𝕮𝖆𝖕í𝖙𝖚𝖑𝖔 1 | 𝕺𝖘𝖈𝖚𝖗𝖔𝖘 𝖘𝖊𝖈𝖗𝖊𝖙𝖔𝖘 𝖌𝖚𝖆𝖗𝖉𝖆𝖉𝖔𝖘
Contengo la respiración.
Mis ojos están fijos en el balcón vacío, donde todo sucedió. Afuera, la oscuridad se cuela entre los árboles del patio trasero como un animal hambriento, al acecho.
Mis manos tiemblan. No puedo controlarlas. Siento un nudo áspero y ardiente en la garganta, como si tragara fuego. Mis pies están clavados al suelo, y aunque cada fibra de mi cuerpo me grita que corra, sigo ahí, congelada, atrapada entre el miedo.
La sangre aún está fresca en mi memoria. El disparo. La caída. El silencio.
Acabo de matar a alguien.
De repente, una mano se posa en mi hombro. Mi cuerpo reacciona antes que mi mente: giro de golpe y levanto el arma con velocidad.
—¡Tranquila, soy del equipo! —dice una voz firme, mientras sujeta mi muñeca con decisión y baja la pistola con cuidado.
Intento enfocarme. El rostro frente a mí está cubierto por una máscara de lana negra. Solo la voz me da una pista.
—¿Qué estás haciendo aquí? —insiste—. Deberías estar en el coche, Grecia. Esa era tu única tarea.
Sus palabras atraviesan por mi mente, llenándome de confusión y por un segundo quiero soltar un fuerte «¿qué?», pero me obligo a pensar con claridad antes de hablar.
—Yo… tuve un problema —mi voz tiembla, nerviosa y asustada. Siento la culpa pegada a la piel—. Un agente apareció aquí.
—¿Un agente? ¿Dónde está?
Desvío la mirada. La imagen vuelve: su cuerpo temblando, la sangre brotando de su pecho, el borde del balcón, la caída. El disparo que salió de mi mano.
—Murió —susurro, apenas logrando contener las lágrimas que se forman en mis ojos.
Él no dice nada por un momento, solo observa el balcón detrás de mí. Entiendo que comprende lo que ocurrió sin necesidad de más detalles.
—Toma esto —dice sin más. Su mano se estira hacia mí y veo un walkie-talkie—. Ve al coche. Espéranos allí. Yo iré por los demás.
Asiento, sin fuerzas para responder con palabras mientras toma el aparato en mis manos.
Lo veo marcharse de la habitación y el peso de la realidad me aplasta. Una parte de mí quiere correr, desaparecer, olvidar que alguna vez estuve aquí. Sin embargo, sé que no tengo otra opción. Respiro hondo, intentando sofocar el pánico, y me obligo a seguir adelante.
Cuando finalmente consigo dar el primer paso, siento como si me desgarrara por dentro. Camino despacio, aún con la adrenalina atrapada en el pecho. Los pasillos parecen más largos, más oscuros. No escucho disparos, pero sé que no estoy a salvo. Me pierdo entre tantos pasillos y puertas y termino adentrándome a una enorme habitación con antiguas decoraciones en ella, mis ojos se fijan en el fuego que comienza a extenderse en una de las esquinas de esta y el miedo se apodera por unos segundos de mí.
Me obligo a mantener la calma y a centrarme en mi objetivo, aunque ni siquiera estoy segura de cuál es. En menos de una hora han ocurrido demasiadas cosas que me desconciertan. Giro sobre mis talones y salgo de la habitación, ignorando el fuego.
Al salir al patio, la brisa nocturna me da un respiro, un destello de lucidez. La luna ilumina las sombras del patio. Siento que me observa, como si supiera lo que hice. Continúo mi camino, mis pasos cada vez más vacilantes mientras las órdenes que acabo de recibir laten en mi mente, recordándome la línea fina entre cumplirlas o perderlo todo.
Cuando alcanzo el coche, tomo la radio en mis manos y observo el vehículo. Un abismo se abre dentro de mí; el temor me atraviesa, me devora. El futuro. Mi futuro, se presenta borroso y aterrador. No quiero subir, no quiero ser parte de esto, pero debo hacerlo. Finalmente, con un suspiro, presiono el botón de la radio y me oigo a mí misma decir, con una seguridad que no siento:
—Estoy en posición.
