de Ethan, quien se llenó de miedo al pensar que no volvería a ver a su amada. En el fondo también consideró el dolor que representaría para su hija y lo mucho que habían luchado para concebirla.
Frustrado, llevó las manos a la cabeza, se arrancaba el cabello y lloraba sin consuelo. Pasados unos minutos, determinado en medio del torbellino de emociones, angustia e indecisión, llegó a la conclusión de que lo mejor era salvar a su esposa, aun siendo consciente del dolor que aquello le causaría; pero con la ilusión de que algún día podrían intentar concebir de nuevo al hijo que tanto habían anhelado.
Con la mano temblorosa, tomó la pluma y firmó el papel donde desistía de la vida de su hijita para salvar a su amada esposa, Emilia.
Cuando los médicos llegaron a la sala de parto, el rostro de Emilia estaba pálido, cansado y sin aliento, pero aun así no se permitió perder la conciencia. Conocía como la palma de su mano el amor que Ethan le tenía. Sospechaba que algo iba mal: ese sexto sentido que toda madre tiene para proteger a su hijo se lo avisaba.
—Doctor —habló con un susurro que costó esfuerzo sacar—. Necesito entender por qué mi hija aún no sale.
El médico clavó su mirada en sus ojos azul turquesa, se acercó hasta quedar a su lado y le pidió que no se esforzara más; que necesitaría esa fuerza para recuperarse y seguir con su vida. Para animarla, le dijo que más adelante podrían volverlo a intentar, que existían muchos métodos para quedar embarazada de nuevo.
Emilia reprimió el dolor que sentía en el corazón. La alegría y la esperanza de formar una familia se desvanecían entre las lágrimas que caían por sus mejillas como una cascada. Le dolía el alma solo de pensar que su pedacito de carne, formado por ella, podría terminar en una caja oscura sin siquiera abrir sus ojitos.
Emilia no se perdonaría vivir con la muerte de su hija. Sabía que algo tan extremo no lo podría soportar: ella la llevaba en su vientre y el contacto durante nueve meses había forjado un lazo de amor muy fuerte. Entre mocos y lágrimas desgarradoras, Emilia tomó la mano del médico; este se estremeció al ver esos ojos llenos de dolor.
—¡Sálvele la vida a mi bebé! —suplicó con la voz desgarrada.
El nudo en la garganta del médico le impidió procesar palabra alguna. En sus veinticinco años de experiencia había visto casos similares, pero nunca que una madre, casi moribunda por la pérdida de sangre, suplicara por la vida de su hijo.
—Por favor, doctor —dijo Emilia otra vez, retorciéndose del dolor—.
El médico reaccionó parpadeando varias veces, visiblemente acosado, entre la espada y la pared.
—Doctor, yo ya viví lo que tenía que vivir —expresó Emilia, jadeante y a punto de perder el conocimiento—. Mi hija merece una oportunidad. Los hijos entierran a sus padres, no los padres a sus hijos.
Suplicó con la esperanza de conmover al doctor que se debatía en la pesadumbre.
—Lo siento, señora Emilia, pero su esposo ya firmó el desistimiento y eligió salvarla a usted. —Emilia lo sabía. Sabía que su esposo estaba cegado de amor por ella, y que ese amor lo llevaría a la locura de acobardarse ante la idea de enfrentarse al mundo solo con su hija.
—Por favor... si no lo hace, serán dos cadáveres los que enterrarán. Si mi hija no vive, buscaré la manera de irme con ella —dijo Emilia con muchas dificultades; sus energías eran diminutas por la pérdida de sangre y, pese a la transfusión, su cuerpo no aguantó y perdió el conocimiento.
El médico quedó atónito ante sus palabras; aquello lo hizo pensar profundamente y reflexionar sobre lo frágil y corta que puede ser la vida, y sobre lo que sería capaz de hacer una madre por salvar a su hijo.
El monitor empezó a emitir sonidos alarmantes y el médico reaccionó de golpe. Aun con la cabeza consternada, miró el papel que el esposo de la paciente había firmado y, en el fondo, se dijo: «Lo siento».
