1.
«La gente paga por lo que hace y, lo que es más, por lo que
ha consentido en convertirse. Y lo hace de una forma muy
sencilla: con la vida que lleva».
JAMES BALDWIN
Toda la vida me han llamado Bone, pero mi nombre es Ruth Anne. Me lo puso, por ella, la mayor de mis tías, tía Ruth. Mi madre no tuvo mucho que ver en ello, ya que, a decir verdad, no estaba allí. Mamá y varios de mis tíos habían ido en coche al aeropuerto a buscar a uno de los primos que volvía de servir en el ejército. Tía Alma, tía Ruth y su marido, Travis, iban apiñados adelante, y mamá, repantigada en la parte de atrás, profundamente dormida.
Mamá no se había adaptado bien al embarazo y había tenido muchos problemas para dormir durante aquellos ocho meses. Decía que cuando se echaba boca arriba era como si yo la estuviera aplastando, cuando se acostaba de lado, como si trepara por su columna, y que le resultaba imposible descansar boca abajo. Su único alivio era el asiento de atrás del Chevrolet del tío Travis, que estaba tan levantado que acunaba suavemente a niños pequeños o a mujeres embarazadas. Al poco de tumbarse en el asiento, mamá, por primera vez en ocho meses, se quedó tan dormida que ni siquiera el accidente la despertó.
Mi tía Alma sigue insistiendo hasta hoy en que lo que sucedió no fue de modo alguno culpa del tío Travis, pero sé que la primera vez que le vi sobrio fue cuando tenía yo diecisiete años, y le acababan de extirpar parte del estómago y del hígado. No me puedo creer que no hubiera bebido. No me cabe la menor duda de que todos habían bebido, excepto mamá, que nunca pudo hacerlo, y mucho menos cuando estaba embarazada.
No, mamá simplemente estaba dormida y todos los demás estaban borrachos. Y lo que hicieron fue llevarse por delante a un coche que circulaba despacio. La parte delantera del Chevrolet de Travis quedó como un acordeón; la trasera salió volando; las tías y el tío Travis estaban tan apiñados que solo rebotaron un poco; y mamá, todavía dormida, con las manos debajo de la barbilla, salió disparada por encima de sus cabezas, a través del parabrisas, y por encima del coche con el que habían chocado. Al atravesar el cristal se hizo un corte en la parte superior de la cabeza, y al dar contra el asfalto se magulló el trasero; aparte de eso, no se hizo nada en absoluto. No despertó hasta pasados tres días, cuando ya la abuela y tía Ruth habían firmado todos los papeles y elegido mi nombre.
Me llamo Ruth por mi tía y Anne por mamá. Me apodaron Bone poco después de que mamá me llevara del hospital a casa y de que tío Earle anunciara que abultaba «menos que el hueso de un nudillo», y la hija pequeña de tía Ruth, Deedee, retirara la manta para ver «el hueso». Por suerte no soy Mattie Raylene, como quería la abuela. Pero mamá siempre dijo que su primera hija se llamaría como su hermana mayor, y tía Ruth pensó que la criatura, lógicamente, debía llevar el nombre de mamá puesto que tan cerca habían estado de perderla.
Excepto en el nombre se equivocaron en casi todo lo demás. Ni tía Ruth ni la abuela sabían escribir bien, y no se tomaron la molestia de consultar la ortografía de Anne, por lo que acabó escrito en el impreso de tres formas distintas: Ann, Anne y Anna. En cuanto al nombre del padre, la abuela se negó a pronunciarlo después de hacer que saliera corriendo de la ciudad por jugar con su hija, y tía Ruth nunca estuvo segura de su apellido. Pensaron que cualquier cosa que garabatearan pasaría inadvertida, pero si en el hospital a nadie le importaba cómo se escribía el segundo nombre de un bebé, fueron muy tajantes en lo que al apellido del padre se refería. Así que la abuela dio uno y Ruth dio otro, volvieron loco al funcionario, y ahí estaba yo: declarada oficialmente hija ilegítima por el estado de Carolina del Sur.
Mamá siempre dijo que eso no habría sucedido si ella hubiera estado despierta. «Después de todo —dijo a tía Alma— no piden el certificado de matrimonio antes de ponerte en el tablero». Estaba convencida de que habría podido salirse con la suya fingiendo, podría haber dicho que estaba casada con tal convencimiento que nadie lo habría puesto en duda.
