UNA CUESTIÓN DE HONOR
No lo vio venir, aunque lo esperaba, pensó no llegaría a ocurrir, y estaba sucediendo; sintió los golpes en la espalda, el afilado acero penetrando sus pulmones, oyó la voz que no necesitó reconocer, sabía quién era, pensó no se atrevería, y estaba sucediendo, “¡Para que no te huevees conmigo, y no subestimes a nadie, reconchatumare!“. Sintió lo tibio de su sangre recorriendo su espalda, bajando hasta las piernas, caminó unos pasos sin volver la vista atrás ni decir una palabra, salió del patio, cruzó el área recreativa, dejando una estela bermellón tras sí, llegó a la puerta del pabellón, la debilidad hacía presa de su cuerpo, alcanzó a decir al técnico de guardia el nombre de su agresor, y cayó desplomado.
Eran las seis de la tarde, hora de “la cuenta”, todos salen al patio, tenía en sus bolsillos, jugueteando, un par de puntas, se pegó a la pared, esperando por él. Y él apareció, distraído, abstraído en sus pensamientos; como el chacal acecha a su víctima, lo siguió con la mirada, esperando el momento para actuar, pasó por su lado y ¡oh, sorpresa! no se percató de su presencia. Estaba regalado, antes de actuar esperó una señal, un pretexto o alguien que lo haga tirarse para atrás, el mundo no se manifestó, los dioses distraídos estaban jugando parqués. Ambo serán unos fantasmas, estaban los dos y su calvario. Aceptó su destino, seguía a espaldas de él. apretó cada punta con fuerza, se acercó sigilosamente y con un movimiento rápido se las clavó a la altura de los pulmones, le dijo unas palabras al oído y retiró las armas. Se detuvo por un momento, luego llegó el dolor paralizante en la columna vertebral y la cintura, la adrenalina actuaba en su cuerpo. Cuando reaccionó, Diche ya no estaba, tenía en sus manos las puntas goteando sangre, le vino el pavor, la gente comenzó a rodearlo, él seguía estático sin atinar a nada, se le acercaron dos paisanos de su natal Trujillo, “Tranquilo TJ, ya pasó“, le quitaron las puntas, suavemente, para desaparecerlas, literalmente; lo llevaron a lavarse las manos, se dejó hacer. El agua le dio lucidez, reaccionó, giró, se encaminó al pabellón, ya había proyectado en su mente este momento, esta ruta, siguió el mismo camino que Diche, guiándose por la línea de sangre de su víctima, lo vio siendo atendido, se colocó de rodillas, las manos sobre la cabeza, en la espera de los golpes, palos y patadas que vendrían, estaba preparado mentalmente, “He sido yo”, sentenció.
Esto no fue más que el corolario de una “guerrita” que hubiese iniciado hace unas semanas. TJ, trujillano, diez años de reclusión; y Diche, dieciocho años preso y de procedencia tacneño. Ambos tenían para un rato más en prisión, el primero por Tráfico Ilícito de Drogas - TID, el segundo por secuestro. Todo había comenzado una tarde de enero, aquel día, TJ regresó temprano de talleres, él vivía con Diche y seis internos más. La celda estaba cerrada, empujó, no cedió, insistió, le agregó más fuerza y la puerta cedió. La vista lo impactó, estaba Diche desnudo, un joven le hacía sexo oral, y otro, le acariciaba el cabello, se turbó, antes de salir, observó a los muchachos, estaban en “vacilón”, “duros” como una piedra. Cerró la puerta.
Diche vendía droga, algo normal en cana, tampoco llamaba la atención el que tenga sexo con homosexuales muchos lo hacían, pero los jóvenes que TJ había visto en la celda no eran conocidos como tal, sí eran consumidores de droga, la famosa, muy usada y adictiva “piedra”, crac, pero no como cabros. Eran chicos que no llegaban a los veinte años, y por satisfacer su vicio son capaces de todo, incluso entregar el culo. Utilizar poder sobre alguna persona con vicio, no es bien visto en la prisión, se le llama “ventaja”, y eso fue lo que reclamó TJ a Diche a la hora del encierro.
