Chapter 1
KANTO
Era una noche sin nubes y una pálida franja de luna se asomaba por encima de los tejados de las casas de un pequeño pueblo, bañándolos con su cálido torrente de luz plateada. El silencio del lugar sólo se quebraba por el croar distante de los Poliwag en los arrozales y, de vez en cuando, por el inconfundible “Hooooot... hooooot” de un ave nocturna oculta entre las ramas cercanas.
Dentro de una de esas casas, un niño se encontraba en su habitación junto a un pequeño Pokémon, observando con toda su atención la televisión. La lámpara del techo permanecía apagada; apenas una tenue luz azulada de la pantalla iluminaba el tatami y los muebles sencillos. El niño estaba sentado en el suelo, con las piernas cruzadas y la mirada fija en las imágenes que parpadeaban sobre el cristal.
En el programa estaban retransmitiendo la repetición de una batalla de Pokémon que había tenido lugar algunos años atrás. El rugido metálico de un Salamence llenaba la sala, seguido por el estallido de un poderoso ataque que hacía vibrar los parlantes de la televisión.
-¡Vamos papá!- Los ojos azules del niño estaban fijos en uno de los contrincante, que estaba dando órdenes al Salamence.
Era un hombre joven, alto, de piel ligeramente tostada, con el cabello rubio en punta, tenía unos ojos azules y unas marcas de bigotes en las mejillas. Estaba vistiendo una sudadera naranja y un pantalón negro corto con sandalias.

-Aunque ya sepa como va a terminar esta batalla.... siempre termino emocionándome-
-Bald bald ♪ -
-Je..- El niño apartó la vista de la televisión por un instante y dejó caer su mano sobre la superficie fría y metálica de la criatura. La yema de sus dedos recorrió el acero pulido, que reflejaba levemente el brillo azulado de la pantalla -A ti también te pasa lo mismo ¿eh?-
-Bald ♪ -
El pequeño Pokémon respondió con un timbre metálico más agudo y comenzó a flotar alrededor de la habitación. Su cuerpo emitía un leve zumbido al cortar el aire, como si la gravedad misma se doblegara en torno a él. Cada giro dejaba escapar un destello rojizo de su ojo único, que contrastaba con la penumbra. Aquellos movimientos arrancaron una risa clara del niño. Aunque era difícil distinguir sus estados emocionales debido a su fisonomía, era obvio que estaba emocionado.
El pokémon se asemejaba mucho a un “brazo” corto hecho completamente de acero color gris metálico. No tenía extremidades, y en la parte trasera de su cuerpo tenía tres pequeños picos dorados que hacian de garras. Pero su rasgo más característico era el gran ojo rojo en su cabeza.
Era un Beldum brillante.

-¿¡¡Por qué todavía estoy escuchando el sonido de la televisión!!?-
-¡Ah!- El niño dio un respingo al oír la voz de su madre, seca como un chasquido en medio del silencio nocturno. Las tablas de madera de la escalera crujieron bajo el peso de sus pasos, cada crujido más cercano que el anterior. -Nos descubrió-
-Bald-
El zumbido de Beldum se redujo a un murmullo leve mientras flotaba cerca del techo, como si intentara ocultarse. El niño se puso de pie de golpe, los talones golpeando el tatami con un sonido hueco, y estiró el brazo hacia la televisión para apagarla. El resplandor azul aún se reflejaba en sus mejillas cuando la puerta se deslizó con un golpe suave, abriéndose hacia adentro.
El marco dejó pasar la figura de su madre, envuelta en la penumbra del pasillo. Su silueta se delineaba con la luz débil de una lámpara a sus espaldas, proyectando su sombra alargada sobre el suelo de tatami.

-¿¡Ash, qué haces despierto a estas horas!?-
El niño, ahora revelado como Ash, sonrió con una expresión nerviosa mientras se rascaba la nuca con una mano. A su lado, el Beldum descendió lentamente hasta posarse en una pequeña cama para mascotas en un rincón de la habitación; su ojo rojo parpadeaba con un brillo más tenue, como si entendiera que debía permanecer tranquilo.
