¿¡Layla, estás embarazada?!

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Summary

Layla, envuelta en mil líos, no tendrá idea de cómo todo puede cambiar de un día para otro. ¿Traerá felicidad o lo complicará todo?

Status
Ongoing
Chapters
34
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1


El sonido insistente del teléfono no dejaba en paz a Layla.

—Señorita Michelson, le recordamos que tiene tres facturas pendientes… —decía una voz robótica desde el altavoz.

Colgó. Y antes de poder soltar el aire, el aparato volvió a vibrar.

—Layla, aquí el banco. Su tarjeta será bloqueada si no realiza el pago antes de medianoche.

Colgó de nuevo. Otra notificación.

—Servicio móvil cancelado por falta de pago.

—¡Genial! —bufó, dejando caer el celular sobre la mesa del comedor de empleados.

El ruido metálico de cubiertos, las conversaciones a media voz y el aroma a comida recalentada llenaban el aire de la cafetería corporativa. Era la hora del almuerzo, y su compañera Carmela, con una empanada en una mano y una bebida energética en la otra, la observaba divertida.

—¿Qué te sucede mujer? ¿Otra vez los cobradores?

—Todos —respondió Layla, tomando su bandeja con un suspiro—. Si fuera una celebridad, tendría club de fans; pero solo son mis deudas.

Carmela soltó una carcajada. —Bueno, al menos tienes algo de atención. Oye, ¿escuchaste lo del jefe ayer?

Layla asintió con un gesto resignado. —Sí… dijo que planea reducir personal. Si me despiden, no sé qué voy a hacer. Este trabajo es lo único que me mantiene a flote.

—Bah, exageras —dijo Carmela, encogiéndose de hombros—. Si me despiden, le pido trabajo a mi primo el ricachón. Te conté, ¿no? El que se muda para acá.

—Qué bien por ti —murmuró Layla, removiendo su jugo con una pajilla—. Ojalá tuviera un primo que pudiera rescatarme del desastre.

Carmela sonrió, encantada de tener público. —Bueno, si me entero de algo, te aviso. Pero hablando de rescates financieros… ¿has oído hablar de los vientres de alquiler?

Layla arqueó una ceja. —¿Qué dices?

—Sí, eso. Lo vi en un documental. Un amigo me contó que pagan muy bien.

Layla la miró incrédula. —¿Tú… pensabas ser vientre de alquiler?

Carmela rió, dándole otro mordisco a su empanada. —No, mujer. Pero pensé en contratar a alguien. Mi amigo dice que una pareja pagó hasta ¡cien mil dólares! a una mujer por llevar a su bebé. ¡Cien mil! ¿Te imaginas?

Layla casi se atraganta. —Es demasiada plata… pero no podría. Jamás vendería a mi hijo, ni aunque Leonel me hubiera pedido abortarlo lo habría hecho.

Carmela alzó una ceja, burlona. —¿Emi-qué? No digas ese nombre, Layla. Ya te dije: los fantasmas no pagan renta, así que no los invoques.

Layla soltó una risita, pero su mirada se perdió en el fondo del vaso. Hablar de Emiliano todavía le dolía, aunque lo negara. Había sido su primera gran apuesta, y también su primer gran fracaso.

El almuerzo terminó, y la tarde se deslizó entre llamadas de clientes, correos y la voz seca del supervisor pidiendo reportes. A las cinco cuando el reloj marcó el fin de la jornada, el cansancio le pesaba en los hombros como una piedra.

El transporte público iba atestado; Layla viajó de pie todo el camino, apretando el bolso contra el pecho. Afuera, las luces de la ciudad se reflejaban en los charcos, distorsionando los letreros y los rostros cansados. Cuando finalmente llegó a su edificio, el ascensor no funcionaba. Subió las escaleras hasta el tercer piso, respirando con dificultad.

—¡Seis meses, Layla! ¡Seis meses de renta atrasada! —gritó la casera desde el pasillo.

Layla levantó una mano en gesto conciliador, sin detenerse.

—Ya le pagaré, señora Rivas, se lo prometo.

