Create New List
Share with your friends
Customize readability

Henko: La Ira Salvaje

All Rights Reserved ©

Summary

Bajo el yugo de gobernantes corruptos, la Tierra se ha convertido en un infierno de injusticia, todo a causa del AGT. Este misterioso órgano, ubicado en el abdomen, libera genes animales que otorgan una fuerza sobrenatural... y un apetito insaciable por la guerra. Su origen es un enigma, pero sus efectos han desatado una ola de violencia entre naciones y clanes. Para Yoishi y Tageshí, dos jóvenes del Clan Lintwalk, esta brutalidad es personal. Tras perder a incontables seres queridos, están decididos a detener la espiral de odio y restaurar la paz, cueste lo que cueste. Con la ayuda de Okiro, su compañero más leal, y un grupo creciente de aliados, se embarcarán en una aventura, llena de acción y violencia. ¿Podrán Yoishi y Tageshí desafiar a las potencias mundiales, revelar la verdad, y hacer renacer al Clan Lintwalk de sus cenizas? Descubre esta épica aventura de acción, misterio y venganza. ©Deivid Salgado

Status
1yr ago
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

¡Acompañado!

El sol se puso detrás de las montañas, dejando un cielo ardiente y anaranjado. Dos jóvenes descansaban en la cima de la montaña, a sus espaldas se observaba una tumba adornada con hermosas flores. La tumba pertenecía a un ser querido para ellos, y habían venido a visitarla en el aniversario de su muerte.

Uno de los jóvenes, un muchacho de pelo amarillo y con un tatuaje en la frente con el Kanji de Justicia(正義) llamado Yoishi, estaba teniendo una pesadilla. Se encontraba en un lugar oscuro y solitario, temeroso de donde se encontraba, miró hacia arriba y múltiples recuerdos pasados comenzaron a rellenar cada espacio del techo de aquel lugar misterioso. Los recuerdos eran de personas luchando, sacrificándose y muriendo.

De repente, Yoishi observo que cerca de donde estaba, había una mujer cuyo rostro no se veía con claridad. Estaba en el suelo y sobre ella estaba otra persona con un rostro completamente oscuro. Yoishi no sabía quién era la persona, pero ese rostro oscuro le daría una sonrisa siniestra y sádica, antes de proceder a matar a la mujer. La mujer en sus últimos segundos de vida gritó desde su corazón.

—¡Escapa!

Él se dio la vuelta para escapar y vio una gran puerta abriéndose y dejando pasar la luz. Desesperado logro cruzar la puerta y se despertó exaltado. Estaba sudando y su corazón latía con fuerza. Miro a su alrededor y vio a su hermano a su izquierda, pero al mirar a su costado derecho, no había nadie.

—¡Me he vuelto a despertar solo! —exclamó con un nudo en la garganta.

El chico se sentó y trató de calmarse. Sabía que solo había tenido una pesadilla, pero aún así se sentía perturbado. Podía oír el eco del grito de la mujer en sus oídos. Yoishi se levantó suavemente para no despertar a su hermano. Miró hacia el horizonte y vio que el sol se estaba poniendo. Era una hermosa vista, pero Yoishi no tenía tiempo para disfrutarla. Tenía que llegar a la tienda antes de que cerrara.

Se dio la vuelta y despertó a su hermano.

—Venga, hermano, tenemos que irnos. Abrirán la tienda en cualquier momento.

Tageshí parpadeó y asintió. —Está bien, vamos. Es mejor que nos demos prisa si no queremos problemas —respondió.

Yoishi, a pesar de la prisa, levantó una mano. —Un momento. Primero hay que hacer algo —declaró con convicción.

En silencio, Yoishi y Tageshí se dirigieron al sepulcro. Habían acudido allí para honrar la memoria de su ser querido en el doloroso aniversario de su muerte.

Frente a la lápida, los dos hermanos se arrodillaron. Se tomaron de las manos, un gesto silencioso de apoyo, y cerraron los ojos para encontrar la paz.

«Gracias por todo, Aimy» susurraron. «Siempre te recordaremos».

Permanecieron en silencio durante unos minutos, recordando a esa persona que tanto amaron. Luego se levantaron y se alejaron de la tumba.

Una vez abajo, los hermanos dejaron atrás la montaña. Mientras caminaban en dirección a la ciudad, el silencio se rompió y comenzaron a conversar sobre todo lo que había sucedido ese día. Los dos hermanos continuaron caminando y pronto llegarían a la tienda.

De repente, a lo lejos, presenciaron un asalto. Un hombre forcejeaba con una mujer para arrebatarle el bolso. Yoishi no perdió ni un segundo: se lanzó a correr, alcanzó al ladrón y le propinó una patada certera en la cara que lo hizo huir despavorido. Yoishi recogió el bolso del suelo y regresó de inmediato a devolvérselo a la mujer.

—¿Se encuentra usted bien? —Le preguntó Yoishi con voz calmada, evaluando si estaba herida.

