Tuya para Pecar

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Summary

Clara Beltrán llegó a la parroquia de Palermo buscando un trabajo que le permitiera estudiar. Nunca imaginó que bajo los hábitos del nuevo párroco se escondía un deseo que haría temblar cada límite que conocía. Ignacio Ortiz de Alvear es atractivo, intenso y comprometido con los más vulnerables… pero también con un secreto que lo quema: su atracción por Clara. Cada roce, cada mirada, cada gesto de cuidado se convierte en una tentación imposible de resistir. Entre la fe que los guía y la pasión que los consume, deberán decidir si ceder a lo prohibido o seguir viviendo con la llama del deseo contenida. Porque en este juego, el pecado nunca fue tan irresistible.  

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Capítulo 1

Clara

El sol primaveral se colaba por la ventana como cada día. Rutinario. Idéntico.

Tan comienzo de semana.

Tan lunes que dolía.

Y yo nunca fui fan de los lunes. Creía firmemente que el fin de semana debía durar tres días; dos eran una burla.

Miré la hora: cinco en punto.

Apagué el despertador antes de que terminara de sonar y me incorporé con desgano. Me desperecé en la cama, con esa lucha interna de querer seguir durmiendo, aunque supiera que era imposible. No había lugar para flojear: en la parroquia las mañanas comenzaban temprano y yo era parte de esa maquinaria silenciosa que la mantenía en pie.

Tomé la ropa que había dejado preparada la noche anterior y salí de la habitación. El pasillo estaba en penumbras, tranquilo.

Tenía la sensación de que yo era la única en movimiento en esta parte de la casa. Entré al baño, encendí la luz y mientras el agua de la ducha se regulaba, me lavé los dientes todavía medio dormida.

Me bañé rápido, como siempre. El agua caliente fue mi mejor despertador y me ayudó a organizar mentalmente lo que me esperaba: preparar el desayuno, limpiar los salones, preparar el almuerzo y dejar lista la cena, y después, correr a la universidad.

La rutina era tan familiar que casi me reconfortaba. Casi. Porque esta mañana no era como todas: el padre Antonio se iba. Después de tantos años, dejaba la parroquia para volver a Córdoba, su ciudad natal. Con él se iba un pedazo de mi vida en este lugar, y aunque intentaba no pensar demasiado en eso, me dolía. Había aprendido a quererlo.

Ya vestida, bajé a la cocina. Encendí la hornalla, y pronto el aroma del café empezó a expandirse por el ambiente. Ese olor siempre me daba la sensación de hogar, aunque estuviera lejos del mío.

Tarareé bajito una canción que se me había pegado, un murmullo apenas audible que me ayudaba a concentrarme mientras acomodaba los platos y controlaba las tostadas. Entre una cosa y otra, repasaba mentalmente los apuntes de la clase de hoy, tratando de no quedarme atrás en la facultad.

La música suave en mi cabeza era una especie de escudo. Una protección contra los pensamientos que me negaba a poner en palabras. Pensamientos que se habían vuelto más frecuentes desde hacía meses, desde que él había llegado.

A las seis estaba todo listo. El comedor olía a café recién hecho y pan tostado. El padre Antonio entró con esa sonrisa cálida que siempre parecía iluminarlo.

—Clara, hoy quiero que desayunemos juntos —dijo, y sentí un calorcito en el pecho. Nunca me lo había pedido. Era su manera de despedirse—. Consideralo un regalo antes de irme.

—Por supuesto, Padre —respondí, intentando sonreír, aunque una parte de mí no quería aceptar que se iba.

Mientras servía el café, escuché pasos firmes en el pasillo. Como cada mañana, el padre Ignacio entró al comedor con esa presencia que llenaba el espacio sin esfuerzo. No hacía falta que hablara; había algo en él, en su porte, en la forma de moverse, que era imposible de ignorar.

—Buenos días, padre Antonio —murmuró al sentarse en la cabecera de la mesa, su lugar natural, como si siempre hubiera sido suyo.

—Buenos días, Ignacio —respondió Antonio, devolviéndole una mirada que mezclaba afecto y complicidad.

Me acerqué a servirle. Sentí el peso de sus ojos en mí incluso antes de escucharlo.