—Solo toman nota de ello cuando se lo mencionas.
La abuela decía que de todas formas no importaba. ¿A quién le interesaba lo que estuviera escrito? ¿Acaso la gente leía los documentos del Registro Civil? ¿Te piden que les enseñes la partida de nacimiento antes de sentarse en tu porche? Aquellos que importaban lo sabían, y le traían al fresco todos los demás. Le tomaba el pelo a mamá con el dichoso papel y el sello rojo al final.
—¿Qué ibas a hacer? ¿Pretendías enmarcar esa cosa? ¿Querías algo para poner en la pared que probara que te habías comportado como es debido?, — la abuela podía ser realmente mala cuando de su orgullo se trataba—. La criatura es prueba suficiente. No hay ningún sello que ver en ella.
Si a la abuela le traía sin cuidado, a mamá no. Mamá odiaba que la llamaran basura, odiaba el recuerdo de cada día que había pasado inclinada sobre las plantas de fresas y cacahuetes de otros, mientras ellos, altivos, la miraban como si fuera una piedra del terreno. El sello de ese certificado de nacimiento la quemaba tanto como la etiqueta que sabía habían tratado de colgarle a ella. Mala, holgazana, inútil. Haría de sus manos zarpas; de la espalda, un caparazón; y pondría en su boca una sonrisa torva y huraña, lo que fuera, con tal de negar todo lo que Greenville County quería llamarla. Ahora, un hombre de voz suave y ojos negros lo había hecho por ellos: la había marcado a ella y a los suyos. Pensar en eso fue lo que la ayudó aponerse en pie ocho días después de nacer yo y volver a servir mesas, con los labios apretados y los ojos hinchados.
Mamá esperó un año. Cuatro días antes de mi primer cumpleaños y un mes después de cumplir ella los dieciséis, me envolvió en una manta y me llevó al Registro. El funcionario fue correcto pero apático. Hizo que rellenara un impreso y que pagara una tasa de dos dólares. Mamá lo rellenó con una caligrafía de buena estudiante. No había pisado la escuela durante tres años, pero escribía las cartas de toda la familia y estaba orgullosa de su letra menuda y ligeramente inclinada.
—¿Qué ha pasado con el otro?, —inquirió el funcionario.
Mamá no levantó la vista de mi cabeza, apoyada en su brazo.
—Se rompió por abajo.
El funcionario la miró más detenidamente y después volvió los ojos hacia mí.
—¿Es eso cierto?
Se fue adentro y no volvió durante un buen rato. Mamá permaneció, callada pero resuelta, ante el mostrador. Cuando regresó, le pasó el papel y se quedó a ver qué cara ponía. Era igual, idéntico al otro. En la parte de abajo, en letras grandes, mayúsculas y en rojo, se leía: ILEGÍTIMA.
Mamá contuvo el aliento como una vieja con pleuresía, y se puso colorada desde el cuello hasta la raíz del pelo.
—No lo quiero así —balbuceó.
—Bueno, señorita —dijo, lenta y pesadamente. A sus espaldas podía ver a varias funcionarías de pie al lado de una puerta, tan sonrojadas como ella pero con un brillo en los ojos que reflejaba un sentimiento completamente distinto —. Así debe ser. Lo hemos comprobado —alargó la palabra y la dijo más alta para que flotara en el aire, entre ellos, como un reflejo de neón del rubor de mamá: comprobado.
Las mujeres de la puerta menearon la cabeza y fruncieron los labios.
—¡Qué gente!, —le dijo una a la otra, con afectación.
Mamá se enderezó, me arrebujó acercándome más a su cuello y se volvió de repente hacia la puerta de salida.
—Olvida su certificado —le gritó el hombre, pero ella no se detuvo. Sus manos se aferraban a mi cuerpo con tanta fuerza que emití un agudo y tenue gemido. Mamá siguió sujetándome y me dejó llorar.
Esperó otro año antes de volver, llevando esta vez a tía Ruth y dejándome a mí con la abuela.