Un suspiro lleno de pena escapa de mis labios, dejando en el aire un rastro de vapor que se disipa rápido, como mi propia esperanza.
El picaporte del coche es frío bajo mis dedos, un contacto que me despierta a la realidad de nuevo. Subo, sabiendo que no hay vuelta atrás.
—Nos dirigimos al callejón de encuentro —escucho una respuesta a través de la radio.
Me considero una de las mejores conductoras de Italia, por lo que conduzco con seguridad hasta el lugar donde el sujeto, y los demás, esperan por mí. Justo cuando las ruedas giran para entrar en la estrecha calle, logro ver a tres figuras caminando hacia el coche. Uno de ellos parece estar gravemente herido, apoyándose en los hombros de los otros dos.
No dudan, ni por un segundo, de que soy yo quien está dentro del coche en el momento en que freno frente a ellos, supongo que mi llamativo cabello cobrizo tiene mucho que ver con eso. Ingresan al herido en la parte trasera y otro se sienta a su lado, mientras que el restante toma asiento a mi lado.
Sin decir una palabra, piso el acelerador con fuerza.
El hombre a mi lado se quita la máscara oscura que cubre su rostro. —¿Sabes a dónde ir? —me pregunta, notando cómo tomo cada curva que veo.
—Claro que lo sé —respondo con firmeza, girando el rostro brevemente para observarlo antes de volver la vista a la carretera. La oscura tonalidad rubia de su cabello, brillando bajo la tenue luz, es lo primero que se graba en mi memoria, junto a sus marcados pómulos—. Pero no quieres que ellos lo sepan, ¿verdad? —añado, con un toque de ironía, señalando con un leve movimiento de cabeza hacia el retrovisor.
Él gira sobre su asiento y logra notar las dos luces del coche que nos sigue a cierta distancia.
Continúo manejando a toda velocidad, manteniendo la precaución justa para no chocar con nada en el camino. Cada maniobra brusca que realizo para perder al coche que nos sigue arranca murmullos de asombro de los hombres en el vehículo, y una leve satisfacción se instala en mi pecho.
La distancia entre nuestro coche y el que nos persigue comienza a aumentar. Mis ojos se mueven rápidamente entre la calle y el espejo retrovisor, evaluando cada movimiento. Cuando un oscuro callejón aparece en mi campo de visión, tomo una decisión arriesgada. Piso el acelerador y giro bruscamente, entrando en la estrecha calle con precisión.
Apago el motor de inmediato, y el silencio repentino me envuelve junto al sonido de nuestras respiraciones agitadas. Con el corazón golpeando fuerte contra mi pecho, me quedo inmóvil, esperando en la penumbra mientras observo con atención, deseando que el coche pase de largo y no note nuestra presencia.
—¿Qué haces? —pregunta el sujeto herido en la parte trasera. Su voz me confirma que es el mismo sujeto con el que hablé en la mansión.
—¡Shh! —es mi única respuesta.
El ambiente se vuelve tenso, y aunque solo son segundos, siento que el tiempo se estira mientras los sujetos dentro del coche clavan sus miradas en mí.
Mi rostro se ilumina con una mezcla de alivio y satisfacción cuando veo cómo el oscuro coche pasa de largo, desapareciendo por la calle que hemos dejado atrás. Dejo escapar un suspiro profundo y aliviado, y con un movimiento rápido, enciendo de nuevo el motor.
—Eso estuvo muy bien —comenta el hombre herido desde el asiento trasero. Su rostro, ahora descubierto, me llama la atención. El contraste entre sus cejas negras y su cabello castaño crea una peculiaridad un tanto llamativa—. Bien hecho.
—Grazie —respondo, manteniendo mi tono neutral mientras aparto la vista del retrovisor y vuelvo a concentrarme en la carretera frente a mí.
Aprieto el volante y sigo adelante, consciente de que, aunque haya logrado despistar a nuestros perseguidores, el peligro sigue latiendo dentro de mí.
Luego de unos cuantos minutos, finalmente llegamos a un poco alumbrado muelle en la costa de Palermo. No me sorprende en lo absoluto que el mismo no figure en los registros de las autoridades italianas.
Los dos hombres en el asiento trasero descienden si decir palabra alguna y comienzan a caminar a través de los coches estacionados. El desconocido a mi lado abre la puerta y antes de salir del vehículo, voltea su rostro hacia mi y me pregunta:
—¿Estás bien?