—Buenos días, Clara —dijo con voz grave, baja, cortés.

Levanté la vista solo un instante y asentí.

—Buenos días, padre Ignacio.

Mi tono fue neutro, respetuoso, pero por dentro algo se me desacomodó. Era apenas un saludo, nada más. Y, aun así, siempre me dejaba la sensación de haber cruzado una frontera invisible.

El padre Antonio tomó el pocillo entre las manos y aspiró el aroma del café como si quisiera grabarlo en su memoria.

—Voy a extrañar esto, Clara —dijo con una sonrisa que me ablandó el corazón—. No sé cómo voy a hacer para que alguien más lo prepare como vos.

—Seguro que el próximo ayudante se las arregla —contesté, aunque bajé la mirada al sentir ese nudo en la garganta.

—Eso no lo creo —replicó, con la calidez de quien habla en serio.

Me senté frente a ellos, en la mesa del desayuno. El padre Antonio cómodo con la conversación me preguntó cómo me iba en la universidad y cuándo pensaba recibirme. Le conté que, a fin de año, y vi cómo su rostro se iluminaba de orgullo.

—Estoy orgulloso de vos, Clara. Y espero que sigas comprometida con tus ideas como hasta ahora —dijo, inclinándose un poco hacia mí—. Pero no te excedas, eh… Dios también tiene sus límites. —Rio suavemente, con ese humor tierno y algo anticuado que siempre lo caracterizaba—. Yo no entiendo nada del feminismo de ahora.

Sonreí con cariño, aunque por dentro sabía que esa diferencia de pensamiento era una de las tantas que me alejaban de la Iglesia. Pero mi mente, caprichosa, no se quedó demasiado tiempo en esa reflexión: volvió a desviarse hacia el padre Ignacio, que permanecía en silencio, observando.

Era un hombre de fe, reservado como solo él sabía ser. Amable, sí. Cordial también, si se quiere. Pero estaba lejos de ser alguien al que pudieras escuchar hablar todo el tiempo. No. Él no era así. Su silencio era parte de su presencia, como una sombra inevitable que se colaba en cada rincón de la casa parroquial.

Tampoco me molestaba. Al fin y al cabo, yo trabajaba para él. Nada más.

Recuerdo perfectamente el día en que llegó. Seis meses atrás, el padre Antonio me había llamado a la cocina con ese tono solemne que usaba cuando algo importante iba a cambiar. Me contó que lo trasladaban. La edad y el cansancio lo empujaban a querer volver a Córdoba, a su tierra natal. Apenas dos días después, el nuevo sacerdote cruzaba la puerta de la parroquia.

Yo esperaba encontrarme con un hombre de mediana edad, cansado tal vez, buscando una parroquia tranquila donde pasar desapercibido. Pero me equivoqué. El padre Ignacio estaba lejos de ser lo que imaginaba.

Era joven, tendría poco más de treinta. Demasiado joven… y demasiado atractivo para su propio bien. Aunque quizás no debería estar admitiendo esto.

No solo eso. Era un hombre con una fuerte conciencia social.

Le gustaba estar en la calle, hablar con la gente, mezclarse con los que más necesitaban, involucrarse de verdad. Algo raro, pero necesario en estos tiempos. Y eso me gustaba. Lo de ayudar a la gente, claro.

—Lo importante —continuó Antonio, mirando a ambos— es que sigan cuidando de este lugar. La parroquia es más que paredes, es un refugio. Y necesito saber que quedará en buenas manos.

—Así será, padre —respondí, apretando las manos sobre el regazo.

Ignacio asintió despacio, sin apartar los ojos de la taza.

—No tenga dudas —dijo, con voz grave y firme.

Un silencio breve se instaló, denso, como si todo el aire del comedor se hubiera llenado de algo que yo no sabía nombrar.

Yo jugueteé con la servilleta, buscando algo para decir, pero Antonio volvió a hablar antes de que pudiera reunir el coraje.

—Clara, ¿te acordás cuando llegaste? Apenas podías con todas las tareas, y ahora… mirate. Tenés una disciplina que me impresiona.

Me reí bajito, con cierto pudor.