La mujer murmuró algo, pero Layla ya había girado en la esquina. Iba tan distraída que no vio al hombre que bajaba las escaleras. Chocó contra él y estuvo a punto de caer.

—Whoa, tranquila —dijo el desconocido, sujetándola por los brazos.

Era Dean, su vecino. Tenía el cabello largo y rizado, los ojos color gris, tatuajes que se asomaban por la manga de su camisa y una sonrisa serena.

—¿Estás bien? —preguntó con voz baja.

—S-sí, lo siento —balbuceó ella, esquivando su mirada antes de seguir su camino.

Dean la observó alejarse. Sus pasos resonaban suaves en la escalera, y cuando la puerta de su departamento se cerró, el edificio volvió al silencio.

Layla dejó el bolso en el sofá y se desplomó en el suelo. Su cuerpo dolía, su mente zumbaba.

Abrió la nevera: medio molde de pan, un huevo, una manzana arrugada. “Cena de campeones”, murmuró, con una sonrisa triste.

Encendió el viejo portátil. La pantalla parpadeó, y por unos segundos el wifi apareció activo. Una red abierta, sin contraseña. “Milagro”, pensó. Se conectó de inmediato.

Entre las notificaciones, apareció el mensaje que Carmela le había enviado esa tarde:

Carmela 💅: Centro Médico — Programa de vientres de alquiler. Legal, confidencial y bien pagado.

Layla se quedó mirando el enlace largo rato. El cursor titilaba sobre el botón de “solicitar información”. Su mente se debatía entre la necesidad y la vergüenza.

"Solo quiero saber", se dijo. "Saber no es hacer."

Hizo clic. Llenó el formulario con sus datos, temblándole las manos. Cuando presionó “enviar”, el silencio de su habitación se volvió más pesado. Se quedó contemplando la pantalla apagada un rato antes de dormir.

A la mañana siguiente, el despertador sonó como una sirena.

Layla se levantó tarde, se vistió en cinco minutos y corrió al trabajo con una taza de café instantáneo en la mano. Apenas cruzó la puerta, Carmela la recibió con una sonrisa traviesa.

—¡Por fin! Te estaba esperando. ¿Qué pasó anoche?

Layla arqueó una ceja. —¿A qué te refieres?

—No te hagas. El enlace que te envié. Dime que lo abriste.

Layla suspiró, bajando la voz. —Solo pedí información. Quería saber cómo funcionaba, nada más.

—¿Nada más? —repitió Carmela, divertida—. No me digas que no te da curiosidad. Imagínate: sin deudas, sin jefes insoportables. Solo nueve meses y ¡pum!, libertad financiera.

—No lo digas así, suena terrible —respondió Layla, aunque su voz sonó más insegura de lo que habría querido.

—Ay, no seas tan moralista, Layla. Nadie está hablando de vender un hijo. Es un servicio, algo legal. Ellos quieren una familia; tú solo… ayudas.

Layla la observó en silencio. Su amiga hablaba con tanta naturalidad que casi lograba convencerla.

El resto del día fue una mezcla de pendientes, llamadas y correos que se acumulaban como un enjambre. Al faltando una hora para que terminará la jornada, Carmela se fue. Layla se quedó junto a otras compañeras, ella estaba terminando un proyecto que debía enviarse esa misma noche.

Cuando por fin apagó la computadora, el edificio estaba casi vacío. Se estiró, tomó su abrigo y decidió bajar al lobby para tomar un poco de aire.

La brisa nocturna le acarició el rostro al cruzar la puerta de vidrio. Afuera, la ciudad vibraba con luces y murmullos. De pronto, escuchó una voz detrás de ella:

—Layla.

Su corazón dio un vuelco. Esa voz la conocía demasiado bien.

Giró despacio. Emilio estaba allí, su ex, el mismo que le había roto el corazón. Llevaba el cabello más corto, un saco beige y una sonrisa que parecía ensayada.

—Hola, Layla. Cuánto tiempo —dijo él.

Ella parpadeó, tratando de mantener la compostura. —Sí… mucho.

—Te ves bien —comentó él, mirándola de arriba abajo.

Layla apretó los labios. —Gracias. Estoy… mejorando.