Volteo sorprendida por su pregunta y noto que mis manos tiemblan sobre el volante y mi corazón late con una velocidad que temo que, en cualquier momento, explotará en mi pecho.
—Estoy bien —miento descaradamente. Cada vez que inhalo, el aire frío corta mi garganta.
Él tan solo asiente con su rostro repetidamente y sus mechones rubios oscuros caen sobre su rostro ante el movimiento. Sin darle más importancia, se va.
Respiro profundo una y otra vez, intentando calmarme. Es inútil rendirme al miedo ahora.
Cuando por fin logro dominar el temblor en mis manos,salgo del coche. Camino hacia el muelle, sintiendo cómo la madera cruje bajo mis pies y el vaivén de las olas resuena en mis oídos. La luna brilla en el agua, dibujando caminos plateados que se pierden en la oscuridad. Cada paso es una lucha para controlar el impulso de girarme y huir; sé que no tengo otro camino, pero el miedo me paraliza.
Al llegar al final del muelle, un pequeño grupo de personas está reunido alrededor de los botes. Se mueven en silencio, algunos hablando en susurros, mientras otros fuman, sus rostros apenas visibles entre las sombras. Trago saliva, sintiendo que el nudo en mi garganta se hace más grande.
Entonces, un hombre alto y delgado emerge de uno de los botes. Su cabello oscuro está peinado a la perfección y, bajo la tenue luz, su barba oscura y su piel algo arrugada me resultan inmediatamente familiares. Cuando sus ojos me encuentran, se abren de sorpresa.
—E chi se lo aspettava! Grecia! —exclama, cruzando la distancia entre nosotros con pasos marcados—. Lograste salir de aquel infierno.
Su voz pronunciando mi nombre resuena en mi mente como un eco que me devuelve a otra época, recuerdos que ahora debo enterrar. Octavio Fiore, el hombre más peligroso y buscado de todo Italia se encontraba caminando hacia mí.
—Hola, padre.
Él extiende sus brazos y, antes de darme cuenta, me envuelve en un frío abrazo. No recuerdo la última vez que lo hizo, si es que alguna vez lo hizo, y aunque su gesto parece sincero, siento una extraña incomodidad. Pero, aun así, rodeo su espalda con mis brazos, devolviéndole el gesto, aunque mi cuerpo se mantiene rígido.
Por un momento, el ruido de las olas, el crujir de la madera y las voces apagadas a nuestro alrededor desaparecen. Estamos él y yo, dos personas completamente diferentes y, sin embargo, la misma sangre corre por nuestras venas.
Cuando se separa de mí, dirige su mirada al hombre herido, quien es atendido por una mujer en un traje negro y una larga y oscura trenza en su pelo. Todos visten trajes oscuros, parte de un mundo del que, a pesar de mis esfuerzos, no logro sentirme parte.
—Asegúrate de que ella llegue a salvo —le dice al sujeto, mientras terminan de colocarle una venda alrededor de la herida en el vientre.
El hombre asiente sin titubear.
—Coloquen los coches dentro y larguémonos de aquí —ordena Octavio con firmeza. Todas las personas sueltan un obediente «Sí, señor» mientras caminan a los vehículos. El miedo en sus palabras me recuerda al que yo solía tenerle.
El sujeto herido se vuelve hacia mí, indicándome con un movimiento de cabeza que debo seguirlo hasta el ferry. Siento que algo se rompe dentro de mí en cada paso que doy, sabiendo que mis pies me llevan lejos de mi hogar, de mi ciudad y de las personas que quiero.
Nos acercamos al borde del muelle, donde el ferry espera. Subo primero, mientras el hombre me sigue, asegurando que todos los otros pasajeros estén a bordo antes de sentarse junto a mí. Cada ruido parece amplificarse: el chapoteo de las olas contra el ferry, el susurro del viento y el latido de mi corazón.
Unos cortos minutos pasan mientras que terminan de embarcar los coches. No me preocupa no encontrar con mi vista a Octavio, sabiendo que es el jefe y recordando sus aires de grandeza, probablemente se encuentre alejados de todos.
Miro mis manos, aún temblorosas, y cierro los puños con fuerza, intentando aferrarme a la realidad, obligándome a concentrarme en lo que tengo delante.
