Prologo
Me gustaría decir que esta historia comienza como todas las demás: con un héroe, una misión noble y un enemigo claro. Pero no. Esta no es esa clase de cuento, porque yo no soy el protagonista. Ni siquiera soy el villano principal. Soy el tipo que debería haber muerto en la primera página y, sin embargo, aquí estoy: respirando de más, complicándole la trama a gente más importante que yo.
Y hablando de complicaciones… Nunca pensé que terminaría encerrado en un armario demasiado estrecho, con la única testigo que podría arruinarme la vida pegada a mí como si el oxígeno se cobrara por minuto. Afuera, el murmullo de la fiesta continuaba como si nada; adentro, el calor de su respiración chocaba contra mi cuello. Mi mano temblaba, no por miedo —eso sería lo lógico—, sino porque estaba intentando decidir qué era más peligroso: el agente que murmuraba cosas afuera o la forma en que ella me miraba.
—Si respiras tan fuerte, van a sospechar —murmuró, sus labios rozando mi oído.
Tenía razón. Pero lo último que me importaba en ese momento era lo que ocurría afuera. Lo peor de ser el villano secundario no es que tu vida cuelgue de un hilo; es que, a veces, el hilo huele a perfume caro y te dice con sorna que te estás delatando.
Y ahí entendí la regla más importante: cuando la historia no es tuya, lo único que puedes hacer es sobrevivir lo suficiente para contarla.