El origen de los tiempos
Netoplazhna
Antes de que la existencia se tejiera, solo existía el no espacio, el kilómetro cero, el segundo cero. El punto donde el principio y el fin convergen en un único estado, indefinible pero existente. Esto era el Netoplazhna, un plano que trascendía toda idea de lugar o tiempo.
Era tan vasto que contenía las cuatro esencias primordiales, pero a su vez del tamaño de una moneda de diez centavos; la lógica se perdía. Era la botella de Klein llena de las esencias primigenias del todo es su estado inmaculado, aquí solo ellas coexistían, tomando el Netoplazhna como su cuna.
De forma minuciosa fluían en un punto casi estático, como gotas de brea, la calma de la tortuga en cada paso. En efecto estas esencias se convertirían en la semilla del todo. Gnenterishna, la Nada, vasta como la suma de incontables cielos nebulosos condensados en la cima de cada confín del Netoplazhna, un velo de blancura que estaba surcando el no-espacio.
No había palabras, solo sonidos de estos seres metafísicos que llenaban este plano, junto a ella, Pusterish, el Vacío, el éter en estado puro, un cuerpo tan grande como un millón de constelaciones unidas, su danza de azules y verdes, un espejismo cósmico sin fin. Una base de plasma que se extendía de la misma forma que Gnenterishna, pero sin mezclarse; como una lámpara de lava.
En el centro del Netoplazhna se extendía por todo el entorno en una red cósmica, Memmerfish, el Ego Primigenio, un conjunto casi infinito de gránulos metálicos de dureza insondable, unidos por una red eléctrica cuya descarga de luz blanco-amarillenta iluminaba cada confín del no espacio. era como ver las secuencias de las moléculas a niveles cósmicos y en una alineación perfecta, un patrón universal de estrellas y soles en el cosmos.
Y en la base del no espacio estaba Gonnumerkish, el aliento del alma. Era un Átomo cuyo peso distorsionaba la piel del Netoplazhna, causando un agujero negro, que empezaba a succionar a las otras esencias.
El punto de quiebre
La piel del Netoplazhna era devorada desde su interior por aquel insaciable agujero negro, con Gonnumerkish en el centro, que crecía más y más.
De una forma acelerada y en una espiral perfecta e infinita el agujero devoraba todo a su alrededor, el Netoplazhna sucumbía ante la fuerza del monstruoso fenómeno, que, a cada instante lo succionaba todo.
En el fondo, se comprimía más, tan estrecho como el ojo de una aguja, era como querer meter mil universos en un cajón. Ente el minúsculo espacio donde las esencias estaban siendo incrustadas con Gonnumerkish, y su distorsión que conforme crecía cuarteaba el Netoplazhna.
Las esencias se hallaron comprimidas en el estómago de aquel agujero negro. El roce del germen de la vida ya era inevitable, esto generó un movimiento radical que culminó en una implosión que desgarró el Netoplazhna. Rompiendo aquella dimensión como un bebe desgarrando la placenta para poder respirar.
La implosión desgarró aquella dimensión. De la rotura, Gnenterishna comenzó a desplegarse hacia un nuevo espacio, un nuevo plano. De la grieta caían enormes bloques que en colisión sembraron una superficie casi infinita. Era la Nada alimentada de los gránulos de Memmerfish que se había viciado del Netoplazhna, ahora como la materia física del nuevo plano. El éter de Pusterish caía como un gran tsunami que llenaba el ambiente, ligero era aire puro. El cubría toda la atmósfera de este plano. Memmerfish se había diluido en rayos golpeaban el frío piso blanco y metálico; esto iluminaba de la oscuridad la gélida y naciente vastedad anarquía.
En el centro de esta inmensidad, el átomo del alma de Gonnumerkish, quien había roto la dimensión del Netoplazhna, se condensó en una esfera diminuta en comparación con la vastedad.
Fue entonces, en un evento tan inevitable como el amanecer, que un fragmento de las nuevas esencias se unió a aquella esfera, una porción de aire, un fragmento de material y un rayo convergieron sobre el átomo del alma. Con la unión de los cuatro elementos, un ser nació. Fue la primera manifestación de la vida consciente, la existencia y el alma, una conciencia que despertó del caos. Solo en ese momento, el tiempo, inseparable de la existencia, comenzó a fluir.