Mientras el ferry se desliza en la noche, levanto la vista hacia el cielo. La luna sigue brillando, fría y lejana, observándonos sin juicio ni piedad. Un escalofrío me recorre, y por primera vez en mi vida, comprendo que mi destino no me pertenece.
El viaje parece interminable, y el silencio dentro del ferry solo lo hace más pesado. Nadie pronuncia una sola palabra; todos están sumidos en una quietud amarga, como si la experiencia reciente hubiera arrancado de cuajo cualquier deseo de hablar. Entiendo que lo que acabamos de vivir no deja a nadie con ánimos, pero esta ausencia de palabras solo incrementa la incomodidad y el peso de la tristeza en el aire.
A pesar de los rumores sobre el imperio ilegal de Octavio Fiore, jamás se había revelado prueba alguna de sus actividades. Pero todo eso cambió hoy: Horas antes, la mansión Fiore fue asaltada por una avalancha de agentes federales en un operativo minuciosamente planeado. Sin embargo, ni siquiera eso fue suficiente. La organización se enteró del allanamiento a tiempo, y todos actuaron con un solo objetivo: asegurar la huida de su líder hacia aquel desolado muelle.
Octavio ordenó que algunos miembros de la organización permanecieran en la mansión, con el propósito de distraer a los federales y recordarles que el imperio Fiore no era algo que se derrumbaría fácilmente. Hubo disparos, explosiones, golpes y muerte. Pero ningún miembro fue detenido. Todo ocurrió según el frío cálculo de Octavio.
Ahora, los sobrevivientes al ataque escapamos de Italia, el centro operativo de la organización, aunque no el único. Después del golpe de los federales, Octavio decidió que huiríamos a un pequeño país, una vasta isla con pocas ciudades. Antes de partir, anunció que en esa isla reconstruiríamos lo destruido, que su sustancia, apenas distribuida en una de las ciudades locales, sería la base de un nuevo imperio.
El cansancio de todo lo vivido me golpea de repente tras las primeras horas de viaje, y en un parpadeo, mis ojos se cierran, sumiéndome en un sueño intranquilo.
Cuando despierto, el sol ya ha salido y me deslumbra al abrir los ojos. Las figuras vestidas de negro se apresuran a descender del ferry, sus pasos firmes y determinados. Me incorporo de golpe, un poco desorientada, mientras observo a mi alrededor. Al instante, noto al hombre herido en el vientre acercarse hacia mí, ajustándose la camiseta oscura con gesto casual.
—Finalmente despiertas —dice con tono amable.
—¿Dónde estamos?
—En Túnez.
¿Túnez? Repito con estupefacción en mi mente.
—¿Qué sucedió con el plan de ir a la ciudad desconocida?
—Sigue en pie, pero primero debíamos pasar por aquí para despistar a la policía.
—Oh…
—Vamos. —Señala con un leve movimiento de cabeza hacia la salida del ferry.
Mi cabello cae en ondas suaves alrededor de mi rostro mientras empiezo a caminar detrás de él, sintiendo que cada paso me adentra más en un futuro incierto.
—Te diré cuál es el plan —anuncia él mientras avanza entre la multitud. Actúa con tanta normalidad que logro olvidar que recibió una herida la noche anterior. Mis ojos, verdes y alerta, recorren los rostros de las personas a nuestro alrededor, analizando cada gesto. El hombre continúa: —. Viajaremos en coche hasta Bizerta. Desde allí volaremos a Oristán y, finalmente, otro vuelo nos llevará a Star City. Hogar, dulce hogar. —Intento prestar atención a sus palabras, pero mi mente se queda vagando en la idea del pequeño tour por Túnez y los peligros de regresar a la jurisdicción italiana. Él voltea con su rostro serio y añade: —¿Alguna duda?
Me obligo a no comentar nada sobre lo que pienso y fijo mis ojos en él, quien me observa con una mezcla de impaciencia y expectativa.
—Sí... —digo tras una pausa—. ¿Cuál es tu nombre?
Me mira, claramente desconcertado, como si mi pregunta le resultara fuera de lugar.
—Lyle.
Asiento ligeramente, manteniéndome en silencio mientras comienzo a caminar tras él. Un largo viaje por carretera y helicóptero me espera, un trayecto que me llevará a lo que, a regañadientes, tendré que llamar hogar. La palabra pesa en mi mente, cargada de una frialdad que no puedo ignorar.