-Pueden ser tus hijos, ¿Por qué los cagas? Una cosa es vender droga, pero otra malograr a los muchachos, eso no se hace, lo sabes.
-No te metas cholo, contigo no es. Si no soy yo, otros lo harán, esos son lacras, y por último... ¿A ti qué chucha te importa?
- ¿Cómo que “qué chucha te importa”? No seas abusivo, no dañes a los chicos, no apliques tus abusos.
-O ’e TJ, no te metas en asuntos que no son tuyos, cholo de mierda, ¿Qué hay? ¡Ahora eres la madre Teresa! Si te pica, ¡Avanza!, no te tengo miedo.
Sus cuerpos chocaron y se trenzaron a golpes. Los demás compañeros de celda intervinieron separándolos. Aparentemente, todo quedó ahí, pero como todo canero sabe nada queda “ahí“.
Diche entendió que TJ era un problema, y ese problema persistirá hasta que se vaya de la celda, incluso del pabellón, no deseaba cargar con la fama de “ventajista” ni de “cacano” menos aún de aprovechador. ¿Cómo lograr que TJ desapareciera del pabellón? Pensó toda la noche, al amanecer sabía lo que tenía que hacer.
El destino, a veces, juega con nosotros, y no es nuestro destino, aunque quiso serlo. TJ iba al baño y alguien en el segundo piso le gritaba,” ¡Mamacita!“, estaba en la cola de la paila y susurraban, “Muñeca”, estaba viendo una película en la zona recreativa y sonaban besos volados o silbidos, los rumores comenzaron a correr con la consigna: “TJ es cabro”. Rodeado de gente adicta y con droga para regalar, Diche empezó a ejercer presión sobre su rival, acosándolo en todos lados, la idea: “ajermarlo” y que, por vergüenza y cansancio, se vaya.
La jerga “ajermar”, deriva de “jerma”, mujer, palabra que utiliza la gente lumpen para designar a su esposa o pareja. Cuando a un varón le dan ese título, lo están llamando maricón o cabro, es la degradación, la pérdida total del respeto, y macho que se respeta no lo permite, debe lavar su honor, más un preso, salvo que lo sea. Esta categoría es lo más bajo a lo que se puede llegar, solo por encima de los “ñatos”, “tapaollas”, “sin zapatos” y las “lacras”. “Será pan comido este cholo, con tremendo compañón, se cae solito y rápido, en cualquier momento pide cambio de pabellón, no sabe con quién se ha metido, chistoso de mierda, yo soy un delincuente no un traficante mongol”, se dijo Diche.
Siempre hay susurros en nuestra mente que nos dicen “alerta”, TJ pensó que todo concluiría aquella noche, al paso de los días escuchó los primeros “tiros”; imaginó que la joda era con otra persona, luego entendió que era con él, y además era sistemática, aquí, allá y acullá. No le hizo nada de gracia voltear y no detectar al agresor escondido en la multitud o en las sombras. Sabía estaban jugando con su mente para desesperarlo.
Por momento no actuó, debía moverse con cuidado, la que sí actuó fue su mente, en algún rincón, lleno de telarañas, bajo capas de olvido, su psique guardaba historias. En ese caldo espeso del pasado algo comenzó a moverse. Hechos que no quiso recordar, era su historia, esa historia que nadie conocía. Se vio junto al lecho de su padre y sus palabras, “No permitas que nadie te falte el respeto, ni a ti, ni a tus hermanas, cuida de ellas y recuerda siempre, un hombre sin honor, no es un hombre”.
Tenía diecisiete años cuando halló a su hermana golpeada y llorosa, el padre de su hija le había pegado por reclamar dinero para los alimentos, dinero que él gastaba a manos llenas en borracheras. Cuando ella amenazó con contarle a su hermano, el beodo, le dijo, “dile que aquí lo espero al mocoso ese, a ver si se atreve, le voy a dar el doble que a ti”, y la volvió a pegar. TJ lo buscó de bar en bar, recorrió toda la provincia hasta encontrarlo en un antro, se acercó sin decirle una sola palabra, le cogió del cabello y le cortó la yugular. Adiós cuñado, adiós Ciudad de la Primavera, se escondió tres años en Huánuco. Peor suerte tuvo el tipo que osó usar el ano de su pequeño sobrino, no lo denunció, descargó toda la furia del mundo con el machete que cargaba con él. El violador no apareció más. Eso era el pasado que había enterrado y que hoy había resucitado.
