Prólogo
El viento soplaba sin un rastro de piedad haciendo crujir la madera vieja de una pequeña y frágil cabaña, afuera caía nieve y el frío de la noche se filtraba dentro de las cuatro paredes a pesar de la pequeña llama que luchaba por mantenerse prendida más que por calentar.
Sentada en su cama de paja, cubierta de sábanas viejas se hallaba una mujer con un vientre de más de ocho meses, el sudor frío se mezclaba con las lágrimas que corrían por su rostro, solo podía escuchar sus propios gemidos de dolor.
Su marido empezaba a desesperarse al oír los gritos, no sabía que hacer, no sabía cómo ayudarla, veía a la mujer que amaba sufrir y no podía hacer nada por evitarlo, solo estar ahí, buscando mantas para mantener el calor y paños para secar su sudor, de vez en cuando tomaba su mano para decirle que todo estaría bien, que él estaría con ella.
—Levántate —dice el hombre tomando con firme suavidad a su mujer de los brazos como impulso por levantarla.
La mujer al levantarse suelta un jadeo del dolor y este mismo es tan intento que queda inclinada a la mitad, con una mano apoyada en la espalda y la otra en su vientre.
El hombre ayuda a su mujer a mantenerse de pie sujetándola y dándole la manos —vamos... Camina —le pide con cariño ya que había escuchado que caminar le ayudaría a apurar el parto.
La mujer da un paso y se le doblan las rodillas, casi cae de no ser porque su esposo la sujetaba, al verla tan débil la ayuda a que baje lentamente para que se arrodille con suavidad.
Dentro de la habitación solo se escuchaban los gritos al ritmo de las contracciones de la embarazada, junto con su agitada respiración, jadeos y gemidos del dolor.
—No puedo... —la mujer niega con la cabeza sollozando —Ya no puedo más... —súplica llorando.
De la madrugada que habian comenzado las contracciones, su cuerpo ya estaba exhausto y el dolor era cada vez peor.
—Sé fuerte, Laura, por favor —le pide su marido en una súplica —Yo se que puedes, estare aquí para ayudarte.
La mujer abre las piernas aún arrodillada en el suelo y aprieta con fuerza la mano de su marido —¡Ya lo siento! Thomas... ¡Siento que ya viene! —grita al sentir que se aproxima el bebé.
Los gritos se vuelven más desgarradores y la sangre corría por la piel de la mujer, manchando su viejo camisón junto con el suelo.
—No dejes... No dejes que nada le pase ¡Por favor! —súplica la mujer entre gritos cortados a su marido sin dejar de llorar —¡Promete! —Laura aprieta la mano del hombre y se miran a los ojos reflejado la angustia de ambos —Promete que no dejaras a este bebe morir...
Las lágrimas corrían sin pudor por el rostro de Thomas.
—Lo prometo, haré lo que sea por ustedes dos —se compromete, aparta el pelo sudado de la frente de su mujer para besarla, besa su mano también en señal de apoyo.
La mujer suelta un grito desgarrador de esfuerzo empujando con fuerza, pero la energía comenzaba a acabarse, su cuerpo estaba a nada de caer, su respiración se relajaba, sus ojos se cerraban lentamente y eso asustó a Thomas.
—¡Laura! —le grita al ver cómo su energía se desvanece —¡Laura no! Quédate conmigo, vamos, falta tan poco —las lágrimas desbordan de sus ojos —Haz fuerza, cariño, por favor...
La mujer asiente sin energía y vuelve a soltar un quejido como señal de seguir haciendo fuerza. Thomas mueve a Laura y deja que se apoye en la cama, ella queda con los brazos afirmados en el mueble, semi arrodillada en el suelo, su voz salia en gritos desde su garganta mientras las lágrimas corrían por sus ojos y la sangre se esparcía por el suelo.
El hombre estaba de pie mirando a su esposa, comenzó a caminar en círculos desesperado, no sabía que hacer, como actuar, nunca había visto un parto antes y al ver tanta sangre temia lo peor.
—Padre nuestro que estas en los cielos... —junta las manos rezando —Santificado sea tu nombre —las lágrimas no abandonaban su rostro —Venga a nosotros tu reino... —gritos de su mujer coreaban sus súplicas —Escucharme señor te lo ruego —Habia estado rezando todo el día -—Señor no la castigues por esto... Yo merezco el dolor —el hombre se arrodilla sin dejar de rezar —Te lo suplico ayudala, ¡castigame! ¡Castígame a mí y quítale el dolor! —ya era demasiado tarde para rogar —Sé que debimos casarnos antes... ¡Pero Dios! Padre ¡No teníamos dinero para la iglesia! No nos abandones señor... No nos des la espalda.
La mujer dio un grito más fuerte y largo, se aferro a las sábanas de la cama llorando a gritos —Thomas... —dice en un suspiro, la vista se vuelve borrosa para ella y el sonido desapareció lentamente, el cuerpo cedió y cayó sin interrupciones a la derecha golpeando con fuerza el suelo.
Se sintió un aire frío pasar por la habitación haciendo temblar la pequeña llama.
Thomas reacciono al instante —¡Laura! —corriendo a levantar a su mujer.
Nunca imagino sentir una desesperación, una impotencia como esa. Tenía que hacer algo, tenia que hacerlo ahora, si no hacía nada pronto perdería a su mujer y a su hijo al cual prometió que mantendría con vida.
Y si Dios ya no lo escuchaba... Tendría que recurrir a alguien que si lo hiciera.