-Mamá... Es que... como mañana empieza mi viaje, estoy tan emocionado que no puedo dormir-
Un suspiro escapó de los labios de la mujer. Sus hombros se relajaron, y su mirada se desvió hacia la televisión. El rostro sereno de su esposo ocupaba la pantalla en primer plano, con esa calma que contrastaba tanto con el nerviosismo de su hijo. Sus labios se curvaron suavemente antes de extender la mano y cambiar de canal. La imagen dio paso a un programa nocturno en el que un presentador mostraba a los tres Pokémon iniciales con movimientos exagerados y una voz animada que llenaba la habitación.
-Comprendo cómo te sientes, pero al menos deberías ver algo que pueda ayudarte a relajarte, y las batallas de tu padre no te ayudarán con eso-
Ash asintió sin mucho entusiasmo, bajando la mirada hacia el piso.
La mujer se inclinó hacia él, su cabello castaño rojizo rozó ligeramente la mejilla de su hijo antes de depositar un beso cálido en su frente. El aroma familiar de jabón y hierbas de cocina lo envolvió por un instante. -Ahora ve a ponerte el pijama, y una vez que termine este programa tienes que ir directo a la cama. Mañana tienes que levantarte temprano si no quieres llegar tarde al laboratorio del profesor Oak-
-¿Yo, tarde?- Ash esbozó una sonrisa amplia, convencido de que aquello era imposible. -Mamá, eso no puede pasar, mañana es un día demasiado importante-
Lo ojos de la mujer adquirieron un brillo travieso al recordar algo -Tu padre soltó una frase muy parecida cuando tú todavía no habías nacido... ¿y sabes qué pasó? Llegó tarde a un evento decisivo-
Ash infló el pecho con determinación -Yo no soy como papá-
Su mamá se tapó los labio, disimulando una risa -ya lo veremos-
...
...
La noche transcurrió tranquila bajo la vigilancia de la luna, y las primeras luces de la madrugada encontraron la casa sumida en calma. El silencio se quebró de golpe cuando un alarido resonó desde la habitación del niño.
-¡Ahhh! ¡Ya son las ocho de la mañana!-
El estrépito de pasos apresurados bajó por la escalera. Ash aparecía cambiándose a toda prisa, todavía ajustándose la ropa, hasta que irrumpió en la cocina. Allí lo esperaba el olor a pan tostado y sopa caliente, mientras su madre removía con calma el desayuno sobre la estufa.
-Buenos días, hijo, el desayuno estará listo en unos minutos-
El niño no se detuvo. Estiró la mano, atrapó una rebanada de pan tostado y se lanzó hacia la puerta con la velocidad de un rayo. -¡Lo siento, mamá, pero el profesor Oak ya está repartiendo los Pokémon iniciales!-
Un suspiro cansado escapó de la mujer, que colocó ambas manos en la cintura mientras lo veía desaparecer por el umbral. -Eres igual que tu padre... al menos te estás llevando a Beldum, ¿verdad?-
-Sí!- La voz de Ash se perdió en la calle, seguida por el ruido de la puerta cerrándose.
La mujer permaneció en silencio unos segundos, como si todo el bullicio de la mañana se hubiera detenido a su alrededor. El suave crujido de las tablas bajo sus pies la acompañó hasta un aparador de madera oscura, donde reposaban pequeños recuerdos familiares, un florero con flores secas, un reloj de sobremesa que marcaba con lentitud cada segundo, y una fotografía enmarcada que parecía irradiar un calor especial.
