Viaje a s t r a l 90.
¿Mi cuerpo peca por lo que hice o por lo que nunca llegué a hacer?
Caía el son de la madrugada, y en la penumbra se alumbraba un recóndito espacio por recorrer.
90 lo observaba, con el rostro destapado y la camisa deshilachada. Las manos cargadas de furia, dolor y venganza.
Era su momento de comenzar, de sentir su habitar, en aquel lugar abandonado.
Comenzó su caminata, a pasos lentos pero avanzando, con los pies repletos de callos y las zapatillas sin suela con que pisar.
Llegó a una pequeña tienda; allí una mujer le recibió. Su rostro mostraba cicatrices cargadas de rencor. Su olor era similar al de un duelo sin resolver, un hecho que nunca se pudo terminar.
Fallecida en vida, desdichada mujer, que por culpa de un hombre, no pudo volver a ser.
90 se acercó, notó los lagrimales repletos de odio; un telar detrás de ella había, con hilos manchados de sangre, que nunca se pudo secar.
90 se sentó al suelo, y sintió su cuerpo pesar. No se podía volver a levantar; ya no había solución que en un pensamiento dar.
Su agonía retumbaba al ver a aquella mujer llorar.
Por ese motivo, comenzó a flotar.
¡Elévate, renacido! ¡Que Dios te ha dado alas para que las uses, eres su hijo!
En el cielo traspasó las nubes; las cuales comenzaron a recitar, un canto encaminado a que él pudiera volar.
De este modo, emprendió su viaje astral.
¡Oh, vuela, renacido! ¡Que Dios te ha dado alas para ascender, no solo planear hermano mío!
Sobrevoló más alto que cualquier tempestad, más encumbrado que cualquier fantasía que se pueda soñar. No quería mirar atrás; hacerlo sería fallar.
Surcaba el firmamento como un pájaro aguilar: sus brazos se estiraban y en el viento retumbaban, provocando que el ambiente se lograra apaciguar.
Voló y voló, hasta que sus alas fallaron.
Descendió.
El mayor enemigo del ser humano es uno mismo.
Se sentía solo. No había nada por hacer.
Nada.
No podía soñar, solo era mentir. Una añoranza suya era poder despertar.
¡Anhelo!
Pensaba que quizá era mucho pedir. Por ese motivo los dioses no le prestaban atención.
Si Dios existe, es trivial; puede que exista o puede que no lo haga.
El camino le llevó hasta Canaán; se acercó a un reflejo en las aguas del río Jordán. Allí la paz no pudo encontrar, aunque no se hallaba en malestar.
El aire no sonaba, ni entonaba un cantar.
Solo existía en aquel lugar. Cumplía su función, el permitir respirar; no hacía nada más.
No tenía motivos para de sí dar más, era su función, y la desempeñaba sin quejarse.
90 se acercó más al reflejo, y no pudo hallar más.
Era simple agua.
¡No te alejes de mí! ¡El camino no ha terminado!
Sabes que no dudará más de sí mismo.
¡Eso no es verdad, la sentencia lo ha dictado!
La sentencia queda en el pasado.
La sentencia se disolvió en el río, tiñéndolo de rojo y un gran pesar.