Prologo
El rugido de la multitud era un animal vivo. Miles de voces gritando mi alias, "GhostFox!", se estrellaban contra las paredes del estadio. Bajo los focos cegadores, acababa de ejecutar la jugada que nos daba la victoria. Una partida perfecta.
Pero en el instante en que la pantalla gigante mostró "VICTORIA", mi teléfono personal vibró con una secuencia que me heló la sangre: la tonada de llamada de mi hermana.
Lihua. Nunca me llama durante un torneo.
Me saqué los auriculares de un tirón, ahogando los vítores. Desbloqueé la pantalla con dedos que de repente se sentían torpes. No era una llamada, era un torrente de mensajes de voz.
La primera grabación comenzó, y su voz, siempre tan serena, sonaba quebrada por el pánico:
"Kai... es la donante. La chica del corazón."
Mi mundo se encogió.
"Los médicos acaban de decírnoslo... Ella... empeoró. De repente. Algo con el cerebro, una hemorragia, no lo entiendo bien..."
La segunda grabación, solo minutos después:
"Dicen que es crítico. Que si ella no... si no sobrevive..."Su voz se quebró en un sollozo. "Kai, mi operación era mañana. Pero sin el corazón... no hay otra oportunidad. Lo sé. Escuché a los doctores."
La tercera y última, un susurro desesperado:
"Por favor, hermano. Tengo miedo. No sé ni su nombre, pero ella está luchando por su vida en algún lugar de este hospital... y la mía depende de su batalla. ¿No es eso terrible? Ven. Por favor, ven."
En la pantalla gigante del estadio, justo detrás del presentador, se proyectó el gráfico de mi ritmo cardíaco. La línea plana y controlada de GhostFox se desplomó en un caos de picos irregulares.
72 lpm.
Un suspiro colectivo recorrió el estadio. ¿El imperturbable GhostFox... así?
No me importó. Empujé mi silla y corrí. Dejé atrás la gloria. Mi mundo ahora eran dos nombres: Lihua, mi hermana, y una donante anónima cuya vida se escapaba.
—¡Kai! —Mi mánager, Liang, me esperaba junto al coche en el estacionamiento, su rostro pálido de preocupación—. ¿Qué demonios pasó?
—Es Lihua —dije, desplomándome en el asiento del copiloto—. La donante... la donante está crítica.
La expresión de Liang fue suficiente. Él lo sabía todo. Sabía que cada torneo, cada premio, había sido para costear la búsqueda de ese corazón. Sabía que nuestra esperanza tenía un nombre y un diagnóstico.
—Al hospital —ordené, con la mirada fija en la nada—. Rápido.
Mientras la ciudad se convertía en un borrón, una thought se repetía en mi mente, un conflicto desgarrador: Por favor, que esa chica viva. Pero si muere... por favor, que su corazón salve a mi hermana.
Era una oración imposible, egoísta y humana. Y por primera vez en mi carrera, un juego me pareció insignificante.