Sus labios se curvaron en una sonrisa al fijar la vista en la imagen. Era el retrato de su boda, tomado once años atrás, cuando ella y su esposo apenas tenían veinte. La juventud brillaba en sus ojos en aquella foto; la ilusión de dos personas que habían decidido caminar juntas sin importar lo incierto del futuro. Sus dedos acariciaron el borde dorado del marco con una delicadeza reverente, como si pudiera extraer de allí la vida que había quedado atrapada en el papel fotográfico.

-Ash se parece tanto a ti, cariño...-
La frase escapó de sus labios en un susurro cálido, teñido de ternura. La mirada serena de su marido en la foto encendió un leve rubor en sus mejillas. Regresó el retrato a su lugar.
Un suspiro profundo abandonó su pecho. Naruto regresaría esa misma semana, y esta vez, por fin, permanecería definitivamente en Pueblo Paleta. Después de años de constantes viajes, de responsabilidades que lo alejaban del hogar, había decidido dar un paso definitivo, renunciar a su puesto en la Liga de Kanto para dedicar su vida a ella y a su hijo.
La idea de tenerlo nuevamente bajo ese techo llenaba su corazón de una mezcla de alivio y emoción. Al mismo tiempo, una punzada de melancolía la atravesó al recordar que Ash estaba a punto de iniciar su propio viaje.
-(Es una pena que no haya logrado liberarse antes de que Ash empiece su recorrido por Kanto)-
La mujer dejó escapar otra sonrisa, aunque esta vez más suave, casi nostálgica. Sus ojos se desviaron hacia la ventana. El cielo matinal ya estaba teñido de un azul claro, y un par de Pidgey revoloteaban sobre los tejados vecinos, acompañados por el canto rítmico de un Hoothoot que se resistía a abandonar la noche.
La mujer deslizó una mano dentro del bolsillo de su delantal y extrajo un pequeño objeto metálico que guardaba allí desde temprano. Era su anillo de matrimonio, retirado un rato antes para poder cocinar sin miedo a mancharlo. Lo sostuvo entre las yemas de los dedos, observando cómo la luz matinal arrancaba destellos suaves de la superficie pulida. Giró la sortija con calma, hasta encontrar la inscripción grabada en su interior, Delia Uzumaki. Una sonrisa cálida se dibujó en sus labios al ver su nombre acompañado del apellido de su esposo. Con un gesto casi ceremonioso, volvió a colocárselo en el dedo anular, donde parecía encajar como una extensión natural de su piel.
Con un tarareo ligero escapando de su boca, emprendió camino hacia el baño. El sonido de sus pasos se mezclaba con la serenidad de la casa, rota apenas por el canto lejano de un Pidgey en los árboles del jardín. En medio del trayecto, se detuvo un instante al notar la figura recostada en la alfombra de la sala. Allí descansaba un Delphox, su largo pelaje rojizo y amarillo desparramado como una capa de fuego apagado. El Pokémon abrió apenas un ojo anaranjado, vigilante incluso en reposo. Aquel guardián era uno de los más poderosos compañeros de Naruto, y él mismo se lo había confiado para velar por ella y por Ash durante sus ausencias. La sola presencia del zorro místico le transmitía seguridad.

Al entrar en el baño, el reflejo del espejo la recibió con la claridad del amanecer. Sus ojos brillaron con un destello juguetón y no pudo evitar guiñarse a sí misma. -(Sigo siendo hermosa... aunque no es de extrañar, con apenas treinta y un años todavía estoy en mi mejor momento)-
El reflejo en el espejo le devolvía la imagen de una mujer cuyo cuerpo había cambiado desde el nacimiento de Ash, aunque no de un modo que la incomodara, sino todo lo contrario.

Se sentía más plena, más femenina, como si la maternidad hubiese esculpido nuevas formas en ella. El embarazo le había sentado bien, sus curvas se habían acentuado, su silueta se había vuelto más armoniosa, su trasero mantenía su característica forma de corazón pero ahora con un respingo más atractivo, y su busto había ganado volumen y firmeza. Aquella transformación jamás pasó desapercibida para Naruto; cada vez que regresaba a casa encontraba la manera de demostrar cuánto lo apreciaba, y era común que ambos permanecieran encerrados en el dormitorio durante horas, entregados el uno al otro.
