El hombre del puente

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Summary

Samuel, un ex policía con lagunas mentales, regresa al pueblo que lo vio partir tras una tragedia que todos recuerdan... menos él. Las calles parecen susurrar su nombre, los rostros lo evitan, y el puente -ese puente viejo del que nadie quiere hablar- lo llama cada noche. Mientras intenta entender qué ocurrió realmente, Samuel descubrirá que hay verdades que deberían permanecer enterradas bajo el río.

Genre
Mystery
Author
Katherine
Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1. El regreso

Capítulo I – El regreso

No recordaba haber estado allí, pero el camino le resultó familiar.

El autobús se detuvo frente a una estación oxidada, medio cubierta por la niebla. Nadie bajó, excepto él. El conductor ni siquiera lo miró cuando cerró las puertas y siguió su ruta hacia ninguna parte.

El pueblo lo recibió con ese silencio que no es ausencia, sino espera. Las casas parecían observarlo desde sus ventanas empañadas. El aire olía a madera húmeda, a hierro, a algo que el agua no había podido borrar.

A lo lejos, el río sonaba.

Y sobre él, el puente.

No supo por qué sintió el impulso de mirarlo tanto tiempo, ni por qué, al hacerlo, tuvo la certeza de que ya había estado allí antes.

Caminó por la calle principal con una maleta vieja que pesaba más por dentro que por fuera. Las piedras del camino estaban cubiertas de musgo; el aire, tan espeso, que cada respiración parecía un esfuerzo.

Un perro lo siguió durante un tramo y luego se perdió entre las sombras. Nadie más salió a mirar. Las cortinas se movían apenas, como si alguien las soltara justo a tiempo.

Encontró la pensión al final de la calle: una casa de dos pisos con las paredes manchadas de humedad y un cartel torcido que decía “Hospedaje La Ribera”.

Golpeó la puerta.

Una mujer apareció después de unos segundos, delgada, con el cabello recogido y los ojos de quien ha aprendido a no hacer preguntas.

—Busco habitación —dijo él.

Ella asintió sin sonreír.

—Solo queda la del fondo, la que da al río.

Él vaciló un instante antes de responder. No sabía por qué, pero esa frase —la que da al río— le provocó un escalofrío.

—Está bien —dijo al fin.

La mujer lo guió por un pasillo largo y silencioso. El suelo crujía con cada paso. Al llegar al cuarto, le entregó una llave oxidada.

—Si oye algo por la noche, no salga —advirtió.

—¿Qué podría oír? —preguntó.

Ella lo miró con cansancio.

—El río habla cuando alguien nuevo llega. Después se calla.

La puerta se cerró.

El hombre se quedó solo con el sonido del agua, que golpeaba contra las piedras como si buscara un ritmo que no lograba recordar.

Esa noche no pudo dormir.

El reloj del pasillo marcaba cada minuto con un chasquido seco, como si contara algo más que el tiempo.

El aire estaba cargado de humedad, y el papel de las paredes tenía manchas que parecían rostros borrosos.

Se quitó la camisa y se sentó junto a la ventana.

Desde allí podía ver el río, oscuro y sin reflejos.

El puente aparecía a medias entre la niebla, una silueta de hierro que parecía respirar.

Encendió un cigarrillo.

El humo se mezcló con el aliento frío que entraba desde afuera.

Por un instante, creyó ver una figura sobre el puente: quieta, inmóvil, como esperándolo.

Parpadeó.

Nada. Solo la niebla y el sonido del agua.

Apoyó la frente en el vidrio.

Sintió un temblor leve en las manos.

No sabía por qué, pero ese lugar le provocaba una tristeza vieja, una que no pertenecía al presente.

Antes de cerrar los ojos, pensó escuchar algo:

un paso, una respiración, o quizá su propio nombre susurrado entre el viento.

Pero cuando se giró, la habitación seguía vacía.

El río continuó hablando en voz baja, como si repitiera una historia que solo él conocía.