—Sí, estoy bien. —Dijo la mujer. —Gracias por ayudarme.

—No hay de qué. —Dijo Yoishi. —Me alegro de haber podido ayudar.

Yoishi le devolvió el bolso a la mujer y luego continuaron caminando hacia la tienda.

Mientras los dos hermanos caminaban hacia la tienda, En la frontera costera del País de Natatugo, el ambiente era tenso. Una multitud de personas se sometía a un riguroso proceso de verificación, controlado por un imponente sistema de seguridad que regulaba el acceso al país. Entre el gentío que aguardaba, se encontraba Okiro. Él no estaba allí por azar: un guardia, llamado Hajime Gora, lo esperaba en secreto para facilitarle la autorización de entrada.

—Okiro, escúchame bien: extrema el cuidado y minimiza tu tiempo dentro del país —advirtió Gora con voz grave—. Llevamos mucho tiempo planificando esto y la misión debe ser un éxito. No te confíes ni por un segundo; la posibilidad de que te intercepten en el camino es escasa, pero puede suceder.

—No tienes por qué preocuparte, Gora. Te aseguro que todo saldrá a la perfección —dijo Okiro con una sonrisa gélida—. Confía en mí. Y recuerda bien esto: Desde hoy ¡Yo vivo por ellos!”

Gora esbozó una media sonrisa. —Más te vale que vuelvas con los muchachos —le advirtió. Acto seguido, le entregó un dispositivo—. Toma este auricular, me ordenaron dártelo. Podrás comunicarte conmigo y con Yoshiba en todo momento.

—Está bien, Gora —respondió Okiro, tomando los auriculares—. Aunque no creo que los necesite. Son las seis de la tarde, y si todo sale de acuerdo con el plan, estaré de vuelta aquí mucho antes de la medianoche.

—De acuerdo. Aquí te esperaré —afirmó Gora con seriedad—. Si no regresas a esa hora, te aseguro que me comunicaré inmediatamente contigo y con el clan.

—Estaré bien”, dijo Okiro.

Okiro cruzó la frontera sin contratiempos. Una vez dentro del país, se apresuró a tomar el camino que lo llevaría directamente hasta los muchachos.

Los muchachos entraron en la tienda, donde fueron recibidos con una oleada de felicitaciones y abrazos por parte de los trabajadores. Tageshí, con su habitual calidez, aceptó la alegría y disfrutó de las muestras de afecto. Sin embargo, Yoishi no compartía la felicidad. Él recordaba que su posición allí se debía a un acto de fuerza —haber detenido a un bandido que intentó robar la tienda cuatro años atrás—. Sentía, con una punzada de amargura, que el trato amable solo respondía a un interés pragmático: su habilidad para mantenerlos a salvo en un lugar tan peligroso.

La rutina se impuso rápidamente. Sin más preámbulos, el trabajo comenzó y todos se enfocaron en atender a los clientes que entraban a la tienda.

Transcurrieron unas horas, y Okiro finalmente arribó a las inmediaciones de la tienda. Estaba a solo unos metros de la entrada cuando se detuvo en seco. Los recuerdos pasados asaltaron su mente, y las lágrimas comenzaron a caer sin control. Con la voz quebrada por la emoción, susurró: «¡Por fin estoy cerca de mis seres queridos!».

Justo cuando Okiro iba a dar el siguiente paso, una mano firme se posó sobre su hombro y lo detuvo en seco. La voz, grave y autoritaria, resonó a su espalda: —¡Detente de inmediato! Ni se te ocurra dar un paso más. Estás bajo arresto...

La persona que lo sujetaba exhalaba una bocanada de humo. Su rostro permanecía completamente oculto en la sombra, un contorno oscuro e impenetrable contra el fondo, revelando solo el brillo rojizo del cigarrillo.

Okiro sintió un frío recorrerle la espalda, la sorpresa anulando la rabia. «¿Descubierto? ¿Ahora mismo?», pensó con desesperación. «¡Apenas han pasado tres horas desde que entré al país! ¿Cómo es esto posible?»

Okiro hizo el amago de girarse para enfrentar a su captor, pero la mano en su hombro se apretó. —Si te atreves a voltear, no me dejas otra opción que matarte aquí mismo —siseó el desconocido—. No importa lo que haga contigo, ya no eres de los nuestros. Mi único objetivo son los muchachos.

—Sé que eres tú, Tai. Déjame verte, cobarde —replicó Okiro con sorna—. Ha pasado mucho tiempo, y me gustaría charlar un poco. No seas grosero.

—Qué bien. Me complace que me hayas reconocido, Okiro —dijo Tai con absoluta frialdad, como si la revelación fuera un mero detalle.

—Tu objetivo serán los muchachos, Tai, pero estoy yo aquí —declaró Okiro con rabia contenida—. ¡No voy a permitir que arruines esto!

—Okiro, los planes de tu clan fracasaron. —Tai siseó, sonando impaciente—. Elige rápido: puedes entregarte, o puedes enfrentarte a mí y a todos los que vendrán a barrer este lugar.

