1 — Entre risas y Guillotinas
Año 2037, Cambios desdichados
Una noche áspera y fría. Un lugar recóndito. Recientemente hubo un golpe de estado, un pasado trágico renació de lo más tétrico de él ¿Por qué? No lo sé, extraño cuando solamente éramos amigos que no sabían qué hacer con la vida académica. Sigo pensando en cuántas novias pudiste haber tenido si tan solo no hubieras escuchado eso.
—¡Pero, padre! —pensaba mientras mi boca no podía mantenerse cerrada al salir de lo que llamaba hogar. Cojeaba mientras me dirigía al centro de la ciudad. —¡Mierda, MIERDA! —ya prácticamente gritaba de agonía dolorosa, mi tobillo dolía; al final nunca fue fácil correr entre piedras y con esos tacones que él me regaló.
Mi dolor se hizo presente más en el pecho. No podía procesar nada de lo que veía. Los seres que antes llamaba amigos, o tan siquiera consideraba conocidos ¡Ahora eran los que estaban martirizando y matando a mi raza! ¡Y yo no podía hacer nada!
De lejos, pude visualizarlo ¡Era él! Tenía su capucha que siempre ocupaba en sus crisis, o bien, cuando no quería que nadie lo viera por sus lágrimas.
—¿Erevan?... —Me acerqué, tomé la manga de su suéter y lo traté de jalar hacia mí, quería un poco de su calor, necesitaba saber que tenía mínimamente su apoyo, no quería entrar en la locura por mi miedo ante la situación.
Levanté el rostro hacia el cadalso, mi padre estaba arriba de esa tabla del demonio, mis ojos se cristalizaron en cuanto lo vi a él; sufrió múltiples torturas, se veía que si no se moría por la guillotina obtusa, moriría desangrado.
—Erevan ¡Ayúdalo, es mi padre, nunca te negó las puertas cuando tu madre—! —me detuve abruptamente, recordé que ese tema no se debía tocar y menos con gente presente.
—... ¿Qué? —Erevan lo volteó a ver con horror en sus ojos, casi pareciera que le dije que él era el que iba a morir y no mi padre. Me tomó del cuello de mi playera; sentía el error catastrófico que provoqué. —Te vas a arrepentir, Aemilius.— Jadeó antes de soltarme en un azote hacia el suelo frío y húmedo por el líquido vital provocado por las recientes ejecuciones. Vi cómo Erevan caminaba hacia el cadalso mientras indicaba con señas; desconozco si realmente les habló, pero él ya era el rey de todos esos genocidas, para que me dieran el poder sobre la vida ajena condenada en ese momento.
Respiré en seco, no quería ni imaginar lo que él haría. Recordaba todo lo que pasamos, ¿cómo podía mi amigo exterminar y mandar a tantos ajenos?
—Erevan, ¿qué vas a hacer? —expresé mis palabras con aprensión.
Erevan, ese niño risueño que yo conocía desde hace años, estaba tomando una decisión muy grotesca: su primer asesinato público. No titubeó en cuanto tomó una oz ajena y se acercó sin compasión, levantó sus manos empuñando con destajo esa arma blanca; al final del día, todavía era un niño miedoso, o realmente eso quería creer.
Sus dedos se estaban deslizando con mucha familiaridad, casi como si esa ejecución fuera entrenada, también si estuviera cocinando con mantequilla. Sus ojos nunca tuvieron un brillo tan... grotesco como ese día, esas esferas púrpuras se encajaban en todo el ser de mi padre, pareciera que quería llevarse su alma, o bien, confesando sus peores pecados. De un solo golpe soltó la embestida, arrebatando la cabeza de su cuello; su vanguardia quitada por un golpe, saliendo disparada hacia los espectadores presentes. Se veía su tráquea descubierta y mal cortada, sus músculos desgarrados, las venas como si de ser fuentes se tratara, los espasmos de los músculos tanto externos como internos daban miedo ya que pareciera que tenían vida propia.
La cabeza aún se movía, esos últimos instantes de vida, él trataba de murmurar algo, seguramente lo más cercano a “te di todo, ¿esto es lo que me das?”. Al final del día, ese hombre siempre fue de expectativas altas.
Mi rostro fue salpicado salvajemente de su cruor; mi propio padre había sido masacrado delante de mis ojos, yo no pude hacer nada... Yo... Yo...
Año 2030, Resurgimiento
"El parque era un edén escondido, un respiro de serenidad en el corazón palpitante de la ciudad. El sol, como un pintor celestial, esparcía pinceladas doradas a través del dosel de hojas esmeralda, inundando el estanque con un caleidoscopio de luces danzantes. En el centro, el templete de mármol blanco emergía como un sueño hecho realidad, su elegante silueta reflejada en el espejo de agua, donde los reflejos temblorosos parecían cobrar vida. El aire, embriagador y fresco, llevaba consigo el perfume dulce de la tierra mojada y el aroma embriagador de las flores silvestres. El silencio era roto solo por el suave susurro de las hojas y el arrullo hipnótico de los patos, que deslizaban sus cuerpos sobre la superficie cristalina. Era un santuario donde el tiempo se detenía, invitando a perderse en la sinfonía de colores, olores y sonidos que tejían la magia de la naturaleza."
En el centro, Erevan vertió una botella entera de agua fresca y fría sobre la cabeza ajena, buscando despertarlo pero también un solo estribo de enojo para burlarse de él.