—Bueno, tuve un buen maestro —dije, mirándolo con cariño.

Ignacio levantó la vista entonces, y sus ojos se encontraron con los míos solo un instante. Fue apenas un segundo, pero bastó para que me olvidara de respirar. Enseguida volvió a bajar la mirada, como si nada hubiera pasado.

Antonio, ajeno a mi confusión, me palmeó la mano.

—Me dejas tranquilo, Clara. Sé que vas a estar bien.

Sonreí. Así era él. Cálido y amigable.

Para distraerme, tarareé bajito una melodía mientras terminábamos el desayuno. Una costumbre mía que solía pasar desapercibida, salvo porque noté, con el rabillo del ojo, que el padre Ignacio giró levemente la cabeza hacia mí cuando lo hice. ¿Me estaba escuchando? ¿O era otra vez mi imaginación?

Cuando la mesa quedó vacía, me levanté enseguida y recogí los platos y las tazas. Necesitaba moverme, ocupar las manos. Ellos se enfrascaron en una conversación tranquila, y yo aproveché para refugiarme en la cocina. El agua caliente y la espuma del jabón fueron mi escudo mientras lavaba todo con rapidez.

Más tarde subí a mi habitación. Armé la cama, doblé la ropa que había dejado en la silla y luego continué con la limpieza en el resto de la casa. La rutina era mi manera de poner orden la maraña de mis pensamientos.

Para cuando llegó media mañana, el padre Antonio apareció para despedirse. Tres años junto a él. Tres años de consejos, de charlas, de silencios compartidos. Lo abracé con un nudo en la garganta.

—No se olvide de rezar por mí —le dije, tratando de sonar ligera, casi en broma—. Que Dios me ayude a sobrevivir a tanto cambio.

—Vos tampoco te olvides de rezar por mí, Clarita —murmuró, tomando mi mano entre las suyas—. Y no pierdas la fe.

—Claro que no —le aseguré, aunque en el fondo no estaba tan segura de eso.

Se volvió entonces hacia Ignacio. Apreté los labios y observé en silencio cómo estrechaba su mano con firmeza.

—Buena suerte, Ignacio. Mucha suerte —dijo Antonio con una voz más grave, casi en advertencia—. Y no te olvides: la tentación puede ser grande a veces, pero el camino de Dios siempre es más seguro.

Fruncí el ceño, sin entender por qué lo había dicho. Pero el padre Antonio sonrió como si nada, se subió al auto que lo esperaba en la puerta y se marchó. Lo vi alejarse hasta perderse en la esquina, sintiendo que con él también se iba una parte de mi seguridad.

Cuando giré, esperando quizá cruzarme con la mirada del padre Ignacio, ya no estaba. Se había esfumado en algún rincón de la parroquia, como solía hacerlo.

Suspiré y me metí en la cocina y me puse a preparar el almuerzo, como siempre debía estar listo a las doce en punto. La rutina, otra vez, como bálsamo.

Subí a la escalera de madera con cuidado, apoyando un pie tras otro, el trapo húmedo colgando de mi mano. El silencio de la parroquia me envolvía como un manto, roto apenas por el eco de mis propios pasos y por mi voz baja, apenas un murmullo, canturreando una melodía que no salía de mi cabeza.

Era un hábito que me acompañaba desde chica: cuando limpiaba, cocinaba o estudiaba, siempre tarareaba bajito, como si el canto fuera un hilo invisible que me mantenía en pie.

La luz de la tarde entraba sesgada por los vitrales, pintando de azules, verdes y rojos los mármoles y los santos que cuidaban en silencio desde lo alto de la pared.

Había algo solemne y casi mágico en esa mezcla de polvo, humedad e incienso viejo que parecía impregnar cada rincón. Yo, subida a esa escalera, me sentía dueña de un instante propio, segura en mi burbuja de rutina y música.

Alargué la mano para alcanzar el marco del santo que estaba más alto y, sin darme cuenta, me incliné demasiado. El pie me resbaló en el escalón, y en un segundo todo el aire me golpeó los pulmones.

Un pequeño grito se escapó de mi garganta, breve, agudo, como un hilo de miedo. Sentí el tambaleo en mi cuerpo, el vacío bajo mis pies, y en ese instante fugaz creí que me iba a estrellar contra el suelo.

