“El Último Horizonte”

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Summary

El fin del mundo no llegó con fuego… sino con una bacteria. Traída del espacio por un astronauta en una misión fallida, la infección se propagó más rápido que cualquier guerra o catástrofe. En cuestión de meses, Estados Unidos se convirtió en un cementerio de cuerpos deformes: humanos que aún respiran, pero ya no piensan por sí mismos. En las ruinas del norte de México, Isaak Adriel, un joven de diecisiete años, sobrevive junto a cinco compañeros entre desiertos contaminados y ciudades que se derrumban. Su único propósito es llegar a Europa, el último continente donde el virus jamás llegó… o eso dicen las transmisiones que aún logran escucharse entre la estática. Pero conforme avanza el viaje, el grupo comienza a caer, uno por uno, devorados por la enfermedad o por la desesperanza. Isaak descubre que la verdadera infección no solo corrompe el cuerpo, sino también la mente, y que el precio de sobrevivir podría ser perder lo poco que le queda de humanidad. Entre el silencio de un mundo que ya no pertenece a los vivos, Isaak emprende el viaje que definirá el destino de lo que aún puede llamarse “humanidad”.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Chapter 1: “La última mañana tranquila”

Noticiero matutino — Año 2024

Las luces del estudio bañaban de un blanco impecable los sillones color gris perla. Dos figuras conversaban frente a las cámaras, mientras el logo del noticiero parpadeaba en la esquina inferior de la pantalla.

Entrevistador: —Y díganos, doctor… ¿cree usted que, después de la pandemia del 2020 que finalizó en el 2023, podría volver a ocurrir algo parecido?

Doctor Der: —No, eso es muy poco probable. La ciencia ha avanzado tanto que un desastre como aquel difícilmente podría repetirse. Hemos aprendido demasiado como humanidad…

El entrevistador asintió, aunque su mirada revelaba cierta duda. Cambió de postura, inclinándose un poco hacia adelante.

Entrevistador: —Y respecto a los rumores sobre esa nueva enfermedad… la que supuestamente fue traída por la astronauta Bárbara. Algunos reportes dicen que ya existen casos confirmados. ¿Qué hay de cierto en eso?

El doctor esbozó una sonrisa nerviosa, de esas que intentan ocultar más de lo que muestran.

Doctor Der: —Esa situación está completamente bajo control. Los mejores científicos del mundo están trabajando en ello. No hay nada de qué preocuparse… nada malo va a pasar.

Por un instante, el silencio invadió el estudio. Las cámaras siguieron grabando, pero algo en la mirada del doctor transmitía lo contrario a sus palabras.

Actualidad — 5 de octubre de 2025

El sol de la mañana caía sobre la preparatoria, tiñendo los muros de un tono dorado. Decenas de alumnos cruzaban las puertas, algunos riendo, otros arrastrando los pies con sueño.

Dentro de un salón del segundo piso, un chico intentaba alcanzar el aire acondicionado, tambaleándose sobre una banca.

Adryel: —¿Por qué hacen esto tan complicado...? —murmuró mientras estiraba el brazo.

Tras unos segundos, el aparato emitió un pitido y comenzó a soplar aire fresco.

En ese momento entró otro estudiante.

Miguel: —¿Adryel, qué haces ahí arriba?

Adryel: —Nada, solo encendía el aire. Luego se pone insoportable el calor en este salón.

Saltó de la banca y se limpió el polvo de las manos. Sin prisa, salió del aula y caminó hacia el estacionamiento. El aire exterior estaba tibio, y el bullicio de la escuela recién empezaba. Se sentó en una de las bancas bajo la sombra de un árbol.

Pasaron unos minutos hasta que una bicicleta se detuvo frente a él.

Adryel: —Mira nomás, David… llegaste temprano por una vez.

David: —Todos los días llego a esta hora, no exageres.