El calor subió a sus mejillas al recordar ciertos momentos. Una escena en particular le arrancó una sonrisa nerviosa. Cuando fue a recoger a Ash de la casa de su amigo Gary, la hermana mayor del muchacho, que a veces hacía de cuidadora, la recibió con una mirada pícara al notar su ligera cojera y el brillo inconfundible de su piel, como si hubiera adivinado con facilidad lo que había sucedido unas horas antes.
-Casi un mes sin verlo...-
La idea de que al fin volverían a tener la casa para ellos solos despertó en su interior una expectativa íntima y punzante. Un anhelo cálido que se había ido acumulando día tras día, convertido ahora en una especie de cosquilleo difícil de ignorar. Más que ansiosa, se sentía encendida por la promesa de la cercanía de su marido, sabiendo que solo él podía apagar esa necesidad. Y esta vez, sin viajes ni despedidas en el horizonte, había una posibilidad muy real de darle a Ash el regalo de un hermanito.
La sola idea la hizo sonrojar hasta las orejas, aunque en el fondo, una sonrisa ilusionada le iluminaba el rostro. Su corazón palpitaba con fuerza al dejarse llevar por la anticipación, y un pensamiento travieso cruzó su mente.
-(Le daré una sorpresa con el conjunto de lencería de encaje que compré hace poco)-
Sus dedos se rozaron el abdomen cubierto de manera inconsciente, como si ya pudiera sentir el roce de aquella tela delicada contra su piel. La sola imagen de la expresión de Naruto al descubrirla vestida así le provocó un estremecimiento de emoción que recorrió su espalda. El rubor no desaparecía, pero la ilusión lo envolvía todo, mezclando la ternura de una esposa enamorada con la picardía de una mujer que ansiaba reencontrarse con su marido después de tanto tiempo.
...
...
Al mismo tiempo
Ash corría con todas sus fuerzas por las calles tranquilas de Pueblo Paleta, el aire fresco de la mañana acariciándole el rostro y despeinando aún más su cabello. La Poké Ball de Beldum rebotaba en su cinturón con cada zancada, recordándole que no estaba solo en aquel inicio de aventura.
-¡Voy a llegar tarde!-
El murmullo de su propia voz se perdía entre el golpeteo de sus zapatillas contra el asfalto del camino. Aunque el pueblo aún se mantenía semidespierto, con solo unas pocas ventanas abiertas y algún que otro toldo levantándose, varias personas lo saludaban al reconocerlo. No era un niño cualquiera, era el hijo de un hombre que había marcado la historia del mundo.
-¡Buenos días, Ash!-
-¡El hijo del campeón!-
Más adelante, se detuvo apenas un instante ante la visión de un gimnasio en plena construcción. Los andamios rodeaban la estructura mientras varios Machoke, Machop e incluso un Conkeldurr levantaban vigas y cargaban enormes bloques de piedra. Los obreros, preparándose para otro día de trabajo, sonrieron al verlo pasar.
-¡Hola, Ash, hoy es el gran día, no? ¡Felicidades!- Gritó uno de ellos con voz ronca.
-¡Haznos sentir orgullosos, chico!- Rugió otro, dejando su herramienta en el suelo para levantar el brazo en señal de ánimo.
-¡Demuestra al mundo que Pueblo Paleta es el mejor!-
Ash aumentó la velocidad, pero su sonrisa se ensanchó con fuerza. Levantó una mano en alto mientras corría, con una energía que parecía contagiarse a todos los presentes. -¡Lo prometo!-
Aquel gimnasio que poco a poco se levantaba frente a sus ojos no era uno más, sería el legado de su padre. Naruto había renunciado a su puesto como Campeón de Kanto para estar junto a su familia. Al principio la Liga se había opuesto con firmeza; era demasiado joven para retirarse, apenas treinta y un años, y todavía estaba en la cúspide de su carrera. Había conquistado todas las ligas del mundo a los dieciocho, y su reinado aún parecía intocable.