Pero no llegué a caer.

Unos brazos firmes, fuertes, me envolvieron de golpe, con una seguridad que contrastaba con el caos de mi propio cuerpo. Sentí cómo me alzaban, sosteniéndome con una facilidad que me descolocó. Mis pies quedaron suspendidos apenas un momento, pero lo suficiente como para que todo a mi alrededor se ralentizara.

El latido de mi corazón golpeaba en mis oídos, y de repente solo existían sus brazos, su calor y el sonido de su respiración tan cerca de la mía.

—¿Estás bien? —su voz, grave y baja, me atravesó como un susurro firme.

Abrí los ojos. Su rostro estaba demasiado cerca, más de lo que debería. Lo vi de una forma distinta, sin la distancia que imponía la rutina, sin el velo solemne del hábito sacerdotal.

Tenía los ojos fijos en mí, entre grises y azules, una mirada intensa que parecía desnudar mis pensamientos sin permiso.

Me di cuenta de que sus manos seguían en mi cintura, firmes, como anclándome a la realidad. El contacto me quemaba y me erizaba al mismo tiempo, un calor extraño que se me desparramaba por todo el cuerpo, recorriéndome de una forma que no quería aceptar.

Mi respiración se desacompasó, y por un instante temí que pudiera escucharla.

Intenté apartar la mirada, pero algo en sus ojos me atrapaba. Era como si me estudiara sin decir palabra, como si supiera que cada fibra de mí estaba alerta, respondiendo a un impulso que no debía existir.

—S-sí… gracias —atiné a responder, tartamudeando. Mi voz me sonó rara, como si no fuera mía, y al mismo tiempo sentí el rubor treparme por las mejillas hasta las orejas.

Finalmente, me soltó.

Sus manos se apartaron despacio, aunque lo suficiente como para que la ausencia se sintiera más intensa que el contacto. Mis pies volvieron al suelo, pero el eco de sus dedos en mi cintura permanecía, grabado en mi piel como una marca invisible.

Respiré hondo, tratando de recuperar la compostura, y busqué refugio en el movimiento automático de alisar mi falda y frotarme las manos, como si así pudiera borrar la electricidad que me había dejado.

Él se quedó mirándome un segundo más, y vi cómo la línea de su boca se curvaba apenas, en una media sonrisa contenida.

—Tené más cuidado la próxima vez —dijo, y aunque sus palabras sonaban neutrales, su voz tenía un matiz bajo que me estremeció otra vez.

Se dio media vuelta y se encaminó con paso sereno hacia el confesionario.

Su andar era seguro, tranquilo, como si nada hubiera pasado, como si el roce de nuestras pieles no hubiera existido nunca. Pero para mí, cada paso suyo que se alejaba era una contradicción: parte de mí quería que se detuviera, que volviera a mirarme, y otra parte rezaba en silencio para que no lo hiciera.

Me quedé allí, unos segundos más, apoyada contra la pared. Mi respiración aún no era la misma.

Cerré los ojos y repetí en mi cabeza que no había pasado nada, que había sido solo un accidente, que era normal que él me hubiera sostenido. Era su deber ayudar. Eso era todo.

Pero sabía que no era todo. No podía engañarme. Había algo en ese instante que me desbordaba: una mezcla incómoda de susto, calor y un deseo reprimido que me avergonzaba admitir.

Sacudí la cabeza, como si con eso pudiera espantar la sensación, y recogí el trapo caído. Subí a mi habitación, intentando tararear de nuevo la misma melodía de antes.

Pero esa vez, la canción no sonaba igual. Se quebraba en ciertos lugares, como si mi propia voz se negara a sostener la farsa. Porque, aunque me esforzara en repetir que no había pasado nada, el eco de sus manos seguía recorriéndome, insistente.

Cada gesto suyo, cada mirada silenciosa, se me había quedado prendida en la piel y en la memoria, como un secreto imposible de desechar.

Y mientras me recostaba un segundo en mi cama para recuperar el aire, entendí algo que no quería aceptar: había una grieta en mi rutina.

Y esa grieta tenía su nombre.