—Yo estaba allí —les juró tía Ruth— y en realidad fue culpa mía. Con tanta excitación, entre Anney que parecía una muerta y todos los demás que gritaban y corrían a mi alrededor, simplemente me aturrullé. Mire, a los pocos minutos de llegar nosotros trajeron a los de otro accidente múltiple —tía Ruth dirigió al funcionario una mirada sincera y directa, tratando torpemente de mantener una expresión abierta y cordial.
—Ya sabe usted cómo suceden estas cosas.
—¡Oh!, claro que sí —dijo, disfrutando enormemente.
El impreso que sacó no era distinto de los otros. Echó una mirada a mi madre y a mi tía de mera justificación. ¿Qué esperaban? parecía estar diciendo. Su semblante era circunspecto y casi amable, pero se reía de ellas con los ojos. Mi tía a punto estuvo de sacudirle con el bolso en la cabeza, pero mamá le sujetó el brazo. Esta vez se llevó consigo el certificado.
—Podrían dar algo por los dos dólares —dijo. A los diecisiete era mucho mayor de lo que había sido a los dieciséis. Al año siguiente fue ella sola, y al otro. Ese mismo año conoció a Lyle Parsons y empezó a pensar más en casarse que en arrastrarse al Registro de nuevo. Tío Earle le tomaba el pelo diciéndole que si vivía con Lyle durante siete años conseguiría el mismo resultado sin tener que pagar a un abogado—. La ley no nos ha sido nunca de gran ayuda. Podríamos pasar perfectamente sin ella.
Mamá dejó el trabajo de camarera poco después de casarse con Lyle Parsons, aunque ella no estaba tan segura de que fuese una buena idea.
—Vamos a necesitar cosas —le dijo, pero él no escuchaba.
Lyle era el más encantador de los hijos de los Parsons, un chico guapísimo, de mirada tierna, voz suave, y cansado de ser el niño de mamá. Completamente decidido a mantener debidamente a su familia y a probar que era un hombre, dejó preñada a mamá casi inmediatamente y no quería que trabajase en modo alguno. Pero echando gasolina y cambiando neumáticos en la estación Texaco de su primo apenas ganaba lo suficiente para pagar el alquiler. Mamá intentó trabajar media jornada en una tienda de ultramarinos, pero lo dejó cuando estaba ya de tantos meses que le era imposible levantar cajas. Era más fácil ocupar un puesto en la cadena de la fábrica Stevens hasta que naciera Reese, pero eso no le gustaba nada a Lyle.
—¿Cómo va a tener ese niño las largas piernas de su padre si te sientas siempre encorvada?, —se quejaba. Quería pedir dinero prestado o buscar un segundo empleo, cualquier cosa que mantuviera a su joven y preciosa esposa alejada de la fábrica. «Cielo», la llamaba, «dulzura».
«Bollito», le contestaba ella, «terroncito», y cuando nadie la oía, «mi niño». Le quería como a un bebé; les hablaba a sus hermanas en susurros del pelillo suave y rubio de su vientre, de la forma en que dormía con una pierna sobre su cadera, de las historias que le contaba sobre todos los sitios a los que quería llevarla.
—Quiere a Bone, la quiere de verdad —le dijo a tía Ruth—. Desea adoptarla cuando tengamos un poco de dinero ahorrado.
Le encantaba hacerle fotografías. La mejor de ellas era una tomada en la gasolinera, en un día de verano, en la que Lyle está columpiándose de la señal de la Texaco, con una cazadora que tenía escrito Circuito del Condado de Greenville. Había tomado un empleo en el circuito donde se celebraban carreras de coches, para trabajar en la caseta de mantenimiento cambiando neumáticos a toda velocidad y sacar algo de dinero en el demolition derby[1] los domingos por la tarde. Mamá no iba allí con él a menudo. No le gustaba el ruido ni el tufo, ni tampoco la forma en que los otros hombres insistían en que Lyle bebiera cerveza tibia para ver si su trabajo iba más despacio. Aunque le gustaba mucho tomar fotografías, solo le hizo una en el circuito, con un neumático apoyado en la cadera izquierda, un lado de la cara lleno de grasa y una sonrisa tan grande que se podía oler la cerveza.
