Lo que Quedó de Blackwood

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Summary

Hace diez años, el Sanatorio Blackwood se cobró la vida de Leo. "Suicidio", dictaminó el forense. "Brote psicótico", susurraron los médicos. Pero su hermana, Elara, nunca creyó la versión oficial. Se aferró a la única verdad que conocía: el último y frenético diario de su hermano. Un cuaderno lleno de escritos sobre "susurros en las paredes" y una "canción que no se detiene". Ahora, una década después, Elara, una joven estudiante de periodismo, regresa al monstruo de ladrillo y decadencia que le robó a su familia. Su misión: demostrar que su hermano no estaba loco. Demostrar que algo en ese lugar es real. Pero el sanatorio ha estado esperando. Y no está tan abandonado como parece. A medida que Elara se adentra en los pasillos silenciosos, siguiendo las pistas crípticas del diario de Leo, la línea entre su investigación y la locura de su hermano comienza a desdibujarse. Los susurros que él describió ya no son solo palabras en una página. Y la canción... la canción ha empezado a sonar de nuevo. "Lo que Quedó de Blackwood" es una novela de terror gótico serializada sobre el duelo, la obsesión y los secretos que se niegan a permanecer enterrados. Porque en lugares como Blackwood, los fantasmas no son lo que te mata. Es la verdad que intentan contarte.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Día 1: La Promesa Rota

El Sanatorio Blackwood se alzaba contra el cielo crepuscular como una herida abierta en la carne del bosque. Elara detuvo su Honda Civic a unos treinta metros de la entrada principal, con el motor tosiendo antes de morir por completo. Desde el parabrisas agrietado, el edificio parecía observarla: cuatro plantas de ladrillo ennegrecido por la humedad y el tiempo, ventanas rotas que reflejaban los últimos rayos anaranjados del sol como ojos llorones. Las enredaderas habían colonizado la fachada este, retorciéndose entre las grietas como venas varicosas.

Diez años. Había pasado una década desde que este lugar le arrebató a Leo.

Elara apagó las luces del coche y se quedó inmóvil, con las manos todavía aferradas al volante. El frío de octubre se filtraba por las rendijas de las puertas, ese tipo de frío que no se siente en la piel sino en los huesos, que anticipa el invierno como una amenaza. Cerró los ojos y, como siempre, él estaba allí: Leo a los diecinueve años, con esa sonrisa torcida que usaba cuando intentaba ocultar el miedo. Leo diciéndole que todo estaría bien, que el sanatorio lo ayudaría con sus "episodios". Leo prometiéndole que volvería a casa.

Pero lo que volvió fue un certificado de defunción y una bolsa de plástico con sus pertenencias.

Elara abrió la guantera con manos temblorosas y sacó el cuaderno. La cubierta de cuero sintético estaba desgastada, las esquinas dobladas por el uso constante. Lo había leído tantas veces que podía recitar párrafos enteros de memoria. Las primeras entradas eran normales: quejas sobre la comida, descripciones del jardín, notas sobre otros pacientes. Pero después de la tercera semana, la caligrafía de Leo comenzó a deteriorarse. Las líneas se volvieron erráticas, las palabras se apretujaban unas contra otras como si tuviera miedo de que el papel no fuera suficiente.

*"Los susurros en las paredes no se detienen. Dicen mi nombre. Todos fingen no escucharlos, pero SÉ que pueden oírlos. La canción... Dios, la canción que no se detiene nunca, ni siquiera cuando me tapo los oídos con almohadas."*

*"El doctor Brennan dice que son alucinaciones auditivas. Pero ¿cómo puede ser una alucinación algo que puedes seguir como un hilo? La melodía viene de abajo, siempre de abajo. Del sótano que nadie menciona."*

La última entrada era apenas legible, garabateada con tanta fuerza que había rasgado el papel:

*"Elara, si lees esto: NO ERA MI CULPA. Algo aquí es real. Algo HAMBRIENTO."*

Tres días después, encontraron a Leo colgando de una sábana en su habitación. Suicidio, dictaminó el forense. Brote psicótico agudo, añadieron los médicos con expresiones de condolencia profesional que no llegaban a sus ojos.