Minutos más tarde llegó la noticia desgarradora: el parto se había complicado y Emilia sufrió un paro cardiorrespiratorio que la llevó a la muerte de inmediato.
Ethan enloqueció. Tomó al médico por la camisa y lo atacó a golpes; no entendía nada, estaba confundido. Si había firmado un documento para que su esposa viviera, se preguntaba entre el dolor: ¿por qué estaba muerta?
El personal de seguridad del hospital llegó para controlar la situación, porque la ira y el dolor desatados de Ethan no le permitían calibrar la fuerza que ejercía en el cuello del doctor, cuyo rostro adquiría un tono morado. Varios intentos hicieron por separarlos, pero los guardias no eran capaces: Ethan era muy grande y su fuerza fue tal que tuvieron que sedarlo para evitar que estrangulara al médico.
Todo el personal médico se preguntaba qué había pasado. Aunque las complicaciones en los partos son a veces impredecibles, el diagnóstico daba esperanzas de salvar a Emilia... pero la consciencia del doctor había respetado la decisión de una madre que se aferraba a su convicción y no se arrepentía.
Cuando Ethan volvió a ser consciente de que su esposa ya no estaría nunca más con él, su corazón se transformó en una capa de hielo que lo envolvió para no volver a sentir afecto. Se llenó de deseos de venganza contra el doctor y de un profundo resentimiento hacia su hija, un alma pura e inocente, fruto del amor que su esposa una vez juró darle.
Pasaron veinticuatro horas, horas que fueron una tortura para Ethan, porque no le permitían salir de la habitación del hospital hasta que no estuviera tranquilo. Cuando el personal se cercioró de que había recobrado la cordura, una psicóloga lo visitó para evaluar si era conveniente dejar a su cuidado a una menor.
Ethan manejó todo con calma. Al cabo de unos minutos, la psicóloga consideró que su reacción había sido producto del impacto. En realidad, en el interior de Ethan sólo había sed de venganza: matar al doctor era lo único que, en su mente, podría calmar su dolor. Al cabo de un rato, Ethan dijo a la psicóloga que necesitaba tomar aire para aclarar sus pensamientos. Lo que la doctora no imaginó fue que él iría a buscar un arma para vengarse.
Caminó rápido y preciso hasta el estacionamiento. Al abrir la puerta del auto, el olor que aún albergaba la presencia de su esposa lo desplomó en llanto; no duró mucho, porque pronto recuperó la cordura y tomó el arma que guardaba en la guantera para volver al hospital. A paso apresurado, cruzó los pasillos llenos de pacientes que se quejaban y buscó al médico que había intervenido a su esposa. En su búsqueda macabra sólo se topó con una enfermera que, con una gran sonrisa, le dijo que la siguiera para presentarle a su pequeña. En ese momento Ethan quedó sordo; solo escuchaba el pitido de las sirenas que llegaban al hospital. Aún no procesaba que era padre, y en algún punto pensó que su hija también tuvo parte de culpa en la muerte de su amada.
—Señor, sígame —dijo la enfermera.
Ethan salió de su estado, acomodó su cabello y caminó detrás de la enfermera, quien lo condujo a una pequeña sala donde había varios bebés. La enfermera le pidió amablemente que permaneciera detrás del enorme vidrio mientras ella buscaba la bata y el gorro para que pudiera entrar y tener el primer contacto con su hija. Ethan abrió los ojos y de inmediato negó: le dijo a la mujer que prefería observarla desde afuera.
La enfermera entendió su estado, entró a la habitación y tomó un pequeño bulto envuelto en una sábana rosa que Emilia había comprado para aquel momento. Ethan tragó saliva cuando la acercaron; era una niña hermosa, de piel clara y con un cabello que presagiaba ser cobrizo como el de su madre. No pudo ver el color de sus ojos porque la bebé dormía. Sonrió, pero la sonrisa se borró al recordar que su esposa ya no estaría y que, por culpa de esa pequeña, ahora quedaría solo para siempre.
Apretó la mandíbula y sus nudillos se cerraron en un puño. La enfermera quedó confundida al ver su reacción; no dijo nada, solo lo observó, lo vio dar media vuelta y marcharse, dejándose llevar por la sed de venganza. Buscó al doctor y no tardó en encontrarlo. Lo vio entrar en una oficina donde atendía pacientes; Ethan cruzó el umbral, sacó su arma y apuntó directamente a su cabeza. El doctor, al ver el arma, levantó las manos implorando.