Lyle murió un domingo, no en el circuito sino de camino a casa, tan fácil y plácidamente que los recolectores de cacahuetes que habían visto el accidente insistían en que el chico no podía estar muerto. Había habido uno de esos temibles chaparrones de verano, con un sol que no dejaba de brillar y una lluvia que caía en suaves láminas, y a los que nadie hacía ningún caso. La camioneta de Lyle había llegado a la curva desde el paso a nivel a toda velocidad. Saludó con la mano a uno de los trabajadores, con su sonrisa de oreja a oreja. De repente la camioneta empezó a girar, saliéndose de la carretera, en un resbaladizo charco de aceite. Lyle chocó contra la puerta y fue a parar al asfalto.
—Ese es un buen muchacho —repetía uno de los trabajadores al guardia de tráfico—. No estaba haciendo nada mal, simplemente venía por la carretera, con esa lluvia, esa lluvia del demonio, ya sabe. Brillaba mucho el sol y el chico sonreía —el hombre no dejaba de mirar hacia donde Lyle yacía inmóvil al borde de la carretera.
Lyle quedó tendido sin cubrir durante veinte minutos largos. Todos seguían esperando que se levantara. No tenía ni una señal y su rostro resplandecía con aquella indolente sonrisa. Pero tenía la cabeza aplastada por detrás, entre la grava, y las manos abiertas y húmedas en medio del torrente de tráfico que los guardias desviaban en torno al accidente.
Mamá tenía en brazos a Reese cuando el coche del sheriff se paró ante la casa de tía Alma, y debió de imaginar inmediatamente lo que había venido a decirle, porque echó la cabeza hacia atrás y aulló como una perra vieja pariendo; aullaba y balanceaba y estrujaba a la niña con tanta fuerza que tía Alma tuvo que pellizcarla para que soltara a Reese.
Mamá tenía diecinueve años, dos niñas y tres copias de mi certificado de nacimiento en el cajón de la cómoda. Cuando dejó de aullar, dejó también de emitir cualquier otro sonido y respondía solo con inclinaciones de cabeza cuando la gente trataba de hacerla llorar o hablar. Llevó a sus dos hijas al funeral, y todas sus hermanas se colocaron en hilera a su lado. Los Parsons apenas le dirigieron la palabra. La madre de Lyle le dijo a tía Alma que si su hijo no hubiera cogido aquel maldito trabajo por mamá, no habría muerto en la carretera. Mamá no hizo ningún caso. Tenía el pelo más oscuro y lacio, la tez pálida, y durante esos días le habían aparecido pequeñas patas de gallo.
Tía Ruth se la llevó de la tumba y tía Raylene metió unas flores en la biblia familiar y se paró a decirle a la señora Parsons lo estúpida que era. Tía Ruth llevaba muy avanzado el embarazo de su octavo hijo, y le resultaba difícil no coger a mamá entre sus brazos como si fuera otro bebé. Cuando llegaron al coche de tío Earle, se paró y apoyó la espalda en la puerta delantera, sin soltar a mamá. Le retiró el pelo de la cara, mirándola fijamente a los ojos.
—Nada volverá a hacerte daño de esta manera —le prometió. Le pasó los pulgares por debajo de los ojos, presionándole suavemente las sienes con los dedos—. Ahora pareces una Boatwright —dijo—. Ahora tienes el aire. Ya eres todo lo mayor que se puede ser en la vida, niña. Este es el aspecto que tendrás hasta que te mueras —mamá simplemente asintió; ya no le importaba el aspecto que pudiera tener.
Un año en los telares fue todo lo que mamá pudo resistir después de enterrar a Lyle; el polvo del aire le hizo mella rápidamente. Después de eso, no quedaba más remedio que buscar trabajo en un pequeño restaurante. Lo mejor de todo eran las propinas, aunque ella sabía que podía ganar más dinero en un club nocturno o buscándose un puesto como camarera en un bar. Se sacaba siempre más dinero sirviendo vino y cerveza a la gente, y más aún con los licores, pero para hacer eso tendría que marcharse de Greenville County, y no podía imaginar la posibilidad de alejarse de su familia. Necesitaba que sus hermanas la ayudaran con las dos niñas.
De todas formas, el Café White Horse, uno de los pocos restaurantes decentes de la ciudad, era una buena elección. El trabajo era cansado pero no la enfermaba como los telares, y le gustaba la gente que iba por allí, las propinas y la conversación.
—Te las arreglas muy bien con una sonrisa —le dijo el director.
