Prologo
La luz del amanecer se filtraba entre las torres de cristal del Instituto de Artes Mágicas Lysdora, proyectando destellos azulados sobre los corredores. Los vitrales, grabados con runas antiguas, respiraban con un tenue resplandor que variaba al compás del flujo del maná que circulaba por toda la estructura. Era un día más en la academia… o al menos así parecía.
El sonido de los portales y las campanas marcaba el inicio de las clases. Decenas de aprendices cruzaban los jardines, enfundados en uniformes de tonos azul marino y dorado, conversando entre risas, repitiendo conjuros o cargando libros que vibraban débilmente entre sus manos. Desde lo alto, el paisaje se extendía como un océano de nubes; Lysdora se encontraba sobre un valle oculto por montañas.
Nyven Aetherwald caminaba en silencio entre ellos. Su uniforme estaba impecable, aunque el cuello se veía ligeramente desajustado por la gema en forma de rombo que colgaba en su pecho: una piedra roja como rubí, cuya luz variaba según su estado emocional. Aquella joya era un símbolo de su linaje, pero también una carga. Al pasar junto a un grupo de aprendices, algunos lo saludaban con respeto; otros simplemente lo observaban con cierta distancia. Todos sabían quién era… y lo que representaba.
La clase de esa mañana se llevaba a cabo en la Sala de Resonancia, una cúpula esférica donde los alumnos practicaban canalización mágica bajo la supervisión del profesor Aldren Ingram. El aire dentro del aula vibraba con energía. Los círculos de maná flotaban sobre el suelo, girando lentamente mientras los estudiantes concentraban su energía en ellos. Aldren caminaba entre los grupos con la paciencia de quien había visto demasiadas guerras, corrigiendo posturas, estabilizando flujos, observando sin intervenir más de lo necesario.
Cuando llegó frente a Nyven, el ambiente cambió. El joven sostenía ambas manos al frente, y un hilo de escarcha se extendía desde sus dedos, formando un entramado de símbolos que parecían responder con vida propia. La temperatura descendió unos grados; el suelo bajo sus pies crujió. Aldren lo observó con atención. —Controla la respiración —dijo con voz firme—. No permitas que el maná te controle a ti.
Nyven asintió, cerró los ojos y respiró hondo. El hielo se disipó lentamente, dejando solo un vapor blanco que se elevó hasta desvanecerse. Durante unos segundos, el silencio llenó la sala. El profesor se quedó mirándolo, como si intentara descifrar algo que no se veía a simple vista. Finalmente, Aldren bajó la mirada. —Tu afinidad es más profunda de lo que crees. Pero recuerda: la profundidad también puede ahogarte.
Nyven no respondió. Había escuchado palabras similares antes, pero en esa ocasión algo dentro de él pareció resonar. Una sensación extraña lo recorrió desde el pecho hasta los dedos. Por un instante, creyó escuchar un sonido: un eco, leve y distante, como una voz perdida entre planos. Giró el rostro, buscando el origen, pero todo seguía igual. Los demás alumnos continuaban practicando, ajenos a su desconcierto.
El resto de la clase transcurrió sin incidentes, pero esa sensación no desapareció. Al caer la tarde, cuando el sol teñía las torres del instituto de un dorado intenso, Nyven salió a los jardines superiores. Se sentó en el borde de una pasarela de piedra, mirando el abismo de nubes que se extendía sobre Lysdora. El viento soplaba suave, y por un momento pensó en su padre, Rhaen Aetherwald. Había preguntas que la academia no podía responder. Ni siquiera él mismo podía hacerlo.
Miró la gema en su cuello. El reflejo rojo palpitaba débilmente, y justo antes de que el sol desapareciera por completo, un destello se filtró entre los bordes, encendiendo brevemente su rostro. El eco volvió. Esta vez más claro. Una voz sin forma, apenas un susurro.
“Nyven...”
El joven se incorporó bruscamente, mirando alrededor. No había nadie. Solo el murmullo del viento. Pero sabía lo que había oído. Y, sin entender por qué, supo también que aquella voz no provenía del exterior.
La noche cayó sobre Lysdora con un silencio expectante. Entre las torres, las runas de protección comenzaron a brillar, cubriendo el instituto con una red luminosa. Desde la distancia, más allá del velo de nubes, algo se agitó en el horizonte. Un pulso oscuro atravesó el aire… y por un instante, incluso las runas temblaron…
