Naela

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Summary

Durante toda su vida, Luana fue víctima de dolorosas visiones disfrazadas de pesadillas. Aunque el tiempo pasó, las secuelas permanecieron, ocultas tras su silencio. Pero una noche, bajo la inminente luna llena, aquello que mantenía bajo control se quebró... dando inicio a la cacería de su propia vida. ¿Será su aroma o su esencia? ¿Tal vez la luna llena? Lo que alguna vez creyó un mito... se volvió su realidad.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

LUNA

Antes de que el tiempo tuviera sentido, existió Elaiah, una mujer humana cuya luz interior era tan pura que los dioses la admiraban.

Su vida era armoniosa y llena de pequeños milagros: caminaba entre los bosques y sentía la energía de cada criatura, sonreía y su risa parecía mover el viento, y donde posaba su mirada, la paz se sentía tangible.

Dos semidioses la amaron: Aren, fuego de pasión y ambición, cuyos ojos ardían con la intensidad de su deseo; y Kael, viento de libertad y armonía, cuya calma y serenidad envolvían todo lo que tocaba.

Durante años, la armonía reinó. Aren y Kael aprendieron a coexistir, compartiendo risas y cuidados, incluso ayudando a Elaiah en sus tareas diarias y protegiendo sus secretos.

Elaiah, con corazón generoso, correspondía a ambos, y de ese amor nacieron hijos: los primeros descendientes del fuego y del viento.

Los hijos de Aren reflejaban la fuerza y la pasión de su padre: ojos intensos, cuerpos ágiles, instinto feroz.

Los hijos de Kael heredaron la calma y percepción de su padre: movimientos suaves, oído y olfato finos, una conexión casi espiritual con la naturaleza.

Pero la armonía fue efímera. Aren comenzó a observar la cercanía de Elaiah y Kael con celos que crecían con cada día, cada sonrisa, cada gesto de amor que no le pertenecía.

La tensión aumentó: pequeñas discusiones, miradas cargadas de fuego y viento, cada acción medida, cada palabra un desafío.

El equilibrio se rompió. Aren, consumido por la envidia, decidió que Kael debía desaparecer.

La primera guerra de los semidioses comenzó, y la tierra misma tembló ante el poder de sus enfrentamientos.

Elaiah, desesperada, trató de mediar, de recordarles los años de paz y amor compartido, de frenar la codicia que nacía de su pasión y deseo.

Pero Aren estaba cegado. Con un ataque feroz, destruyó a Kael.

El dolor de Elaiah fue tan grande que no pudo contenerse:

en un acto de desesperación, atravesó a Aren con su propia fuerza, acabando con la vida de quien alguna vez amó.

La victoria fue amarga: su sacrificio no trajo paz ni alivio. La humanidad de Elaiah se quebró; el mundo que amaba ya no tenía equilibrio.

Con una última disculpa silenciosa hacia ambos, hacia los hijos que dejó atrás y hacia sí misma, se arrojó al vacío, llevando consigo toda la tristeza, la culpa y el amor que no pudo reconciliar.

Los dioses, conmovidos, la elevaron y transformaron en la Luna, para que guiara a sus descendientes y equilibrara los linajes que había creado.

Su luz se convirtió en faro de orientación, su brillo un recordatorio de la armonía perdida y de la pasión que la humanidad no debía olvidar.

Pero los hijos crecieron, y con ellos, la codicia y deseo.

Los hijos de Aren, consumidos por el fuego, desarrollaron la habilidad de transformarse en lobos, reflejo físico de su instinto y pasión ardiente.

Los hijos de Kael, aunque no podían cambiar de forma, conservaban un instinto depredador y habilidades agudas, guiados por la calma y armonía que su padre les enseñó.

La Luna lloró mientras los linajes tomaban más de su energía, no por dolor sino por amor resignado y sacrificio silencioso.

Hasta que un día, sus sollozos cesaron; su luz parecía apagarse, dejando a los descendientes con un vacío que marcaría generaciones, y dejando en el cielo un mensaje claro: incluso el fuego más ardiente y el viento más libre necesitan aprender a danzar juntos, bajo la guía de la Luna.