—Aemilius, tu crush te está viendo. —Zylariss, quien se encontraba al lado de Erevan como si de un chicle se tratase, solamente se limitó a hacer el sonido de la alarma de una ambulancia, con esa voz desesperante y chillona que siempre hacía cada que quería sacar de sus casillas a alguien.
—Erevan, ¿y si la traes?
—Obviamente no, tráela tú, ambas tienen ausencia de pililinga folladora. Se van a entender muy bien.
—... Maldito seas. —Con pasos pesados se retiró de ese piso delicado para irse a los pastos, a buscar a una chica que pareciera que jamás encontró por su tardanza.
Aemilius, recién retomando la conciencia, pasó sus manos por su rostro. “¿Eso fue un sueño? ¿Cuánto tiempo dormí?” esas preguntas llegaron a su mente como un disparo al recobrarse. Deslizó su mirada hacia las manos ajenas, buscando manchas de sangre, después terminó viendo la sonrisa risueña de Erevan, confundiéndolo con esa sonrisa sádica que había soñado. Se abalanzó de golpe hacia el contrario, descontrolado por la ira, la confusión, la tristeza, todo un mar interno de emociones agitadas.
—¡Erevan, maldito! ¿Cómo te atreves a matar a mi padre?! —Estando Aemilius arriba de él, jalando el cuello de su saco como si eso fuera a darle una respuesta rápida y concisa.
—¿Qué clase de sueño tuviste? ¡Parece que se te van a salir los ojos del susto! ¡JAJAJAJAJA! —La voz de Erevan parecía totalmente normal, confusa y burlona incluso. Con un movimiento rápido, el chico de cabello morado oscuro —el niño Erevan— invirtió los papeles, ahora él estando arriba de Aemilius, mientras le hacía cosquillas para tratar de manejar el nervio que ambos tenían; Aemilius por su sueño extraño, Erevan por la repentina agresividad del contrario.
—Aemilius, relájate. No estamos en un apocalipsis de entes ni mucho menos, estamos normales y bien. —Aunque seguían teniendo ese toque burlón, ahora parecían consoladores a oídos ajenos, tenía una sonrisa reluciente de oreja a oreja.
—Erevan, ¿no has matado a nadie? —murmuró, jadeando por la falta de aire.
—¿Pero qué dices? Si te refieres a matar en línea, ya tengo una racha de 79 victorias, la número 80 la perdí por un campero... —se acabó de sentar sobre Aemilius, descansando un poco— malditos camperos, ojalá les dé chorrillo y nunca se les quite, perros desgraciados.
Aemilius soltó la carcajada mientras Erevan se peleaba con él por esa risa... Todo lindo juntos en esas edades de infancia.
Campus: Salón
"El aula, iluminada por fluorescentes fríos, lucía un orden monótono. Filas de pupitres color crema se extendían hasta el fondo, cada uno acompañado por una silla de cuero marrón desgastado. Las ventanas, enmarcadas por cortinas grises, ofrecían una vista distante de montañas envueltas en la penumbra del atardecer. El aire acondicionado, un aparato antiguo y ruidoso, zumbaba sin cesar, intentando en vano refrescar el ambiente cargado de la quietud de la tarde. En el silencio, se podía casi oír el eco de las lecciones pasadas y la anticipación de las futuras. Resonaba con un silencio denso, interrumpido ocasionalmente por el zumbido monocorde del aire acondicionado, un sonido constante que parecía enfatizar aún más la quietud. Fuera, el murmullo distante de la ciudad apenas se filtraba a través de las ventanas cerradas, creando una sensación de aislamiento. Dentro, cada pequeño ruido - el roce de una silla, el crujido de un papel imaginario, el leve eco de pasos lejanos - se amplificaba en el vacío, recordándote que, aunque solo, no estabas completamente solo en ese espacio estéril."
La llegada de esos chicos pubertos hicieron todo un revoloteo en el aula impecable, llenaron con ese aroma a esperanza y a sudor su lugar de trabajo. La clase de hoy era de historia, una historia que muy pocas veces se daba por los problemas que podría llegar a provocar si se daba mal uso de las palabras, o bien, un niño curioso y de boca suelta las tomara en su vocabulario.
—[...] Y así, estudihambres. Es el cómo ustedes conocen las divisiones políticas actuales: seres de luz sobre seres de oscuridad. Aunque esto se puede mejorar si todos trabajamos en la armonía que les he enseñado. —Sus palabras fueron ensayadas una y otra vez, o eso pareciese; su lengua escupía y arrastraba cada frase con gran pesa, más de afuerzas que de ganas.
—Aemilius, ¿escuchaste?
—Sí, Erevan. Eres negro, ¡sométete ante mí y chúpamela!
—... Eres un enfermo, pero ese no es el punto.
—¿No? ¿Entonces por qué le dijiste eso a mi herma—? —Erevan rápidamente tapó su boca.
—¡Cállate y déjame hablar! ¿Escuchaste? —No recibió respuesta verbal por parte de Aemilius; al final del día, el tipo tenía la boca tapada. —La maestra dijo algo muy importante: los de luz están sobre nosotros, los oscuros, ¿eso no es algo muy... injusto? Digo, ustedes, seres de luz, son los que reciben las becas y todo, pareciera que yo soy de clase subterránea.
Más tardó Erevan en callar a Aemilius a que la profesora azotara su regla fuertemente contra el escritorio para callarlos a ambos, y así continuar con su clase.
La tarde transcurrió normal, ajenos a la clase recibida. Pero la curiosidad siempre atacará a la mente más traviesa, ¿no?...