Pero Elara conocía a su hermano. Leo no se rendía. Leo luchaba.

Guardó el cuaderno en su mochila junto con su grabadora digital, dos linternas y el termo de café que ya se estaba enfriando. No le había dicho a nadie que vendría aquí. Su tutor de tesis habría intentado disuadirla, sus padres se habrían derrumbado otra vez. Esta investigación era suya, solo suya. La verdad sobre Blackwood, sobre lo que realmente le pasó a su hermano, estaba esperándola en algún lugar entre esas paredes podridas.

El atardecer se desvanecía rápido. Elara salió del coche, y el viento otoñal la golpeó con fuerza, trayendo consigo el olor a tierra húmeda y algo más, algo dulzón y enfermizo que no supo identificar. Caminó hacia el edificio, esquivando los tablones caídos y los escombros del estacionamiento abandonado. Una cadena oxidada cerraba las puertas principales, pero sabía que no era la única entrada. Había estudiado los planos del sanatorio durante meses.

La ventana del ala oeste, la que daba a lo que había sido la sala de recreación, estaba medio tapada con madera contrachapada. Elara sacó la palanca que había traído y trabajó los clavos hasta que cedieron con chirridos agudos que resonaron en el silencio. El cristal ya estaba roto hacía tiempo. Se deslizó por la abertura, sintiendo cómo el aire viciado del interior la envolvía como una sábana mojada.

Dentro, la oscuridad era absoluta.

Elara permaneció inmóvil un momento, dejando que sus ojos se ajustaran. El silencio del sanatorio no era como el silencio normal. Era denso, expectante, como si el edificio mismo estuviera conteniendo la respiración. Podía escuchar su propio corazón martilleando en sus oídos, el roce de su chaqueta contra la mochila. Pero nada más. Ni insectos, ni el crujir de la madera vieja, ni el viento filtrándose por las grietas.

Nada.

Sacó el teléfono y encendió la linterna. El haz de luz cortó la penumbra revelando una sala devastada: sillas volcadas, cortinas hechas jirones colgando de barras torcidas, manchas oscuras en el suelo que prefirió no examinar de cerca. El polvo flotaba en el aire como cenizas suspendidas. Avanzó despacio hacia el pasillo que conducía al vestíbulo principal, con cada paso levantando pequeñas nubes grises de décadas de abandono.

El vestíbulo se abría ante ella como la boca de una catedral oscura. El techo se elevaba dos plantas, con un tragaluz roto que dejaba entrar la última luz moribunda del día. Una escalera de mármol se curvaba hacia los pisos superiores, cubierta de escombros. Los muebles de la recepción seguían allí, fantasmas de una época en que este lugar fingía ser un refugio de sanación.

Elara movió la linterna lentamente, catalogando mentalmente cada detalle. El mostrador de recepción. Las sillas de espera cubiertas con sábanas blancas que ahora eran grises. El retrato de algún benefactor olvidado, torcido en la pared. El...

La luz se detuvo.

En el centro del vestíbulo, sobre una mesa auxiliar que no había visto al entrar, había un cuaderno.

El corazón de Elara se detuvo por un latido completo.

Era idéntico al de Leo. El mismo tamaño, la misma cubierta de cuero sintético gastado. Estaba abierto, las páginas expuestas a la oscuridad como una invitación. Dio un paso adelante, luego otro, hipnotizada. La luz de su teléfono temblaba en su mano.

Las páginas estaban en blanco. Completamente en blanco, excepto por...

¿Era polvo? ¿O ceniza? Había una fina capa de algo gris sobre el papel, como si alguien hubiera soplado sobre una vela justo encima de él.

Y entonces, desde las profundidades del edificio, desde algún lugar muy por debajo de donde estaba parada, llegó un sonido.

Una melodía. Suave, casi imperceptible, pero inconfundible. Una canción tarareada con voz femenina, dulce y terrible, que subía desde el abismo del sanatorio como un suspiro desde una tumba.

La linterna se le cayó de las manos.