La realidad se impuso. Era Tai, su antiguo camarada, convertido en su captor. Lo habían localizado y no había escape posible. Okiro sintió la urgencia de moverse, de pelear, pero el shock y la inmovilidad lo paralizaron. No sabía qué hacer a continuación.

—Responde a esto: ¿Si me entrego, se respeta la seguridad de los muchachos? ¿O la otra opción los protege? —cuestionó Okiro.

—Sabes muy bien la respuesta a eso —dijo Tai. Una sonrisa de suficiencia se dibujó en su rostro, un gesto que Okiro pudo imaginar con total claridad.

Okiro reaccionó con la velocidad de un rayo. Se agachó en un movimiento fluido y ejecutó una patada de gancho de 360 grados que impactó de lleno en el lateral del rostro de Tai. El golpe seco lo lanzó lejos, liberando a Okiro de su agarre.

—¡¿Dos opciones?! ¡Estás bromeando, Tai! —gritó Okiro con ferocidad. —Sabes perfectamente que, por ellos, mi única opción es pelear. ¡No los entregaré a ti ni a nadie! Esa es mi promesa.

El cigarro cayó al suelo. Con una calma escalofriante, dio un paso y lo aplastó, reduciéndolo a cenizas; era un acto de clara amenaza. Luego, con una parsimonia irritante, tomó otro cigarrillo y lo encendió, sin que el golpe pareciera haberlo afectado en absoluto.

—Una promesa, dice —Tai sonrió, sin dejar de fumar—. De verdad, Okiro. Eres el menos indicado para hablar de eso. No eres un hombre de palabra. ¿Alguna vez has logrado cumplir una sola, siquiera? O si...

Okiro cerró los ojos un instante, y la respuesta vino en forma de recuerdo: tres niños pequeños, con las manos unidas en alto, sellando un juramento. Una promesa.

—¡No toques ese tema! ¡Maldita sea! —rugió Okiro, la voz rota por la ira—. ¡No te atrevas a mencionarlo de nuevo!

Tai tomó una profunda calada del cigarrillo y sonrió. —Muy bien —dijo—. Pero no te confundas con la rabia, pues las reglas no cambian: o te entregas, o te mato.

El silencio de Okiro fue su respuesta, y sus ojos se clavaron en Tai con una furia silenciosa. El terror era palpable: sabía que su antiguo compañero hablaba en serio y que lo mataría. Sin embargo, su deber era más fuerte. Había hecho una promesa que no podía ni iba a romper: no entregaría a los niños.

—Olvidemos este diálogo. Esto es una pérdida de tiempo —dijo Okiro, aceptando la realidad—. Si te venzo en este momento, podré huir con los muchachos. No hay más que hablar. —Adoptó de inmediato una pose de pelea.

—Muy bien, empecemos, si es lo que quieres —respondió Tai con frialdad—. Me da pena, tenía tantas cosas que decirte y tantas burlas preparadas sobre tu “famosa promesa”... pero ya no importa. Ahora solo veo tu inminente muerte. —Sacó el cigarrillo de sus labios y lo usó para señalar a Okiro como si fuera un arma.

Okiro se lanzó sobre él y desató una ráfaga de tres golpes. Tai, sin inmutarse, los bloqueó en guardia con notable facilidad y respondió de inmediato con un gancho de derecha que impactó limpiamente a Okiro.

El gancho de Tai impactó con brutal facilidad, haciendo que Okiro retrocediera un paso y sintiera un sabor metálico en la boca. Okiro sacudió la cabeza, furioso por haber sido golpeado tan rápido.

—¡Eso es todo lo que tienes, Tai! —espetó Okiro, fingiendo que el golpe no le había afectado.

Tai no respondió con palabras, solo sonrió y arrojó el cigarrillo al suelo. De inmediato, lanzó una andanada de golpes: un Jab rápido a la cabeza, seguido de un potente Cross que Okiro apenas logró desviar con el hombro. Antes de que Okiro pudiera recuperar la guardia, Tai le lanzó una patada baja que le impactó en el muslo, haciéndolo tambalear.

Okiro se dio cuenta de que su antiguo compañero era más rápido y estaba más preparado de lo que había esperado. «No está jugando, su velocidad es mayor a la mía», pensó Okiro, sintiendo el dolor punzante en la pierna. Necesitaba cambiar la estrategia.

Para recuperar la iniciativa, Okiro fingió un nuevo ataque con el puño. Cuando Tai se cubrió, Okiro se agachó y ejecutó un barrido rápido con la pierna, buscando derribarlo.

Pero Tai fue demasiado rápido. Saltó sobre el barrido de Okiro con una facilidad insultante. Mientras Okiro se enderezaba, Tai ya estaba sobre él, propinándole un rodillazo directo al abdomen que le robó el aliento. Okiro cayó de rodillas, tosiendo, mientras Tai se alzaba victorioso sobre él.