Cara vemos, corazones no sabemos ni razones tenemos. Aunque de apariencia tranquila, campechano, buen amigo y risa sonora, TJ no rehuía actuar, detrás esa apariencia calmada se encontraba alguien extremadamente violento. Al sentirse atacado o a los suyos, era un depredador, así de simple, y nadie en prisión lo sabía, menos Diche, y esa fue su perdición.
El peor momento de un animal herido es cuando ya no tiene más que pelear que por su propia vida. Sintiéndose acorralado y atacado en su honor, TJ no dudó. Cogió una tijera de cortar tela, rompió el eje, transformándola en dos puntas con orejas, comenzó a sacarle filo; en toda una mañana y parte de la tarde, convirtió una herramienta de trabajo en un arma mortal. Era verano y al concluir su labor, vio el brillo solar en cada punta, desde ahí, serían parte de su cuerpo, una extensión letal de sus manos.
Diche no era una perita en dulce, los años de cana lo habían endurecido. También, se “cargó” con dos chavetas, “por si acaso”, se dijo, además, por precaución, colgó una toalla sobre su cuello que usaba como protección para evitar futuros cortes.
Mientras, la presión iba en aumento sobre TJ, tomó la decisión de actuar. ¿A qué hora y en qué momento? ¿en el encierro?, no, a puertas cerradas y en un espacio corto seria reducido y muerto, ¿En la pantalla?, no, Diche no se regalaba ahí, ¿Cuándo y dónde?, ¡el patio!, no hay de otra, un sitio amplio, y a la hora de la cuenta, delante de todos, ese es el momento y lugar. Cabía esperar el día propicio.
El principio de un hombre es el fin de otro. Ambos, se toreaban, cuidaban de no regalarse, no se exponían, dormían con las armas bajo las almohadas, si es que llegaban a dormir, simultáneamente al acecho, era una guerrilla de desgaste emocional, ambos esperaban mutuamente la “laguneada”, y el momento llegó.
Diche tenía deuda acumulada con su proveedor, la campaña de desprestigio había menguado sus bolsillos, lo sacaron del pabellón para conversar, “no habrá ni una onza ni un gramo más, si no cancelas la deuda”, “dame un sajiro, un tanto de tiempo más, te pagaré“, “No, paga y sino, ya sabes, atente a las consecuencias”. “Atente a las consecuencias...” resonaba en los oídos de Diche al ingresar al pabellón, ¿Consecuencias?, la vida propia, la de la familia, “estoy en un jodido problema, carajo, debo hacer algo”, meditaba, en tanto, subía las escaleras al segundo piso, eran las seis de la tarde, llamaron “a la cuenta”, taciturno, mecánicamente, bajó las escaleras, absorto en su dilema, se dirigió al patio, por última vez.
Estábamos cumpliendo castigo en “el hueco”, ya eran más de las seis, la tarde veraniega se despedía regalándonos sus últimos rayos de luz que ingresaban por la pequeña rendija de la ventana, en un claro-oscuro que se resistía a la penumbra de la celda, aunado al silencio del encierro convertía ese espacio en algo tenebroso. El silencio pétreo de aquel recinto fue violado por el sonido de pasos acercándose, traían a alguien a rastras, abrieron la puerta y lo tiraron cuán largo era. Al cerrarla puerta e irse los técnicos, me acerqué, lo cogí con los brazos, y con cuidado lo giré, me costó reconocerlo ya que se encontraba bastante golpeado, afilé la mirada y supe quién era. “Cholito, ¿Qué pasó?“, entreabrió los ojos, intentó decir algo, pero se ahogaba en su abecedario, hizo un segundo esfuerzo, despacio y dolorosamente, alcanzó a decir, “Nada, fue una cuestión de honor”, cerró sus ojos y quedó profundamente dormido.