Era una conciencia apenas despierta, una nota solitaria en la inmensidad. El tiempo se acumuló en siglos mientras su existencia se limitaba a la contemplación, a simplemente ser. La vasta materia de Gnenterishna y el inmenso éter de Pusterish, ahora solidificados en materia y aire, se habían convertido en las fronteras eternas de este abismo. En esa anarquía inmensa, donde la colisión constante de la materia era un estruendo sordo, el dios naciente comenzó a experimentar los sentidos.
Sentidos del ser
Aquella esfera diminuta, en este anárquico caos, pasó innumerables eras condensándose. Una vez que se estabilizó, comenzó una forma de vida más compleja. No había palabras tampoco gestos, solo la vastedad gélida y oscura a su alrededor. El ser naciente comenzó a experimentar sensaciones sin definición aparente para él, eran los sentidos que lo arrinconaban a una contemplación cíclica y del desarrollo instintivo de sí mismo. Los sentidos se fueron manifestando.
Primero fue el tacto. La frialdad del vasto mundo se desplegaba sobre el cuerpo de aquel ser. El éter ahora un liviano, pero frio aire, abrazaba cada parte de este ser celestial, haciendo que, sin saber que estaba pasando, su cuerpo sentía el frío, congelándose cada parte física. Comenzó a desplazarse por la vastedad en esos campos blancos metálicos sin fin.
Segundo fue el oído. Con el estruendo de la materia cayendo por todos lados y el sonoro de los rayos rompiendo el piso, el naciente ser empezó a sentir las vibraciones de los impactos de los colosales fragmentos y los rayos que se convertían en sonido. No sabía que sucedida a su alrededor o que era lo que estaba sintiendo, pero pudo oír.
Posteriormente el olfato se desarrollaría. El aroma metálico de la vastedad que impregnada el ambiente a su alrededor, acompañado de la humedad en el aire, lo impregnaban de una sensación que aún no comprendía, pero ya empezaba a dimensionarse en la vastedad caótica que la rodeaba. distinguía los olores de los elementos de la vastedad caótica que lo rodeaba.
Después de incontables siglos de asimilación el ser ya dominaba el olfato, el tacto y el oído, con estos sentidos ya desarrollados, paso un milenio deambulando por la vastedad de forma errática, no había oriente que seguir solo el desplazamiento del ser sobre la infinita vastedad.
Ya con aquel milenio recorrido por la vastedad caótica, el ser celestial sintió, dos enormes esencias a las cuales se acercó.
Galamerkish y Akud
A medida que el tiempo se tejía en el tapiz del tiempo naciente, y con la mayoría de sus sentidos ya desarrollados, el ser sintió dos esencias que se alzaban más allá de lo primigenio. Eran etéreas, conectadas con el todo: desde el Netoplazhna hasta el último aliento de vida en el Heelal. Aquello era algo más, algo que trascendía a cualquier dios o ser que él pudiera concebir.
Ante él apareció el Titán del Destino: Galamerkish, una figura humanoide resplandeciente que iluminaba la vastedad caótica con su presencia. Su cuerpo era de un tono dorado, cubierto por un manto de galaxias y constelaciones. Más que un ser, era un principio: una ley universal inquebrantable. Su voz, una sinfonía de mil tonos al unísono, resonó en el abismo como un eco ineludible:
—¡Ser naciente, contemplad! Estás ante la acción y la reacción, el cauce ineludible de todo lo que concibes y concebirás. Soy Galamerkish, el Titán del Destino.
Junto a él emergió otra figura imponente, aunque más sutil y femenina. Era una figura humanoide, brillante como un diamante, arropada con un vestido de arena estelar: la Titán del Tiempo, Akud. Con una voz cálida, casi maternal, le dijo:
—¡Mirad, Ser naciente! Estás ante el principio y el fin, el flujo incesante de la línea del Ahora y el Ayer. Me presento ante ti: Akud, la Titán del Tiempo.
El Ser naciente escucho a aquellos Titanes. Eran inmensos, inabarcables para su conciencia recién parida. Se sintió instintivamente diminuto, frente a la vastedad de la existencia misma. De manera salvaje, permaneció quieto ante esas figuras imponentes. Los Titanes no estaban limitados por las leyes del todo: la lógica del universo no se aplicaba en ellos. por aquellas presencias majestuosas, que desprendían un aura de poder y belleza indescriptibles, el ser naciente —como comenzaría a conocerse a sí mismo— solo pudo mantenerse frente a ellos de forma estoica.
El fulgor de tener enfrente a entidades tan colosales, irradiando una energía comparable a una aurora boreal cósmica, desbordaba sus sentidos desarrollados. Entonces, las voces de los Titanes, entrelazadas como una sola vibración, resonaron en el abismo:
—Estamos ante ti, Ser que comienzas tu camino, para darte el conocimiento que aún no posees y que requieres para todo fluya. Te guiaremos a comprender que tanto el destino como el tiempo que son incalculables, y jamás podrán ser preestablecidos.
