Prólogo
William.
Tenía veinte años y el mundo todavía me parecía algo fácil.
O al menos lo era cuando Elizabeth Moore estaba a mi lado.
El verano sobre la residencia Moretti se estiraba como un animal perezoso. El césped recién cortado olía a hogar, las risas que se escuchaban de nuestros padres, provenientes de la terraza, eran fuertes y armoniosas —un reciente trato cerrado, seguramente—; y el aire del campo traía ese perfume a vino blanco y a madera mojada que Lizzie amaba, mi Lizzie.
Yo simplemente no podía mirar hacia otro lado; ella caminaba descalza sobre las piedras del jardín, con ese vestido blanco vaporoso que tanto le gustaba, pegado a su cuerpo por la brisa, y ese cabello tan espeso revoloteándole por toda la cara; era, sin duda, la cosa más bella que hubiera podido ver jamás.
—Vas a terminar tropezando —le advertí sin moverme del porche.
—Deberías callarte por un segundo, Will.
Su voz era música y mi mayor alegría del día.
A los ojos de todos éramos solo amigos, hijos de dos familias que habían construido un imperio juntos. Pero entre ella y yo había algo más, algo que no sabíamos nombrar todavía. Quizá era costumbre, quizá más que una amistad, quizá amor, aunque ninguno de los dos se atrevió a decirlo jamás.
Recuerdo que esa mañana su madre me había pedido ayudar con las copas de vino. Lizzie apareció detrás de mí con un balde de agua helada, mojándome la nuca. Me giré de golpe; ella corrió, chillando de risa, y finalmente la alcancé entre los árboles, con mis manos en su cintura, los dos jadeando de tanto reír.
—Eres bastante irritable —me dijo con una sonrisa apenas contenida.
—Y tú eres muy irritante, además de muy fácil de atrapar —le contesté.
Por un segundo creí que podía besarla. Estábamos tan cerca, ella me miraba los labios y tenía un brillo en los ojos que me calentaba el alma.
No lo hice. Tenía miedo de romper algo que realmente no sabía si era mío.
Esa tarde, el señor Moore y mi padre se encerraron en el despacho. Yo ya sabía de qué hablaban: mis estudios en Europa, la expansión de su empresa, el futuro que ellos querían para mí. Y, por primera vez, el futuro me pareció una amenaza.
Al salir, encontré a Lizzie bajo el gran roble, donde siempre se escondía cuando necesitaba silencio; estaba sentada con las rodillas pegadas al pecho y la mirada perdida.
—Te vas, ¿verdad? —dijo sin levantar la vista.
Tragué saliva. —Por un tiempo.
—¿Y después?
—Volveré, Lizzie, te lo prometo.
No sé si lo dije para tranquilizarla a ella o para convencerme a mí. Ella levantó su mirada hacia mí; esos ojos verdes estaban sorprendentemente en calma.
—No me gustan las promesas, William, ya lo sabes.
—Lo sé —dije—. Pero esta es una que sí puedo cumplir.
Se rió, un bufido suave. Caminó hacia mí, me rodeó el cuello con sus brazos y apoyó su nariz en mi cuello. Yo le rodeé la cintura con los brazos y la apreté contra mí. Olía a limón y a vainilla.
—No te olvides de mí —dijo, apenas audible contra mi cuello.
—Eso sería imposible —susurré contra su pelo—. No podría aunque lo intentara.
Y entonces, como siempre, Lizzie fue más valiente que yo. Me dio un casto beso en los labios, algo lento y torpe, pero bastó para acelerarme el pulso como nunca. Escuchamos algunas risas, y eso bastó para romper nuestro hechizo; la luz empezaba a caer, bañando todo de dorado. Lizzie se alejó despacio, giró una vez para verme desde la puerta, y en su mirada entendí que el tiempo, tarde o temprano, iba a jugar en mi contra.
Esa fue la última noche que todo estuvo en su lugar. La última noche que ella me abrazó.
Mientras subía al auto la mañana siguiente, con el cielo limpio y la sombra de una Lizzie de nariz roja y ojos hinchados en el umbral de mi casa, jamás pensé que no iba a cumplir esa promesa.