—Mi sonrisa me lleva muy lejos —se rio, y nadie habría sospechado que no lo decía en serio. Camioneros o jueces, a todos les gustaba mamá. Tía Ruth tenía razón, se le habían asentado los rasgos de la cara. Después de un tiempo había recobrado el color y las pequeñas patas de gallo hacían que pareciera siempre dispuesta a sonreír. Cuando los hombres no le metían alguna propina en los bolsillos, le traían regalos, recuerdos o postales; alguna vez, un anillo.
Mamá sonreía, bromeaba, daba palmaditas en el culo, y con determinación devolvía cualquier cosa que pareciese un anticipo por algo que ella no tenía intención de vender.
La siguiente vez que mamá entró en el Registro Civil, Reese tenía dos años. El funcionario parecía contento de volverla a ver. Mamá no le habló esta vez, solo cogió el impreso y lo llevó a las nuevas oficinas que estaban cerca de Sears, Roebuck Auto Oudet. Tío Earle le había dado una parte de la liquidación de otro accidente de coche, y quería usar un poco de ese dinero para contratar al abogado de su hermano durante unas horas. El hombre tomó el dinero y le sonrió de la misma forma que el funcionario cuando le dijo lo que quería. Su rostro se endureció, y él tuvo que tragar saliva para no reírse.
No tenía sentido convertir a una hermana de Earle Boatwright en enemiga suya.— Lo siento —le dijo, devolviéndole la mitad del dinero—. Tal como son las leyes, no se puede hacer nada por ti. Si lo tramitara, me lo devolverían exactamente igual que el que tienes ahora. Espera unos años. Tarde o temprano se desharán de esa maldita norma. De todos modos, normalmente ya no se la imponen a nadie.
—Entonces, ¿por qué se empeñan en imponérmela a mí?, —le preguntó.
—Mira, bonita —suspiró, evidentemente incómodo. Se movió inquieto en su silla y le devolvió el resto del dinero—. No es necesario que te conteste a eso. Has vivido en este condado toda tu vida y ya sabes cómo son las cosas — le dirigió una sonrisa en la que no había visos de humor—. Lo que ellos están deseando es que aparezcas por allí. Son unos intransigentes —le dijo, pero seguía con la misma sonrisa.
—¡Bastardos!, —susurró mamá, y trató de dominarse. Odiaba esa palabra.
La familia es la familia, pero ni siquiera el amor puede evitar que nos comamos unos a otros. El orgullo de mamá, la indignación de la abuela porque algo pudiese siquiera considerarse vergonzoso, el miedo y el humor amargo de mis tías, el desprecio insolente de mis tíos hacia cualquier cosa que no pudiera arreglarse con una pistola o un garrote, todo se alió para que mamá madurase rápida y dolorosamente. Solo había un modo de luchar contra la pena y el odio. Mamá aprendió a reírse con la gente antes de que se rieran de ella; y a hacerlo tan bien que nadie pudiese estar seguro de lo que realmente pensaba o sentía. Se hizo famosa por su sonrisa amable y su lengua mordaz, y, al usar la una para compensar la otra, daba la impresión de ser cordial pero distante. Nadie sabía que de noche lloraba por Lyle y por su felicidad perdida, que debajo de esa dura corteza exterior era toda hambre y dolor, que más que ninguna otra cosa en el mundo deseaba a alguien fuerte que la quisiera como ella quería a sus niñas.
—Oye, ten cuidado con mi hermana —le dijo tío Earle a Glen Waddle el día en que le llevó a almorzar al restaurante—. Di algo que no debas y te quitará el brillo de los dientes.
Era jueves, y servían pollo frito y verdura en el restaurante, que fue la excusa de tío Earle para arrastrar hasta allí a su nuevo compañero de trabajo, atravesando Greenville, en un día laborable. Le había tomado simpatía a Glen, aunque no siempre podía adivinar lo que ese chico bajito y obstinado estaba pensando detrás de aquellos ojos de color azul oscuro. Los Waddle eran dueños de la vaquería, y el hijo mayor era candidato a fiscal de distrito.
El pequeño, delgado y nervioso Glen Waddle no parecía que fuese a llegar muy lejos conduciendo un camión para los altos hornos y temblando cada vez que intentaba mirar a un hombre a los ojos. Pero a los diecisiete años quizá era suficiente con intentarlo, se dijo para sí Earle, y siguió contando cosas de su hermana para que el chico se relajara.
