Capitulo 1: La certeza de los ladrillos grises
El futuro no es un lienzo en blanco; es una pared de ladrillos grises. Yo solía creer lo contrario, en aquellos días ingenuos cuando la publicidad me había convencido de que la vida era una suma de mañanas brillantes. Ahora sé que el color solo existe en las historias que la gente se inventa para no saltar.
El mío, el futuro de Aura, es la certeza silenciosa de que la tormenta que siento dentro nunca cesará, solo aprenderá a ser más discreta. Como la mancha de humedad en mi techo.
Me levanté a las once de la mañana, un poco más tarde de lo "aceptable" según el terapeuta, pero a la hora perfecta para evitar la hora punta de la vida, esa oleada de optimismo forzado que inunda las calles a las ocho. Me puse la misma sudadera negra de la semana pasada. ¿Para qué cambiarse? El día anterior no había sido mejor ni peor, y este no prometía nada diferente.
La ansiedad, mi compañera fiel, se manifestaba como un nudo apretado justo debajo del esternón. No era el miedo a un evento en particular; era el miedo a la existencia misma, la anticipación de la decepción. Me acerqué a la ventana. Desde el quinto piso, podía ver el parque del vecindario. Un niño perseguía una paloma.
"Se caerá," murmuré, sin querer. Era una profecía, no un deseo.
El pesimismo no era una elección para mí, era una herramienta de supervivencia. Si esperabas lo peor, el peor resultado no te destruiría, y cualquier cosa ligeramente mejor sería un pequeño —aunque efímero— alivio. La esperanza, por otro lado, era un caramelo envenenado.
Me puse los audífonos y elegí mi lista de reproducción de "Nada," una hora de ruido blanco que silenciaba los engranajes ruidosos de mi cabeza. Tenía que salir a comprar leche, una misión ridículamente épica para alguien que sentía que cada paso era una lucha contra la gravedad.
Al bajar por la escalera de incendios —el ascensor era una trampa mortal de socialización obligatoria—, revisé mi bolso tres veces. Llaves, cartera, tarjeta de identificación de estudiante (inútil, porque las clases eran un tormento). Necesitaba una razón para estar fuera, aunque fuera endeble.
Al llegar a la acera, el mundo me golpeó con su volumen y su insistencia. Una pareja paseaba de la mano, riendo. Faltan tres meses para que se odien, sentenció mi mente con la frialdad de un algoritmo. Un perro ladraba a una nube. Tiene razón, pensé. Es mejor ladrar a lo que nunca vas a alcanzar.
Me dirigí a la pequeña tienda de la esquina, concentrada en el pavimento, en la cuenta regresiva de los segundos hasta que pudiera volver a mi guarida. Evitaba mirar a los ojos a la gente; las miradas eran ventanas a expectativas, y Aura no soportaba la idea de ser vista, y mucho menos entendida.
Apuré el paso para pasar la cafetería 'El Despertar' – irónico nombre –. Odiaba ese sitio. Siempre estaba lleno de gente que bebía café con espuma y miraban el sol como si fuera un milagro exclusivo para ellos.
Estaba tan concentrada en la grieta del techo del café, convencida de que esa mancha de humedad era una metáfora de su vida que se desmoronaba lentamente, que no vio al chico hasta que chocó con él al girar la esquina del toldo.
Un café caliente, con demasiada espuma, salpicó el hombro de mi sudadera negra. No me dolió el café, sino el contacto. El nudo en mi pecho se convirtió en un calambre. Me tensé, lista para el derrumbe, para la catástrofe social de la disculpa mutua, el titubeo y la vergüenza.
Él, sin embargo, no hizo ninguna de esas cosas. Era más alto que yo, con el pelo revuelto como si acabara de correr y los ojos de un color indefinido, entre marrón y verde. Parecía genuinamente mortificado, pero había una extraña luz en su rostro. Una risa tonta escapó de él antes de que pudiera controlarla, y la dirigió hacia la mancha de café.
"Lo siento, de verdad," dijo, sin parecer preocupado por lo que yo pensara de él. "Iba mirando el cielo. Está increíble hoy."
¿El cielo?
El cielo, desde donde yo lo veía, era un techo sucio de gris y nubes. No podía entenderlo. Alzó la vista por inercia, esperando el gris predecible, pero el sol de la tarde se colaba entre los edificios y lo hacía parecer dorado, casi obsceno en su intensidad.
"No es nada," dije, con la voz más áspera de lo que esperaba, ya preparada para huir.
Él no se movió. Sostuvo la taza de café que quedaba y, en lugar de irse, levantó la mano y señaló la parte superior de un edificio.
"Mira," insistió. "El color ahí. Parece fuego, ¿verdad? Me distraje. Me llamo Elías, por cierto."
Me quedé helada. En primer lugar, la gente normal no se presentaba después de un accidente de café. En segundo lugar, ese fuego, esa luz que él señalaba, era una mentira, por supuesto, una trampa de luz barata que prometía lo que no podía dar.
Pero la extraña calidez de su sonrisa, esa que parecía genuina en un mundo de imitaciones, me hizo tambalear. Sentí un pequeño y traicionero movimiento en el nudo de mi estómago, una sensación que no había experimentado en meses: la curiosidad.
Me tomó medio segundo darme cuenta del peligro que ese sentimiento representaba. Sentí miedo, no por el café, sino por esa grieta en mi muro de ladrillos grises.
Me obligué a recuperar la compostura, a ponerme mi máscara de apatía. Me giré, sin responderle.
"Aura," logré decir, sin mirarle, y me alejé tan rápido como pude, dejando la leche para otro momento.
Mientras me apresuraba a volver a la seguridad de mi ascensor-trampa-de-escalera, la calidez de su sonrisa se pegó a mí, más persistente que la mancha de café.
Y entonces lo supe: este era el principio de la parte que más temia de mis historias. La que iba a hacerme creer en algo, solo para que, inevitablemente, tuviera que romperse.