—¿Aún quieres seguir jugando, Okiro? —preguntó Tai, con una frialdad absoluta.

Tai se abalanzó para continuar el castigo, pero Okiro, tosiendo, rodó hacia un lado, esquivando el ataque. Con un movimiento desesperado, interceptó la muñeca de Tai, aplicó una rápida llave de palanca y la usó para derribarlo. En un instante, Okiro estaba encima, con el control de la situación.

El repentino estallido de violencia fue una señal para los transeúntes. La gente que pasaba por allí empezó a dispersarse y a alejarse rápidamente, temerosos del desenlace que podía tener la brutal confrontación.

A pesar de estar inmovilizado, Tai liberó un rápido y certero golpe al costado derecho del rostro de Okiro, rompiendo el auricular que Gora le había dado. Okiro al notarlo pensó: «Me acaba de quitar la comunicación con Gora y Yoshiba» El daño fue suficiente para aturdirlo y afectar su vista. Sin alternativas, Okiro activo el Talante Leopardo a través del AGT en su abdomen, la figura de Okiro se alteró, tomando las características del felino. Tai, al ver la energía desatada, sintió una oleada de excitación. —¡Por fin! —rugió—. ¡Ahora sí, se acabaron los juegos!

La excitación de Tai se desbordó. Con un rugido gutural, activó su propio Talante Rinoceronte, en Modo Fusión. Su cuerpo se hinchó, su piel se endureció en placas rugosas, y un cuerno óseo emergió de su frente, transformándolo en una mole mutante. La sonrisa cruel se mantuvo, pero ahora era parte de una bestia imparable.

— NOTA SOBRE LOS TALANTES —

ElTalante(que significa:Modo o manera de ejecutar algo. Semblante o disposición personal) es el nombre que reciben las transformaciones especiales que se manifiestan en ciertas personas. Estas habilidades son posibles gracias alAGT (Aparato Generador de Talantes), un órgano interno ubicado en la parte baja izquierda del abdomen.

Reglas de Transformación:

Transformación Completa: Al transformarse, las personas adoptan por completo las características del animal (nueva visión, trompa, garras u otras extremidades). El daño recibido en la forma humana se refleja en la forma animal.

Variantes del Talante:

Modo Elemento: La persona se transforma completamente en el animal base.

Modo Postura: La persona solo transforma una parte específica de su cuerpo (manos, pies, cabeza, abdomen o dientes).

Modo Fusión: La persona combina su cuerpo con el del animal, creando una nueva forma mutante híbrida.

• FIN DE LA NOTA •

Okiro se alejó de la bestia fusionada, a la espera de un movimiento. Tai atacó con una violenta embestida que falló a Okiro, pero que se estrelló contra una columna del edificio contiguo, destrozándola y provocando gritos de alarma entre los residentes. Justo cuando Okiro intentó aprovechar la distracción para un contraataque, Tai fue más rápido, y su osadía le salió cara.

Tai interceptó el ataque de Okiro, y en el mismo movimiento lo atrapó por el brazo. Con la fuerza imparable de su forma fusionada, lo lanzó sin piedad contra la fachada del edificio cercano. El impacto fue devastador: Okiro se estrelló contra la parte superior, haciendo añicos una gran extensión de los paneles de vidrio. El estruendo y la lluvia de cristales desataron el pánico: la gente se alarmó y empezó a correr, sumiendo la calle en el caos.

Dentro de la tienda, Yoishi y su hermano escucharon el golpe atronador. Yoishi salió corriendo para mirar y vio de inmediato la mortal lluvia de cristales que caía. Los fragmentos se dirigían a una niña congelada por el miedo. Sin un segundo de duda, Yoishi se lanzó, cubriendo a la pequeña con su cuerpo. Logró salvarla, a costa de que varios trozos de vidrio se incrustaran dolorosamente en su espalda.

Mientras tanto, en la tienda, Tageshí cayó en una intensa alucinación. Se encontró atrapado en una habitación oscura cuyas paredes parpadeaban frenéticamente en blanco y negro. Asustado, corrió hacia la puerta, pero cuanto más se acercaba, más se alejaba el marco junto con la pared, en un laberinto sin fin. De repente, el techo se abrió para mostrar una imagen aterradora: veía a Yoishi siendo golpeado y lanzado por los aires, derramando sangre por la boca. El terror lo hizo volver a la realidad. Se levantó de golpe, intentando salir, pero el jefe de la tienda lo detuvo en seco.

—¡Detente! —ordenó el jefe de la tienda, bloqueando la salida—. No puedes ir, el peligro en la calle es inminente y mortal.

La situación era catastrófica; la imagen de Yoishi sangrando no le daba tregua. Tageshí estaba desesperado y sentía que el tiempo se acababa. —Necesito ir por él ahora mismo —dijo Tageshí, su voz cargada de una urgencia incontrolable.

—¿A quién, Tageshí? ¿De qué hablas? ¡Afuera es demasiado peligroso para salir, tienes que quedarte aquí! —dijo el jefe, su voz elevada por el miedo.