Pero Naruto nunca fue alguien fácil de persuadir. La Liga, al darse cuenta de que no lograría hacerlo cambiar de opinión, terminó por ofrecerle un compromiso, permitirle abrir un gimnasio en Pueblo Paleta, para que siguiera siendo parte del sistema oficial sin necesidad de abandonar a su esposa ni a su hijo. Y él aceptó sin dudarlo, convencido de que aquella era la mejor decisión.
El corazón de Ash latía con fuerza mientras dejaba a su espalda al esqueleto del futuro gimnasio. Para él, ese lugar no solo representaba el sueño de su padre, sino también la prueba de que el apellido que llevaba estaba marcado por un espíritu imposible de detener.
Después de varios minutos de carrera ininterrumpida, Ash llegó al pie de la colina donde se erguía el laboratorio del profesor Oak.

El sudor resbalaba por su frente y su respiración era agitada, pero sus piernas no flaquearon. Con determinación, comenzó a subir los peldaños de piedra que conducían a la cima. Cada paso resonaba en su pecho como un tambor, marcado por la mezcla de cansancio y emoción.
Al alcanzar lo alto, se detuvo frente a las grandes puertas de vidrio del edificio. El reflejo le devolvió la imagen de un chico al borde de un nuevo comienzo.
-Bien... por fin llegué-
Con un movimiento rápido, se limpió el sudor, abrió su mochila y sacó un gorro nuevo, símbolo de su primer día como entrenador. Ajustó la visera con firmeza sobre su cabeza y volvió a mirar su reflejo. El vidrio mostró con claridad lo que siempre había llevado consigo, el cabello castaño rojizo, herencia de su madre, los ojos azules intensos y las marcas de bigotes en las mejillas, un legado inconfundible de su padre.

El muchacho sonrió al ver aquel conjunto de rasgos que lo definían.
Justo cuando estaba por empujar la puerta, esta se abrió de golpe y de inmediato apareció su amigo y rival, Gary Oak.
-¿Qué pasó, Ash? ¿Por qué tan tarde?- Una sonrisa burlona se dibujó en su rostro mientras se cruzaba de brazos con aire triunfal. -¿No escuchaste el despertador? Qué lástima por ti, porque...- Con un movimiento calculado sacó una Poké Ball reducida de su bolsillo y la mostró como si fuera un trofeo. -Este es el último Pokémon inicial que quedaba disponible. Mi abuelo me lo apartó especialmente-
Ash soltó un suspiro y alzó la mano, dando un saludo despreocupado antes de entrar al laboratorio. -Voy a ver si a tu abuelo le sobra una Pokédex... al final eso es lo que más importa-
Gary soltó un bufido de superioridad, aunque respondió al saludo con un movimiento rápido de la mano mientras comenzaba a descender por las escaleras -Buena suerte con eso-
Ash cruzó el umbral del laboratorio y la puerta de vidrio se cerró lentamente a sus espaldas con un chasquido sordo. El interior lo envolvió de inmediato con un aire fresco y cargado de un olor particular, mezcla de papel viejo, tierra húmeda de macetas y un leve aroma metálico de aparatos electrónicos encendidos. El lugar era amplio, iluminado por grandes ventanales que dejaban entrar la luz de la mañana. Sobre las paredes, estanterías repletas de libros y carpetas se elevaban hasta casi rozar el techo, intercaladas con vitrinas que guardaban Poké Balls antiguas y frascos de muestras biológicas. En las esquinas, plantas verdes en macetas grandes aportaban un toque de vida entre tanto conocimiento.
En el centro destacaba un amplio escritorio de madera con papeles dispersos, un monitor parpadeando y varios instrumentos de laboratorio alineados con meticuloso orden. Frente a la pantalla, el profesor Oak se encontraba concentrado, sus dedos golpeando las teclas con rapidez.