Ambos se rieron suavemente. Después, caminaron juntos hacia el salón de David, donde él dejó su mochila, y luego regresaron a la entrada, conversando sobre cualquier cosa mientras la mañana seguía su curso.

El bullicio crecía mientras más alumnos cruzaban la entrada principal. Entre risas y saludos, Adryel y David seguían conversando cerca de las bancas del estacionamiento.

De pronto, Adryel se distrajo. Una chica con una mochila celeste acababa de entrar al plantel. Sus ojos la siguieron sin disimulo.

David le dio un leve golpe en el brazo.

—Eh, güey, pésame tantito, ¿no? Hoy tengo examen… ta valí.

Adryel sonrió sin apartar la vista.

—¿De qué es el examen?

—De matemáticas —respondió David con un suspiro.

—Entonces sí, ya valiste madre —bromeó Adryel.

Antes de que David pudiera responder, alguien se le lanzó por detrás, rodeándole el cuello.

—¡Aaaah, suéltame! —gritó David entre risas.

Era Óscar, su tercer amigo del grupo. Soltó a David riéndose.

—Estás bien flaco, carnal. Te puedo mandar a volar con una mano.

Adryel soltó una carcajada.

—Es que este güey es un papalote, nomás falta el hilo.

David levantó las manos en señal de rendición.

—Bueno, bueno… ya me tengo que ir. Me toca clase con Francisco y no le gusta que llegue tarde.

Óscar: —Pura mentira, si siempre entras después que él.

Adryel: —Ya vámonos nosotros también, que hoy nos toca con Omar, y si llega antes que nosotros, seguro nos pone a hacer sentadillas.

Los tres rieron mientras se separaban. David tomó el camino hacia su edificio, y Adryel junto con Óscar fueron hacia su salón. Al ver que el profesor aún no había llegado, se quedaron afuera, esperando bajo la sombra y comentando cualquier tontería para matar el tiempo.

Pasaron unos minutos hasta que Eli, el último del grupo, apareció por el pasillo con su mochila colgando de un hombro. Dejó sus cosas en el salón y se acercó a sus amigos.

Eli: —Ey, ¿hicieron la tarea de Omar?

Adryel: —¿Cuál tarea? ¡No manches, a mí nadie me dijo nada!

Óscar: —Pues por eso, güey, por no venir.

Adryel frunció el ceño, a punto de reclamar, pero decidió no seguir la discusión. Dio un par de pasos hacia la esquina del edificio… y casi se le detuvo el corazón.

Ahí estaba el profesor Omar, caminando directamente hacia ellos con su carpeta en mano.

—No puede ser… —murmuró Adryel antes de darse la vuelta y correr a toda prisa hacia el salón.

Eli y Óscar lo miraron confundidos hasta que vieron al profesor doblar la esquina. Entonces comprendieron y salieron corriendo también.

Dentro del aula, Miguel, uno de los compañeros de Adryel, levantó la vista.

Miguel: —¿Ya viene el profe?

Adryel, todavía sin aliento, asintió rápidamente.

En cuestión de segundos, todos los alumnos se sentaron y fingieron estar concentrados justo cuando el profesor Omar cruzó la puerta.

La clase comenzó entre respiraciones agitadas, risas contenidas y la promesa silenciosa de no volver a confiar en el horario.

El reloj marcaba las 9:20. El aula estaba llena de murmullos y hojas dobladas. Varios alumnos acomodaban cartulinas, revisaban diapositivas y ensayaban en voz baja.

Adryel, sin entender del todo lo que pasaba, miró alrededor con curiosidad. Todos parecían prepararse para algo importante. Frunció el ceño, confundido, y tocó el hombro de Lineth, su compañera de banca.

—Oye, ¿qué están haciendo todos? —preguntó en voz baja.

Lineth lo miró, incrédula.

—¿Cómo que qué? Hoy tocaba exponer, ¿no te acuerdas?

