El nacimiento
En el mundo hubo una gran guerra.
Donde antes había conexión, ahora solo quedaban caos y destrucción. Todo debido a esas grandes explosiones.
(Llantos de bebés)
Durante la batalla usaron bombas nucleares, y los niños comenzaron a nacer con mutaciones extrañas.
Algunos decidieron matarlos, todo en nombre de mantener “pura” a la humanidad.
Según los pocos científicos que quedaban, aquello se debía a que algunos recién nacidos tenían una doble estructura genética.
Normalmente pensábamos que eran deformaciones… yo también lo creía, hasta que lo vi.
Una mujer está rodeada de enfermeros mientras puja y grita.
El llanto del bebé que acaba de nacer hace que todos se callen.
No es un niño normal: tiene tres cabezas, y las tres lloran al unísono.
La madre, llorando, decide tener al crío en brazos, y en ese momento, las cabezas sobrantes se derriten como si fueran carne líquida, fundiéndose en una sola.
Ese día lo entendí: lo que le pasó a ese niño no era una aberración.
Era una mutación.
Era… evolución.
Y ahí lo decidí todo.
Antes de que entraran los guardias que habían llamado, tomé al niño.
Me lo llevé a mi casa, empaqué todo lo que pude cargar… y escapé.
Durante el tiempo que estuvo conmigo, aprendí algo:
él no necesita un traje antirradiación.
Es como si, para él, la radiación no existiera.
También descubrí que sus poderes no se limitan a clonarse completamente — o en partes.
Puede clonar órganos.
Una vez, no teníamos nada para comer, y él clonó varios hígados suyos para que pudiéramos alimentarnos.
Algo más extraño aún: no puede pasar mucho tiempo bajo tierra.
Es como si fuera una planta; necesita la luz —por más radiactiva que sea— para poder mantenerse despierto.
Decidí llamarlo Víctor, por su victoria ante la muerte…
Y porque cada día que paso con él, siento esa misma victoria.
Hace poco nos empezaron a perseguir unos cazadores.
Víctor ya tiene quince años; al menos ahora puede correr solo y defenderse.
La verdad, siento que yo soy la carga para él, aunque a veces parece que él cree lo contrario.
Hoy vamos a viajar hacia un refugio abandonado.
Ahí descansaremos… y quizás, por un rato, estaremos tranquilos.
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(Ruido de ruedas sobre la arena)
Líder cazador: ¡Maten al mutante y a su protector!
Profesor: ¡Víctor, tenemos que huir!
Víctor: Puedo encargarme de ellos.
Profesor: ¡Es mejor escapar, hazme caso!
Ellos corren, pero los rufianes conducen autos y están muy cerca de alcanzarlos.
Entonces, Víctor se clona: crea diez versiones de sí mismo que se lanzan sobre los malhechores.
Profesor: Bien hecho, hijo… qué buena distracción.
(Disparo)
En ese instante, la cabeza del hombre que había criado a Víctor estalló.
Un cazador, oculto entre las dunas, había logrado escapar de los clones.
Cazador: Vaya… eres toda una patada en los huevos, lacra.
Dime tus últimas palabras.
Víctor guarda silencio.
Solo una lágrima se desliza por su mejilla.
Cazador: ¿Ahora lloras? Qué asco das.
Yo creía que las basuras como tú ni siquiera podían—
En ese momento, Víctor clonó un brazo sobre su propio brazo, extendiéndolo hasta alcanzar al cazador.
Comenzó a estrangularlo con una fuerza inhumana.
Su rostro no mostraba nada más que odio.
Después de haber matado por primera vez, el muchacho caminó sin rumbo; no sabía qué hacer. El único que lo quiso ya no existía.
Tras horas andando, el chico cayó rendido por el cansancio; a punto de desmayarse, escuchó una voz.
—¿Oye, oye, está todavía con vida? —dijo alguien.
—Tenemos que ayudarlo —añadió otra voz.
—Agua, por favor —susurró Víctor.
Al oír la súplica, la muchacha sacó un vaso y, con un movimiento en el aire, el vaso se llenó. Se lo dio al chico.
Víctor abrió los ojos. Eran dos personas.
—¿Ustedes quiénes son? —preguntó él.
—Si te lo dijéramos, tendríamos que matarte —respondió una de ellos.
—No juegues con él, Ryan; ¿no ves que estuvo a punto de caer deshidratado? —dijo la otra.
—¿Y qué? Puedo molestar a quien quiera —replicó Ryan con un tono desafiante, pero su mirada no ocultaba curiosidad.
Esos dos no parecían ser una amenaza.
Víctor los miró y le preguntó al muchacho, de cabello oscuro como el carbón:
—¿Qué quieren? —preguntó con voz débil.
—Nada —respondió el chico—. Solo te vimos casi muerto y te ayudamos.
—Nos presentamos —añadió la chica—. Yo soy Alum, y él es mi primo Ryan. Somos nómadas… ¿y tú quién eres? —dijo con un toque de curiosidad.
—Yo soy Víctor… —respondió el muchacho.
En ese momento, un grito desgarró el aire.
Era el cazador que Víctor supuestamente había asesinado.
—¡Oye, tú, basura! ¿En serio creíste… que podías matarme? —dijo el hombre entrecortado; se notaba que le costaba respirar.
Disparó hacia los jóvenes.
—¡Detrás de mí! —gritó Ryan, alzando los brazos.
En un instante, un muro de fuego surgió frente a ellos, bloqueando las balas.
Víctor abrió los ojos sorprendido: se dio cuenta de que no estaba con personas como su padre… ni como el cazador.
Estaba con gente como él.
Alum lo tomó del brazo y corrieron junto a Ryan, perdiéndose entre las dunas ardientes.
El niño que creció huyendo… ahora estaba con los suyos.