Sigo a Lyle en silencio, observando a las personas a nuestro alrededor. Cada rostro parece ocupado en su propia misión, cada movimiento calculado. Supongo que todos tomarán diferentes caminos hacia aquella ciudad, dispersándose como cucarachas.
Finalmente, llegamos al coche. Solo Lyle y yo ocupamos el interior, y al encender el motor, el rugido del vehículo marca el inicio de nuestra huida. Afuera, el día parece indiferente a nuestra partida, mientras el plan comienza a ponerse en marcha.
Durante las largas horas de viaje, Lyle limpia la herida en su pecho y cambia las vendas. No se ve muy profunda ni en el mal estado; estará bien.
Desde las alturas veo a mi nuevo hogar:Star City, una de las islas de la región lo suficientemente grande para sustentar una población estable. La misma se conecta al resto de la Isla, o país, a través de un largo puente que atraviesa el mar, aunque siento que más bien la aísla de todo.
Comienzo a sentir un pesado hormigueo en el momento en que el helicóptero comienza a descender. Apenas mi bota toca el cemento de la pista de aterrizaje, una oleada de ansiedad recorre mi cuerpo. A mi alrededor, observo el espeso bosque que rodea la pista, y noto que los guardias están fuertemente armados, vigilando cada rincón. Es obvio que el sitio no es exactamente un lugar de llegada oficial.
Permanezco de pie unos instantes, viendo a Lyle caminar lejos y hablar con uno de los hombres armados.
No puedo evitar sentir que cada decisión que he tomado me empuja más hacia un abismo del que quizás no pueda salir. Aun así, soy incapaz de detenerme.
—¿Viaje largo? —Una voz masculina me saca de mis pensamientos.
A mi lado, un hombre en un traje negro con camisa blanca y una corbata morada me observa con una sonrisa leve. No es especialmente alto, pero me saca unos centímetros.
Lo miro con desconfianza, tratando de descifrar quién es.
—Eh... sí —respondo, aún con un tono titubeante.
—Tú debes ser Grecia, la hija de Octavio —dice, extendiendo su mano hacia mí—. Me dijeron que vendrías. Soy Víctor.
Agradecida de no haber olvidado otro nombre importante, acepto su mano. Su mirada, oscura y penetrante, baja rápidamente de mi rostro a mis pies en un análisis fugaz. Entrecierro los ojos y retiro mi mano, incómoda ante su escrutinio.
—Oh, lo siento. Es solo que buscaba el parecido con tu padre —dice, con una sonrisa nerviosa, tras notar mi reacción.
—Por suerte, no me parezco a él en lo absoluto —respondo, con una mezcla de orgullo y alivio.
Él sonríe ante mi respuesta y asienta su rostro, dándome la razón. —Sí, puedo notarlo —Su respuesta me genera curiosidad, pero antes de preguntar algo, él agrega: —. Estoy aquí para llevarte a tu nuevo hogar—dice con una sonrisa, haciendo un gesto hacia la oscura camioneta con vidrios polarizados estacionada metros detrás de él.
Intento no pensar mucho en la idea de un nuevo hogar; este no es el momento ni el lugar para darle vueltas al asunto en mi cabeza. Lo miro con una ceja levantada, intentando descifrar qué hace alguien como él involucrado en todo esto.
—¿Así que eres el chofer?
Él se ríe suavemente, y sus ojos oscuros no se despegan de mi rostro.
—No, no soy chofer —responde, con una sonrisa contagiosa—. En realidad, soy contador. Pero hago excepciones cuando amigos me piden favores.
—Ah, ¿sí? —digo curiosa, mientras comienzo a caminar con lentitud hacia el auto—. ¿Y quién es el amigo al que le haces este favor?
—Lyle —contesta, encogiéndose de hombros—. Fue él quien me pidió que te lleve a tu nuevo hogar.
—No fue una petición, Víctor. Fue una orden —interviene Lyle, con tono seco.
Víctor sonríe sin dejarse intimidar y me abre la puerta de la camioneta. —Como tu digas... —le resta importancia a Lyle.
Una vez que estamos dentro y el motor comienza a ronronear, Víctor rompe el silencio con su tono relajado.
—¿Así que te quedas en Star City por un tiempo? —pregunta mientras conduce, girándose un poco para mirarme de reojo.
La verdad es que no sé cuánto tiempo estaré aquí. Todo es improvisado, mi vida entera ahora depende de decisiones tomadas en un segundo, sin previo aviso.