Adryel sintió cómo se le congelaba el cuerpo. Un nudo se le formó en el estómago.

—¿Exponer? —repitió con una risa nerviosa—. No, no me digas eso...

Antes de que pudiera procesarlo, el profesor Omar levantó la voz desde el escritorio.

—A ver, equipo de Adryel, pasen al frente. Vamos a empezar con ustedes.

El alma se le cayó al suelo.

—Genial… justo a mí me tenía que tocar primero —murmuró mientras se levantaba con torpeza.

Sus amigos del equipo se colocaron frente al salón. Cada uno fue diciendo su parte con voz temblorosa, mirando de reojo al profesor. Cuando llegó el turno de Adryel, el silencio se hizo pesado.

—Eh… b-buenos días… —comenzó, tratando de mantener la voz firme.

Las palabras le salían atropelladas, su lengua parecía tropezar con cada sílaba. Intentaba seguir el texto con la mirada, pero sus ojos se movían más lento que su boca.

A mitad de su exposición, notó que algunos compañeros apenas contenían la risa. El calor le subió al rostro, y terminó apresurando sus últimas frases hasta soltar un rápido:

—…y eso sería todo.

El aula estalló en aplausos corteses. Adryel soltó un suspiro y regresó a su asiento con el corazón acelerado.

Eli, que estaba justo detrás de él, se inclinó para hablarle al oído:

—No mames, güey… no leas tan rápido, casi no se te entendía.

Adryel volteó sin perder el humor.

—No es que lea rápido, es que así hablo.

Lineth, que los escuchó, rió.

—¡No es cierto! Siempre hablas lento.

Adryel se encogió de hombros.

—Es que mi boca va muy rápido y mis ojos muy lento… por eso tartamudeo.

Los tres rieron suavemente, y el ambiente volvió a relajarse. El profesor continuó con el siguiente equipo, mientras Adryel recargaba la cabeza en la mano, aliviado de haber sobrevivido a su exposición.

Cuando sonó la campana del receso, los alumnos comenzaron a dispersarse. Eli se dirigió rápidamente a la cafetería, mientras Adryel y Óscar se quedaron esperando en una banca junto al edificio. Minutos después, David se les unió, ajustándose la mochila con desgano.

David y Óscar comenzaron a platicar animadamente, pero Adryel apenas los escuchaba. Su mirada se perdió hacia la chica de la entrada, que ahora caminaba entre grupos de estudiantes. Estuvo a punto de sonreír, pero un fuerte estruendo lo hizo levantar la vista al cielo.

—No manches… —susurró David, señalando hacia arriba—. Son… ¿helicópteros?

Óscar frunció el ceño y comenzó a contarlos mentalmente.

—Son como ocho… ¿pero a dónde se dirigen?

Adryel frunció el ceño, el corazón le dio un vuelco.

—Creo que… hacia Estados Unidos… ya casi están en la frontera.

De repente, otro estruendo, mucho más fuerte, retumbó sobre ellos. Todo el alumnado miró hacia el cielo, algunos señalando, otros congelados por la sorpresa.

—¡No manches! —exclamó Adryel con voz nerviosa—. ¡Esos son… tres cazas!

David alzó las cejas, incrédulo.

—Nunca había visto uno volando por aquí…

Eli, saliendo de la cafetería con un sándwich en la mano, se detuvo al ver el movimiento.

—¿Qué fue ese ruido?

Óscar levantó la mano señalando hacia el cielo.

—Unos aviones…

Los tres chicos se levantaron de las bancas, intercambiando miradas de alarma, mientras comenzaban a alejarse un poco del patio. Sin embargo, Adryel no podía apartar la mirada de la chica de la entrada, como si su presencia lo anclara al lugar, aunque el cielo se llenaba de sonidos que presagiaban algo inusual.

El murmullo del resto de alumnos se mezclaba con el rugido de los helicópteros y los cazas, creando una sensación extraña: la rutina escolar parecía tambalearse bajo el peso de aquello que estaba por llegar.