Con esas palabras, los Titanes se disolvieron se hicieron del tamaño de aquel ser, ya a unos pasos de él se disolvieron en partículas de luz y se dirigieron hacia el ser, impregnándolo en un manto que lo cubrió en cada partícula. Las esencias de Galamerkish y Akud se fundieron con la suya.
El ser sintió cómo cada una de sus partículas era atravesada por una energía cósmica tan poderosa y cálida que reverberaba un poder que no podía entender. Fue una tormenta de energía que se integró en su ser. Durante esta fusión, Galamerkish le habló:
—Ahora que nuestras esencias se unen, te proveeré del conocimiento universal, para que crezcas como el Dios que lo guiará todo.
Primero, dotó de pensamiento aquel conjunto de partículas. Una lluvia de ideas infinitas inundó la conciencia de ser. Por primera vez, pudo concebir conceptos, formular preguntas y entender su propia existencia. A la par, una gama infinita de colores se desplegó en su naciente mente. Pudo ver, Akud entonces intervino con dulzura:
—Estos son los colores, joven dios. Los verás en todo lo que estás destinado a construir.
Asombrado, el ser no dejaba de mezclar aquellos colores en su interior, maravillado por la infinitud cromática que se desplegaba ante su conciencia.
Seguido de estas visiones, llegó el lenguaje. Galamerkish le enseñó palabra por palabra, en cada idioma posible, en cada lengua ya recordada, sabiendo que, a cada movimiento, el futuro se reconfiguraba.
—Este es el Lenguaje Universal, Dour. Las palabras con las que nacen las cosas… y las acciones.
Fue así como el ser celestial ahora el dios naciente, empezó a articular sus propias frases, y con ellas, a nombrar su alrededor. Entonces, dotado ya del poder del pensamiento, el color y el verbo, fue revestido de dos dones supremos por parte de los titanes: la omnisciencia y la omnipresencia.
El nuevo dios sintio una carga en su ser de recuerdos de infinitos lugares donde estuvo y estaría a cada segundo infinitos cambios que daban a un blanco en su mente. Ahora no solo podía comprender el pasado y el presente de su universo, sino también percibir las infinitas posibilidades del futuro que el libre albedrío de las acciones futuras crearía.
Ya con el conocimiento básico del Todo, los Titanes permanecieron un tiempo más fusionados en esencias. Galamerkish, con voz solemne, bautizó al Dios y dijo:
—¡Tú serás Dour, el que se eleva sobre todo!
Pasó mucho tiempo mientras la vasta expansión caótica llegaba a su fin. Dour, ya dotado de comprensión, comenzó a comunicarse con los Titanes:
—¿Cuál será mi propósito?
En medio del caos gélido, Dour fue capaz de trascender el tiempo y sentirlo todo. El conocimiento de infinitos mundos, incalculables líneas de tiempo pasadas y futuras, y destinos inimaginables se reveló en un solo instante.
Los Titanes lo transportaron a través de todas las dimensiones y realidades posibles. En un éxtasis inconmensurable ante la magnitud de lo revelado, Dour solo pudo preguntar:
—¿Qué es esto?
Y los Titanes respondieron:
—¡Esto, Dour, es el conocimiento del todo! Este es el presente que te hemos hecho.
Con majestuosidad y voces penetrantes, los Titanes continuaron el encuentro divino. Pasado, presente y futuro se reflejaron en vibraciones que lo llevaron a presenciar infinitas vidas. Aprendió que, para magnificar la Creación, debía otorgarle orden y regirla con estructura. Cada mirada a esas bifurcaciones le enseñaba más y más.
Nenúfares y Abetemu
Dour, con todo lo que había visto —desde mundos utópicos y distópicos hasta planos existenciales de esencias puras y planetas habitados por seres nenúfares donde el tiempo carecía de medida—, contempló un mundo bañado en un azul turquesa, como si el cielo y el mar se fusionaran eternamente. El planeta entero vibraba con vida.
Se trataba de un mundo virgen: sin humanidad, sin ciencia, sin tecnología. Un vasto pantano donde la flora y la fauna dominaban. Árboles de más de dos mil metros de altura perforaban el cielo, y las únicas criaturas con lenguaje eran las águilas gigantes, llamadas Garud por los hombres nenúfar. Había un árbol cuya copa era visible desde fuera del planeta, el sagrado Bruksh, un faro para sus habitantes.