Tageshí no se molestó en replicar. Se zafó del agarre del jefe y salió disparado de la tienda. Empezó a correr a toda prisa, esquivando a las personas que huían en pánico y que se interponían en su camino.

El tumulto de gente que corría le impedía localizar a Yoishi. En ese instante, la realidad se rompió: una segunda alucinación lo mostró aterrorizado, viendo a su hermano levantado por el cuello y clavado a una pared. El horror lo hizo volver en sí, pero la calle se inclinó violentamente. Tageshí sintió un mareo súbito y una desorientación que lo obligó a detenerse.

Yoishi mientras tanto soportando el dolor de la espalda, se preparó para la acción. «Necesito parar a quienes estén haciendo esto. ¿Quiénes son los responsables de este desastre?», pensó con concentración.

A pesar del mareo y la desorientación, Tageshí logró enfocar la vista y divisó a su hermano a lo lejos. Sacando fuerzas de donde no tenía, gritó con voz desgarrada: —¡Yoishi! ¡Regresa aquí, ahora mismo!

Yoishi ni siquiera se inmutó, continuando su marcha hacia el peligro. Tageshí sintió pánico. «¿De verdad está intentando parar esta locura? ¡Es un idiota!», pensó con rabia. Y el miedo regresó:«¿Qué fue eso que vi? ¿Por qué estoy teniendo estas visiones? ¡Esto no es normal!»

Tageshí corrió y logró alcanzar a su hermano, sujetándolo con fuerza para detenerlo. —¡Detente de una vez, idiota! —jadeó, aún mareado—. Sé que suena absurdo, pero acabo de tener unas alucinaciones horribles donde te vi al borde de la muerte. Te conozco, sé que quieres detener esto, pero por favor, por primera vez en tu vida, ¡escúchame y detente!

—¡No pienso detenerme! —rugió Yoishi con los ojos fijos en la pelea—. ¡Esos inútiles pusieron en riesgo la vida de una niña, y no los perdonaré! Tageshí, ¡deja de ser un cobarde! Es hora de que demuestres algo de tu supuesta fuerza y dejes esa indecisión. No puedo creer que seamos tan distintos. Deberías haber inventado una excusa mejor.

Al terminar de hablar, Yoishi siguió su camino directo al fragor de la batalla. A su espalda, Tageshí se sintió profundamente herido por la dureza de las palabras. En ese instante de dolor emocional, el mareo regresó con fuerza, desencadenando otra alucinación. El mismo vacío oscuro se abrió, y luego una gran puerta se materializó frente a él, bañándolo en luz al abrirse. Al dar un paso para cruzarla, el cuerpo de Tageshí se desplomó en la calle.

Yoishi se volteó de golpe al escuchar el impacto en el suelo. La vista de su hermano inconsciente lo hizo tomar conciencia de la gravedad. Aunque la gente seguía huyendo desesperada, Yoishi se mantuvo firme. Cargó a Tageshí sobre su cuerpo y, llevando consigo a su hermano desmayado, avanzó directamente hacia la batalla para detenerla.

Yoishi llegó a las cercanías del conflicto. Una gran cantidad de edificios servía como telón de fondo para la batalla, que se había desplazado entre lanzamientos y poderosos golpes. Se detuvo muy cerca, buscando refugio tras la esquina de una edificación para esperar el momento oportuno. Yoishi creía, con una inocencia desconcertante, que él solo podría detener el brutal duelo de esos dos colosales contrincantes.

El aire estalló entre ellos. El choque de los dos cuerpos transformados fue un estruendo sordo y violento que hizo temblar el pavimento. El impacto fue tan demoledor que ambos fueron repelidos, deslizándose varios metros sobre los escombros hasta detenerse a una distancia prudente. La pausa, abrupta y tensa, dio paso al veneno de las palabras.

—Esas habilidades son inútiles contra mí —dijo Tai, con voz grave y sin emoción—. Esta pelea es una ofensa si crees que con eso basta. ¡Deja el teatro! ¡Usa tu arma real, Okiro! ¡Quiero ver la bendición más grande de tu vida, el Depredador Oscuro!

—¡Silencio! ¡No vuelvas a pronunciar ese nombre! —gritó Okiro con rabia—. Olvidé todo lo relacionado con esa estupidez. ¿Una bendición? Es una maldición impuesta por alguien que odio. ¡No me deja en paz! ¡Te digo que me juré que ese Talante no saldría de nuevo!

Tai estalló en una carcajada seca y burlona. —¡Ay, Okiro! ¡Otra vez con tus promesas dramáticas! Me das risa. Hablas tanto de bondad y justicia, pero ¡mira qué fácil te resulta odiar a alguien! ¿En serio te consideras alguien bueno? —Negó con la cabeza y sonrió—. Me acuerdo bien de ese idiota que nos separó para hacerte parte de ese maldito clan. ¡Qué recuerdos!