Ash avanzó unos pasos con energía contenida, sus zapatillas resonando sobre el suelo encerado. -¡Hola, profesor!-
El anciano alzó la mirada, y una sonrisa cálida iluminó su rostro al reconocerlo. Se incorporó con lentitud, dejando que la silla chirriara al apartarse. -Ah, Ash, justo a tiempo. Te estaba esperando. Creí que llegarías más temprano para elegir a tu Pokémon inicial-
El muchacho soltó una risita nerviosa, se quitó el gorro por un momento y su mano fue directo a revolver su cabello castaño rojizo de manera torpe. -Sí... bueno... el despertador no hizo bien su trabajo-
Los labios del profesor se curvaron aún más, esta vez con una mezcla de comprensión y picardía. Se cruzó de brazos y lo observó con un brillo en los ojos que transmitía confianza. -No es un gran problema. Después de todo ya cuentas con Beldum-
Un destello de orgullo recorrió el rostro de Ash al escuchar aquello.
El profesor Oak extendió la mano hacia el escritorio y tomó un objeto que descansaba sobre un montón de papeles ordenados con meticulosidad. El brillo rojo metálico del aparato reflejó la luz del ventanal, como si esperara desde hacía tiempo el momento de ser entregado.
-Además, tu padre me envió algo para ti. Lo consideró un regalo especial... una forma de compensar su ausencia en un día tan importante. Pero antes de llegar a eso, quiero entregarte esto-
El artefacto pasó de las manos firmes y algo arrugadas del profesor a las de Ash. El muchacho lo sostuvo con cuidado, como si temiera que se deshiciera en sus dedos. La carcasa roja tenía un diseño elegante y compacto.
-Como ya sabrás esta es la Pokédex- Continuó el anciano, con una mezcla de solemnidad y orgullo -Con ella podrás registrar y consultar la información de cada Pokémon que encuentres en tu viaje. Te dará consejos sobre su entrenamiento, los movimientos que pueden aprender y también servirá como tu identificación oficial como entrenador-
Ash asintió con entusiasmo, y sus dedos presionaron el botón de encendido. El aparato cobró vida con un pitido breve y un resplandor digital. La pantalla mostró primero su nombre completo “Ash Uzumaki”, seguido de sus datos personales y, en otra pestaña, la ficha detallada de Beldum. Una sonrisa satisfecha se dibujó en su rostro.
-Ya me tomé el trabajo de registrar tu información y la de tu compañero- Explicó Oak con calma, observando cómo los ojos del chico se agrandaban con fascinación ante cada línea de datos que aparecía en la pantalla.
Ash acarició el aparato con el pulgar, como si fuera un tesoro recién descubierto.
-Y ahora- La voz del profesor recobró un tono más profundo mientras posaba de nuevo la mano sobre el escritorio -Regresemos al regalo que tu padre quiso enviarte-
Los ojos de Ash brillaron con una mezcla de emoción y anhelo. En su interior no había rastro de rencor hacia Naruto. Al contrario, comprendía mejor que nadie que la vida de su padre había estado marcada por responsabilidades que no podían posponerse. Sin embargo, la renuncia a la Liga y su decisión de abrir un gimnasio en Pueblo Paleta para estar más tiempo junto a él y su madre eran la prueba más clara de lo mucho que los amaba.
El profesor Oak abrió con cuidado el cajón más bajo de su escritorio. El chirrido de la madera contrastó con el silencio solemne del laboratorio. Sus dedos se cerraron alrededor de una esfera que no parecía común, la parte superior brillaba en un dorado pulido, la inferior mostraba un plateado opaco, y una franja azul metálica recorría la unión de ambas mitades. El botón central anaranjado resplandecía como un pequeño sol contenido.
