La noche
Los dioses nórdicos se dividen en dos linajes esenciales: los Aesir, procedentes de Asgard, vinculados a la guerra, el poder y el orden; y los Vanir, habitantes de Vanaheim, custodios de la fertilidad, la naturaleza y la intuición. Aunque la mitología los encasilla en roles específicos, las fronteras entre ellos no siempre se respetan. Fueron enemigos, sí, pero tras una tregua surgió algo más fuerte: la posibilidad de coexistir.
Y yo… aquí estoy. Un fin de semana cualquiera, inmóvil entre cuatro paredes, sumergida en libros sobre vikingos y dioses antiguos. No salí, no socialicé, no viví. Y no porque no lo desee. Estoy bloqueada. Espiritualmente, emocionalmente... sexualmente. Coqueteo, flirteo, pero apenas rozo la superficie. No logro entregarme. Me cuesta desnudarte el alma antes que el cuerpo.
Hoy todos parecen buscar sexo rápido, sin alma. No niego que lo quiero, pero también quiero que mis pensamientos, mis emociones y mis deseos se fundan en una misma llama. ¿Pido demasiado? Tal vez. Tal vez por eso me siento como si algo dentro de mí hubiera muerto hace tiempo. Sigo respirando por inercia, porque aún no me toca irme.
Intenté anestesiarme: una copa, luego otra, después cinco. Música suave. Un ritual improvisado. ¿Quién soy sino una mujer intentando reanimarse con letras antiguas y melodías melancólicas?
Cinco tragos después, siento el calor recorrerme. Mi libido desbocada, mis pensamientos oscuros. Menos mal que no salí. De haberlo hecho, podría haber terminado en la cama o en la comisaría. Mi madre dice que es frustración sexual. Y empieza a sonar como verdad. Tocarme no me llena. Me deja con un vacío aún más hondo.
Sigo leyendo, pero ya no sé por qué página voy. Un ritual de fertilidad en un idioma extraño. Leo en voz alta, bailo con la música y el alcohol: Salige er timene som går sakte… No entiendo ni una palabra. Pero algo en mí se activa. Es oficial: estoy borracha, bailando, pronunciando frases en lenguas ancestrales. Si alguien me viera, me internarían sin miramientos.
Y entonces… oscuridad.
Escucho voces lejanas. Me resisto a abrir los ojos. Pero de pronto, siento ardor en el brazo. Fuego. Alguien me está marcando.
—¿Qué haces? —pregunto al hombre frente a mí, hermoso como salido de una saga antigua. No responde en mi idioma. Sigue dibujando en mi piel.
Cuando enfoco, reconozco el símbolo: una runa. No sé cuál, pero lo intuyo por aquella serie de televisión que solía ver.
—Jeg tegner deg en rune del lenguaje —dice él, mientras su trazo finaliza. De pronto, puedo entenderle.
—¿Dónde carajos estoy? ¿Qué es Vana... qué?
—Mi nombre es Olof —responde con una voz grave—. Significa “antepasado”. Estoy aquí para recibirte. Has llegado a Vanaheim.
—Soy Astrid Díaz. Del siglo XXI. Y no sé cómo acabé aquí.
—Tu nombre significa “fuerza y belleza inusual”. Y aunque lo ignores, tus pasos te trajeron. Leíste un ritual durante la luna llena, bebiste, danzaste… y cruzaste el umbral. La runa que ahora llevas te conectará con nuestro lenguaje.
—¿Qué está pasando? Si esto es un secuestro, podemos llegar a un acuerdo. No diré nada… aunque admito que estás demasiado bueno como para soltarte tan fácil.
Olof sonríe, pero no cede.
—Nadie te obligó. Lo hiciste sola. Y ahora estás aquí por consecuencia de tus actos. Descansa. Mañana comienza tu travesía. Cada runa que recibas será un reflejo de lo que debes enfrentar.
Se va.
Me quedo sola en una habitación inmensa, bañada en tonos verdes suaves. Me siento dentro de la naturaleza misma. El ambiente me calma, como si supiera exactamente qué necesito.
Intento entender. Recuerdo mi ventana, el libro de Sandra, las copas… luego nada. Me esfuerzo por conectar los hilos antes de que Olof regrese.
Las lágrimas brotan sin que las llame. Estoy asustada. No sé qué me espera aquí. Tal vez muera lejos de casa, sin que mi madre lo sepa. Sin hijos, sin historias que contar. Ni siquiera un perro que me extrañe. Nunca viví nada profundo. Y ahora lo siento todo de golpe.
Soy un fracaso, pienso.
Pero también soy Astrid Díaz.
Y algo me dice que este lugar… me va a mostrar quién soy en verdad.