Él asintió, con una expresión que mezclaba nostalgia y algo más difícil de descifrar.

—Estoy buscando las oficinas de Comfort Space. Tengo una cita ahí.

Layla lo miró sorprendida. —¿En serio? Yo trabajo ahí.

—¿Ah, sí? Qué coincidencia. Vine a preguntar por la decoración de un espacio.

Layla intentó sonreír. —Te felicito. Seguro te atenderán bien.

Su celular comenzó a sonar en ese momento. Miró la pantalla: número desconocido. Dudó antes de contestar.

—¿Señorita Michelson? —dijo una voz femenina, profesional—. Le hablamos del Centro Médico Esperanza. Usted solicitó información sobre nuestro programa de subrogación. Tenemos un espacio disponible para hoy, dentro de media hora, si aún está interesada.

Layla se quedó muda. Miró de reojo a Emiliano, que la observaba con curiosidad.

—Sí, sí… claro. Estoy cerca, puedo asistir —respondió con un hilo de voz.

—Perfecto. Le enviamos la dirección al correo que nos proporcionó —dijo la mujer antes de colgar.

Emiliano levantó una ceja. —¿Una cita médica?

—Sí… un control —mintió Layla, guardando el teléfono en el bolso.

Él la miró unos segundos más, pero no insistió.

Ambos subieron al elevador. Al llegar a la recepción, Layla lo condujo hasta la oficina de Andrea, una de las diseñadoras más cotizadas del lugar.

—Estás en buenas manos —le dijo, intentando sonar natural.

Emiliano sonrió. —Gracias. Oye, ¿podemos vernos otro día? Me gustaría ponernos al día.

Layla dudó. Parte de ella quería decir que no, pero las palabras salieron solas.

—Claro. Cuando quieras.

Él sacó su teléfono. —Dame tu número, por si acaso.

Layla lo dictó. Antes de irse, él se inclinó y le dio un beso en la mejilla.

—Nos vemos pronto, Layla.

Ella se quedó quieta un instante, respirando el aire que él había dejado atrás. Luego caminó hacia su cubículo, recogió sus cosas y salió rumbo a la dirección que le habían enviado.

Llegó con el corazón acelerado. El edificio era moderno, impecable, con ventanales y un aroma limpio a desinfectante y flores. Una recepcionista la guió hasta una sala privada, donde una doctora de voz pausada la recibió.

—Señorita Michelson, bienvenida. No se preocupe por el retraso.

Layla se disculpó, nerviosa. La doctora le ofreció asiento y comenzó a explicarle el procedimiento con precisión clínica, pero con un tono sorprendentemente amable.

Le habló sobre los exámenes médicos, la evaluación psicológica, la firma de contratos de confidencialidad, y el proceso de selección de las familias solicitantes. Le explicó que todo era estrictamente privado y legal, que la agencia garantizaba el anonimato de ambas partes.

—Las candidatas aprobadas —continuó la doctora— pasan por una serie de fases: exámenes de fertilidad, terapias hormonales y acompañamiento psicológico. Algunas familias incluso ofrecen residencia privada durante la gestación, con cuidadores y nutricionistas personales. Todo corre por cuenta de los padres contratantes.

Layla la escuchaba con el alma suspendida, cada palabra cayendo como una moneda sobre una mesa vacía.

—El pago inicial se realiza al aprobarse el contrato —prosiguió la mujer—. Luego hay cuotas mensuales para cubrir su manutención, y un monto final al momento del parto. Algunas familias añaden bonificaciones si la gestación llega a término sin complicaciones.

Layla tragó saliva. —¿Y… si decido no seguir después de empezar el proceso?

—Todo está cubierto en el contrato —respondió la doctora, sonriendo—. Tiene derecho a retractarse antes de la implantación. Después de ese punto, el compromiso es total.

El reloj marcó las siete cuando la cita terminó. Afuera, el cielo se teñía de violeta.

Layla salió con un folleto en la mano y un torbellino en la mente.

El mundo seguía girando igual, pero algo en ella había cambiado.

No sabía si lo que sentía era miedo… o esperanza.