Tai colocó su mano en la frente, formando una “L” de burla sobre su ceja, y rompió en carcajadas. El gesto fue la gota que colmó el vaso para Okiro. —¡No te atrevas a mofarte de Yogan! —gritó, su voz temblando de rabia—. No sabes el sacrificio que hizo por mí. Tú solo eres un títere, una maldita rata controlada. Sin Yogan, yo habría terminado exactamente como tú: completamente perdido.

Yoishi apenas había procesado las palabras, pero el nombre “Yogan” lo sacó de su estupor. La sorpresa lo invadió por completo. La verdad se reveló con una claridad brutal: Okiro estaba allí por ellos, y Tai, su formidable oponente, era la pared final para impedir que llegara a su objetivo. Todo giraba en torno a Yogan.

Al ver la magnitud de los poderes en combate, Yoishi comprendió con amargura que no tenía cabida en ese duelo. Su única opción era esperar. La supervivencia del grupo dependía ahora de que Okiro lograra derrotar a Tai.

—Ya me aburriste. Cierra la boca y sigamos con nuestra pelea. —Tai se detuvo, su mirada fija en el edificio cercano—. Aunque... ¡primero déjame limpiar este desorden! ¡Hay un par de espías que tengo que eliminar!

Tai se lanzó en una embestida brutal hacia el escondite, moviéndose con la velocidad devastadora de su forma fusionada. Cuando estuvo cerca de la esquina del edificio, quedo completamente sorprendido al ver a Yoishi y a Tageshí inconsciente. «Son ellos. ¡Gané!», pensó con un júbilo salvaje.

Okiro, completamente concentrado en Tai, solo perseguía a su oponente, convencido de que iba a desatar su ira sobre transeúntes inocentes. Pero al ver la mirada fija de Tai, comprendió que no era así. El instinto cazador de su Talante Leopardo se disparó, reconociendo a la presa que el rinoceronte buscaba... y que, de alguna manera, pertenecía a su propia manada. No había tiempo para planes, solo para la desesperación. Okiro desató su máxima velocidad felina, apenas logrando interponerse entre Tai y los muchachos. Recibió la carga del rinoceronte de lleno: un golpe atroz cuyo impacto, sin duda, lo dejaría con daños permanentes.

El dolor lo desgarró, pero logró gritar con un hilo de voz, mientras la sangre le chorreaba de la boca:—¡Corre!

Tai vio a Okiro indefenso, la victoria asegurada, y corrió con júbilo hacia los muchachos. Pero el sacrificio no había terminado. Con el último aliento que le quedaba, y a pesar de sus heridas incapacitantes, Okiro se arrastró, alcanzó el tobillo de Tai y se aferró a su brazo. —¡No los tocarás! —gruñó, con la voz rota—. ¡Si quieres matarlos, tendrás que matarme a mí antes!

Tai, harto de la resistencia de Okiro, lo levantó sin esfuerzo por el cuello, sosteniéndolo en el aire. Con una mirada calculadora, Tai señaló las piernas de Okiro. —Sé que amas estas piernas, ¿no? con ellas te crees muy veloz, Okiro. Quítale la velocidad a un leopardo y ¿qué te queda? —Una sonrisa viciosa se dibujó en su rostro—. Esto va a ser divertido.

Tai ejecutó su amenaza: el cuerno del rinoceronte se hundió en la carne de la pierna derecha de Okiro. Un grito gutural escapó de la garganta de Okiro, y la oleada de dolor lo hizo tambalear al borde del colapso. Estaba perdiendo la conciencia rápidamente. Yoishi, cargando desesperadamente con Tageshí, llegó a la tienda. Dejó a su hermano y se percató del silencio. El jefe había escapado. Los había abandonado sin más. El sabor de la traición fue amargo, pero no había tiempo. Al darse la vuelta, la escena lo golpeó: Okiro, empalado y gritando. Yoishi se detuvo en seco, añadiendo otra imagen brutal y perturbadora a la colección de horrores de su vida.

Tai retiró el cuerno con un tirón, dejando a Okiro caer al suelo. Sin darle respiro, se montó sobre él y comenzó a golpearlo en el rostro con una brutalidad incesante. Okiro, inmovilizado y al borde de la inconsciencia, solo podía aceptar su muerte, mientras veía las figuras de los chicos, sintiendo con dolor que los abandonaba. Fue entonces cuando, desde el centro de su cuerpo, empezó a emanar un aura extraña de un intenso color morado oscuro.

Tai, al ver el aura morada, soltó una carcajada de burla, sin detener los golpes. —¡Es muy tarde! —rugió, su voz llena de triunfo—. ¡Debiste haberla usado antes!

Cuando estaba a punto de asestar el golpe mortal, Tai cometió el único fallo de su por lo demás excelente y brutal pelea: se permitió un momento de arrogancia. Volteó la cabeza hacia Yoishi y le dedicó una sonrisa cargada de sadismo y brutalidad.