-Tu padre incluso se dio el lujo de transferir este Pokémon a una Park Ball, para que combinara con su color-
Con un toque firme, el botón emitió un destello cegador. La sala se iluminó con un haz blanco que descendió suavemente hasta el suelo frente a Ash. Cuando la luz se disipó, un pequeño Pokémon permanecía de pie, ladeando la cabeza con curiosidad.
Tenía la apariencia de un cachorro leonino, su melena incipiente parecía vibrar con energía estática, y en la punta de la cola destacaba una estrella de un amarillo intenso. Sus ojos dorados se posaron en Ash con una atención inquebrantable, como si de inmediato hubiera reconocido en él un vínculo invisible.

-Shinx~
El sonido agudo y alegre del Pokémon rompió la quietud del laboratorio.
-¡Ahh!- Ash se inclinó de inmediato y extendió los brazos. El pequeño Shinx no dudó en saltar hacia él, recibiéndolo con lametones efusivos en la cara mientras su cola terminada en estrella se agitaba sin descanso. La risa del chico llenó la sala, vibrante y contagiosa, como si hubiera recibido el mejor regalo del mundo. -Es monísimo... me encanta-
El profesor observó la escena con una expresión satisfecha. La imagen de Ash abrazando a la criatura le recordaba tantos comienzos similares -Es un Shinx. Y, al igual que tu Beldum, se trata de un Shiny. Normalmente su pelaje es azul, no dorado-
Los ojos del anciano brillaron con un matiz nostálgico. Años atrás, presenciar un Pokémon Shiny era un acontecimiento casi legendario, algo reservado al azar y a la fortuna de unos pocos. Hoy, gracias a investigaciones recientes, la rareza se había vuelto un poco más alcanzable. Se descubrió que criar Pokémon de distintas regiones incrementaba las probabilidades de que naciera con una coloración alternativa. Aunque seguían siendo excepcionales, la posibilidad de encontrarlos había crecido, y ese hallazgo había cambiado la manera en que muchos entrenadores veían la crianza.
Ash levantó la vista hacia el profesor, aún con Shinx entre sus brazos. El pequeño Pokémon seguía acurrucado contra su pecho, la cola en forma de estrella agitándose sin descanso en un vaivén que transmitía pura felicidad. -Gracias, profesor. Ahora volveré a mi casa para despedirme de mi madre-
Oak lo contempló con una expresión serena, cruzando las manos detrás de la espalda. -Claro, no olvides llamarme de vez en cuando. Quiero saber cómo te va en el camino-
-¡Sí!-
La voz del chico resonó con fuerza y, sin perder un segundo, salió disparado hacia la salida. La puerta del laboratorio se cerró con un chasquido tras de él.
El profesor permaneció unos instantes mirando el umbral vacío, antes de que una sonrisa tranquila suavizara las arrugas de su rostro. -Un niño lleno de energía... y esos ojos... los mismos que su padre-
...
...
Unos minutos después
Ash apareció al final del camino de piedra, el aliento entrecortado por la carrera y la emoción latiendo en sus mejillas enrojecidas. Shinx lo seguía a toda prisa, las zarpas doradas levantaban pequeñas nubes de polvo que quedaban suspendidas en el aire con cada salto.
Delia lo esperaba junto a la verja del jardín, el cabello castaño rojizo meciéndose con la brisa. Sus ojos se iluminaron al ver al cachorro brillante acercarse, y una ternura cálida suavizó sus facciones. Detrás de ella, Delphox permanecía erguido, imponente y sereno. Su presencia recordaba la de un guardián ancestral, siempre alerta, siempre dispuesto a interponerse entre su familia y cualquier amenaza.