—Anney hace la mejor salsa de carne del condado, las tortas más ricas y pone el vinagre justo en la verdura. ¿Sabes lo que quiero decir?
Glen asintió, aunque la verdad era que nunca le había gustado mucho la verdura y que su madre, tan instruida, siempre le había dicho que la salsa de carne era mala para el corazón. Así que no estaba preparado para el momento en que mamá, echándose su corto pelo rubio hacia atrás, le puso delante un enorme plato de comida. Glen tomó un bocado de carne ternillosa con salsa que se le derritió entre los dientes. La verdura estaba entre salada y dulce, y aceitosa. La lengua se lo cantó a la garganta; el cuello se le relajó, y el pelo se le vino a la cara. Era como el sexo esa comida, demasiado buena para desperdiciarla a mediodía y en un comedor lleno de hombres demasiado cansados para apreciarla. Masticó, tragó, y empezó a animarse. Por primera vez se sintió como un chico más, un hombre hecho y derecho aceptado por el célebre y peligroso Black Earle Boatwright, mirando fijamente por encima del mostrador a una de las mujeres más guapas que jamás había visto. Sentíacalor en la cara y tomó un buen vaso de té helado para refrescarse.
—¿Ella?, —le dijo tartamudeando—. ¿Esa, tu hermana? ¿Esa cosita preciosa de pelo rubio? Si es solo una cría.
Earle sonrió. La expresión de Glen era tan clara como el cielo después de una lluvia de primavera.
—¡Oh, sí!, es una cría —asintió, poniéndole la mano en el hombro—. Es la pequeñina de mamá. Pero ya sabes que nuestra madre es una víbora y nuestro padre era hijo de un pistolero.
Se rio a carcajadas y paró solo cuando vio cómo Glen miraba a Anney alejarse, con el lazo de su delantal balanceándose en la parte superior del culo.
Durante un instante se enfureció, pero se dominó enseguida. El chico era estúpido, pero un chico al fin y al cabo. Probablemente no tenía malas intenciones. Sintiéndose generoso y cristiano, Earle dio a Glen un último apretón en el hombro y le repitió.
—Mucho cuidado, hijo. Ten mucho cuidado.
Glen Waddle asintió, comprendiendo perfectamente la mirada de Earle. Después de todo era un Boatwright y tanto él como sus dos hermanos habían estado en la cárcel por causar graves daños a otros hombres. Se contaban terroríficas historias de los chicos de los Boatwright, esa clase de historias que los hombres cuchicheaban con un whisky en la mano cuando no había mujeres delante. Earle era bueno con el martillo y la sierra y asombroso con el pico. Conducía la camioneta como si le estuviera haciendo el amor a las marchas y llevaba un machete de siete pulgadas en el bolsillo lateral de sus pantalones reforzados de pintor. Earle Boatwright era todo lo que Glen siempre había querido ser, especialmente después de que sus hermanos mayores se rieron de su mal genio, su pésima memoria y su completa inutilidad. Además, Earle tenía el don de fascinar a la gente —hombres y mujeres— y había fascinado a la oveja negra de los Waddle, precisamente por el terror que este tenía a los otros compañeros, así como a la desaprobación de su familia. Cuando Earle le dirigió esa sonrisa, Glen se descubrió a sí mismo sonriéndole a su vez, disfrutando con la idea de enojar a su padre y escandalizar a sus hermanos. Merecía la pena ganarse esa relajada y encantadora sonrisa de Earle. Hacía que uno quisiera volver a verla, sentir a la vez el apretón de manos de Earle y experimentar un poco de su admiración.
Más que nada en el mundo Glen quería gustar a Earle Boatwright. Qué importa esa guapa chiquilla, se dijo para sí, y exageró sus buenos modales hasta que Earle se tranquilizó. Glen contestó educadamente a todas las camareras y le quitó a Anney de las manos la factura de Earle, aunque solo le quedarían unos cigarrillos y unos centavos después de pagarla.