—No estoy segura de por cuánto tiempo —respondo, intentando que mi tono suene despreocupado—. Supongo que lo sabré luego de saber lo que Octavio espera de mí.
—Estoy seguro de que tu padre querrá que te quedes —dice él, sonriendo—. Yo he estado en esta ciudad por cinco años. Octavio me contrató cuando comenzó la venta aquí, hace pocos meses.
—¿Qué haces para él? —pregunto, más por mantener la conversación que por verdadero interés, aunque debo admitir que su aire confiado y relajado me intriga un poco.
—Me encargo de algunos asuntos financieros... ya sabes... Ver que las cuentas bancarías no aumenten sin sentido, si sabes a lo que me refiero —responde, y noto un brillo juguetón en sus ojos mientras lo dice.
—Sí. Lavas dinero.
Él me observa algo sorprendido de mi brusquedad al hablar. —Sí...
—¿Te gusta esta ciudad?
—Si, bueno, es un sitio tranquilo, a su manera. No sucede nada tan importante y divertido como... —se detiene un momento, como si estuviera a punto de hacer un comentario casual—. Como lo que sucedió en la mansión. Apostaría a que fue toda una aventura, ¿no?
La pregunta me pilla desprevenida, y en un instante el nudo en mi garganta se aprieta. Las imágenes de la mansión vuelven a mí de golpe: el sonido de los disparos, el fuego, las voces, el miedo opresivo. Y el peor recuerdo de todos: Aquella persona cayendo del balcón luego sufrir una herida que yo causé. No fue una aventura, fue sobrevivir en el sentido más crudo de la palabra.
Víctor, notando el cambio en mi expresión, frunce el ceño y sacude la cabeza.
—Lo siento. Fue un comentario estúpido. No debí…
—Está bien —lo interrumpo—. No tiene importancia.
La conversación se disuelve en un silencio incómodo, y agradezco no tener que seguir hablando. Él parece comprender, porque se limita a mirar hacia el frente, concentrado en la carretera, mientras el coche avanza por las calles que aún no conozco.
Después de unos minutos en silencio, la camioneta se detiene frente a un edificio modesto, rodeado de otros edificios y diferentes tiendas. Víctor me entrega una llave, sujeta a un llavero simple.
—Tu departamento está en el tercer piso, habitación siete—dice sonriendo de nuevo, aunque esta vez su tono es más contenido— ¿Quieres que te acompañe? Puedo guiarte y ayudar en lo que necesites.
Sacudo la cabeza rápidamente, aun me persiguen los recuerdos de la mansión.
—No, gracias —le respondo, tratando de sonar más firme de lo que me siento—. Creo que puedo manejarlo.
—De acuerdo. Nos veremos pronto, entonces —dice, despidiéndose con una sonrisa amable.
Salgo de la camioneta y cierro la puerta detrás de mí. Víctor me dedica un último gesto con la mano antes de marcharse, y yo me quedo de pie, observando cómo la camioneta se aleja hasta perderse en la esquina.
Respiro hondo, dejando que la fresca brisa de la mañana despeje un poco mi mente. Miro el edificio frente a mí, el lugar que se supone que será mi refugio temporal. Quizás sea solo una pausa, una parada en un camino que aún no tengo claro hacia dónde me lleva. Con el corazón pesado pero decidido, me dirijo hacia la entrada y empiezo a subir las escaleras.
El departamento es pequeño, pero acogedor. A primera vista, es mucho mejor que algunos de los lugares en los que he tenido que vivir. La cocina, sencilla y estrecha, es lo primero que veo al entrar. A continuación, el diminuto salón, con apenas un sofá, una mesita de café y un televisor. La habitación contiene solo lo esencial: una cama, un armario colocado junto a un mueble, y un pequeño baño junto a la puerta.
Siento un gran alivio al abrir los cajones del mueble y ver que contienen ropa. Sin perder un segundo, me meto en la ducha y dejo que el agua tibia caiga sobre mí. Me demoro más de lo habitual, como si el agua pudiera llevarse la suciedad, el peso, y la sangre que siento aún en mis manos. Quizás, incluso, podría borrar el pasado que ahora me acecha como una sombra.
