Prólogo
—¿Estás ocupado?
Laurie alzó la vista desde su computadora hacia el ansioso muchacho que estaba parado junto a la puerta. En los últimos años, Khaen se rascaba distintas partes del cuerpo cada vez que se acercaba a hablarle (las pocas veces que se acercaba a hablarle), así que esa se había transformado en su mayor preocupación. No sabía en qué momento su propio hijo había empezado a lastimarse el brazo ante la simple idea de conversar con él.
—¡Claro que no! —Le sonrió, cerrando su notebook de inmediato. Incluso si estaba redactando un correo para un cliente, eso podía esperar. Todo podía esperar si alguno de sus hijos lo necesitaba—. ¿En qué puedo ayudarte?
—¿Cómo supiste que estabas enamorado de mi papá? —No dudó, avanzando hacia la silla que estaba al otro lado de su escritorio. Su oficina no era muy grande, pero tenía lo suficiente para atender a sus clientes.
Aunque le regaló una sonrisa a Khaen, no se perdió la forma en la que habló de su esposo como su papá. Siempre lo había hecho, incluso cuando recién lo adoptaron. Siempre había existido ese claro favoritismo hacia su pareja y ese notorio hastío hacia él.
—¿Por qué la pregunta? ¿Estás enamorado de alguien?
—No sé si estoy enamorado. —Fue sincero, soltando tanto aire que todo su cuerpo se desinfló, haciéndolo lucir tan pequeño—. No sé si debería. No sé si es la persona con la que quiero estar el resto de mi vida o solo quiero besarlo para probar, y luego nunca más.
—Cualquier respuesta estaría bien.
—Lo sé, pero no sé si vale la pena arriesgarlo todo. ¿Y si Moon no me gusta tanto como pienso? ¿Y si solo me recuerda a mi papá? Quizá lo extraño demasiado. ¿Por qué te casaste con un hombre que desaparece la mitad del tiempo? ¿Es que no te importa? No me digas que estabas enamorado de otra persona y solo te quedaste con él como consuelo.
Amargura, solo había amargura en su voz. Cuando hablaba con Laurie, siempre había un rastro de desaprobación, como si no estuviera de acuerdo con que él también fuera su padre, como si todavía no lo aceptara en su vida. Habían pasado más de doce años desde que lo adoptaron y no había existido ni un solo día en el que de verdad se sintiera amado por su hijo, o al menos respetado.
Tal vez era su culpa, tal vez lo había lastimado en algún momento y el adolescente lo recordaba cada vez que lo veía, cada vez que le hablaba, cada vez que lo atacaba por algún motivo.
«Por Dios», ya era un hombre adulto y todavía le aterraba enfrentarse a su propio hijo, mirarlo directo hacia los ojos, preguntarle por qué reaccionaba así delante de él. Quizás no era tan buen padre como pensaba y, en el fondo, estaba replicando conductas de su madre, porque dudaba que fueran de su padre.
Pero podían ser de su padre. Que Dios lo librara de ser como su padre.
—Sabes que amo a tu papá —contestó más tarde de lo que le habría gustado, porque entonces su hijo lo veía con los ojos entrecerrados y mucha, mucha desconfianza—. Siempre lo he amado.
—¿Pero hubo más hombres antes de él?
—Por supuesto. Siempre hay más hombres antes del definitivo.
—Entonces Moon no es el definitivo. —Agachó la cabeza y jugó con sus dedos, apretujándolos, torciéndolos, rasguñándolos; sus labios estirándose en un puchero que no veía hace años.
—Puede serlo si tú quieres. —Lo detuvo, estirando su mano hasta envolver la de su hijo. Khaen lo miró al instante—. Al inicio, el amor es espontáneo, pero después se nutre. Si ambos dan todo de sí, podrían estar juntos por muchos años más. Muchísimos.
Los ojos del adolescente brillaron, endulzándose de un momento a otro. La amargura de antes desapareció y, quizá por primera vez en su vida, su hijo lo observó con verdadero cariño.
No pudo evitar sonreírle.
—Cuéntame sobre tu amor más épico. —El menor también le sonrió, acomodándose mejor en su asiento—. ¡No importa si no fue mi papá! Cuéntame sobre la persona que más cosas te hizo sentir, buenas y malas. Cuéntame sobre ese amor adolescente que podría parecerse al mío. —Hizo una pausa, dudando, desviando la vista hacia uno de sus diplomas antes de volver a mirarlo con determinación—. Tal vez no me casaré ni tendré hijos con Moon, pero puedo tener un épico romance de película.
Laurie sonrió, imitando a su hijo, sentándose mejor, observándolo, atesorando este momento que no compartían hace tanto tiempo.
Si tenía una oportunidad de recuperar a su hijo, era esta. No podía decepcionarlo.
—Cuando tenía diecinueve años, mis papás me echaron de la casa.
—¡Eso ya lo sé! Son unos viejos retrógrados y amargados que tienen prohibido vernos porque nosotros salimos igual de desviados que ustedes.
Laurie se rio, reconociendo tanto de su esposo en el muchacho. Por algo era su padre favorito, después de todo.
—¿Vas a dejar que te cuente la historia o no? —Lo desafió con cierta ironía, no porque quisiera alejarlo, sino porque así lo trataba su papá. Quizá tenía que ser un poco más como él.
—Bien, bien. Los abuelos son unas personas de mierda que te dijeron que te fueras de su casa aun si recién tenías diecinueve años y eran tan rico y sobreprotegido que no sabías ni cómo ir al súper. Continúa.
Laurie rodó los ojos con diversión, consciente de que era solo una broma, y Khaen se rio entre dientes.
Esa tenía que ser la mejor tarde de sus vidas. Si quería que su hijo por fin lo quisiera de verdad, tenía que contarle la historia de amor más épica del universo. Daba igual si exageraba un poco.
—Sin embargo, aunque ellos eran asquerosamente millonarios, yo no tenía ni un maldito peso, así que no podía costear un departamento. Fue ahí cuando lo conocí…