Pero cuando Earle fue al baño, Glen se permitió observarla de nuevo, el lazo sobre el culo y el modo en que los labios se separaban de sus dientes cuando sonreía. Anney le miró una vez directamente a la cara, y él intuyó cómo era ella. Había sonreído a su hermano con expresión sincera y ojos brillantes, sonrisa amable y cariñosas palabras, una expresión sin rastro de temor o picardía. La sonrisa que dirigía a Glen y a todos los demás en el mostrador era igual de amable pero no tan sincera. Tenía entre los ojos una ligera arruga que se hacía más profunda cuando forzaba la sonrisa. Una sombra oscureció sus claras pupilas un momento antes de que apartase la mirada. No la hacía menos guapa, pero le daba un aire de tristeza.
—¿Vienes a casa esta noche, Earle?, —le preguntó cuando volvió, con una voz tan suave y dulce como sus bizcochos—. Las niñas te echan de menos tanto como yo.
—Puede que me pase —dijo Earle, alargando las palabras— si aquí este chico hace bien su trabajo y esta vez terminamos antes de que anochezca — palmeó a Glen ligeramente en el hombro y le guiñó el ojo a Anney—. Quizá incluso le lleve conmigo.
Sí, pensó Glen, claro que sí, pero no dijo nada, y tomó otro sorbo de té. La salsa en el estómago ya le mantenía apaciguado, pero lo que realmente le frenaba era la sonrisa de Anney. Se sentía tan fuerte que quería escupir.
Tendría a esa chica, se dijo a sí mismo. Se casaría con la hermana pequeña de Black Earle, se casaría con la leyenda entera de los Boatwright, avergonzaría a su padre y asombraría a sus hermanos. Llevaría una navaja en el bolsillo y mataría a todo aquel que se atreviera a tocarla. Sí, pensó, claro que sí.
Mamá observó al chico que estaba de pie junto a la caja, con sus ojos azul oscuro y su espeso pelo castaño. Hubo un tiempo en que se habría sonrojado por la forma en que la estaba mirando, pero en aquel momento simplemente le devolvió la mirada. Haría un buen padre, imaginó, un hombre pacífico. Él sonrió, pero con sonrisa torcida. Sus ojos la taladraron y parecían aún más oscuros. Entonces se puso colorada y percibió su propio olor, incapaz de saber si el sudor se debía al temor o al deseo.
Necesito un marido, pensó; se dio la vuelta y se secó la cara. Sí, y un coche y una casa y cien mil dólares. Meneó la cabeza y, cuando Earle se marchaba, le dijo adiós con la mano, sin volver a mirar al chico que iba con él.
—Oye, Anney, ¿por qué no vienes y te plantas al lado de mi café?, — bromeó uno de los clientes habituales—. Se calentará simplemente estando cerca de tu corazón.
Mamá soltó una risa discreta y cogió la cafetera.
—Para qué perder el tiempo haciendo hechizos con el café, cuando puedo servirle uno caliente con una sola mano —bromeó a su vez. Qué me importa a mí ningún tonto amigo de Earle, se dijo para sí, y siguió llenando tazas de café hasta que pudo marcharse y tomarse un respiro.
—¿Dónde guardas ese papel, el certificado de nacimiento de Ruth Anne, eh?, —se burlaban de mamá en el restaurante.
—Debajo del fregadero, con los demás trastos —soltaba ella, lanzándoles una mirada tan cortante que se lo pensaban dos veces antes de burlarse de ella de nuevo.
—Olvídalo —le repetía constantemente la abuela—. Si dejaras de pensar en ello, los demás también lo harían. Mientras te sigas picando con eso, la gente seguirá diciéndolo.
El pastor estaba de acuerdo.
—Tu vergüenza es algo entre tú y Dios, hermana Anne. No hay por qué dejar que marque a la criatura.
Mi madre se puso tan pálida como la parte inferior de una cápsula de algodón recién cortada.
—No me da vergüenza —le dijo—, y no necesito que ningún hombre me diga gilipolleces sobre mi niña.
—Gilipolleces —se enorgulleció tía Ruth—. Dijo al pastor «gilipolleces». No hay quien le diga nada a mi hermana pequeña, no hay quien pueda tocar a esa chica o lo que es suyo. Más vale tener ojo con ella.
Más vale. Más vale. Más vale tener ojo con ella. Había que verla en el restaurante, riendo, sirviendo café, cogiendo propinas y friendo huevos. Verla echándose el pelo para atrás, atándose más arriba el delantal, rechazando citas, pellizcos, insinuaciones. Verle los ojos y cómo se le hundían en la cara, las arrugas que le nacían de esa boca apretada y terca, la broma fácil que le surgía de lo más profundo.
