LUNA
Antes de que el tiempo tuviera sentido, existió Elaiah, una mujer humana cuya luz interior era tan pura que los dioses la admiraban.
Su vida era armoniosa y llena de pequeños milagros: caminaba entre los bosques y sentía la energía de cada criatura, sonreía y su risa parecía mover el viento, y donde posaba su mirada, la paz se sentía tangible.
Dos semidioses la amaron: Aren, fuego de pasión y ambición, cuyos ojos ardían con la intensidad de su deseo; y Kael, viento de libertad y armonía, cuya calma y serenidad envolvían todo lo que tocaba.
Durante años, la armonía reinó. Aren y Kael aprendieron a coexistir, compartiendo risas y cuidados, incluso ayudando a Elaiah en sus tareas diarias y protegiendo sus secretos.
Elaiah, con corazón generoso, correspondía a ambos, y de ese amor nacieron hijos: los primeros descendientes del fuego y del viento.
Los hijos de Aren reflejaban la fuerza y la pasión de su padre: ojos intensos, cuerpos ágiles, instinto feroz.
Los hijos de Kael heredaron la calma y percepción de su padre: movimientos suaves, oído y olfato finos, una conexión casi espiritual con la naturaleza.
Pero la armonía fue efímera. Aren comenzó a observar la cercanía de Elaiah y Kael con celos que crecían con cada día, cada sonrisa, cada gesto de amor que no le pertenecía.
La tensión aumentó: pequeñas discusiones, miradas cargadas de fuego y viento, cada acción medida, cada palabra un desafío.
El equilibrio se rompió. Aren, consumido por la envidia, decidió que Kael debía desaparecer.
La primera guerra de los semidioses comenzó, y la tierra misma tembló ante el poder de sus enfrentamientos.
Elaiah, desesperada, trató de mediar, de recordarles los años de paz y amor compartido, de frenar la codicia que nacía de su pasión y deseo.
Pero Aren estaba cegado. Con un ataque feroz, destruyó a Kael.
El dolor de Elaiah fue tan grande que no pudo contenerse:
en un acto de desesperación, atravesó a Aren con su propia fuerza, acabando con la vida de quien alguna vez amó.
La victoria fue amarga: su sacrificio no trajo paz ni alivio. La humanidad de Elaiah se quebró; el mundo que amaba ya no tenía equilibrio.
Con una última disculpa silenciosa hacia ambos, hacia los hijos que dejó atrás y hacia sí misma, se arrojó al vacío, llevando consigo toda la tristeza, la culpa y el amor que no pudo reconciliar.
Los dioses, conmovidos, la elevaron y transformaron en la Luna, para que guiara a sus descendientes y equilibrara los linajes que había creado.
Su luz se convirtió en faro de orientación, su brillo un recordatorio de la armonía perdida y de la pasión que la humanidad no debía olvidar.
Pero los hijos crecieron, y con ellos, la codicia y deseo.
Los hijos de Aren, consumidos por el fuego, desarrollaron la habilidad de transformarse en lobos, reflejo físico de su instinto y pasión ardiente.
Los hijos de Kael, aunque no podían cambiar de forma, conservaban un instinto depredador y habilidades agudas, guiados por la calma y armonía que su padre les enseñó.
La Luna lloró mientras los linajes tomaban más de su energía, no por dolor sino por amor resignado y sacrificio silencioso.
Hasta que un día, sus sollozos cesaron; su luz parecía apagarse, dejando a los descendientes con un vacío que marcaría generaciones, y dejando en el cielo un mensaje claro: incluso el fuego más ardiente y el viento más libre necesitan aprender a danzar juntos, bajo la guía de la Luna.