La joven del Diablo. La llama de la obsesión

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Summary

Ella es la prometida perfecta. Educada, dulce, acostumbrada a obedecer. Él es el hombre al que nunca debería haber deseado. Davidе, el hermano de su madrastra, siempre ha cuidado de ella… o al menos eso creía Mila. Hasta que su mirada cambia: profunda, oscura, devoradora. Ya no es protección. Es deseo. Ardiente. Irresistible. Y ella, por primera vez, descubre lo que significa ser realmente deseada. Una atracción prohibida, un vínculo que rompe todas las reglas. Entre el miedo y el placer, la culpa y la pasión, Mila empieza a conocerse a sí misma… y al amor que nace del pecado. La joven del Diablo. La llama de la obsesión. Una novela sensual y perturbadora sobre el despertar del deseo y el lado oscuro del amor.

Genre
Romance
Author
KarinaFox
Status
Ongoing
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo

Italia

Me sentía mareada. Un sabor amargo me llenaba la boca, como si todo mi mundo hubiera tragado bilis y la hubiera escupido de vuelta. Abrí los ojos despacio y me quedé mirando la lámpara de cristal del techo. No estaba en casa. No en mi habitación, no en el refugio al que estaba acostumbrada. ¿Dónde estaba? El corazón me latía con fuerza descontrolada, la cabeza me daba vueltas. Quería gritar, pero no tenía fuerzas.

Intenté incorporarme; apenas me levanté un poco, un fogonazo me atravesó la cabeza: el último instante antes de que la conciencia se hundiera en la oscuridad. Recuerdo mi sonrisa, la alegría que sentí cuando me dijeron que el tío David me había regalado una yate por mi boda —¡mío, de verdad!—. Me imaginaba en la cubierta, respirando el aire del mar y soñando con un futuro feliz. Parecía un cuento, el sueño hecho realidad. Ahora todo estaba roto.

Me quité la manta de encima y solté un suspiro de alivio: al menos seguía con mi ropa interior. Pero el brazo… por encima del codo me ardía. Justo donde tenía la marca de una aguja. El corazón se me encogió de miedo. ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Dónde me habían llevado?

Deslicé los pies fuera de la cama y corrí hacia la puerta. Por suerte, no estaba cerrada con llave. El sabor amargo de alguna droga me seguía quemando la garganta, a punto de hacerme perder el sentido otra vez. Cerré la puerta con cuidado y miré alrededor. El móvil, las zapatillas… todo se había quedado en el coche. ¡Se suponía que hoy era mi boda! ¡El día más importante de mi vida!

Me acerqué a la pequeña ventana: noche cerrada, ni una luz fuera. No sabía dónde estaba ni qué estaba pasando. El pánico me envolvió, salvaje y helado. Miré el reloj: las once de la noche. Mi boda. El lugar donde debía ser feliz. No aquí, en esta habitación extraña, desconocida. ¿Me habían secuestrado? ¿Quién lo había hecho? ¿Y por qué? ¿Qué querían de mí?

Intenté calmarme y me miré en el espejo: ningún signo de violencia, nada que confirmara mis peores temores. ¿Y si me estaba equivocando? ¿Y si todo esto no era más que una pesadilla?

Rebusqué en las maletas que había mandado Rafaela, buscando algo familiar. Solo encontré accesorios de boda y montones de ropa interior que no era mía. ¿Mi madrastra habría confundido las maletas? Maldita sea, ¿dónde estaba mi ropa cómoda? Solo el vestido de novia destacaba sobre la cama, frío y pesado, un recordatorio cruel de que todo se había ido al traste.

Con las manos temblorosas, me puse una bata de satén negro y salí al pasillo. En el aire flotaba un aroma denso, mezcla de colonia cara, un toque de sudor y un leve perfume a tabaco especiado. Desde detrás de una puerta llegaban risas femeninas, suaves, casi juguetonas, entremezcladas con voces masculinas graves, toscas, pero cargadas de placer.

Pasé de largo, pero de pronto me detuve. Detrás de una de las puertas se oían gemidos fuertes, golpes, suspiros —no de dolor ni de desesperación, sino de un placer salvaje, casi depredador—. Aquello era más que sexo: era duro, intenso, a veces hasta brusco, pero en el aire flotaba una sensación de rutina, como si allí eso fuera lo más normal del mundo.