Ethan retiró el seguro; el doctor suplicaba piedad, gritaba desesperado que su esposa le había rogado con su último aliento que salvara la vida de su hija.
—Ella debería vivir ahora —dijo Ethan, enfurecido; sus ojos estaban oscuros y cegados por la venganza—. Ahora voy a hacerte pagar tu ineptitud.
No permitió que el doctor pronunciara una palabra más: el impacto de la bala en su cabeza lo silenció para siempre.
Ethan observó inmóvil cómo el doctor expiraba, la sangre formando un charco en el suelo junto al cuerpo inerte. No le sorprendió ver aquel resultado; en su pasado sus negocios ilícitos lo habían puesto frente a muchas muertes y en dos ocasiones lo habían obligado a matar.
El odio y la venganza que lo consumieron en ese momento hicieron que matar al médico no fuera suficiente; su mente descartó todo lo bueno que podría suponer una familia y lo hundió en un limbo donde incluso su hija era una excusa para seguir la violencia. Ethan salió de la oficina a toda prisa, arma en mano, apuntando a cualquiera que se interpusiera. Corrió hasta la sala de maternidad; al entrar, apuntó a la enfermera que le había mostrado a su primogénita momentos antes.
—Entrégame a mi hija —dijo entre dientes.
La enfermera, temblando, no dudó: con manos convertidas en gelatina, tomó a la recién nacida y se la entregó a su padre.
—Hazme una receta de los cuidados de la menor. Tienes menos de cinco minutos —ordenó Ethan.
La enfermera, aterrada, buscó en un cajón un folleto que se entregaba habitualmente a las madres al salir del hospital. Ethan lo manoteó y lo guardó en el pantalón; a toda prisa, con la mano libre apuntando a la gente para poder huir, salió del hospital. Ya todos se habían enterado de la muerte del doctor, así que se apresuró a marcharse.
Cuando llegó a su auto, acomodó a su hija en el asiento trasero y salió a toda velocidad, huyendo lo más lejos posible. Una hora después detuvo el coche en las afueras de Michigan, tomó el volante con fuerza y cayó en una crisis de ansiedad al darse cuenta de que no había logrado sacar el cadáver de su esposa del hospital. Empezó a gritar y a llorar, golpeando una y otra vez el volante hasta lastimarse los nudillos.
Entre episodios de risas y llantos descontrolados, Ethan empezó a manifestar trastornos que lo llevaron a pensar en hacerle daño también a su hija. Bajó del auto y abrió la puerta trasera; cuando estaba a punto de tomarla en brazos, la bebé abrió los ojos: eran de un azul turquesa idéntico al de su madre. La mirada de Ethan, que hasta entonces era sombra, se contrajo. No pudo más: se dejó caer al suelo y lloró. No sería capaz de acabar con la vida de su hija cuando apenas empezaba a vivir. Pero sí pudo decidir moldearla a su semejanza, para que un día no le doliera deshacerse de ella.
A partir de ese momento, Emily —como decidió llamarla su padre— creció según reglas aterradoras y crueles. Encerrada en una cabaña lejos de la civilización, Ethan se ocultó durante varios años, huyendo de la policía y asegurándose de que Emily fuera una niña sumisa que obedeciera sus órdenes. Su educación fue horrorosa: su padre le inyectó miedos y la golpeaba cada vez que desobedecía. Cuando cumplió cinco años, el instinto de la niñez brotó en ella en forma de curiosidad; cada pregunta era acallada con golpes. A los catorce, tras una huida de rebeldía, su padre tomó la decisión de encadenarle un tobillo con una cadena de largo perfecto para que pudiera movilizarse solo dentro de la cabaña y realizar sus actividades diarias.
Emily creció en cruel soledad: no tenía acceso a nada tecnológico y solo veía la luz del sol cuando su padre la visitaba una vez al mes para dejar provisiones y revisar su desarrollo físico, asegurándose de que estuviera lista para el destino que él había planeado: venderla.