El grupo se había reunido bajo un viejo tejabán, un rincón con sombra donde solían pasar el receso. El viento movía las hojas secas y el ruido lejano de los helicópteros todavía se escuchaba, aunque más débil.

Eli rompió el silencio primero.

—¿Y para dónde creen que iban todos esos helicópteros?

Óscar se encogió de hombros.

—Capaz que van a cargar algo para Estados Unidos… no sé, cosas del ejército.

Adryel los miró sin mucha convicción.

—Podría ser… o tal vez no. —Sacó su celular y vio un mensaje de sus padres. “Saldremos un rato. La comida ya está lista, solo recaliéntala cuando llegues”.

Suspiró, guardó el teléfono y lo apagó.

David se inclinó hacia ellos con una expresión seria.

—Oigan… ¿ya escucharon de ese virus raro?

Óscar bufó, riéndose.

—Ahí vas otra vez con tus teorías, güey.

—No, en serio —insistió David—. Dicen que es real. Que viene de Estados Unidos.

Eli lo miró pensativo.

—Sí, yo también escuché algo. Pero dicen que no es para tanto, que está controlado.

David bajó la voz, casi en un susurro.

—O eso es lo que el gobierno quiere que creas…

El comentario dejó un silencio incómodo. Por un momento, nadie supo qué decir. A lo lejos, una sirena sonó en alguna calle cercana, haciendo que todos se miraran por instinto.

Después de unos segundos, Óscar se levantó.

—Bueno, ya vámonos, se va a acabar el receso.

El grupo comenzó a caminar de regreso hacia los salones, entre risas nerviosas y comentarios sueltos. Pero Adryel no dejaba de pensar en lo que había dicho David… ni en esos helicópteros cruzando el cielo minutos antes.

Después del receso, los chicos regresaron al aula. Tuvieron una clase tranquila, pero en la siguiente hora el profesor encargado nunca apareció.

“Clase libre”, murmuró alguien, y en cuestión de minutos el salón se volvió un murmullo constante.

Varios estudiantes aprovecharon para salir a caminar por la escuela. Óscar y Eli se acercaron a Adryel, que estaba sentado en su lugar, escribiendo algo en su cuaderno.

—Vamos afuera, ¿no? —dijo Óscar—. Hace calor aquí adentro.

—Nah, vayan ustedes —respondió Adryel sin levantar la vista.

—¿Y eso? Si tú siempre sales —preguntó Eli, algo sorprendido.

—No sé… —murmuró Adryel—. Hoy me siento raro.

—¿Raro cómo? —preguntó Michaela, una de sus compañeras que estaba cerca, girándose en su asiento.

Adryel se detuvo un momento antes de responder.

—Como si algo malo fuera a pasar… No sé explicarlo. Solo… no tengo ganas de salir.

El ambiente quedó en silencio unos segundos, hasta que un sonido agudo rompió la calma.

Karla, desde el fondo del aula, frunció el ceño.

—¿Y ese pitido? ¿De quién es el celular?

Fernanda, a su lado, se tapó un oído.

—¡Apágalo! Suena horrible.

Pero antes de que pudieran hacer algo, otro teléfono comenzó a sonar. Luego otro. Y otro más.

El pitido metálico llenó el salón, mezclándose con murmullos nerviosos.

Adryel se levantó, mirando a su alrededor.

—¿Qué carajos está pasando…?

De pronto, su propio teléfono vibró en el pupitre. Lo tomó y miró la pantalla.

Una sola palabra aparecía en letras rojas:

ALERTA.

No alcanzó a entender nada antes de que, desde el pasillo, se escuchara un grito desgarrador que heló el aire en el salón.

El murmullo se apagó de golpe. Nadie se movió.

Y así terminó la calma.

(FIN DEL CAPÍTULO 1)