-Qué monada...- La mujer se inclinó hasta quedar a la altura del pequeño Shinx, y su mano acarició con suavidad la cabeza dorada del Pokémon. La textura del pelaje chisporroteaba levemente, desprendiendo un cosquilleo eléctrico que le recorrió la yema de los dedos. -Así que esta era la sorpresa que tu padre tenía reservada para ti... Naruto-kun nunca se queda corto cuando se trata de detalles-
Ash asintió enérgicamente, sus ojos reflejaban toda la alegría contenida en su pecho. -No podía recibir un regalo mejor... cuando vuelva, dile a papá que me encantó-
-Te aseguro que haré todo lo posible para transmitirle tu satisfacción cuando regrese a casa-
El rostro de Delia se iluminó con una sonrisa distinta, íntima, llena de un brillo especial en los ojos. Ash, en su inocencia infantil, no alcanzó a comprender el matiz de aquella expresión.
Shinx, ajeno a la escena, se apartó de ellos y avanzó con pasos cortos hacia Delphox. El zorro lo observó con calma, y al notar la curiosidad del cachorro, inclinó apenas la cabeza. El pequeño empezó a olfatear la túnica roja con un interés genuino. Un destello de ternura cruzó por los ojos ámbar de Delphox; con un movimiento pausado de su cola, acarició la espalda del Shinx.
El cachorro soltó un chillido agudo de felicidad, estremeciéndose de placer con el contacto. Su estrella caudal se agitó como un abanico dorado, y el brillo de su energía eléctrica iluminó fugazmente el espacio alrededor, arrancando una leve risa de Ash.
-Bueno- Ash ajustó las correas de la mochila sobre sus hombros, infló el pecho con decisión y levantó la barbilla hacia el horizonte. -Es hora de partir-
Un destello de melancolía se asomó en los ojos de Delia, aunque lo ocultó enseguida bajo una sonrisa tranquila. -¿Estás llevando todo lo necesario? Cambios de ropa interior, pasta dental, el cepillo-
-Sí, sí, tengo todo-
La mujer se inclinó hacia él, el cabello rozó las mejillas del muchacho antes de que sus labios dejaran un beso tibio en la frente. -Cuídate mucho, hijo... y no olvides que tu padre y yo te amamos más que a nada en este mundo-
Un ruido seco de hojas agitadas acompañó el ambiente. En el jardín, un enorme Pokémon serpiente se movió lentamente desde su reposo. La piel verde esmeralda brillaba bajo los rayos del sol de la mañana, y los ojos rojos, profundos y penetrantes, se posaron un instante en madre e hijo. El majestuoso Serperior, otro de los compañeros de Naruto, levantó la cabeza con solemnidad mientras Delia hablaba, y acto seguido, volvió a enroscarse con calma en el tronco del árbol que lo sostenía, sumergiéndose otra vez en un sueño vigilante.
-Lo sé, mamá- Ash sonrió, los ojos azules llenos de determinación.
Delia retrocedió un paso, contemplando el rostro de su hijo como si quisiera grabarlo en la memoria antes de dejarlo marchar. Una última sonrisa, suave y brillante, acompañó sus palabras -Buena suerte-
-Sí...- El muchacho giró sobre sus talones y, con un último movimiento de la mano, emprendió la carrera por el sendero que conducía fuera del pueblo. Shinx corrió detrás, con la estrella de su cola parpadeando como un faro dorado. -¡Chao, mamá! ¡Cuando llegue a Ciudad Verde te llamaré!-
Delia permaneció inmóvil junto a la verja, con Delphox a su lado. Ambos siguieron con la mirada la silueta del niño hasta que desapareció entre los caminos polvorientos que se perdían más allá del horizonte. La mujer llevó una mano al pecho, sintiendo el latido acelerado bajo sus dedos.
-Nuestro hijo está creciendo muy bien... Naruto-kun-
El zorro místico inclinó la cabeza, como compartiendo el mismo sentimiento. Tras unos segundos, Delia se dio la vuelta, el delantal aún ondeando suavemente con la brisa, y regresó al interior de la casa con Delphox pisándole los talones, la calidez de los recuerdos y la esperanza en el corazón.
La aventura de Ash Uzumaki había empezado.
...
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