—¿No es hora ya de que vayas de nuevo al Registro, hermana Anney?
—¿No es hora ya de que te abroches la bragueta, hermano Calvin?
¿No era hora de que hiciera algo el Señor, de que lloviera fuego y justo castigo sobre el condado de Greenville? ¿No había ya suficientes pecados, suficiente tristeza, suficiente dolor? ¿No era el colmo ya? Anney nunca decía lo que estaba pensando, pero su mente trabajaba sin cesar.
Glen Waddle trabajó en los altos hornos con Earle durante todo un año y conducía hasta la ciudad para almorzar en el restaurante casi todos los días laborables e incluso algunos sábados.
—Me gustaría ver a tus niñas —le decía a Anney de vez en cuando, hasta que ella empezó a creerle—. Deben de ser unas niñas preciosas, con una mamá tan guapa.
Le miraba fijamente, le cogía la propina y asentía. Sí, tenía dos niñas preciosas. Sí, él bien podía venir a visitarlas, conocer a sus niñas, sentarse en el porche y charlar un poco. Se secó el sudor de las manos en el delantal antes de dejar que él se las cogiera. Tenía los hombros muy morenos y parecía más fuerte debido al trabajo que había estado haciendo con Earle. Los músculos, que se le abultaban a través de la gastada camiseta, le recordaban a Lyle, aunque Glen no tenía su dulzura. Cuando la agarraba del brazo, lo hacía con la misma firmeza que Earle, pero su sonrisa era muy particular, distinta a cualquier otra que ella hubiera conocido. Respiró profundamente y se permitió devolverle la sonrisa. Quizá, se repetía a sí misma, quizá haría un buen padre.
Mamá estaba ocupada con la parrilla en el Café White Horse el día en que la radio anunció que el fuego declarado en el centro de la ciudad estaba fuera de control y había quemado y arrasado completamente el Registro Civil y la sala de los archivos. Era la hora punta del mediodía. Mamá sostenía una cafetera en una mano y dos tazasen la otra. Dejó las tazas y le pasó la cafetera a su amiga Mab.
—Me voy a casa.
—¿Qué?
—Tengo que ir a casa.
—¿Adónde va?
—Problemas en casa.
La caja de cartón con sucios y arrugados papeles estaba metida debajo de las sábanas en el fondo del armario de tía Alma. Mamá sacó los que ella quería, los llevó a la cocina y los tiró en el fregadero sin molestarse en desdoblarlos. Acababa de encender una cerilla cuando sonó el teléfono.
—Supongo que te has enterado —era tía Ruth—. Mab dijo que saliste como si te hubieran prendido fuego a ti.
—No a mí —contestó mamá—. El único fuego que tengo aquí es el que está quemando todos estos papeles inútiles.
La risa de tía Ruth se oyó en toda la cocina.
—Chica, no hay ninguna mujer en la ciudad que no piense que fuiste tú la que prendió el fuego. La mitad del condado va a decirle a la otra mitad que incendiaste ese Registro.
—Déjales que hablen —dijo mamá, y sopló las chispas que volaban—. Las habladurías no van a meterme en la cárcel. El sheriff y la mitad de sus ayudantes saben que he estado trabajando toda la mañana, porque les serví yo el café. No voy a meterme en ningún lío solo porque me alegre de que ese maldito Registro se haya quemado.
Sopló las chispas otra vez, silbando en el teléfono, y luego se rio a carcajadas. Al otro lado de la ciudad, tía Ruth, sujetando el auricular contra el cuello, apretaba el hombro a la abuela y se reían las dos. Allá en los telares, tía Alma miraba por la ventana al humo que se elevaba en el centro de la ciudad y tuvo que taparse la boca para no reírse como una chiquilla. En el patio exterior trasero de los altos hornos, tío Earle y Glen Waddle movían hierro y escuchaban la radio. Los dos sonrieron y se miraron el uno al otro al mismo tiempo y entonces soltaron la carcajada. Era casi como si, en todo Greenville, todos se oyeran reír unos a otros mientras el Registro quedaba reducido a cenizas.