Esa imagen cargada de malicia detonó un recuerdo en la mente de Yoishi. La visión borrosa del pasado se encendió con una claridad aterradora: ¡por fin pudo ver el rostro completo de quien había asesinado a Aimy en ese sueño recurrente! El cuerpo de Yoishi se heló con el entendimiento: ¡Ese era TAI WALKER!

Yoishi fue consumido por la devastación al identificar a Tai. Se sintió derribado, sin aliento y arrasado por la verdad. El sentimiento de soledad total lo aplastó. Su ojos, llenos de un dolor insoportable, comenzaron a derramar un líquido espeso y rojo. De manera inexplicable, las lágrimas se habían convertido en sangre que fluían por su rostro.

El Talante León de Yoishi se manifestó completamente, irradiando un aura de miedo y temor capaz de paralizar a cualquier humano. Pero Tai, cegado por su ego, solo vio a un adversario más: ese fue su error fatal, subestimar al rey de los depredadores. Antes de que Tai pudiera reaccionar, Yoishi se movió con una rapidez tan extrema que pareció haberse teletransportado, asestando una patada demoledora directamente en el abdomen de Tai.

Tai soltó un rugido de dolor y salió despedido, levantado bruscamente por los aires. Yoishi no le dio respiro: saltó con la agilidad de un león y se colocó estratégicamente a la espalda de Tai, preparando de inmediato otra patada.

Pero Tai, tras probar la fuerza de su oponente, no cometió el mismo error. Al ver la potencia de Yoishi, giró con una rapidez inesperada y lo golpeó con su puño fusionado directamente en el abdomen, abortando el ataque. El impacto fue demoledor. Yoishi tosió y expulsó una gran bocanada de sangre, cumpliendo dolorosamente la alucinación de Tageshí.

En ese mismo instante, Tageshí despertó. Abrió los ojos justo para ver a su hermano caer en picada hacia el suelo. Lo más extraño fue que todo a su alrededor se movía en una aterradora cámara lenta. Confundido por el fenómeno, pero impulsado por el instinto, corrió. La lentitud del mundo le permitió alcanzar a Yoishi y salvarlo antes de que impactara.

Tageshí sostuvo a Yoishi entre sus brazos. La mente le daba vueltas:«¿Qué demonios está pasando? Este día ha sido completamente extraño», pensó con pánico. Un escalofrío helado lo recorrió: «Siento que voy a morir». El esfuerzo de la carrera y el shock fueron demasiado; agotado, Tageshí se desplomó de nuevo, cayendo desmayado junto a su hermano.

Tai, humillado por el ataque sorpresa, se recompuso y corrió enfurecido. Agarró a Yoishi por el cuello, listo para rematarlo, pero justo cuando iba a atacar, su forma fusionada colapsó. Okiro, al borde del desmayo por el dolor, observó lo que Yoishi hizo por él y se preguntó con amargura:«¿En serio soy yo quien vino a salvarlos, o ellos a mí?» La respuesta fue firme: —¡Sí, soy yo! ¡Debo ayudarlos!

Con el último vestigio de fuerza que le quedaba, Okiro se levantó, dispuesto a poner fin a Tai, quien yacía vulnerable y adolorido por la patada de Yoishi. Pero justo en ese momento, se escuchó el ulular de las sirenas: el COJ (Cuerpo Oficial de Justicia) había llegado para controlar el disturbio. Sin un segundo que perder, Okiro tomó a los muchachos inconscientes y cojeó, escapando a toda prisa del lugar.

Tai, retorciéndose en el suelo, gruñó con dolor y una furia humillante. —¡Maldita sea, esa patada me dio justo en el AGT! —siseó, sujetándose el abdomen—. ¡Me ha jodido por completo!

—[Aclaración: El AGT (APARATO GENERADOR DE TALANTES) es el punto crítico de todo cuerpo. Un golpe ahí provoca un reinicio instantáneo del sistema motor, dejando a la persona incapacitada durante un tiempo. En combate, ser impactado en el AGT es una sentencia de muerte, ya que es el punto más vulnerable de cualquier persona. Convirtiendo así el AGT en el máximo símbolo de la fuerza decisiva y el único y doloroso culpable de la humillante derrota de Tai.]—

• FIN DE LA ACLARACION •

Antes de huir definitivamente, Okiro cojeó a toda prisa hacia la tienda. La puerta cerrada no lo detuvo; la embistió con un golpe. Se dirigió al mostrador, tomó apresuradamente una carta visible y luego se agachó. Debajo, encontró un pequeño cofre, visiblemente importante para él, que guardó en una bolsa de la tienda. Con el cofre asegurado y el dolor lacerante en su pierna derecha, Okiro se marchó sufriendo, perdiéndose en la distancia.

La tienda se sentía extrañamente desierta; ni un solo trabajador quedaba. Lo único que había era esa carta sobre el mostrador. Era evidente que el abandono no fue casual: Okiro parecía estar siguiendo un plan, y la ausencia de personal era parte de la ecuación.