Salí a la cubierta principal, donde un grupo de hombres y mujeres se reunía alrededor de la piscina. Las mujeres estaban casi desnudas: algunas solo con medias, otras con delicados corsés de encaje que se ceñían a sus cuerpos como una segunda piel. Se movían con una soltura y una seguridad que desarmaban; en sus rostros no había vergüenza, sino calma, incluso un leve placer. Algunas se besaban con varios hombres a la vez; otras acariciaban a sus parejas, dejándoles actuar con una firmeza —a veces una rudeza— que parecía formar parte del juego.

Vi cómo dos hombres sujetaban con fuerza contra la pared a una chica de pelo largo y negro. Ella les permitía tocarla, se arqueaba buscando sus caricias, los ojos entrecerrados y húmedos de placer, los labios entreabiertos en un gemido apenas audible. No había resistencia, solo una entrega total al momento.

A su lado, en el suelo, otra chica sonreía levemente mientras acariciaba a uno de los hombres; otro, detrás de ella, la agarraba por las caderas, marcándole el ritmo de los jadeos. Su rostro estaba vacío de emoción, como si simplemente cumpliera con una rutina conocida, sin mostrar ni placer ni dolor.

Todo a mi alrededor tenía algo de sucio y, a la vez, hipnótico. Era su realidad, su mundo. Y yo, allí de pie, escondida entre las sombras, me sentía ajena, como si hubiese caído en una pesadilla donde todo estaba permitido y nada importaba, salvo el poder y el dinero.

Los sonidos —risas agudas, gemidos ahogados, el leve jadeo de los hombres, el chasquido de los cuerpos al encontrarse— llenaban el espacio, creando un ritmo extraño y salvaje. Olía a alcohol caro y a ese dulzor denso del deseo, pero para mí era como respirar aire envenenado, que me oprimía la garganta y me asfixiaba cualquier esperanza de escapar.

Entonces lo entendí: aquello era un burdel flotante, donde hombres guapos y ricos no compraban cuerpos, sino escenas de sus fantasías más oscuras. Y las chicas… algunas eran reinas de aquel espectáculo, otras simples piezas perdidas en una gran maquinaria de perversión.

Y yo… yo no pertenecía a ese lugar.

Me pegué contra la pared, rezando para que nadie me viera. De pronto, de entre las sombras aparecieron dos hombres: uno barrigudo y borracho, el otro joven, de ojos azules, bonitos pero vacíos, como de porcelana.

—Ahí dentro están todos ocupados —gruñó el gordo. —No hemos pagado para quedarnos mirando —respondió el joven.

Contuve la respiración.

—Adrián, mira quién está aquí —dijo el barrigudo con una voz empalagosa.

Me vio. El corazón se me paró. Intenté correr, pero me agarró del brazo con fuerza y me atrajo hacia él de un tirón.

Apestaba —a alcohol, y a un perfume barato y agresivo que me quemaba la nariz. Grité, pero lo único que escuché fue una risa asquerosa.

— Me gustas, zorra. Adrián, quiero correrme en esta boca. ¿Y tú?

Estaba atrapada, sin fuerzas, completamente indefensa. Me giró hacia la borda, apretó con fuerza mis hombros y me agarró del pelo. Me tapé la boca, temiendo dejar escapar el más mínimo sonido.

El miedo y el pánico me envolvieron por completo; sentía que me perdía a mí misma. Pero pronto la desesperación estalló, y empecé a gritar, a suplicar ayuda… solo para escuchar, como respuesta, una risa asquerosa.

En ese instante, el mundo a mi alrededor se volvió pura oscuridad. Mis pensamientos se arremolinaron en una sola frase aterradora: «¿Por qué me está pasando esto? ¿Por qué? ¿Qué he hecho mal?»

Y de pronto… pasos. Alguien se acercaba. Una voz. Una voz que conocía. Pero no podía creer que fuera mi salvación.

—Soltadla.

—¡En este yate podemos tirarnos a todas las putas que queramos! ¡Para eso pagamos! —gritó el que habían llamado Adrián.

—Ella es un tabú...

Dos días antes...