Salgo de la ducha sintiéndome un poco más ligera, pero solo por fuera. Camino hacia la cocina y agarro el teléfono inalámbrico que está sobre la pequeña barra. Marco un número sin dudar, cada dígito grabado en mi memoria. Mientras escucho el timbre, me dirijo al pequeño balcón al final de la sala y observo la vista. El sol brilla alto en el cielo azul, ofreciendo una serenidad que me parece irreal, casi insultante, después de todo lo que ha ocurrido.
Al tercer timbre, alguien responde, pero durante unos segundos, no se oye ninguna palabra.
—Dime que no es cierto —una voz masculina finalmente rompe el silencio. Me sorprendo un poco de su habilidad para saber que soy yo la que está al otro lado de la línea.
—No puedo hacer eso —respondo en voz baja, sintiendo cómo su decepción me alcanza de lleno—. ¿Qué otra opción tenía?
—Huir de allí y regresar a casa —me responde, como si fuera la cosa más simple del mundo.
—Luca, sabes que no puedo abandonar la misión.
—¡La misión murió en el momento en que Octavio se enteró de ese operativo! —exclama, su voz cargada de rabia—. Nuestro plan habría funcionado si no fuera por esos policías y su torpeza.
—Todo lo contrario, Luca —lo corrijo—. Gracias a ellos, ahora nuestro plan será incluso mejor.
—¿De qué hablas?
—El operativo fallido les va a retrasar. Reunir nuevas pruebas y testigos les tomará años, o al menos meses, si tienen suerte —comienzo a pasearme por el departamento, dando pasos lentos y calculados, dejando que la certeza impregne mis palabras—. Antes de que ellos lo atrapen, nosotros lo acabaremos. Octavio Fiore caerá a nuestras manos, mientras los federales se pierden en falsas pistas.
El silencio de Luca me indica que está procesando lo que le acabo de decir. Lo imagino frunciendo el ceño al otro lado de la línea, debatiéndose entre la prudencia y la necesidad de hacer justicia.
—¿De verdad quieres seguir con esto? —pregunta finalmente, su tono vacilante pero solidario.
La pregunta trae una ola de recuerdos amargos. —Juramos destruir a ese hombre años atrás —respondo, con la voz cargada de una furia contenida—. Sabes perfectamente lo que vivimos por su culpa. Claro que quiero seguir adelante.
El silencio de Luca dura menos esta vez, como si mis palabras le hubieran dado la determinación que necesitaba.
—¿Y cómo piensas hacerlo?
—De la misma forma que hasta ahora —respondo, anticipando la confusión en su silencio—. Seré su seguidora más leal, hasta que él se lo crea por completo y luego, cuando esté completamente seguro de que confía en mí, comenzaré a quitarle todo. —Mis palabras brotan con una mezcla de amargura y esperanza, y siento una chispa en el pecho al decirlo—. Le arrebataré su reinado, le quitaré todo lo que ama. Tal como él me lo quitó a mí.
Luca guarda silencio, pero no necesito escucharlo para saber lo que piensa. Lo conozco; sé que está de mi lado, como siempre lo ha estado.
—Voy a necesitar tu ayuda —añado, bajando la voz.
—Siempre necesitas mi ayuda —responde con un suspiro resignado, como si supiera exactamente lo que implican mis palabras.
—Entonces… ¿vendrás?
—Claro que sí —responde, sin entusiasmo, pero sin dudar.
Sonrío al escuchar su respuesta. Saber que no estaré sola en este sitio desconocido, planeando mi venganza, me da una especie de consuelo que no sabía que necesitaba.
—Bien —Camino de regreso hacia el balcón, dejando que mi mirada vague una vez más por la ciudad que se extiende frente a mí—... ¿Estás preparado para eso?
Él ríe suavemente, con una mezcla de ironía y camaradería.
—Sabes que nunca lo estoy contigo, pero eso jamás logró detenerme, ¿verdad?
Nos despedimos en silencio, sin promesas grandiosas ni despedidas melodramáticas. Solo la certeza de que estamos juntos en esto, de que avanzaremos, pase lo que pase. Cuelgo el teléfono y lo dejo sobre la pequeña mesa de café en el balcón, sintiendo que una pequeña chispa de esperanza comienza a brotar en medio del cansancio y el odio acumulado.
Aunque todavía tengo el peso del pasado sobre mí, algo en mi interior me dice que, con cada paso, estoy más cerca de cumplir con lo que juré: Vengar a mi madre, y ahora también, a mi hermana.