Yoishi abrió los ojos mientras Okiro los sacaba de allí: Tageshí en un brazo, él en el otro, y el bolso en la espalda. Al sentirse seguro y lejos del peligro, pensó. «Hace tiempo que no sentía esto. Hoy dije que volví a levantarme solo, pero en este preciso momento me siento “Acompañado”».

Después de un tiempo, la tensión se disipó. El cuerpo policial se encargó de Tai, quien aún estaba dolorido por la patada. Un agente se acercó y le entregó un móvil: Lang Kimura estaba al otro lado de la línea. Tai, recuperando la compostura a duras penas, se llevó el teléfono al oído. —Señor, ¿qué desea? —preguntó con un tono de respeto evidente.

La voz de Lang Kimura sonó seca y sin paciencia al otro lado de la línea. —¿Terminaste lo que te pedí que hicieras?

Tai tragó saliva, su voz apenas un susurro temeroso. —Padre, no... no pude detenerlos —confesó, sintiéndose inmediatamente avergonzado—. Pero no deben haber llegado lejos, se lo aseguro. Le pido disculpas, señor.

Kimura rugió al otro lado de la línea, la voz cargada de ira: —¿Y por qué diablos estás ahí quieto? ¡Te ordeno que vayas a buscarlos ahora mismo!

—Padre, me dieron de lleno en el AGT, estoy incapacitado y no puedo perseguirlos. Mi fracaso se debe a que tuve que enfrentarlos solo; el equipo que usted envió como apoyo fue interceptado y neutralizado muy cerca de aquí. Desconocemos quiénes lo hicieron, pero asumimos que son individuos muy poderosos. La situación es clara, señor: Okiro no está solo en esto... Pero no todo es una pérdida, Padre. Al ser impactado en el AGT, mi cuerpo estaba a punto de colapsar. En esos segundos, me moví rápido: tomé a Yoishi por el cuello y le implanté el chip de rastreo bajo su camiseta. La gran noticia es que He descubierto dos Pericias Sacras en esos dos muchachos, por esa razón son tan importantes.

Kimura reaccionó con una sorpresa evidente. —¿Quién ha sido el que te golpeó en el AGT?

—Ha sido Yoishi —confirmó Tai—. En ese instante, Padre, sentí una extraña manifestación de poder en él. Y, lo más insólito, percibí algo similar en Tageshí justo cuando Yoishi caía. Fue algo anómalo, muy extraño en los dos.

Lang Kimura estalló en una carcajada aguda y desquiciada al otro lado de la línea. —¡Me sigues decepcionando profundamente! ¡Pudo haber sido el día de tu consagración con solo detenerlos, y en cambio, fuiste humillado por un niño! —Su tono cambió a un veneno frío—. Bueno, después de todo, no fue cualquier niño; el apellido no le queda corto al mocoso. ¡Malditos sean los Lintwalk!

Deivid Salgado ©

Let Deivid know what you thought about this chapter!
Love this

0

Love this

Funny

0

Funny

Spicy

0

Spicy

Suspenseful

0

Suspenseful

Emotional

0

Emotional

Profound

0

Profound

Heartwarming

0

Heartwarming

Shocking

0

Shocking

Good Writing

0

Good Writing

Compelling Plot

0

Compelling Plot

Great Character

0

Great Character

Strong Dialog

0

Strong Dialog

Further Recommendations

The Easter Bunny

Mia: Really nice story

Read Now
The Full Moon Breeding Club

Christina: I love that the FL is intelligent, purposeful, kind, and thoughtfull. She protects herself and others without compromising her morals or diminishing her values.Great character development showing their growth.

Read Now
The zatorian

ktkirata: The story is really interesting. How the character described in the story is like you can see them and picture how they move, talk and feel in the every plots. Well done writer and keep it up.

Read Now
Silver's Second Chance

Maggie Varnum: Like that it was fast paced and suspenseful...loved the romance up ended a little to fast ...would have been better if there was a Luna ceremony chapter and a birth of son with name chapter with Cole as a dramatic dad in the delivery scene .... Overall I enjoyed it very much!

Read Now
Bear Shifter Secrets

Felicia: This is the 2nd book im reading of this writer. And I enjoyed it just as much as the first, Marked while we slept. Worth the read. Very good writer

Read Now
The Orc's Pet

JyotiRekha: Great plot Describe the life of orcos moe

Read Now
Mystic Wolf

bushbaby: I love the slightly different spin on the were-world and I love love love reading Jaspers story splashed in-between. I honestly did not love Dev, he had no character growth and no arc I just didnt like who he is as a person and that made it hard to keep going about half way through. Without Jaspers ...

Read Now
Crowned in Blood: Fated to the enemy

Ankica: I like everything, recommend to my friends, plot is interesting, main female character is great

Read Now
Rebuilding After Betrayal

Sheila: Loved this story so much. Great writing by this author. Glad she got to start another life with a man who will love and cherish her and her children for life.

Read Now