Dour exclamó, con su voz resonando en el éter:
—¡Qué belleza! Estos árboles inmensos que cubren el horizonte... ¡Asombrosa la cantidad de vida que bulle en este lugar!
Pero en aquel mundo prístino, Dour también presenció la cruda realidad. Los hombres nenúfar eran presa fácil para las enormes tortugas marinas, y estas, a su vez, eran cazadas por mantícoras que bajaban del cielo. La incesante cadena de vida y muerte se revelaba ante sus ojos.
Avanzando en su viaje por los estados del tiempo, Dour vio la guerra: un espectáculo desgarrador en un mundo agonizante, donde la muerte era omnipresente y la vida, efímera. Conoció a los Abetemu, seres violentos y poco racionales. Eran depredadores por excelencia, pilares oscuros de la cadena alimenticia de su mundo.
Los Abetemu medían más de dos metros. Los machos tenían rostros robustos, piel oscura, gruesa y callosa, marcada por cicatrices de interminables batallas entre tribus o con bestias. Las hembras, de menor tamaño, poseían una belleza salvaje. Aunque humanoides, su comportamiento era menos agresivo. En su sociedad primitiva no existían códigos; la fuerza bruta dictaba cada interacción, y el concepto de familia era inexistente. La sangre se percibía en el aire. Eran nómadas, desplazándose cada vez que agotaban los recursos, dejando un rastro de destrucción tras ellos.
La conciencia de Dour se posó sobre aquel mundo, y exclamó:
—¡Horribles bestias! Qué desarmonía... La resonancia del caos lo impregna todo. ¿Qué es esto?
El Mundo Humano
De entre todos esos infinitos destinos —pasados y futuros—, hubo uno que, en su madurez, le llamó especialmente la atención: el Mundo Humano.
Dour, el Dios de la Creación, caminó por el Mundo Humano en infinitas líneas temporales. Las sociedades humanas, en todas sus versiones, eran únicas, complejas. Los que amaban y los que odiaban no tenían una sola faceta. Él vio su crueldad y también su bondad; la ambivalencia en su expresión más pura.
En un gesto divino, se detuvo en un bar. Una mujer rubia cantaba una canción de amor desbordante a un hombre. Él, conmovido, pero con un dolor palpable en el pecho, aceptaba esos sentimientos. La dualidad del momento —el amor y el dolor entrelazados en un solo instante— asombró a Dour.
Fue precisamente esa imperfección, esa contradicción inherente a la experiencia humana, lo que despertó en él una fascinación profunda. Dios se vistió de una silueta humanoide un extracto del universo lo cubría como piel y aquel cúmulo de partículas evolucionó en un dios humanoide: piel con los colores del universo, ojos con los colores de una galaxia y un hermoso cabello color de polvo cósmico y largo.
Después de pasar un tiempo en el mundo humano, Dour comprendió que la creación necesitaba contraste para ser verdaderamente rica. Los tiempos y los destinos eran ahora, para él, las Biblias de la Creación. Su conciencia se expandió hasta completarse. Fue un éxtasis total. Comprendió que lo único verdaderamente real era el presente. Y desde ese presente decidió actuar. Ya sabía que sería el Dios Absoluto.
Una vez concluido su viaje por las ramas del tiempo y del destino, El y los Titanes separaron sus esencias. Y aquel manto celular, que eran los titanes se desprendieron de Dour. Ya de vuelta en el estruendoso, pero enorme caos anárquico, Dour vio esa vastedad con otros ojos y piel. Ya su pensamiento no era salvaje; sabía su propósito en este plano y dijo de forma solemne:
—¡Yo, Dour! El que se eleva, sobre todo, crearé la vida y el universo con las visiones que los mis maestros me han dado.
Aquellos seres, libres de toda lógica, con voces poderosas y penetrantes, le dijeron:
—¡No tiene que ser como te hemos mostrado! Hemos cumplido nuestro fin, hemos de reposar a tu alrededor en cada variable que el destino presente y en cada segundo que transcurra ahí estaremos ya solo te entregamos el martillo y el cincel para que le des forma al Abismo, así como el conocimiento que ya te ha sido revelado. Este es un punto de partida, Dour, deberás recordar que el destino y el Tiempo nunca serán prescritos; solo el fin es irrevocable. Así que deberás hacer funcionar el universo desde su comienzo… hasta que cumpla su ciclo.
Dour contestó:
—Crearé mi versión de las visiones que ustedes me otorgaron.